Por: Mons. Alberto José González Chaves
Nuestros muertos han salido de nuestro alcance corporal, pero no de la comunión de la Iglesia. Podemos seguir ayudándolos con el auxilio más grande: el Santo Sacrificio del altar. El 2 de noviembre, la Iglesia concede a cada sacerdote la facultad de celebrar tres Santas Misas, riqueza espiritual que podría quedar estéril por desconocer que existe.
La oración por los difuntos es muy anterior a la institución de su conmemoración anual. El segundo libro de los Macabeos refiere la ofrenda de un sacrificio expiatorio por los caídos y lo relaciona con la esperanza de la resurrección (2 Mac 12, 43-46). La Iglesia recibió y desarrolló esta práctica a la luz del sacrificio redentor de Cristo. Desde los primeros siglos recordó a los muertos en la celebración eucarística; más adelante, la tradición monástica vinculada a san Odilón de Cluny contribuyó a establecer una jornada común de sufragio después de Todos los Santos. El fundamento de todo ello es una verdad de fe: quienes mueren en gracia de Dios pero necesitan todavía purificación pueden recibir el auxilio de nuestros sufragios, especialmente del sacrificio eucarístico. El purgatorio pertenece al misterio de la salvación: sus almas están salvadas, aunque todavía no han llegado a la plenitud de la visión de Dios. Su purificación es dolorosa; su esperanza, segura. Así lo expone el Catecismo de la Iglesia Católica (1030-1032).
La facultad de celebrar tres misas tiene raíz hispánica. Al recordar sus antecedentes, Benedicto XV señala que, desde siglos atrás, había arraigado en el reino de Aragón la costumbre de que los sacerdotes seculares celebrasen dos misas el día de Difuntos y los regulares, tres. Benedicto XIV confirmó y amplió aquella práctica mediante las letras apostólicas del 26 de agosto de 1748, a petición de Fernando VI de España y Juan V de Portugal, extendiéndola a los sacerdotes de los territorios sujetos a ambos monarcas. La extensión universal llegó con Benedicto XV, mediante la constitución apostólica Incruentum altaris, de 10 de agosto de 1915 (Acta Apostolicae Sedis, VII, 401-404). Europa estaba sumergida en la Primera Guerra Mundial y el Papa, contemplando con dolor la multitud de hombres que morían en el frente, en plena juventud, quiso abrir para aquellos hijos el tesoro de los sufragios de la Iglesia.
Pero la guerra no fue el único motivo. El documento menciona también las fundaciones piadosas desaparecidas, las obligaciones de misas incumplidas y la disminución de rentas que había obligado a reducir celebraciones anteriormente establecidas. Había muertos por quienes se había dispuesto que se celebrasen misas y que, por distintas causas, estaban quedando privados de aquellos sufragios. La concesión tuvo, por tanto, una intención paternal de suplencia, además de responder a la inmensa mortandad de la guerra.
Las aplicaciones quedaron expresamente determinadas: una misa a libre aplicación del sacerdote, pudiendo recibir por ella estipendio; otra por todos los fieles difuntos, sin estipendio; y la tercera a intención del Sumo Pontífice, también sin estipendio, y, según el documento de 1915, vinculada al propósito de socorrer a los difuntos expuesto en su preámbulo. No son, por consiguiente, tres misas disponibles para aceptar tres estipendios particulares. La concesión ensancha la caridad del altar: una aplicación libre, otra universal y otra confiada a la solicitud del Padre común. Lo recoge la Ordenación General del Misal Romano, número 204 d. Es una facultad, no una obligación de celebrar tres veces, pero una concesión semejante merece ser conocida y aprovechada con generosidad por sacerdotes y fieles.
Las tres misas pueden celebrarse consecutivamente, permaneciendo el sacerdote en el altar; quien asiste a las tres permanece en una prolongada intercesión ante el sacrificio de Cristo. Cada misa conserva, naturalmente, su integridad: no se funden tres celebraciones en una ni se suprimen partes por haberlas rezado antes.
Al fiel, las responsabilidades familiares, la salud o el trabajo pueden impedirle asistir a las tres Santas Misas. Pero, si le es posible, hace una excelente obra de misericordia. Si encontramos tiempo para tantos compromisos secundarios, podemos reservarlo para quienes esperan nuestra caridad, pues ya no pueden merecer.
¿Por qué ofrecer varias misas, si una sola tiene un valor infinito? Porque ese valor procede de Cristo, mientras que la aplicación de sus frutos a personas determinadas pertenece al orden de su providencia y de la intercesión de la Iglesia. Nadie puede medir el sufragio como quien calcula una deuda comercial. Tampoco podemos deducir del valor infinito del sacrificio que toda nueva celebración resulte innecesaria: la Iglesia ha perseverado siempre en ofrecerlo por vivos y difuntos. La repetición expresa confianza y constancia en la súplica.
