Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. Veinte años y un día después de Ratisbona, y seguimos con las mismas cosas: quién puede celebrar con qué misal, si el Papa que tenemos es el Papa que dice ser, y si a los fieles se les acompaña o se les hace la guerra. Vamos por partes. Buena lectura.
Lo que de verdad ha cambiado con León XIV en la Misa de siempre.
Mientras cardenales y obispos se enzarzan en declaraciones sobre el rito tradicional, Silere Non Possum ha hecho algo que casi nadie hace: mirar los decretos. Repasando las autorizaciones firmadas por el Dicasterio para el Culto Divino para celebrar con el Misal de 1962, la conclusión es sobria y desmiente a los dos bandos: el ritmo de las concesiones se ha mantenido prácticamente invariado respecto al pontificado anterior, y buena parte de los permisos firmados bajo León XIV no son aperturas nuevas, sino renovaciones de concesiones ya existentes. Dicho de otro modo: ni el deshielo que esperaban unos ni el cerrojazo que temían otros. Los papeles cuentan una historia menos épica que los titulares —la de una administración que sigue funcionando por inercia mientras el debate público se calienta por su cuenta. Conviene recordarlo cuando se lean, más abajo, las palabras de Sarah y las del propio prefecto Roche.
Sarah: la Iglesia no puede declarar la guerra a sus propios fieles
El cardenal Robert Sarah, exprefecto del Culto Divino, volvió sobre el asunto en una entrevista al diario Il Giornale publicada el 27 de agosto. Elogió la decisión de Benedicto XVI en 2007 de ampliar el acceso a la misa en latín con Summorum Pontificum, y calificó las restricciones introducidas por Francisco en 2021 con Traditionis Custodes como «ni sensatas ni respetuosas». Su frase más citada: «No podemos, como Iglesia, declarar la guerra a quienes participan devotamente en la misa solo porque prefieren una forma en vez de otra: es una actitud miope y del todo ideológica, y por tanto ni pastoral ni cristiana. Es dañina, destructiva para la Iglesia».
Sarah atribuye la hostilidad al latín y al canto gregoriano a «ciertos círculos culturales autorreferenciales», y la describe como más psicológica que fundada, y sobre todo generacional: cuando la generación del 68 desaparezca, sostiene, desaparecerán también estas posiciones unilaterales. La intervención llegó apenas dos días después de que el jesuita Thomas Reese publicara un artículo titulado, sin rodeos, «Por qué odio la vieja misa en latín: una confesión». El contraste entre ambos textos dibuja el mapa del conflicto mejor que cualquier análisis.
¿La Sede está vacante? Una pregunta que ya no viene de los sedevacantistas
En el blog de Aldo Maria Valli, Maurizio d’Orlando firma una carta que plantea, con método casi notarial, una cuestión incómoda. Durante años bastaba pronunciar la palabra «sedevacantista» para cerrar cualquier discusión. Ahora, dice d’Orlando, la pregunta más urticante no viene de un opúsculo cismático, sino de las páginas del Annuario Pontificio.
El hecho es este, y admite poca interpretación: cotejando en la Biblioteca de la Universidad Católica de Milán las ediciones del Anuario de 2017 a 2026, hasta la edición de 2019 los títulos «Vicario de Jesucristo», «Sucesor del Príncipe de los Apóstoles» y «Sumo Pontífice de la Iglesia universal» precedían al nombre del Papa. Desde 2020 aparecen después del nombre y la biografía, separados por una línea y agrupados bajo una rúbrica nueva: «Títulos históricos». En el Anuario de 2026 se mantiene la misma disposición para Robert Francis Prevost. El dato es un dato: la modificación existe y se ha confirmado tras el paso de Bergoglio a Prevost. La interpretación es otra cosa: la Sala de Prensa vaticana, ya en 2020, explicó por boca de Matteo Bruni que la expresión «títulos históricos» indica el vínculo con la historia del papado y que el electo obispo de Roma adquiere igualmente las cualificaciones ligadas al oficio; ningún título habría sido abolido. Que de un cambio de maquetación se salte a la tesis de la sede vacante es un paso que la carta insinúa pero no demuestra, y que nosotros no damos. Queda, eso sí, la pregunta de por qué el Vaticano decidió en 2020 ese cambio y por qué lo ha mantenido. A veces la tipografía dice más de lo que quisiera.
Veinte años de Ratisbona: el que no ha hecho autocrítica es el Islam
Se cumplen veinte años exactos de la lectio de Ratisbona, pronunciada por Benedicto XVI el 12 de septiembre de 2006 y todavía definida por muchos como un «desafortunado tropiezo». Quien lo niega ahora, y desde un lugar inesperado, es un teólogo musulmán. En las páginas de la revista Communio, y recogido por UCCR, Ahmad Milad Karimi —filósofo, islamólogo y teólogo afgano, profesor de Filosofía islámica en la Universidad de Münster— sostiene que la reacción del mundo musulmán a Ratisbona se detuvo en la protesta y no llegó nunca a transformarse en una seria autocrítica teológica.
El corazón de la conferencia, conviene recordarlo, no era la cita del emperador bizantino Manuel II Paleólogo que desató las manifestaciones y la violencia, sino la defensa del vínculo entre fe y razón: Benedicto advertía a la vez contra una religión que rompe sus lazos con la razón y contra una razón occidental que ha expulsado de sí toda pregunta metafísica. Karimi recoge el guante por el lado que casi nadie quiso recoger entonces: que vincular la fe a la razón ofrece un potencial de «domesticación» de las interpretaciones violentas de Dios, en el cristianismo y en el islam. Veinte años después, el «tropiezo» resulta ser una de las pocas cosas que quedan en el recuerdo.
Un obispo brasileño y un credo a una «diosa»
En la misa del «Grito de los Excluidos» celebrada el 7 de septiembre en la catedral de Nuestra Señora de la Concepción, el obispo José Valdeci Santos Mendes, de Brejo (Maranhão) y presidente de la Comisión Episcopal para la Acción Sociotransformadora de la Conferencia de Obispos de Brasil (CEPAST-CNBB), presidió la lectura del llamado «Credo de la Juventud de las CEB». Confió la lectura a dos jóvenes y lo presentó como una «súplica de los jóvenes de América Latina».
El texto, según recoge ACI Digital, profesa la fe en «un Dios/Diosa que está presente en las diferentes experiencias de las comunidades», declara «no creemos en una Iglesia estática, patriarcal, clerical y jerárquica» y proclama una «Patria Grande sin racismo, sin normas para amar, incluyendo toda la diversidad sexual». La asesoría de comunicación de la CEPAST aclaró a ACI Digital que la comisión de la CNBB no participó en la elaboración del documento —matiz que, más que descargar, retrata: el credo circuló como esquema litúrgico sugerido para las movilizaciones, y un obispo lo puso en el altar. No hace falta añadir mucho, el texto se comenta solo, y las cualidades del semoviente, también.
Torreciudad: el comisario que preside y calla
Torreciudad celebró este sábado su 34.ª Jornada Mariana de la Familia —y lo hizo, no es dato menor, en el 50 aniversario del nuevo templo, inaugurado en 1975—, presidida por monseñor Alejandro Arellano, arzobispo, decano del Tribunal de la Rota Romana y comisario pontificio plenipotenciario nombrado por la Santa Sede para la cuestión de Torreciudad. En su homilía, centrada en la familia, la fe y la Virgen, describió el santuario como una «verdadera escuela de fe» donde los fieles aprenden a reconocer a María y, en ella, a Cristo. Advirtió que la familia de hoy afronta soledad, heridas silenciosas y la dificultad de vivir un amor indisoluble; recordó que no existe la familia perfecta, sino la que sabe pedir perdón y volver a Cristo, y que cada acto de paciencia y entrega puede convertir el hogar en «un taller de santidad». La jornada reunió a las familias en peregrinación, con misa, ofrendas y rosario, y al terminar el rector invitó a León XIV a visitar el santuario, por el que rezan mucho y mostró orgulloso una bendición de León XIV al Santuario, nuestra imagen del hoy.
Pese a su condición de comisario plenipotenciario, Arellano no entró en ninguno de los asuntos concretos de la controversia: ni la titularidad y ubicación de la imagen de la Virgen, ni una futura resolución de la Santa Sede. El silencio resulta más elocuente por partida doble: llega justo un día después de que el obispado subiera la apuesta documental, y se produce mientras se celebra el medio siglo del templo cuya legitimidad para retener la talla es, precisamente, lo que está en disputa. Se conmemora el continente sin mencionar el litigio por el contenido.
En efecto, el 11 de septiembre —víspera de la jornada— el Obispado de Barbastro-Monzón publicó una nota de aclaraciones que ordena su versión de los hechos con precisión de expediente. Conviene subrayar que es la versión de una de las partes; la exponemos como tal. Según la diócesis: la talla original de Nuestra Señora de los Ángeles permaneció más de mil años en su ermita; en la escritura del censo enfitéutico de 24 de septiembre de 1962, otorgada a Inmobiliaria General Castellana, S. A. —entidad asociada al Opus Dei—, se estableció expresamente la obligación de «no retirar la imagen de la ermita»; en 1975, con motivo de la terminación del nuevo templo, la imagen se llevó a restaurar a Madrid y, concluida la restauración, no volvió a la ermita, sino que quedó depositada en el nuevo templo. El entonces obispo, Ambrosio Echebarría, requirió por escrito su regreso; el actual, Pérez Pueyo, lo ha reiterado, entre otras vías, por burofax de 7 de septiembre de 2022.
El nudo es documental y merece distinguirse con cuidado. El obispado sostiene que la autorización para el traslado permanente no consta ni en las actas del Cabildo Catedral ni en los archivos diocesanos, y que el testimonio notarial que aporta la Prelatura —relativo a un documento privado atribuido a un obispo anterior, Jaime Flores Martín, que habría autorizado la colocación en el nuevo templo— se apoya en un original que nunca se le ha entregado. La Prelatura, por su parte, defiende la validez de ese testimonio y de un acuerdo posterior de 1966, y niega que quepa hablar de sustracción o retención ilegal; reconoce, eso sí, que tras sesenta años ya no conserva el documento original. Resumiendo el plano de los hechos verificables: la propiedad de la talla es de la diócesis (en eso no hay disputa), y de la pieza documental decisiva —la que autorizaría el traslado definitivo— ninguna de las partes exhibe el original.
