Por: Una católica (ex)perpleja
Hace un tiempo, hablamos en una de estas tribunas del libro del sacerdote canadiense James Mallon, Una renovación Divina.
Explicábamos cómo en 2016 apareció la versión española, que se convirtió en un auténtico fenómeno entre obispos y párrocos, que encontraron en los modelos que él había aplicado en su parroquia ideas para renovar las mortecinas parroquias españolas.
Se trata de una obra que proponía, como indica su subtítulo, pasar de una parroquia de mantenimiento a una parroquia misionera, y explicaba lo que había hecho en su parroquia en los últimos años para conseguir que se incorporasen nuevos feligreses a partir de introducir los cursos de primer anuncio Alpha y posterior seguimiento para consolidar la fe de los recién llegados con diversos otros grupos y dinámicas que hicieran que la parroquia se sintiera como una comunidad de comunidades.
Hay que decir que su parroquia, San Benito, era muy grande, resultado de la fusión de tres parroquias. El P. Mallon afirmaba que unas 2.500 personas pasaban por sus misas a lo largo del fin de semana.
La situación en España es distinta. Pocas parroquias pueden decir algo así, aunque en algunas parroquias en las ciudades más grandes sí se celebren hasta cinco misas los domingos y el templo se llene en todas.
Habiendo tenido el libro del P. Mallon tal repercusión en España, me sorprende que, ahora, sólo 10 años después, cuando tanto se nos llama a ser misioneros – al mismo tiempo que, paradójicamente, se afirma que el proselitismo es pecado y que todas las religiones son caminos igualmente válidos hacia algún dios–, no se retome la lectura de aquel libro desde las estructuras diocesanas como se hizo en 2016. La Iglesia no puede funcionar al estilo del mundo, con la mentalidad de “usar y tirar” y las modas efímeras; y, en este sentido, aunque el libro del P. Mallon se leyera mucho en 2016 para encontrar soluciones, no parece haberse prestado la misma atención a muchos de sus diagnósticos, y estos pueden ser de gran ayuda para la Iglesia en España hoy. Se implementó Alpha en muchas parroquias, con iguales resultados, pero se pasó por alto la necesaria reflexión sobre el segundo capítulo del libro, titulado “una casa de dolor”, con el que la mayoría de fieles promedio de parroquia y los buenos sacerdotes podemos sentirnos identificados.
El P. Mallon dedica 20 páginas de su libro a este capítulo, en el que describe lo que él denomina “una iglesia de mantenimiento”, que serían parroquias que se han convertido en “dispensadoras de sacramentos”, mientras sus números decrecen, cuando, en realidad, están llamadas a hacer discípulos. Las palabras del sacerdote canadiense son puro sentido común cuando compara qué ocurre a un cuerpo sano y a un cuerpo enfermo: un cuerpo sano crece, mientras que un cuerpo enfermo, débil, decrece. Y eso es lo que ocurre en la Iglesia en Occidente: que se derrumban las cifras de asistencia a Misa dominical y los sacramentos.
El P. Mallon habla sobre el dolor con que los fieles vivimos la situación de la Iglesia en Occidente ante el colapso de las estructuras parroquiales de muchas diócesis; la clausura de parroquias, fusiones, unidades pastorales y amalgamamientos de todo tipo como consecuencia del descenso de la asistencia de feligreses y del número de sacerdotes. Muchas personas muy buenas en la Iglesia viven con dolor y desorientación la situación actual, y no encuentran respuestas en sus pastores.
Pienso en las muchas personas que podrían calificarse de “conservadoras”, que quieren vivir su fe íntegramente, hacer las cosas bien; servir fielmente a Dios y a su Iglesia. Viven confusos, porque la Iglesia predica mucho sobre ecologismo y acogida de inmigrantes y muy poco sobre Dios, y porque en los sectores conservadores en la Iglesia hay grupos que están virando hacia celebraciones de Misa, retiros y enseñanzas cada vez más repletas de sentimentalismo y menos formación. La mayoría silenciosa, mientras tanto, sufre, porque ve que hay algo que no funciona, pero seguimos actuando como si no pasara nada. Junto a quienes sufren, imagino que también hay muchos tibios, indiferentes, que cumplen con el domingo y poca cosa más.
