La historia de la FSSPX en México

Cómo la Fraternidad Sacerdotal San Pío X multiplicó sus capillas y comunidades desde un pueblo de Jalisco

La historia de la FSSPX en México

En la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor, el 1 de julio de 2026, cuatro sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), recibieron la consagración episcopal en el seminario de Écône, Suiza.

En presencia del superior general,Davide Pagliarani, y de una numerosa concurrencia de sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles llegados de todo el mundo, Alfonso de Galarreta, asistido por Bernard Fellay, dos de los obispos consagrados por Marcel Lefebvre, impusieron las manos sobre Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier, para que sirvieran como obispos auxiliares de la Fraternidad sin jurisdicción territorial.

La ceremonia, retransmitida en directo y celebrada al aire libre en la pradera del histórico seminario, ha reavivado con fuerza las viejas tensiones entre la Fraternidad y la Santa Sede. Apenas veinticuatro horas después, el 2 de julio, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó una declaración en la que califica el acto de “naturaleza cismática”, recuerda que carecía de mandato pontificio y establece que tanto los consagradores como los consagrados incurrieron en la excomunión prevista por el canon 1364 § 1 del Código de Derecho Canónico.

El documento, firmado por el prefecto Víctor Manuel Fernández, advierte además que los clérigos y fieles laicos que se adhieran formalmente a la Fraternidad incurrirían ipso facto en la misma pena de excomunión latae sententiae, y exhorta a todos a no permanecer en lo que Roma considera una situación de cisma. Las reacciones no se han hecho esperar. Para unos se trata de una medida necesaria para salvaguardar la unidad de la Iglesia; para otros, de una aplicación rígida e irreal de normas canónicas que no da cuenta de la realidad pastoral y generacional de miles de católicos que, en distintos países, han nacido, sido bautizados, confirmado y educados íntegramente dentro de las comunidades de la FSSPX.

En medio de este nuevo capítulo de controversia, la historia concreta de cómo la Fraternidad llegó a México y cómo se ha consolidado y expandido en este país ofrece un contraste que merece ser narrado con detenimiento. Especialmente para entender que, en nuestro contexto, necesitamos esclarecer cuál es la situación de la FSSPX y su crecimiento en el país.

La Fraternidad tuvo sus barruntos en el católico Jalisco. Zapotiltic está ligado de manera inseparable al origen de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en México. Allí, a principios de los setenta, en plena convulsión postconciliar, dos mujeres, las hermanas Ana María y María Isabel Contreras Villalbazo, comenzaron a percibir cambios sutiles pero hondos en la vida parroquial de su pueblo. La liturgia, la catequesis y ciertas actitudes pastorales reflejaban las tensiones que atravesaban a la Iglesia universal tras el Concilio Vaticano II. Hijas de un matrimonio profundamente católico, el de Tomás Contreras Contreras y María Villalbazo de Contreras, las hermanas habían recibido una formación sólida gracias a la pasión por la lectura que su padre les inculcó. María Isabel, además, destacaba por su labor cultural, editaba una revista con artículos de interés general y organizaba eventos que favorecían la literatura y la música en la comunidad.

Se dice que, providencialmente, recibieron en la puerta de su casa una hoja titulada Alerta Católica, enviada por las Mínimas Franciscanas de la Ciudad de México, que denunciaba los errores modernistas que se avecinaban. Ese documento las impulsó a buscar respuestas más profundas. Contactaron al reverendo padre Adonai Correa, sacerdote que había permanecido fiel a la tradición y que les hablaba con claridad de lo que estaba ocurriendo en la Iglesia. Poco a poco llegaron al nombre de Marcel Lefebvre, el obispo misionero que, desde la fundación de la Fraternidad en Écône en 1970, defendía la integridad de la fe católica, la Misa de siempre y los sacramentos en su forma recibida.

