El sacerdote cisterciense Isaak Maria Käfferlein, de la comunidad monástica de Neuzelle, en Alemania, ha lanzado una advertencia sobre la reducción de la vida cristiana a la recepción de sacramentos en determinados momentos de la vida, sin una verdadera relación personal con Jesucristo.
En una intervención difundida por el monasterio Maria Friedenshort y recogida por Kath.net, el religioso cuestiona que numerosos católicos se acerquen a la Iglesia únicamente para celebrar bautizos, primeras comuniones, confirmaciones, matrimonios o funerales, sin que esos acontecimientos conduzcan necesariamente a una vida de fe.
Los sacramentos requieren una respuesta del hombre
Käfferlein comienza aclarando que su reflexión no pretende restar importancia a los sacramentos ni cuestionar su eficacia.
«Y no quiero que me entendáis mal: los sacramentos son importantes. Sí, Dios mismo actúa en los sacramentos, pero hace falta una respuesta del hombre», afirma el religioso.
El cisterciense relaciona esa respuesta con el seguimiento de Cristo y la condición de discípulo, dos aspectos que considera fundamentales para comprender la vida cristiana.
Su preocupación se dirige especialmente a una práctica pastoral en la que la recepción de los sacramentos puede convertirse en un acto social, desligado de la conversión personal y de la participación habitual en la vida de la Iglesia.
En este contexto, el sacerdote recurre a la expresión evangélica de no arrojar las perlas a los cerdos, aunque aclara que no pretende discriminar ni despreciar a nadie. Su intención, explica, es llamar la atención sobre una situación que considera necesario abordar dentro de la Iglesia.
Una Iglesia reducida a prestar servicios religiosos
El religioso describe una realidad conocida en numerosos países europeos: la Iglesia convertida, para determinadas personas, en una institución a la que se acude en las grandes ocasiones de la vida.
«Todos conocemos» esta situación, señala, antes de enumerar los principales momentos en los que muchas familias mantienen contacto con la parroquia: el nacimiento y el bautismo, la primera comunión, la confirmación, el matrimonio religioso y, finalmente, el funeral.
Sin embargo, Käfferlein plantea una pregunta que considera decisiva: «¿Ha conocido esta persona a Dios, a Jesucristo, como Dios vivo? ¿Ha sucedido eso?»
La cuestión desplaza la atención desde el mero cumplimiento de una costumbre religiosa hacia la relación efectiva del bautizado con Cristo.
El bautismo y la vida cristiana
Las palabras del cisterciense recuerdan una distinción fundamental de la doctrina católica: el bautismo incorpora verdaderamente a la Iglesia y confiere la gracia sacramental, pero el cristiano está llamado a desarrollar esa vida nueva mediante la fe, la conversión y la perseverancia.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que el bautismo constituye el fundamento de toda la vida cristiana y la puerta de acceso a los demás sacramentos. También recuerda que la gracia bautismal está llamada a crecer a lo largo de toda la existencia.
La reflexión del padre Käfferlein no cuestiona el valor objetivo de los sacramentos, sino que advierte contra su recepción como simples acontecimientos familiares o sociales. Su intervención plantea así uno de los principales desafíos pastorales de la Iglesia en sociedades históricamente católicas, pero cada vez más secularizadas: pasar de una pertenencia religiosa heredada a una fe vivida y practicada.