Pero, en esta situación de dolor que se siente en la mayoría de parroquias, y la necesidad de la verdadera misión evangelizadora, paradójicamente la auto-referencialidad en la Iglesia es mayor que nunca, y está además en total disonancia con el relato oficial, que sólo habla de “misión” y “acogida”, introduciendo además la cuña políticamente correcta y suicida de la acogida a los musulmanes, sin buscar su conversión, convirtiendo aún más la Iglesia en una simple ONG que proporciona ayuda material.
Es innegable que Mons. Davide Pagliarani, superior general de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, tenía razón cuando expuso que existe un estado de necesidad en la Iglesia actual, en que la mayoría de parroquias no ofrecen los medios necesarios para la salvación de las almas.
Por otra parte, además del sufrimiento de los fieles, está el sufrimiento de los buenos sacerdotes. Don Jorge González Guadalix lleva años siendo un ejemplo del esfuerzo que requiere para un sacerdote mantener parroquias rurales en núcleos de población pequeños y cómo el esfuerzo no siempre da frutos visibles. Que quienes se mantienen heroicas son las cuatro Rafaelas y Juanas. Para el sacerdote eso también es un dolor grande. Para el pastor, no para el mercenario, a quien todo le da igual y cierra la parroquia de lunes a viernes y se marcha del pueblo. Es cierto que en los pueblos pequeños y zonas rurales influye la situación demográfica general: el vaciamiento y el envejecimiento poblacional. Pero no podemos aplicar la misma excusa a las parroquias mortecinas de pueblos grandes o ciudades.
Curiosamente, y aunque el colapso a corto plazo de las estructuras diocesanas por falta de sacerdotes y de fieles resulte tan evidente, los obispos siguen con sus frenéticas agendas de reuniones y actividades varias, con eventos multitudinarios, mucha música pop-hakunera e invitados famosetes en el mundo digital; evitando que el activismo les permita mirar a la situación con realismo y serenidad, para orar y trabajar para intentar revitalizar la Iglesia desde la fe, la oración y el silencio, sin experimentos con gaseosa que no producen ningún tipo de frutos más allá del subidón del momento. En todas las ruidosas y mundanas actividades de la Iglesia actual, por lo menos en España, la llamada de la iglesia sinodal a la misión contrasta gravemente con la realidad de que la abrumadora mayoría de actividades son auto-referenciales; un entretenimiento para quienes ya están dentro, sin ir a buscar a las miles de almas que están fuera, en peligro de perderse para siempre.
Existe un nuevo movimiento de jóvenes en la Iglesia, de quienes ya hablamos, que han creado una app destinada a que “el joven” pueda encontrarse con la Iglesia. Los párrocos deben hacer ellos mismos el trabajo de rellenar los datos de su parroquia en la app, para que “el joven” pueda encontrarla. Pero, ¡ojo!, absténganse los párrocos en cuyas parroquias sólo haya cuatro ancianas rezando el rosario, porque la muy estupenda aplicación es exclusiva para parroquias y comunidades en que exista “vida joven”. Las demás tienen prohibido alistarse. Qué ridícula y pueril idolatría a la juventud, que no es más que una época pasajera de la vida; qué desconocimiento de lo que es la mentalidad de la Iglesia, tan ajena a la idea mundana de un progreso siempre a mejor; y qué manera tan poco elegante de despreciar a personas que llevan toda la vida, a lo largo del convulso siglo XX, fieles a la Iglesia de Cristo, por parte de unos veinteañeros recién convertidos. Sólo Dios sabe si, al final de sus vidas, ellos podrán decir con San Pablo que se han mantenido fieles y han conservado la fe. Mientras tanto, el desprecio a quienes sí lo hacen y con cuya oración silenciosa han sostenido a muchos otros no parece la actitud más cristiana.