El camino estuvo lejos de ser fácil. Las hermanas sufrieron señalamientos y presiones personales. Su propio tío, Alfredo Galindo Mendoza, obispo de Tijuana, las exhortaba con insistencia a abandonar “aquel camino”. “Vuelvan al seno amoroso de la madre iglesia, proporcionando gran alegría a los ángeles del cielo por su conversión, más que por la perseverancia de 99 justos”, les repetía, según testimonios publicados por la FSSPX. Ellas, sin embargo, se mantuvieron firmes. Sabían que el movimiento de católicos fieles a la tradición ya existía en México antes de la llegada formal de la Fraternidad, sostenido por sacerdotes como el padre Adonai Correa, quien les celebraba la Misa en su propia casa.

El punto de inflexión llegó a finales de diciembre de 1979. Un grupo de unos doce jóvenes se reunió en una casa muy cerca del volcán de Colima con la intención de realizar un retiro espiritual. Llegaron dos sacerdotes y un seminarista de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, vistiendo sotana. Un tal padre Ford inició la primera plática que quedaron grabadas en la memoria de los presentes: “Somos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por su excelencia monseñor Marcel Lefebvre, obispo tradicionalista que ha guardado la fe católica”. Predicaron dos retiros a los que asistieron veintidós jóvenes varones, varios de los cuales sintieron el llamado a la vocación sacerdotal. Los sacerdotes se mostraron entusiasmados: “La sangre de los cristeros comienza a dar su fruto”. Durante el retiro los visitó también el padre Regis Babinet, quien desde El Paso, Texas, comenzaría el apostolado sistemático en México. De aquel encuentro salieron varias vocaciones que partieron al seminario de Argentina en marzo de 1980. Entre 1981 y 1984, los padres Lafitte y Babinet, establecidos en El Paso, visitaron regularmente la zona para asegurar la celebración de la Misa tradicional, mientras el padre Ford continuaba predicando retiros cada verano.

En 1981 Marcel Lefebvre visitó México. Estuvo en Guadalajara donde las hermanas Contreras pudieron verlo personalmente y ofrecerle toda la colaboración posible para que la Fraternidad se instalara en el país. Le propusieron un terreno en Zapotiltic destinado a una casa de retiros, un priorato y su capilla. Aunque también se mencionó la posibilidad de otro terreno en Guadalajara, la historia de la FSPPX cuenta que fue “designio de la Divina Providencia” que Zapoltitic  fuera elegida como cuna de la Fraternidad en México.

Las dos hermanas fueron las personas que la Providencia tenía reservadas para esta obra; sin embargo, María Isabel atravesaba una crisis personal al haber perdido a sus dos pequeñas hijas y a su esposo, además de padecer una enfermedad que se agravaba con el tiempo. Con una voluntad férrea animaba a su hermana Ana María a seguir trabajando por la restauración del reinado social de Cristo y a mantener el contacto con la Fraternidad. En su lecho de muerte, la exhortó a continuar sin desmayo y dejó un mensaje claro para su tío el obispo de Tijuana que les pedía no aceptar el tradicionalismo, por si llegaba a atenderla en sus últimos momentos: agradecerle las oraciones y peticiones por el bien de su alma, pero decirle que “por ningún motivo he cambiado mi forma de pensar en relación a mi fe”.

En junio de 1984 llegó a Zapotiltic el superior general de la Fraternidad, Franz Schmidberger, para tomar posesión de la casa de ejercicios espirituales que las hermanas Contreras habían hecho construir. Sus palabras quedaron grabadas en la memoria histórica de la FSSPX: “Estamos en el tiempo de la labranza y la siembra, con nuestro sudor, nuestras lágrimas y si Dios quiere con nuestra sangre echamos la simiente para que una generación futura recoja una rica cosecha en los graneros divinos. Dos palabras más, el que esté dispuesto a luchar mucho tiempo, tal vez toda su vida y persevere con María junto a la cruz de Cristo, solamente éste no sucumbirá ante las mil seducciones de las falsas tentativas restauradoras”.

