Londres es una ciudad hostil para el carácter mediterráneo. Gris, puntual, cortés hasta la frialdad; sigue siendo, en el fondo, la vieja metrópoli de un imperio que conquistó medio mundo sin molestarse en evangelizarlo. Hoy la habitan los descendientes de aquellos pueblos sometidos y nunca bautizados, de modo que la capital ha acabado tomada por su propia periferia. Tiene su belleza y su carácter, pero al que llega del sur lo recibe con distancia.
Salgo de la última reunión con la cabeza cargada y el cuerpo pidiendo silencio. Camino hacia South Kensington. Empujo la puerta del impresionante Oratorio de Brompton mientras el sacerdote, desde el lejano altar ad orientem, dice Ite, missa est. Llego tarde. Deo gratias, responde la iglesia.
Me quedo.
Me siento en uno de los últimos bancos y levanto la vista. La belleza del lugar me abruma. Es un barroco italiano levantado en pleno siglo XIX, y debería parecer una imitación tardía, como tantas iglesias de su época. Aquí no. Todo está en su sitio: la luz que baja de la cúpula, el mármol que no pesa, las capillas laterales que acompañan sin invadir la armonía del conjunto.
Entonces se expone el Santísimo y empieza a cantar un coro de chicos del colegio del Oratorio. No lo esperaba. Tantum ergo sacramentum, veneremur cernui. A mi alrededor hay oficinistas con corbata y el maletín o la mochila en el suelo, un grupo de estudiantes, una chica asiática con velo y varios caballeros ingleses con aspecto respetable.
La batalla ya se decidió
Mientras dura la adoración me asalta una idea que no consigo quitarme de encima. Hablamos mucho de una batalla entre lo bello y lo feo, entre lo reverente y lo chabacano. Aquí, de rodillas, tengo la sensación de que el concepto de batalla no es del todo preciso. El orden, el bien, la verdad y la belleza han ganado. La fealdad ha perdido porque no funciona y porque ningún corazón sincero la soporta mucho tiempo.
Los templos sin alma, las liturgias improvisadas, los ministros eucarísticos, las comuniones en la mano y los altares de las vanidades son los restos de un bando derrotado. Siguen ahí, ocupando sitio y quizás puestos de poder, pero ya no tienen nada que ofrecer.
La batalla está ganada ontológicamente. El mal no tiene existencia propia, la mentira necesita de la verdad para poder deformarla y la fealdad solo puede existir como corrupción de la belleza. No hay dos ejércitos equivalentes disputándose un resultado incierto. La victoria ya se ha producido. Lo único que queda por decidir es dónde queremos estar nosotros. La batalla que libramos en nuestro interior no consiste en conquistar una victoria todavía pendiente, sino en adherirnos libremente a una victoria que ya se ha consumado.
Avisad a los vuestros
Avisad a los que queréis, a vuestra familia, a vuestros amigos, a vuestros compatriotas: que se sumen a la celebración de esa victoria. Es una victoria que sucede en lugares exactamente como este, mientras el Santísimo permanece expuesto tras la misa de la tarde y los oficinistas católicos de Londres, antes de hundirse en la boca del metro, se llevan el alma llena de esperanza, como quien guarda una brasa bajo el abrigo para cruzar la noche.