Por Robert Royal
Las encuestas a jóvenes muestran que muchos pierden la fe porque creen que la ciencia ha refutado la religión. Entre muchos otros factores, este error es un desafío importante para la Iglesia, que no recibe ni de lejos la atención que merece. Pensé en esto cuando mi viejo amigo Phil Lawler y yo intercambiábamos correos hace unas semanas (algo siempre esclarecedor) y descubrimos que ambos mantenemos una especie de interés paralelo por tratar de entender la teoría cuántica.
Él lo hace para estar al día, en la medida en que puede hacerlo alguien que no es especialista, de un avance intelectual significativo de nuestro tiempo (como lo hizo el ahora beato Fulton Sheen). Yo lo hago, creo, porque hace mucho, mucho tiempo, en un planeta muy, muy lejano, entré en la universidad como estudiante de física. Años después, descubrí con alivio que el joven Sócrates también había estudiado física porque, como yo, quería conocer la naturaleza de las cosas.
Pues bien, las matemáticas (que siempre se me habían dado bien) empezaron a parecerme cada vez más ficticias. Ahora sé que no lo son. Pero para ese tipo de matemáticas hace falta otro engranaje en la cabeza, y yo no lo tenía. Así que, como el Sócrates maduro, tomé otros caminos hacia la verdad, aunque sigo, como aficionado, la mecánica cuántica y otros avances científicos.
Yo «sigo la ciencia», pero no en el sentido en que se usa hoy esa expresión. En su formulación clásica, la ciencia es una búsqueda «libre de valores», magnífica para descubrir verdades sobre la energía y la materia, y sobre el continuo espacio-tiempo en el que vivimos. Y tanto más valiosa cuanto más se atiene a su ámbito, el de lo libre de valores. Pero esto plantea una pregunta: ¿cómo es que personas por lo demás inteligentes escriben en las redes sociales o ponen carteles en el jardín que dicen «Sigan la ciencia», como si la ciencia pudiera decirnos cómo vivir?
Es claramente una táctica que invoca el prestigio de la ciencia moderna para presionarnos: para que aceptemos cosas como el aborto (aunque la ciencia de la embriología demuestra que existe un ser humano vivo, con un ADN único, desde el momento de la concepción); para que minimicemos las diferencias entre hombres y mujeres, que son muchas y demostrables mucho más allá del binario cromosómico XX/XY. «LA Ciencia», al parecer, también debería llevarnos a considerar «normales» la homosexualidad, a las personas «trans», las familias no tradicionales, etc., a pesar de las encuestas de las ciencias sociales que demuestran su correlación con la infelicidad y con diversos trastornos psicológicos y sociales.
Hay ciencias que guían la vida (la teología, la filosofía, la ética), pero, seguidas como corresponde, conducen en direcciones muy distintas. Curiosamente, hay cientos de libros muy buenos, antiguos y nuevos, y sitios en internet que aclaran la distinción crucial entre las ciencias naturales y las ciencias que constituyen la sabiduría. Pero con poco efecto.
Lo cual es notable, dado que es precisamente no hacer esta distinción lo que impide a muchas personas, sobre todo a los jóvenes, comprender que seguir solo las ciencias físicas ha conducido precisamente a la sensación de falta de rumbo y de sentido que nos rodea hoy. Como escribió el físico estadounidense Steven Weinberg en su influyentísimo libro Los tres primeros minutos del universo: «Cuanto más comprensible parece el universo, tanto más parece también carente de sentido».
Eso es en parte verdad, pero trágicamente falso.
Es en parte verdad desde la perspectiva de la ciencia libre de valores, de la que los fines y el sentido quedaron excluidos por método. Pero es trágica, catastróficamente falso como única explicación creíble no solo de la vida humana, sino del orden, la verdad y la belleza del universo mismo.
Phil Lawler comentó en nuestro intercambio que no entiende del todo la teoría cuántica. (Incluso los científicos dicen que ellos tampoco; Richard Feynman, con notable encanto). Pero esa teoría ha convencido a Phil de que la ciencia puede reconocer que hay realidades que no vemos, y que en principio no podemos ver. Basta pensar en la experiencia de personas que han «muerto» y han vuelto con relatos asombrosos y parecidos entre sí.
Después de nuestro intercambio de correos, me pasó lo que los franceses llaman l’esprit d’escalier, es decir, se me ocurrió algo que debería haber dicho. Los no creyentes suelen afirmar que no hay pruebas en nuestro mundo de que Dios exista. Pero eso solo refleja su pobreza cultural: toda la tradición cristiana afirma que, por supuesto, Dios no existe en este mundo como una estrella o una deidad pagana. Él es el Creador, está fuera del universo y, por lo tanto, no se lo puede «observar» dentro de él.
Pero hace falta dar un paso más (pido disculpas a los teólogos, filósofos y científicos profesionales por intentar describir aquí de manera sencilla lo que ellos tratan mucho mejor dentro de sus propias disciplinas).
Mi profesor de física de la secundaria, Daniel Kennedy, me dio una idea que me ha acompañado siempre, incluso respecto de otros temas. Le pregunté cómo la luz puede ser a la vez partícula y onda, lo que parece imposible. Me respondió: «Bueno, no te lo puedes imaginar, pero las ecuaciones funcionan». Lo mismo que los cálculos cuánticos que hacen posibles toda clase de aparatos que hoy usamos a diario.
Y aquí es donde seguir la ciencia resulta útil de una manera curiosa. Tampoco te puedes imaginar a Dios. Técnicamente, quiero decir. Es evidente que no es un anciano con barba sentado en una nube, como lo han representado algunos artistas.
No te lo puedes imaginar porque las imágenes están dentro del tiempo y del espacio. San Agustín lo explicó hace más de 1.500 años en los tres últimos libros de las Confesiones. Un ejemplo: si dibujas un círculo y lo llamas el universo, y pones a Dios en un punto de afuera, ese «afuera» sigue estando en el dibujo en el mismo plano que el adentro. Pero Dios, el Cielo, todo el ámbito sobrenatural no es un «lugar» tal como lo conocemos. Pertenece a un orden distinto (sobrenatural) que no podemos ver, pero que conocemos en parte reflexionando sobre sus efectos y, con más certeza, por la Revelación.
Y he aquí otra analogía tomada de la «teoría de cuerdas», otro avance científico según el cual (tal como yo lo entiendo) unas realidades subatómicas invisibles dan origen a nuestro mundo al vibrar y producir algo así como una nota musical, como la de una cuerda que vibra. Esto me resuena especialmente porque creo que el relato de la Creación de Tolkien en El Silmarillion, en el que Eru Ilúvatar canta el mundo hasta traerlo a la existencia, es la mejor analogía que se haya hecho nunca del Génesis.
Mecánica cuántica, teoría de cuerdas, Tolkien, Dios. Sigan la ciencia.
Sobre el autor
Robert Royal es director de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C. Sus libros más recientes son The Martyrs of the New Millennium: The Global Persecution of Christians in the Twenty-First Century, Columbus and the Crisis of the West y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.