El 6 de septiembre de 1984 quedaron instalados los primeros sacerdotes, Julio Tam, italiano, como superior de la casa autónoma y, pocos días después, Ramón Anglés, español, como vicario. Comenzó entonces la vida regular de priorato, exposición al Santísimo todas las tardes, Santa Misa diaria, catecismo para niños y adultos. El ambiente era cordial y fervoroso, aunque el pueblo señalaba a los nuevos llegados como “lefebvristas” o “aleluyas”. En las escuelas, los niños eran hostigados por algunas monjas y por sus propios compañeros; sin embargo, los sacerdotes se encargaron de instruirlos con solidez para que “resistieran el ambiente liberal” que se respiraba afuera. Muchos de aquellos jóvenes son hoy padres de familia que perseveran en la tradición junto a sus hijos.

Con el tiempo llegaron otros sacerdotes que fortalecieron la obra, Álvaro Calderón, argentino, que sucedió al padre Anglés y se distinguió por su profundidad doctrinal en catequesis, retiros y sermones; Jesús Mestre Rojo, español, recordado por su celo incansable con niños y adultos y otros como los padres Martel, Miguel Ángel Jiménez y Mariano.

El 20 de enero de 1988 se bendijo solemnemente la nueva capilla dedicada a San Rafael Arcángel, advocación a la que la familia Contreras tenía especial devoción. La preparación de la construcción y de la ceremonia estuvo a cargo de los padres Julio Tam y Álvaro Calderón, siempre con la ayuda decidida de Ana María Contreras. Lefebvre envió una carta de agradecimiento, firmada de su puño y letra, al no poder asistir. La bendición llenó de esperanza a los fieles. Entre los sacerdotes presentes se encontraban los obispos Bernard Fellay y Alfonso de Galarreta, junto con los padres Miguel Ford, Babinet, Alejandro Jiménez, Calderón y Tam. Poco después se administraron las primeras confirmaciones por el obispo Galarreta. La capilla se convirtió en centro de retiros y vida sacramental regular. Ana María Contreras continuó la obra con el mismo heroísmo que había caracterizado a su hermana hasta el final de sus días.

Casi cuatro décadas después de aquellos primeros pasos, la semilla plantada en Zapotiltic dio un fruto abundante y extendido. Lo que en 1984 fue una casa autónoma en un pequeño pueblo de Jalisco se transformó ya en 1985 en el Distrito de México y América Central de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. La sede del distrito se trasladó posteriormente a la Ciudad de México, mientras el priorato de Jalisco se estableció en Guadalajara. Hoy, bajo la dirección del superior del distrito, Pierre Mouroux, la estructura comprende seis prioratos, cerca de cuarenta capillas y misiones, tres centros de retiro y una escuela. La presencia se extiende por numerosos estados de la República y mantiene un oratorio en La Habana, Cuba. Entre los prioratos principales destacan el de Nuestra Señora de Guadalupe en la Ciudad de México, con su capilla en Miguel Schultz 91, colonia San Rafael, donde se celebran misas dominicales, junto con catecismo y rosario diario; el de San Atanasio en Guadalajara, el de Nuestra Señora del Rosario en León, Guanajuato, el de San Benito en Gómez Palacio, Durango, y el Priorato Beato Rafael Guízar y Valencia en Orizaba, Veracruz, además de otras casas que completan la red.

La capilla histórica de San Rafael Arcángel en Zapotiltic, ubicada en la calle Nicolás Bravo número 287, es lugar de culto y formación. Allí se celebran misas los segundos y cuartos domingos del mes a las 12:30, y los viernes anteriores a las 19:00. El sitio conserva un Centro Cultural activo que organiza catequesis, procesiones de niños y sesiones de formación de catequistas.