¿Qué significa «aplicar» una misa? Toda Santa Misa es acción de Cristo y de la Iglesia y posee una dimensión universal. Dentro de ella, el sacerdote puede destinar de modo especial su fruto de sufragio a una intención determinada. Esa aplicación no convierte el sacrificio en propiedad privada ni excluye a los demás de sus beneficios. Encomendar a una madre difunta no empobrece la comunión de los santos; concreta la caridad dentro de ella.
Tampoco el donativo compra la Misa, pues el sacrificio de Cristo no tiene precio. El estipendio es una ofrenda mediante la cual el fiel participa en el sostenimiento de los ministros y de las obras de la Iglesia. El derecho canónico (945-947) exhorta a los sacerdotes a celebrar también por las intenciones de los fieles necesitados, aunque no reciban ofrenda alguna, excluyendo toda apariencia de comercio. El pobre tiene pleno acceso a la caridad del altar. Un donativo mayor no obtiene una Misa de mayor valor. Por otra parte, aceptada la ofrenda, la obligación de aplicar la Misa es un deber de justicia que debe cumplirse escrupulosamente. La gratuidad de la gracia no autoriza a tratar con ligereza la confianza de los fieles.
En la perseverancia en el sufragio se sitúan las misas gregorianas: treinta celebradas durante otros tantos días consecutivos por un mismo difunto. En el libro IV de sus Diálogos, capítulo 55, san Gregorio Magno refiere que mandó ofrecer el Santo Sacrificio por el monje Justo durante treinta días y que, cumplido aquel período, recibió noticia de su liberación. La fecundidad espiritual de las misas gregorianas beneficia también a la familia que las acompaña con oración, penitencia y caridad.
¿Cómo vivir espiritualmente las tres misas del 2 de noviembre? Ante todo, llevando nombres: nuestros padres, familiares, amigos y bienhechores; los sacerdotes que nos administraron los sacramentos; aquellos a quienes debemos gratitud; quienes murieron sin que pudiéramos despedirnos; también aquellos a quienes hicimos sufrir. Cuando una petición de perdón ya no puede pronunciarse ante una presencia visible, aún puede convertirse en oración y reparación.
Después, ensanchando la súplica: los muertos de nuestra familia no agotan la familia de Dios. Hay difuntos sin descendientes, sin amigos creyentes, sin una tumba visitada. La aplicación por todos los fieles difuntos abre el corazón a una caridad que no pregunta por el parentesco.
Y, durante cada misa, uniéndonos interiormente a la ofrenda de Cristo, adorando en la consagración, suplicando en el recuerdo de los difuntos y ofreciendo nuestras propias penas. El silencio atento puede estar lleno de una actividad espiritual intensísima.
La asistencia a tres misas no significa recibir tres veces la Sagrada Comunión. Conforme al canon 917, quien ya ha comulgado puede hacerlo una segunda vez en el mismo día oyendo otra misa entera. Pero asistir a una tercera expresa la insistencia en el sufragio.
Este año podemos tener especialmente presentes a los fallecidos en los accidentes ferroviarios de Adamuz y de Urda. La muerte repentina nos obliga a detenernos ante la fragilidad de nuestra vida. Por ellos pidamos misericordia; para sus familias, consuelo y fortaleza.
Junto a esa intercesión por los muertos, urge la oración por tantos niños y jóvenes expuestos a la trivialización del mal. La difusión del estúpido, absurdo y siniestro Halloween es una suerte de culto a lo demoníaco, lo macabro, la deformación de la persona; presenta como divertido el satanismo, fomenta el ocultismo y acostumbra a la imaginación infantil a recrearse en el mal, fabricando prematuros muertos espirituales, víctimas de la nula formación cristiana actual. Porque los amamos, pedimos que conozcan a Cristo, que recuperen la gracia si la han perdido y que encuentren adultos capaces de mostrarles la belleza de la santidad.
Esta súplica por los vivos y esta reparación pueden acompañar nuestra participación en las Santas Misas, suplicando descanso para quienes han muerto y conversión para quienes todavía caminan con nosotros.
Benedicto XVI explicó en Spe salvi, 48, que nuestras existencias están vinculadas y que el amor puede alcanzar a quienes han atravesado la muerte. La doctrina del sufragio contiene ese consuelo: todavía podemos hacerles bien.
No deberíamos desaprovechar el 2 de noviembre. Las flores honran las tumbas; las lágrimas manifiestan el afecto; los recuerdos conservan una presencia querida; pero en el altar podemos ofrecer por nuestros muertos algo que nosotros nunca podríamos darles: el sacrificio redentor del Hijo de Dios. Algún día necesitaremos que otros lo ofrezcan por nosotros. En tanto, oramos pidiendo para los difuntos:
Requiem æternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis!