Leer a Alito al revés

Leer a Alito al revés

Por Michael Pakaluk

Leí So Ordered: An Originalist’s View of the Constitution, the Court, and Our Country, del juez de la Corte Suprema Samuel Alito, al revés, capítulo por capítulo, y les recomendaría hacer lo mismo. El final del libro nos habla de Samuel Alito, el hombre magnánimo y el patriota, mientras que el comienzo, sin duda más respetable desde el punto de vista académico, se zambulle de lleno en el estado del debate sobre el textualismo y el originalismo, que no son plato del gusto de todos.

El último capítulo, «La verdadera contracultura», es un discurso pronunciado con motivo del quincuagésimo aniversario de la fundación del Thomas Aquinas College, en Santa Paula, California. En este ensayo, como en casi todos los demás, se pone de manifiesto el exquisito sentido histórico del juez Alito. Entiendo que un verdadero originalista tiene que ser un verdadero historiador, ya que lo que el originalista se propone es dejar que la «democracia de los muertos» de Chesterton ejerza la autoridad que merece.

El juez Alito se refiere a los 30.000 hippies que se reunieron en San Francisco para el Human Be-In de 1967, al primer Día de la Tierra en 1970 y a las protestas estudiantiles contra los bombardeos de Nixon sobre Camboya. Ninguno de estos célebres contramovimientos de la época en que se fundó el college, señala, ha resultado ser una contracultura duradera; en cambio, la devoción del college por la verdad y por el desacuerdo civilizado sigue siendo contracultural, distinta y vital.

Lo que sigue incluye un capítulo sobre la necesidad de la fe en una época secular y materialista; otro, «Cuatro hombres de la experiencia estadounidense», que entrelaza la historia de Theodore Roosevelt con la de los abuelos del juez y la de la familia de Clarence Thomas, en un intento por definir el carácter propiamente estadounidense; y un capítulo asombroso sobre los «Logros de los ítaloestadounidenses».

Tras relatar los terribles prejuicios que sufrieron los inmigrantes italianos, pregunta si sabemos, por ejemplo, que al menos veintisiete ítaloestadounidenses han recibido la Medalla de Honor del Congreso. Muchos han sido grandes artistas, como Constantino Brumidi, el «Miguel Ángel del Capitolio de los Estados Unidos», el compositor de óperas Gian Carlo Menotti y el cantante Frank Sinatra.

«En el ámbito de la religión —dice—, piensen en la Madre Cabrini, la primera santa estadounidense, que superó enormes obstáculos para socorrer a los inmigrantes italianos que sufrían. Piensen en Rita Antoinette Rizzo, más conocida como la Madre Angélica, que fundó EWTN». Y eso no es todo. «¿Es posible pensar en la historia del béisbol sin Joe DiMaggio o Yogi Berra?». Efectivamente.

En medio de la lectura de los ensayos sobre las amenazas a la Constitución y la primacía del derecho a la libertad religiosa, empecé a decirme: «¿Cómo hemos llegado a merecer un alto funcionario del Estado con un carácter tan extraordinario? ¿Cómo es siquiera posible que este hombre haya llegado a ocupar un asiento en el tribunal más alto? Si fracasamos en este proyecto, ¿tendremos a alguien más a quien culpar que a nosotros mismos?».

A lo largo de todo el libro se transmite la implacable carga de trabajo de un juez de la Corte Suprema de nuestros días. Al escribir sobre Learned Hand, el juez Alito añora los tiempos en que un juez gozaba del sosiego necesario para ejercer la judicatura como un oficio artesanal: «Si la redacción de sentencias de Learned Hand se asemeja a la confección de una prenda a medida, los jueces que firman cincuenta sentencias por día se parecen más a gerentes de fábrica».

A lo largo de este libro también se hace evidente una llamativa humildad respecto del papel del juez. Una y otra vez, el juez Alito insiste en que no es filósofo. Abordar cuestiones abstractas del modo en que podría hacer célebre a un profesor de Derecho tiene poco que ver con la práctica de juzgar. Los jueces, observa, no están formados para decidir cuestiones profundas; la mayor parte de su trabajo es sumamente acotada y técnica.

Ciertamente, no se debe buscar elogio ni fama mediante la labor de juzgar; bien ejercida, debería atraer poco de lo uno y de lo otro. Un juez de la corte suprema de un estado y un juez administrativo de bajo rango difieren en el alcance y la repercusión de sus decisiones, pero la naturaleza de la tarea es la misma.

Confieso que me desconcierta la ausencia en el volumen de cualquier ensayo sobre la herida que Roe v. Wade infligió a nuestro país, o sobre el significado de la revocación de Roe en Dobbs, tanto más cuanto que habla muchas veces de Obergefell. Sospecho que el asunto le resulta demasiado doloroso, dado lo mucho que ha sido perseguido por causa de la justicia. Sin embargo, ¿qué lecciones podemos extraer de Roe, ese triste abandono de la sana razón práctica, sobre el originalismo y el control judicial de constitucionalidad?

En «La globalización del control judicial de constitucionalidad», Alito comenta: «Si los derechos naturales fueran una ficción y los jueces decidieran los casos según sus opiniones personales, ¿cómo podría justificarse en una democracia el control judicial de las leyes sancionadas por los representantes del pueblo?».

El originalismo, tal como él lo entiende, está concebido para reducir los motivos de anulación a los que John Marshall habría reconocido: un conflicto claro entre una ley y la Constitución. Alito piensa que eso basta. Pero el originalismo, como teoría de lo que la Constitución no pretendía ni estaba destinada a hacer, es puramente negativo.

El juez Samuel A. Alito, Jr., por Igor V. Babailov, 2021 [Corte Suprema, Washington D. C.]

¿Por qué no entender, entonces, que el originalismo exige incorporar la visión de la providencia y de la dotación divina de los derechos que los Padres Fundadores plasmaron en la Declaración? En cuestiones de principio fundamental, lo que ellos pensaban, y no lo que pensamos nosotros, debería ser decisivo, a menos que enmendemos la Constitución en consecuencia. Estas creencias de fondo ofrecen el contexto para atribuir el significado público correcto al lenguaje de la Carta de Derechos y de la Decimocuarta Enmienda.

Si adoptamos este enfoque con respecto al niño por nacer, llegamos a una postura como la que John Finnis defendió con tanta agudeza en su ensayo de First Things «Abortion Is Unconstitutional» («El aborto es inconstitucional»), o la que Hadley Arkes ha defendido incansablemente.

El juez Alito se muestra abierto a ese enfoque en el que quizá sea, para muchos lectores de esta columna, el ensayo más fascinante del libro, «El originalismo, el constitucionalismo y la tradición católica». «[Es] un argumento importante que merece una consideración seria… Pero, acertado o no, es un argumento originalista… Lo que se propugna… es una comprensión corregida de la doctrina [del originalismo]». Y ahí puede quedar el status quaestionis: así se ordena.

Sobre el autor

Michael Pakaluk, especialista en Aristóteles y académico ordinario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino, es profesor de Economía Política en la Busch School of Business de la Universidad Católica de América, investigador principal distinguido del Gibbons Institute y director de la American Catholic Quarterly Review. Vive en Hyattsville (Maryland) con su esposa, Catherine, también profesora en la Busch School, y sus hijos. Su libro más reciente, sobre la ley natural y la amistad cívica, Walk in the Good Way, será publicado próximamente por The Catholic University of America Press. Pueden seguirlo en Substack en Michael Pakaluk.

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