Es domingo, terminamos el mes de mayo con rosario en la gruta de Lourdes de los jardines del Vaticano en la que se encuentra el altar original en el que tantos y tantos han celebrado la Misa desde las apariciones hasta que en los años setenta fue sustituido por el pedrusco actual. Empezamos otro día, más comedido en noticias, pero no menos interesante en contenidos siempre ricos.
La renovación carismática católica.
Audiencia a los miembros de la Renovación Carismática Católica Mundial (CHARIS) en su primer encuentro del Papa León. Abrió su discurso con un saludo dirigido no solo a los presentes, sino también a las comunidades, grupos y escuelas de oración y evangelización que representan, así como a los líderes de los Servicios de Comunión nacionales e internacionales que organizaron el encuentro. León XIV recordó cómo los años posteriores al Concilio Vaticano II representaron un tiempo de expansión y crecimiento para la Renovación, pero también de integración progresiva en la vida de la Iglesia y consolidación de sus estructuras de servicio. Recordó a San Pablo VI, quien en Pentecostés de 1975 definió el testimonio de esta renovación espiritual como el más necesario para un mundo cada vez más secularizado, hasta San Juan Pablo II, quien valoró su impulso misionero. Benedicto XVI reconoció su mérito al recordar la relevancia de los carismas en la Iglesia.
El discurso se estructuró en torno a cinco aspectos centrales de la experiencia espiritual carismática. Primero, el bautismo en el Espíritu, que el Pontífice describió como esa experiencia personal capaz de hacer efectiva la gracia bautismal y conducir a una conciencia viva del amor de Dios; para ilustrar esto, León XIV recurrió a las palabras de San Agustín en las Confesiones, donde el Obispo de Hipona relata la inesperada dulzura con la que, después de su conversión, la privación de «dulces frívolos» se volvió ligera para él. Recordó la oración de alabanza, señalando la adoración y la acción de gracias como aspectos esenciales de la oración cristiana que el movimiento ha ayudado a traer de nuevo a primer plano ; y la Palabra de Dios, fuente de alimento espiritual y discernimiento para las decisiones diarias. Sobre el tema de la comunión, el Papa recordó la invitación de León XIII a rezar una novena al Espíritu Santo por la unidad de los cristianos cada año entre la Ascensión y Pentecostés.
León XIV los invitó a ponerse al servicio de las diócesis y parroquias , ofreciendo su propia experiencia y métodos de evangelización, a seguir fielmente la guía de los sacerdotes y a escuchar, con discernimiento común, también la voz de las personas sabias ajenas a los grupos. El Papa recomendó cultivar la armonía y la cooperación entre las comunidades, «teniendo cuidado de no ceder jamás al deseo de autopromoción ni a la búsqueda de poder o prestigio personal».
El Papa con los chicos de Villa Nazareth en Vaticano.
Audiencia a los miembros de la Comunidad Villa Nazareth: la Fundación Sagrada Familia de Nazaret, la Asociación y Fundación de la Comunidad Domenico Tardini y los estudiantes del Colegio Universitario Romano. Presentados, como no, por Parolin, Secretario de Estado y actual presidente de la organización. Relató la historia de Villa Nazareth: su fundación en 1946 por el Cardenal Domenico Tardini, su acogida a huérfanos de guerra y niños de las familias más pobres, su paso bajo la guía de Antonio Samorè y luego de Achille Silvestrini, hasta su transformación en un colegio de excelencia.
Villa Nazareth no es solo la noble intuición caritativa de Tardini. Es también, y sobre todo, el lugar donde el cardenal Achille Silvestrini, el enérgico y público oponente de Joseph Ratzinger, ejerció sus enseñanzas durante décadas. Diplomático de pura cepa, heredero de la Ostpolitik de Casaroli, Silvestrini fue uno de los artífices de aquel círculo de cardenales conocido en la historia como el «grupo de San Galo»: el grupo que en el cónclave de 2005 intentó bloquear la elección de Benedicto XVI y que en 2013 hizo todo lo posible, y lo logró, para que Jorge Mario Bergoglio fuera elegido. De hecho, en vísperas de ese cónclave, los cardenales pertenecientes a este grupo fueron recibidos en Villa Nazareth. En 2016, un agradecido Papa Francisco incluso visitó Villa Nazareth.
