Se inaugura la capilla de la nueva sede de los Heraldos del Evangelio en Gijón

HOMILÍA DEL SR. ARZOBISPO DE OVIEDO, MONS. JESÚS SANZ MONTES

EN LA INAUGURACIÓN DE LA CAPILLA DE LA SEDE DE LOS

HERALDOS DEL EVANGELIO EN GIJÓN. 9-5-2026

Querido Don José Francisco y demás hermanos concelebrantes.

Queridos Heraldos del Evangelio y amigos que esta tarde acudís a una cita especial.

Hemos escuchado un texto netamente pascual tomado del libro de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 8º, donde se dice como conclusión que después de presentar el anuncio de la Pascua de Cristo, la ciudad se llenó de alegría.

Y se llena de alegría también, en Gijón y nuestra Asturias, por la nueva sede que estamos inaugurando con esta capilla que acabamos de bendecir hace un instante.

Yo doy gracias al Señor por la presencia de este carisma que la Iglesia ha reconocido, los Heraldos del Evangelio.

Un carisma es, en definitiva, un recordatorio de ese Espíritu, el Espíritu Santo que Jesús prometió.

Bueno, lo prometió porque la función del Espíritu Santo sería recordar y llevar a la verdad en plenitud.

¿Por qué recordar? Porque tendemos al olvido.

¿Por qué llevar a plenitud? Porque no siempre entendemos lo que Dios nos muestra y señala.

La historia de la Iglesia está llena de carismas que el Espíritu del Señor ha ido suscitando como un recordatorio en el tiempo de palabras ya dichaspor los labios del Señor, pero que eran olvidadas, por gestos suyos vividos por el Señor que eran tal vez traicionados.

Una palabra olvidada o un gesto traicionado que vienen a ser recordados y señalados de nuevo por lo que el Espíritu Santo iba suscitando.

Y esta es la historia de los santos.

Yo pertenezco a una benemérita orden religiosa, la orden de los franciscanos.

San Francisco de Asís es un grito que recuerda y que muestra lo que en aquel momento y después también se estaba olvidando o traicionando.

Y así San Agustín, y así San Bruno, y así San Benito y Santa Escolástica, y así Santa Clara y San Ignacio, hasta el último santo canonizado cuando estos son fundadores de una nueva comunidad.

Por eso la ciudad se llena de alegría y por eso se puede llenar de alegría nuestra ciudad de Gijón y nuestra diócesis asturiana, la diócesis de Oviedo, porque a través de un carisma reconocido por la Iglesia se nos recuerda y se nos muestra lo que tendemos a olvidar o tal vez a traicionar también.

Los Heraldos del Evangelio tienen como carisma tres amores blancos: la Eucaristía, la Santísima Virgen y el Papa sucesor de San Pedro.

Tres amores blancos que no siempre se viven con la debida memoria, que no siempre se abrazan con la debida gratitud.

Y Dios suscita este camino a través del recordado padre João Clá Dias, que tuve el regalo de poder conocer y tratar tanto en Brasil, sobre todo en Brasil.

Es un nuevo carisma que a través de él Dios suscita en su Iglesia. Que en Asturias se dé precisamente este triple amor blanco de un carisma tan esencial como en torno a la Eucaristía, en torno a Nuestra Señora, en torno al que nos preside en la caridad, que es el Santo Padre, está muy bien que nos lo recordéis y que nos lo señaléis, por si acaso somos olvidadizos o nos distraemos.

La historia de la Iglesia es la historia de una peregrinación.

En el libro del Génesis se relata el pecado original, original y originante, de los que luego han venido personalmente después.

Aquel pecado original suscita esa separación que se origina en Adán y Eva.

(Ante los murmullos de los niños, Monseñor Sanz comenta:) A mí no me molestan los niños, ¿eh? todo lo contrario. Ponen una nota de inocencia y bajan bastante la edad media en esta asamblea litúrgica.

Por cierto, no dije nada antes, pero tenemos a la pequeña Sofía por ahí, que está cumpliendo tres años. Luego hay que felicitarla, de tal manera quelos niños hacen lo que están haciendo y de esta manera concelebran. Así que nos relajamos y damos gracias por todos ellos y por los papás que los traen, que los traen a la vida y a la misa.

Bueno, estamos diciendo que la historia de la Iglesia es la historia de una peregrinación.

Aquella casa que tenía forma de jardín en el Edén del Principio, de pronto se hace hostil.

Y en esa casa con forma de jardín, Adán y Eva perciben que Dios ya no les acompaña a la hora de la brisa cada tarde para venir a pasear y a charlar con sus dos hijos más importantes.

