La renuncia del rector de la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe ha abierto un vacío institucional que ya no puede disimularse. La inminencia de una decisión sobre un nuevo rector, designación que, por derecho y por las normas que rigen este Santuario, requiere aprobación superior, pone de nuevo al amado Santuario ante una encrucijada que no admite atajos ni soluciones de conveniencia. Lo que está en juego no es solo un nombre, sino la credibilidad de un proceso que, desde su origen, estuvo marcado por la opacidad e imposición.
El nombramiento de Efraín Hernández Díaz como canónigo y luego como rector no respondió a un discernimiento colegiado del cabildo guadalupano como establecen el Código de Derecho Canónico y, de forma específica para este Santuario, el Breve Apostólico Praestatem Pietatem de san Juan Pablo II. Fue producto de manipulaciones, opacidad deliberada y decisiones malintencionadas que convirtieron a Hernández en un engrane que pronto tronó los intereses del arzobispo de México y de la camarilla que lo rodea.
Al desplazar y nulificar el rol que corresponde al cabildo para proponer a un canónigo que represente genuinamente los intereses propios de la Basílica y no los de una facción arquidiocesana, el arzobispo vulneró tanto la letra como el espíritu de la ley canónica y de las normas pontificias que otorgan al Santuario una tutela especial, hoy vinculada a la Conferencia del Episcopado Mexicano.
La designación del exrector señalado de un mal manejo de la administración del Santuario se impuso mediante maniobras de presión y exclusión cuya gestión terminó por estallar en medios de comunicación, no sin poca indignación: denuncias de irregularidades administrativas, sospechas de opacidad financiera y manejos que erosionaron la confianza del pueblo fiel. El escándalo de la Basílica de Guadalupe no fue un accidente; fue la consecuencia previsible de una forma de gobernar que antepuso enfermiza lealtad a la transparencia y bien institucional y de la Iglesia.
Si hoy existe crisis, renuncia y parálisis, los responsables superiores y directos son de sobra conocidos. Pretender que un arzobispo, cuyo tiempo ha concluido y renuncia al gobierno pastoral ya fue presentada, siga interviniendo en decisiones que competen al cabildo para imponer un nuevo rector afín y leal, equivaldría a repetir ese mismo modus operandi, engañar a la Iglesia de México manteniendo el mismo estado de cosas, solo que con consecuencias más graves, el “bendecido” por el arzobispo cargaría, desde el primer día, con el saco de culpas y el sambenito de tener que encubrir o diferir lo que no han querido o no han podido responder: los resultados de la investigación canónica incoada contra el exrector y los hallazgos de la auditoría de Deloitte, cuyos contenidos permanecen ocultos al público y al propio cabildo.
No hay dudas de que el arzobispo de México actúa con la desesperación de quien necesita presentar a la Santa Sede un desenlace que calme las aguas antes de que intervenciones mayores resulten inevitables. Esa prisa por “resolver” a cualquier costo no puede aceptarse como normalidad canónica. El capítulo de la Basílica de Guadalupe no está cerrado. El exrector y, sobre todo, el arzobispo de México deben, en primer lugar, rendir cuentas claras y públicas sobre qué ocurrió en la administración del Santuario, qué pasó con los recursos confiados por los fieles y por qué la opacidad y las contradicciones han sido la tónica dominante. Solo después de esa aclaración podrá hablarse con legitimidad de un nuevo nombramiento.
En toda crisis hay lecciones y, si hay humildad suficiente, también nuevas oportunidades. La elección del próximo rector de la Basílica de Guadalupe no puede repetir los errores del pasado ni tolerar la injerencia de un arzobispo en franco estado de caducidad que busca, ante todo, protegerse a sí mismo. Es imperativo que quienes conocen a fondo los mecanismos jurídicos, pastorales y administrativos de este Santuario, comenzando por el cabildo y las voces autorizadas de la Iglesia mexicana, impulsen una reforma profunda que vincule de manera efectiva a la Conferencia del Episcopado Mexicano. Los estatutos y, de manera prioritaria, el Breve Apostólico Praestatem Pietatem de Juan Pablo II, cuya actualización compete al Papa León XIV, deben ser revisados para otorgar una dinámica nueva, más transparente y colegiada, a las funciones de un lugar que pertenece no solo a la arquidiócesis de México, sino al pueblo de Dios en esta nación y más allá de sus fronteras.
La Basílica de Guadalupe merece algo más que continuismo disfrazado de normalidad. Merece verdad, justicia y una estructura de gobierno que impida que los errores y las opacidades del pasado se repitan bajo nuevos nombres. El tiempo de las imposiciones y los encubrimientos ya no puede repetirse. Ahora corresponde actuar con la responsabilidad y amor a la Verdad que Basílica reclama, pero sin olvido. No se puede tapar el sol con un dedo. Y el arzobispo de México sabe que mucho está en su contra.