Silvestrini fue, en el ámbito nacional, uno de los oponentes más tenaces de la línea Wojtyla-Ratzingeriana. En el ámbito civil, fue el padre espiritual del catolicismo democrático italiano y del centroizquierda: amigo de Romano Prodi, mentor de Giuseppe Conte, quien estudió en Villa Nazareth. De las aulas del colegio surgieron eclesiásticos y figuras gubernamentales cuyos caminos, eufemísticamente, dividieron tanto a la Iglesia como a la opinión pública.
La Fundación Tardini está presidida ahora por Claudio Maria Celli, oriundo de Romaña como Silvestrini, uno de los artífices del acuerdo entre la Santa Sede y la República Popular China. Uno de esos prelados que introducen a figuras problemáticas en el Vaticano, otorgándoles acceso sin motivo alguno, a menudo para cenas intrascendentes y para entregar recuerdos que luego se exhiben como si se hubieran recibido «directamente del Papa».
León XIV declinó presidir la Santa Misa que fue oficiada por el Cardenal Pietro Parolin. Llegó el Papa y pronunció un discurso que, leído a contraluz, posee una elocuencia contenida. León XIV recordó la vocación original de la obra: formar jóvenes «líderes en el bien», haciendo accesible un camino espiritual, intelectual y moral a aquellos ricos en talento pero carentes de recursos. Recordó a sus predecesores: San Juan Pablo II, quien en 1996 exhortó a la comunidad a una sabiduría capaz de liberar la inteligencia «de la prisión del orgullo y la lógica de la dominación»; y Benedicto XVI, quien en 2006 —ante la misma realidad— pidió que se formara a los jóvenes «en la valentía de las decisiones», con «referencia a la razón purificada en el crisol de la fe».
Sonó muy extraño oír a León XIV en este contexto recordar las palabras de Benedicto XVI. El Papa reiteró, ante los herederos de Silvestrini, la advertencia del hombre al que Silvestrini se oponía; advirtió contra la «lógica de la dominación» y la tentación de Babel, precisamente en una sala repleta de quienes han practicado durante mucho tiempo ciertas lógicas. Se desconoce cuántos de los presentes captaron las repercusiones. Es una comunidad que siempre habla de sus orígenes más puros —los huérfanos, la estrella, la caridad del Fundador— y nunca de sus períodos más ambiguos.
La familia en Aparecida.
El Papa León XIV en un mensaje en video dirigido a los participantes del XVI Simposio Nacional sobre la Familia, patrocinado por la Comisión para la Vida y la Familia de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil, que se celebra en Aparecida. Es necesario observar a las familias con realismo y compasión, reconociendo las numerosas dificultades que las aquejan: su fragilidad, crisis, ansiedades y muchas otras situaciones de sufrimiento.» Todo esto requiere una actitud misericordiosa y un discernimiento prudente y maduro por parte de la Iglesia y de los agentes pastorales. El Papa también reiteró que la familia es una comunidad «conformada por un hombre y una mujer, unidos en el amor hasta convertirse en “una sola carne”».
Centesimus Annus Pro Pontifice.
En el Aula Clementina, León XIV recibió a los participantes de la reunión anual de la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice y ofreció una importante reflexión sobre la libertad, el pluralismo y las raíces antropológicas de las crisis contemporáneas, vinculándola con su reciente encíclica Magnifica Humanitas. Esta fundación es conocida como una de las puertas de acceso a través de la cual se seleccionan a hermanos con características adecuadas para ocupar espacios en el universo vaticano.