El Creador de todo se ensimismó con el hombre y la mujer.

Pero algo ocurrió donde se da una ruptura, un alejamiento y una extrañeza.

Han cometido una infracción, una transgresión, un pecado, que les ha hecho extraños y ajenos con ese Dios cercano, Padre y Amigo, que hasta ese momento habían gozado.

No solamente será esa ruptura con Dios, del que tienen que esconderse, porque sentían pudor por su desnudez ante el Altísimo.

Antes no, después del pecado.

 

Una segunda consecuencia de este pecado original no solamente es la ruptura con Dios, sino la ruptura con ellos mismos Adán y Eva dejan de ser la ayuda adecuada. “Yo le daré una ayuda adecuada”. Cuando Dios ha sumado a Adán, su mejor criatura, lo encontró triste, solitario y mustio.

¿Qué le falta si con él me he esmerado como con ninguna otra criatura?

¿Qué le falta? Le faltaba a Eva. Y cuando Eva se la dio, le dijo, te voy a dar una ayuda adecuada que te corresponda para que tu vida no se frustre y llegué al destino de santidad para el que fue creada.

Pero el pecado original interrumpe y frustra este proyecto de destino de santidad.

Y Adán y Eva no se entienden, se persiguen, se autoinculpan, se acusan, se rompe la relación humana.

Y la tercera y última ruptura es que será también una división con la vida como tal. El hombre, el Homo Faber tendrá que trabajar pero sudando en su frente.

Y la madre de los vivientes, Eva, tendrá que engendrar sufriendo dolores del parto.

La frente de Adán y el seno de Eva sufrirán también las consecuencias de esta ruptura.

¿Qué hace Dios? ¿Marcharse a otra galaxia? ¿Intentarlo con otros que fueran más dóciles y obedientes? Se quedó a acompañar al pueblo que nacía allí tan torpemente.

Y esa historia que allí comienza tendrá como culminación la llegada del Mesías esperado, cuando Dios mismo envíe a la humanidad a su propio Hijopara venir a revivirnos y a salvarnos.

El Evangelio de Juan comienza, la primera vez que aparece una voz humana en el Evangelio de San Juan, es una pregunta.

¿Dónde vives maestro? Le preguntaron Andrés y Juan a Jesús, señalado por su primo el bautista, el bautista como el cordero que quita los pecados del mundo.

¿Que dónde vivo? Venid y lo veréis. Fueron y se quedaron con él.

Son los dos primeros discípulos.

Juan 1.35 nos relata ese momento.

Aquella auto expulsión de aquella casa con forma de jardín, se redime con una casa que se abre para acoger.

De tal manera que la casa de Jesús, donde él vivía, se convierte en un lugar de encuentro, en un lugar de acogida, en donde comienza una nueva

historia que sabe a redención y a salvación.

Y ahí comenzarán aquellos dos discípulos que son los que nos han antecedido en el tiempo y en la fe.

Bendecir una casa, bendecir una capilla como estamos haciendo nosotros, es dar gracias, porque en este sitio y en este momento, es decir, en este espacio y en este tiempo, nosotros estamos reviviendo aquello que Jesús ofreció a sus discípulos que luego fueron Juan y Andrés.

 

¿Qué vais a hacer en esta sede? ¿Qué se va a hacer en esta capilla?

Escuchar la Palabra de Dios, adorar la Santa Eucaristía, celebrar los Sagrados Misterios, rezar a la Santísima Virgen, nuestra Madre, darnos la paz y debidamente preparados, acercarnos a comulgar el Cuerpo Santo de Jesucristo.

Bendecimos esta capilla como casa en la que nosotros, nuestra peregrinación nómada, aquí termina, porque hemos encontrado un lugar donde somos conocidos, somos queridos y somos siempre esperados.

Alguien nos conoce, alguien nos quiere y siempre nos espera.

Este es el sentido que tiene bendecir una capilla morada del Altísimo para escuchar juntos su Palabra, para adorar juntos su presencia eucarística, para rezar juntos a su Madre bendita que nos la dio al pie de la cruz, también como Madre nuestra y para darnos la paz, nutrirnos de la Sagrada Eucaristía.

Por eso estoy contento y por eso puedo decir, como arzobispo de Oviedo, que esta cita, esta tarde, también sería tarde alegre.

A los que estáis aquí que venís de lejos o a los que sois aquí y estáis cerca, todos seáis bienvenidos. Y nuestros pequeños que siguen concelebrando, quesigan con sus rezos, porque poner sus rezos alaban al Señor.

Nosotros lo haremos de otra manera, nos ponemos en pie.

 

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