Zapotiltic es una misión que continúa dando fruto. La expansión geográfica del Distrito de México es notable y sostenida. Existen capillas y misiones regulares en la Ciudad de México y los estados de México, Puebla, Veracruz, Oaxaca, Guanajuato, Jalisco, Durango, Coahuila, Nuevo León, Chihuahua, Quintana Roo, donde en abril de 2026 se bendijo la primera piedra de la futura capilla en Cancún, Yucatán, Chiapas, Aguascalientes, Michoacán, Morelos, San Luis Potosí, Zacatecas, Hidalgo, Tamaulipas y Guerrero y. Esta red permite que decenas de fieles accedan regularmente a la misa tradicional, a los sacramentos administrados en su integridad y a una formación católica arraigada en la tradición.

Otro signo de vitalidad fue la llegada, en septiembre de 2025, de las primeras Hermanas de la Fraternidad San Pío X al distrito de México, primera fundación de esta congregación femenina en el país. Las hermanas Marie Édouard, de Francia, como superiora,  María Cándida, originaria de México y María Eulalia, proveniente de Argentina, vinieron a secundar el apostolado de los sacerdotes y a promover vocaciones femeninas a la vida consagrada. Su presencia se suma a la de las Madres Mínimas Franciscanas del Perpetuo Socorro de María, congregación tradicional que ya en los años setenta alertó a las hermanas Contreras y que mantiene su convento en la Ciudad de México con misas diarias.

La progresiva apertura de capillas y centros de misa, desde el sur de Jalisco hasta la península de Yucatán y la frontera norte, demuestra que la obra se multiplica. En un México marcado por desafíos pastorales y culturales, esta red de prioratos, capillas y comunidades representa un signo que llama la atención: Generaciones católicas han optado por el tradicionalismo que afirma asentarse en  la fe católica de siempre, de la liturgia en latín celebrada con reverencia como dio en Zapotiltic.

De acuerdo con el informe oficial Estadísticas 2025 de la FSSPX, publicado por la Casa General el 22 de diciembre de 2025, al 1 de noviembre de ese año la Fraternidad contaba con un total de 1.482 miembros, dos obispos (sin contar a los recién consagrados el 1 de julio), 733 sacerdotes, 264 seminaristas, 145 hermanos, 88 oblatas y 250 hermanas, de 50 nacionalidades con una edad promedio de 47 años y presencia en 77 países.

Sin embargo, la reciente declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, que califica de cismática la consagración de los cuatro nuevos obispos y extiende la advertencia de excomunión a quienes se adhieran formalmente a la Fraternidad, plantea una paradoja que no puede pasarse por alto. Mientras las autoridades vaticanas reiteran las medidas canónicas de 1988 y las actualizan a la situación presente, en México y en otros países existen generaciones enteras que han nacido, han sido bautizadas, confirmadas, han contraído matrimonio y han educado a sus hijos dentro de las comunidades de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

Estos fieles, especialmente los más jóvenes, no tienen memoria personal de una “ruptura” con Roma ni de las circunstancias que rodearon las consagraciones de 1988 y sus obispos legítimos son los consagrados el 1 de julio de 2026. Para ellos, la misa tradicional, los sacramentos en su forma recibida y la formación doctrinal que reciben en los prioratos y capillas constituyen su vida católica normal y cotidiana.

Aplicarles las mismas categorías canónicas de “cismáticos” y “excomulgados” que se utilizaron hace casi cuatro décadas resulta, en la práctica, cada vez más problemático y falto de elemental justicia. Prueba de eso es que la FSSPX en México, con sus seis prioratos,  cerca de cuarenta capillas activas,  nuevas fundaciones y generaciones de fieles que han crecido enteramente dentro de ella, contrasta de forma muy paradójica con los señalamientos que insisten en describirla como una realidad marginal o irregular.

La historia en México y su prolongación actual muestran que lo que comenzó como un acto de fidelidad discreta en un pequeño pueblo de Jalisco ha producido, con el paso del tiempo, una comunidad en crecimiento, cuyas raíces ya no se explican solo por la controversia jurídica, sino por la transmisión ordinaria de la fe de padres a hijos a lo largo de más de cuatro décadas. Y en ese dilema se encuentra la Iglesia católica del Papa León XIV.

 

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