La Fundación fue establecida personalmente por San Juan Pablo II en 1993 y toma su nombre e inspiración de la encíclica Centesimus Annus, promulgada por el Papa Wojtyła el 1 de mayo de 1991, en el centenario de la encíclica Rerum Novarum de León XIII. Su rasgo distintivo reside en su carácter laico: reúne a empresarios, banqueros, profesionales y académicos católicos de todo el mundo, llamados a estudiar y difundir la doctrina social de la Iglesia y a traducirla en práctica económica y civil. Entre sus iniciativas se incluyen cursos de formación, conferencias internacionales y el Premio «Economía y Sociedad».
El punto de partida es el diagnóstico de una época «caracterizada por guerras y creciente polarización», marcada por divisiones culturales y sociales. El Papa recordó que «en medio de la fragilidad, nace una nueva esperanza»: lo que verdaderamente une a las personas, más allá de las fracturas, es nuestra humanidad común. «¿Adónde vamos? ¿Hacia qué meta queremos orientarnos?», una manifestación de la sed de verdad y de Dios y de los dones de la razón y la libertad. El Papa insistió en esto último, reiterando la enseñanza de Juan Pablo II en Evangelium Vitae : la auténtica libertad no es simplemente hacer lo que uno quiere, sino que se realiza en el «don de sí mismo y la aceptación de los demás», es decir, cuando se usa para amar; Cuando, sin embargo, se absolutiza de manera individualista, se vacía y contradice su propia dignidad.
Es el ámbito adecuado para recordar que detrás de «la crisis de las democracias contemporáneas y el debilitamiento del multilateralismo», se esconde en realidad «una crisis antropológica» derivada del olvido del Creador. La respuesta no es el desaliento, sino la fidelidad cotidiana: «la civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de la suma de pequeñas y tenaces lealtades, que actúan como barrera contra la deshumanización». En ámbito tan fraterno no puede faltar la referencia al diálogo «fundado en la verdad» y al «sano pluralismo»: el reconocimiento de la dignidad intrínseca de cada persona nos permite superar el egoísmo y los intereses particulares en nombre del bien común y valorar la riqueza de las contribuciones de distintos orígenes, en una convivencia pacífica.
La Magnifica Humanitas en el New York Times.
El New York Times sugirió recientemente que la primera encíclica del Papa León XIV podría ayudar al catolicismo a liberarse de su supuesta obsesión con la llamada «teología pélvica», el conjunto de enseñanzas de la Iglesia sobre la moral sexual. Según esta interpretación, décadas de enfoque en los «pecados por debajo del cinturón» han distraído a la Iglesia de su misión social, debilitando su voz en defensa de los trabajadores y los marginados. Este parece ser el pensamiento de muchos, incluso dentro de la Iglesia, y entre el clero, incluyendo a quienes ocupan cargos mitrados. Extensa entrevista con Dominique Wolton (Pape François. Politique et société, 2017/2018): «Existe un gran peligro para los predicadores: el de condenar únicamente la moralidad que es —perdón— «debajo del cinturón». Pero los otros pecados, más graves: el odio, la envidia, el orgullo, la vanidad, el homicidio, el asesinato… rara vez se mencionan». Añadió que los pecados de la carne son «los más leves, porque la carne es débil», mientras que los más peligrosos son los del espíritu. Citó con admiración a un cardenal que, ante confesiones de este tipo, respondió: «Lo entiendo, sigamos adelante». El papa León XIV también se hizo eco de temas similares, recordando que la unidad (o división) de la Iglesia no debe girar principalmente en torno a cuestiones sexuales y que la moral no puede reducirse a ellas. En el vuelo de regreso de un viaje (abril de 2026), dijo: «Tendemos a pensar que cuando la Iglesia habla de moral, la única cuestión moral es la sexualidad. En realidad, creo que hay cuestiones mucho más amplias e importantes, como la justicia, la igualdad, la libertad… que deberían tener prioridad sobre ese tema en particular».
