Fulton Sheen, el beato de la TV

Editorial Agencia Católica de Noticias

Fulton Sheen, el beato de la TV

Fulton Sheen, el beato de la TV

La beatificación de Fulton Sheen, celebrada el 24 de septiembre en Misuri, reabre el debate sobre el papel de los obispos como comunicadores: su figura, marcada por la televisión y la oración diaria, ofrece luces y sombras que hoy interpelan a una Iglesia tentada por el espectáculo digital en los tiempos de la hipercomunicación.

Nacido en Illinois en 1895, fue un obispo que supo aprovechar la radio y la televisión para llevar el Evangelio a millones de hogares estadounidenses. Su programa Life is Worth Living lo convirtió en un referente mediático, capaz de competir en audiencia con figuras del entretenimiento.

La biografía de Sheen muestra un hombre de contrastes. Fue obispo auxiliar en Nueva York y luego titular en Rochester, donde enfrentó tensiones con su clero por su estilo de gobierno, un estilo por que, también, tuvo desavenencias con el poderoso cardenal Spellman, el llamado Papa americano. Admirado por su elocuencia y su defensa del catolicismo frente al comunismo, fue criticado por sectores tradicionalistas que lo acusaron de ecumenista y de aceptar con demasiada docilidad las reformas del Concilio Vaticano II.

Su apoyo a la liturgia en lengua vernácula y admiración por pensadores como el jesuita Pierre Teilhard de Chardin lo colocaron en el centro de polémicas que aún dividen a la Iglesia. El núcleo de su espiritualidad fue la hora santa eucarística diaria, compromiso que asumió desde su ordenación y que mantuvo incluso en medio de agendas agotadoras. Esa disciplina de oración silenciosa ante el Santísimo Sacramento fue el motor de su ministerio y la fuente de su capacidad para comunicar con autenticidad. En palabras del cardenal Tagle, delegado papal para la beatificación, el arzobispo Sheen fue “un vaso de barro que sacaba fuerzas de Cristo”, consciente de que su éxito mediático no era mérito propio, sino gracia compartida.

La beatificación de Sheen no celebra a un “influencer católico”, sino a un pastor que supo usar los medios sin perder el centro en la oración y en la comunión con los pobres. El milagro que lo llevó a los altares es un signo de que su intercesión sigue viva, la recuperación inexplicable de James Fulton Engstrom, nacido sin pulso durante 61 minutos que sobrevivió sin secuelas y fue aprobado por el Vaticano en 2019 como signo de su intermediación.

Pero su vida es también advertencia, la fama puede ser un riesgo si se convierte en espectáculo vacío. Hoy, cuando muchos obispos y sacerdotes buscan notoriedad en redes sociales, la figura de Sheen plantea un contraste incómodo. No basta con acumular seguidores ni con producir contenido viral; la verdadera evangelización exige coherencia espiritual, disciplina de oración y capacidad de tocar las heridas del pueblo y hacer uso de una agilidad mental que sorprenda a extraños por la fidelidad al Evangelio en medio de los desafíos contemporáneos,

En una época donde se aplaude la estupidez y la verdad se diluye según conveniencia, la beatificación de Fulton Sheen es un recordatorio de que el modelo de santidad para comunicadores católicos no es el del influencer, sino el del evangelizador. La Iglesia necesita obispos que, como Sheen, usen los medios para abrir la puerta de la fe, no para alimentar egos. Su vida muestra que la comunicación puede ser un camino de santidad, siempre que esté anclada en la Eucaristía y en la fidelidad al Evangelio. Sheen no fue beatificado por ser famoso, sino por ser fiel, un apóstol que usó la televisión con un criterio que debería guiar a todos los comunicadores católicos en la era de las redes sociales: Que sólo Cristo es el que debe relucir.

 

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