«¡Ay de mí si no predico!»

«¡Ay de mí si no predico!»
<a href="https://5058.sydneyplus.com/argus/final/Portal/Public.aspx?lang=en-US&p_AAEE=tab4&p_AABB=tab8" target="_blank" rel="noopener"><em><strong>El martirio de san Serapio</strong></em></a>, de Francisco de Zurbarán, 1628 [Wadsworth Atheneum, Hartford, Connecticut]

Por el padre Benedict Kiely

No sé si el cardenal Jean-Paul Vesco, arzobispo de Argel, habrá leído el poema satírico «Absolute and Abitofhell», de monseñor Ronald Knox. El poema retrata a los profesores de Oxford y a los clérigos de su época, prendados del liberalismo teológico: el tipo de eclesiásticos que, según dijo san John Henry Newman, él había combatido toda su vida.

Los versos de ese poema que vienen a la mente a propósito de nuestro hombre en Argel son agudos como el vinagre: «Cuando la suave cortesía, templando el celo intolerante, / corrigió “Yo creo” por “Uno siente”».

El cardenal Vesco ha dicho recientemente varias cosas que fueron más allá de la mera cortesía hacia sus vecinos musulmanes. Su primera declaración condenó el «proselitismo», al que calificó de «veneno», y fue cuestionada por el obispo Robert Barron, que sabe un poco de evangelización.

Se ha desatado una especie de tormenta en internet, con los sospechosos de siempre —los profesores knoxianos, como podríamos llamarlos— condenando al obispo Barron y recordándole al mundo que el cardenal ejerce su ministerio en una situación difícil, es decir, entre musulmanes. Los habituales funcionarios del sincretismo sostuvieron que las palabras del cardenal habían sido malinterpretadas: no negaba la «Gran Comisión» de predicar el Evangelio a todas las naciones, ni el llamado a la conversión.

El cardenal Vesco intentó aclarar sus declaraciones anteriores, pero no hizo más que cavar un pozo todavía más hondo. La Iglesia, dijo, «no está ahí para convertir» y tiene «cosas mejores que hacer» que buscar conversos entre las que llamó las otras «religiones monoteístas».

La Iglesia, en cualquier país donde predomina el islam, está ciertamente en una situación difícil. ¿Dónde está hoy la gran sede de Hipona, o la ciudad de Tagaste, donde nació san Agustín? Su antigua población cristiana ha desaparecido: atacada primero por las hordas bárbaras y luego aniquilada para siempre bajo el islam.

Es difícil proclamar a Cristo en condiciones de hostilidad, como sé demasiado bien tras más de diez años ayudando a cristianos perseguidos en todo Oriente Medio. Así que surge la pregunta: si convertir no es tarea de la Iglesia, ¿para qué existe Ella?

Durante los tres primeros siglos de la historia cristiana, todos los miembros de la Iglesia, jerarquía y pueblo, vivieron en situaciones abrumadoramente hostiles. Diez de los doce apóstoles murieron por la fe: Judas se suicidó, y solo san Juan llegó a una edad avanzada. Los mártires —hombres, mujeres y niños— dieron testimonio de la verdad de la fe cristiana. Creían, con san Pablo, que no hay «bajo el cielo otro nombre por el cual podamos ser salvados que el nombre de Jesús».

Hoy, en las tierras donde trabaja mi organización benéfica, se asesina a familias y se martiriza a sacerdotes en un lugar abrumadoramente hostil. Los obligan a dejar sus hogares, abandonan todas sus posesiones, sus negocios son destruidos, porque creen en las palabras de Aquel que se proclamó «el Camino, la Verdad y la Vida».

He conocido a personas que enfrentaron la muerte por haberse convertido del islam. Una señora, amenazada por su propia familia, dijo que eso ya no importaba, porque «conocía a Cristo».

El diálogo interreligioso es inmensamente difícil cuando alguien quiere cortarte la cabeza por lo que crees. Esto podría incluso sugerir que un «diálogo» de este tipo no tiene sentido.

Algunos dicen que el cardenal solo quiso condenar el proselitismo, palabra que ha adquirido una connotación moderna que la vuelve impopular. La acepción moderna implica algo más que la persuasión: sugiere algún tipo de coacción. Contra el cardenal Vesco, la idea de que pueda existir la más mínima posibilidad de conversiones coaccionadas o forzadas en un país musulmán es pura fantasía.

Más que la conversión forzada, el cardenal se refiere con toda claridad al acto mismo de la conversión. Sin embargo, el origen de la palabra proselitismo, tal como se entendió durante siglos, viene del griego y significa «el que ha llegado»: un prosélito.

Los seguidores de Jesucristo afirmaban, con gran humildad, que habían «llegado» a la verdad. La «tarea» de quien había llegado a la verdad era, según la Verdad misma, contarles a los demás esta Buena Nueva. De hecho, Él encomendó a sus discípulos hacer exactamente eso. «¡Ay de mí —dijo san Pablo— si no anuncio el Evangelio!» (1 Corintios 9,16).

El Papa Francisco, al comienzo de su pontificado, afirmó con firmeza que la Iglesia no es una ONG. Otros pueden educar, alimentar, dar vivienda y atender las necesidades médicas de distintas poblaciones, a menudo mejor que la Iglesia. ¿Para qué existe entonces la Iglesia, si no es para la proclamación y la conversión?

¿Ha sido inútil esa labor? ¿No deberíamos ayudar a nuestros hermanos perseguidos si todas las religiones son iguales? ¿Importa poco si uno cree en Jesús, en Mahoma o, ya puestos, en Buda? Si tenemos «cosas mejores que hacer», ¿cuáles son exactamente?

Hilaire Belloc, otro enemigo de los profesores afectados, se asombraba de la «permanencia y resistencia» de lo que consideraba, con razón, una herejía cristiana (es decir, el islam). La llamó «la negación más poderosa de la Encarnación, la negación que llegó armada y victoriosa».

Para quien cree en Cristo (en el «emocionante romance de la ortodoxia», como dijo Chesterton), una herejía es algo que hay que combatir, no aceptar débilmente ni elogiar. Un cardenal de la Santa Iglesia Romana viste de rojo por una razón: porque derramar la sangre por Cristo —ser mártir, aunque no se lo busque— es la forma suprema de testimonio.

Los mártires de los últimos veinte siglos —los hombres, mujeres y niños que en este mismo momento están muriendo únicamente por su fe en Cristo— no son de los que piensan que la conversión no importa. Han encontrado la verdad que los hace libres, aunque tengan que morir proclamándola.

Si la Iglesia tiene «cosas mejores que hacer» que convertir a la gente a Cristo, entonces, como comentó una vez Flannery O’Connor a unos amigos que sostenían que la Eucaristía es solo un símbolo, si la enseñanza de la Iglesia no es verdadera, entonces «al diablo con ella».

Pero la Iglesia ya tiene la «mejor» cosa que hacer: y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella.

Sobre el autor

El padre Benedict Kiely es sacerdote del Ordinariato de Nuestra Señora de Walsingham. Es el fundador de Nasarean.org, que ayuda a los cristianos perseguidos.

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