Noelle Mering, en su artículo publicado en eppc.org , desmantela esta tesis con argumentos sólidos: «quienes separan la moral sexual de la doctrina social dan por sentada una dicotomía que la Iglesia siempre ha rechazado. La sexualidad no pertenece a una esfera privada e irrelevante: «El sexo crea obligaciones. Crea madres, padres, hijos, dependencias, vínculos y vulnerabilidades». Es, en otras palabras, el tejido conectivo de toda sociedad. Mering lo demuestra con ejemplos concretos e innegables. ¿Acaso la explotación denunciada por el movimiento MeToo es simplemente un asunto privado? ¿No revela la epidemia de ausencia paterna la profunda conexión entre castidad, caridad y estabilidad social? ¿No están las crisis de soledad y desconfianza que afectan a nuestras comunidades vinculadas a la reducción del sexo a «preferencias privadas y satisfacción personal»?
El Papa León XIII, en Rerum Novarum , denunció el trato que se daba a los trabajadores como «instrumentos de producción o unidades de utilidad económica». Esa misma lógica utilitarista, observa Mering, «no se detuvo en las puertas de la fábrica. Se extendió a todos los ámbitos de la vida humana», hasta el punto de mercantilizar el cuerpo, la fertilidad y la intimidad. Por lo tanto, la «teología pélvica» es una parte integral —no antagónica— de la doctrina social católica. Muchos reconocen los peligros de la mercantilización en la economía, pero la ignoran sistemáticamente en los ámbitos sexual y familiar. Se oponen con razón al trabajo precario, pero «celebran una revolución sexual que ha generado enormes ganancias para industrias basadas en la inestabilidad, el apetito y la alienación». Aplicaciones de citas, pornografía industrial, compañías farmacéuticas que se lucran con la ideología de género: todas son manifestaciones de la misma deshumanización. «La revolución industrial corrió el riesgo de reducir al hombre a una fuerza de trabajo. La revolución sexual corrió el riesgo de reducirlo a un apetito. La revolución de la IA corre el riesgo de reducirlo a una máquina». La respuesta de la Iglesia es siempre la misma: la persona humana es «una criatura hecha a imagen de Dios, dotada de una dignidad inviolable que ningún mercado, Estado, ideología o tecnología puede borrar». Separar la moral sexual de la justicia social no es un signo de sofisticación intelectual, sino un error que empobrece y destruye a ambas.
Solidaridad con la “Sociedad de San Pío X”: “Je suis Pie X.”
Joachim Heimerl da su visión de la relación entre la Fraternidad San Pío X y el Vaticano. «¿Quizás estés de acuerdo conmigo? No pertenezco a la Sociedad Sacerdotal de San Pío X, pero sigo de cerca su labor y estoy agradecido. Sin la Sociedad, la Misa tradicional estaría olvidada hoy en día, y yo mismo jamás la habría conocido. Ciertamente, existen muchas comunidades tradicionalistas que practican la Misa «antigua», pero ninguna de ellas habría nacido sin la Sociedad Sacerdotal de San Pío X; es la primera comunidad que ha preservado la fe tradicional de la Iglesia y la única que la defiende sin concesiones, incluso cuando otras comunidades tradicionalistas guardan silencio».
Recibo regularmente el boletín informativo de la Sociedad Sacerdotal de San Pío X y lo leo con gran interés. Nunca he encontrado en él nada que contradiga u oscurezca la fe católica, a diferencia de lo que ocurre constantemente en los textos oficiales de la Iglesia y del Papa. No cabe duda del catolicismo de la Sociedad; recientemente publicó una impresionante «Crítica de la Fe», que resume aquellos principios fundamentales que la Iglesia siempre ha enseñado, pero que rara vez comparte hoy en día.
La Iglesia siempre ha afirmado, basándose en el testimonio de la Sagrada Escritura, que la nueva alianza sustituyó a la alianza de Dios con el pueblo de Israel. Hoy, considera esta afirmación ofensiva y monopolística, y acusa maliciosamente de «antisemitismo» a quienes insisten en su doctrina anterior. Lamentablemente, esto también se aplica a la verdad revelada de que no hay salvación fuera de la Nueva Alianza y que solo la Iglesia Católica administra esta salvación mediante los sacramentos. Heimerl recuerda su proceso personal, que no deja de ser común a mucho otros sacerdotes: «nací después del Concilio Vaticano II y viví mi educación católica —valga la redundancia— con una mentira escandalosa que, como muchos otros, tardé mucho en reconocer y que hoy me horroriza aún más. Me refiero a la mentira de la supuesta continuidad, la mentira que afirma que la Iglesia ha permanecido igual después del Concilio y que no ha cambiado radicalmente su doctrina ni su liturgia». La Iglesia de hoy se asemeja a un paisaje de ruinas y que su fe se presenta como una ruina.