Y ahí es donde el silencio de Arellano cobra sentido. El conflicto viene de 2020, el propio obispo pidió en 2024 el nombramiento de un comisario, dos años después Roma sigue sin resolver, y Pérez Pueyo ha llegado a advertir que dimitirá si la talla no vuelve a su ermita. Que el comisario plenipotenciario acuda al santuario, lo llame «faro de esperanza», salude cordialmente a las dos partes y no diga una sola palabra del asunto que le toca dirimir —el día después de que una de ellas haya puesto sus documentos sobre la mesa— es, en sí mismo, un mensaje. Cuál sea, está por ver. Por ahora, la resolución sigue en el cajón y la Virgen, donde estaba. Los hijos de Barbastro-Monzón, en frase de su obispo, no la quieren de visita: la quieren en casa.
León XIV: entrar en los astilleros de la historia
Cambiamos de registro, porque la semana también dio noticias del Papa en clave constructiva. En un discurso recogido por AgenSIR, León XIV invitó a «entrar en los astilleros de la historia para reconstruir lo que ha caído». Y a las benedictinas reunidas en torno al CIB (Communio Internationalis Benedictinarum), entre Montecassino y Subiaco, les dirigió una imagen sencilla y evangélica: «De una pequeña semilla ha crecido un gran árbol», a propósito de la formación de las monjas.
Registramos estas intervenciones sin sobreinterpretarlas, pertenecen al León XIV de la reconstrucción y del acompañamiento, el que —según el análisis que ya citamos de otras semanas— entiende buena parte de su misión como «calmar los ánimos». Que ese tono conviva con las tensiones litúrgicas y financieras que atraviesan el pontificado es, precisamente, lo que hace difícil leerlo. La semilla y el astillero: dos imágenes de paciencia. Habrá que ver qué se construye.
La corte de Francisco, otra vez
Dos piezas de la semana vuelven, cada una a su manera, sobre la figura del Papa anterior. En Stilum Curiae, Marco Tosatti publica una segunda entrega de Americo Mascarucci sobre la llamada «Mafia de San Galo», y lo hace —conviene subrayarlo— para desmontar el mito, no para alimentarlo. Mascarucci sostiene que atribuir la renuncia de Benedicto XVI y la elección de Bergoglio a un complot del grupo de San Galo es «una noticia falsa repetida hasta el infinito», carente de pruebas; que en aquellas reuniones se discutía de reformas en la Iglesia, no de eliminar a nadie; y que la elección de 2013 fue producto de acuerdos transversales —con Bertone decidido a frenar al candidato de Ruini— más que de una conjura. Es sano ver a un medio de sensibilidad tradicional pedir pruebas en vez de darlas por supuestas. La segunda, en Il Giornale, sobre el «embarazo» del Vaticano a propósito de un encuentro con Bergoglio de Emma Bonino. El asunto está lo bastante enredado como para no darlo aquí por cerrado; lo anotamos y seguimos.
Viganò: el «cisma capital» y el katéchon
Terminamos con el tema teológicamente más ambicioso y también más extremo de la semana. En una entrevista concedida a LifeSiteNews (a Gaetano Masciullo) y reproducida por Marco Tosatti, monseñor Carlo Maria Viganò —excomulgado por cisma mediante decreto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe el 4 de julio de 2024— desarrolla la tesis de su nuevo libro, Lo Scisma Capitale.
Exponemos su argumento sin hacerlo nuestro. Viganò distingue el Papado como institución divina de la persona que ocupa la Cátedra, y llama «cisma capital» a lo que describe como una separación que parte del caput, de la cabeza: no una parte del cuerpo que se aparta de la cabeza, sino la cabeza que —a su juicio— se separa del cuerpo místico y de la Tradición. A la pregunta sobre el katéchon —«el que retiene» del que habla San Pablo en 2 Tesalonicenses—, responde que los Padres vieron en esa figura tanto el Imperio romano cristiano como la autoridad de la Iglesia y, de modo eminente, la del Papado, que durante siglos habría contenido el mysterium iniquitatis; y atribuye a León XIV la tarea de «hacer irreversible la sinodalidad». Que la crisis de la Iglesia sea grave y real es una cosa; que la solución sea declarar enemigo del Papado a quien ocupa el Solio de Pedro es un salto. Ya en su día —recuérdese el caso de los obispos constitucionales franceses y la firmeza de Pío VI— la Iglesia rechazó incluso invocando el «estado de necesidad». Sin duda compartimos el diagnóstico compartido lo que es más discutible es el remedio propuesto.
«El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». Entre el que odia la misa vieja y el que declara cismático al Papa, entre el astillero y la conjura, la semana nos deja la impresión de una Iglesia que discute de todo menos de lo único necesario.
«No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».