Heimerl manifiesta lo que otros muchos sacerdotes católicos piensan y no se atreven a decir en público: «Es comprensible que la Sociedad de San Pío X haya decidido consagrar a sus propios obispos en esta situación, y me alegro de que lo hagan. Sin embargo, si esto ocurre sin un mandato papal, solo evidencia el estado desolador de la Iglesia. Esto también significa que podría acarrear la excomunión. La cuestión ya no es la «excomunión». Más bien, la pregunta debería ser si es realmente posible excomulgar a quienes son los únicos que profesan la fe católica, mientras los papas proclaman herejías y se arrodillan ante ídolos falsos. Creo que tal «excomunión» no se sostendría ante Dios, y solo por esta razón, nadie está obligado a adoptarla. Esto es aún más cierto si consideramos que, en general, hoy en día nadie es excomulgado, ni siquiera por herejía o apostasía, ni siquiera los obispos de Alemania, Austria y Suiza».
Las consagraciones episcopales de la Sociedad Sacerdotal de San Pío X nos plantea la siguiente pregunta: ¿de qué lado estamos? ¿Del lado de la nueva fe pseudocatólica de la Iglesia posconciliar y, por lo tanto, del lado de la «nueva» Misa? ¿O del lado de la fe tradicional, que se expresa únicamente en la Misa tradicional y en ningún otro lugar? No existe un término medio sencillo, e incluso las comunidades tradicionalistas que nominalmente reconocen el Concilio Vaticano II quedan, en última instancia, excluidas de responder a esta pregunta; es todo o nada.
La Santísima Trinidad.
Hoy es la Fiesta de la Santísima Trinidad que comenzó a celebrarse esta fiesta hacia el año 1000, tal vez un poco antes. Parece ser que fueron los monjes los que asignaron el domingo después de pentecostés para su celebración. Anteriormente existía misa votiva y oficio en honor de la Trinidad, pero no día de su fiesta como tal. Las iglesias diocesanas comenzaron a seguir el ejemplo de los benedictinos y los cistercienses, y, en los dos siglos siguientes, la celebración se extendió por toda Europa. Roma tardó en admitir la nueva fiesta y por fin, en 1334, el papa Juan XXII la introdujo como fiesta de la Iglesia universal.
El domingo de la Santísima Trinidad es una devoción arranca del mismo Nuevo Testamento; pero lo que le dio especial impulso fue la lucha de la Iglesia contra las herejías de los siglos IV y V. El arrianismo negaba la divinidad de Cristo. En 325, el concilio de Nicea afirmó que Cristo es coeterno y consustancial con el Padre, y así condenó el arrianismo. Esto fue reafirmado en el concilio de Constantinopla, en 381, que declaró además que el Espíritu Santo es distinto del Padre y del Hijo, pero consustancial, igual y coeterno con ellos.
¿De qué manera hemos de aproximarnos a este misterio? ¿Comenzaremos por la unidad de naturaleza o por la trinidad de personas? Durante siglos la enseñanza de la Iglesia ha acentuado la unidad del ser y así se hacía también en la catequesis popular. Una oración popular irlandesa, traducida por Tomás Kinsella, ilustra esta idea:
Tres pliegues en una sola tela,
pero no hay más que una tela.
Tres falanges en un dedo,
pero no hay más que un dedo.
Tres hojas en un trébol,
pero no hay más que un trébol.
Escarcha, nieve, hielo…,
los tres son agua.
Tres personas en Dios
son asimismo un solo Dios.
«…para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna».
Buena lectura.