La reforma que prometía un «nuevo Pentecostés» suprimió la octava del Espíritu Santo

Juan XXIII anunció que el Concilio sería un nuevo Pentecostés para la Iglesia. Sin embargo, el calendario surgido de la reforma litúrgica eliminó la octava que el rito romano dedicaba al Espíritu Santo. La paradoja vuelve al debate después de que el jesuita Thomas Reese afirmara que antes del Concilio «prácticamente ignorábamos al Espíritu».

La reforma que prometía un «nuevo Pentecostés» suprimió la octava del Espíritu Santo

Juan XXIII anunció que el Concilio sería un nuevo Pentecostés para la Iglesia. Sin embargo, el calendario surgido de la reforma litúrgica eliminó la octava que el rito romano dedicaba al Espíritu Santo. La paradoja vuelve al debate después de que el jesuita Thomas Reese afirmara que antes del Concilio «prácticamente ignorábamos al Espíritu».

Un «nuevo Pentecostés»

El 8 de diciembre de 1962, al clausurar el primer periodo de sesiones del Vaticano II, Juan XXIII expresó su esperanza de que el Concilio fuese «verdaderamente la “Nueva Pentecostés”», capaz de hacer florecer en la Iglesia «su riqueza interior» y su extensión hacia todos los campos de la actividad humana. La idea de un nuevo Pentecostés acompañó durante décadas la presentación del Concilio y de la reforma litúrgica que vino después.

El calendario que salió de esa reforma, sin embargo, redujo el espacio litúrgico dedicado al Espíritu Santo. Con el nuevo calendario romano de 1969, la semana posterior a Pentecostés dejó de ser octava. En el Misal de 1962 esos días permanecen en rojo, dedicados al misterio del Paráclito. En el calendario actual, en cambio, el lunes siguiente se vuelve al Tiempo Ordinario. Así lo recuerda la revista One Peter Five en su serie sobre las fiestas perdidas del misal anterior a 1955.

La última de una larga lista

La de Pentecostés fue la última de una serie de supresiones. Según ese análisis, antes de 1955 el calendario romano distinguía entre octavas privilegiadas, comunes y simples. Pascua y Pentecostés ocupaban el primer rango, tan elevado que durante ellas no podía celebrarse ninguna otra fiesta. Les seguían la Epifanía y el Corpus Christi y, en tercer lugar, Navidad, la Ascensión y el Sagrado Corazón.

El decreto Cum nostra hac aetate, promulgado en 1955 bajo Pío XII, conservó únicamente las octavas de Navidad, Pascua y Pentecostés, y suprimió todas las demás de los calendarios universal y particulares. Desaparecieron así las de la Epifanía, la Ascensión, el Corpus Christi, el Sagrado Corazón, la Inmaculada, la Asunción, San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo o Todos los Santos. La reforma posconciliar dio el último paso y dejó solo Navidad y Pascua.

One Peter Five subraya que la pérdida de la octava de la Ascensión ya había debilitado el puente litúrgico hacia Pentecostés, que daba forma a la espera de los apóstoles en el Cenáculo. Con la supresión posterior, Pentecostés quedó reducido a un solo día, pese a que antiguamente gozaba de una dignidad comparable a la de la Pascua. A juicio de la publicación, esto deja la impresión de que la venida del Espíritu Santo «se celebra y luego se olvida».

«Basta abrir el misal»

La cuestión ha reaparecido a raíz de una columna de Thomas Reese, SJ, publicada en septiembre por Religion News Service y reproducida por National Catholic Reporter bajo el título Por qué odio la vieja misa en latín: una confesión (Why I hate the old Latin Mass: A confession). Al describir cómo cambió su comprensión de la Eucaristía tras el Concilio, el jesuita escribe: «En el pasado prácticamente ignorábamos al Espíritu».

Marcos Vera, del canal Tekton, ha respondido en un vídeo que esa es la afirmación más fácil de rebatir, «porque basta abrir el misal». Recuerda que en el ofertorio del rito antiguo el sacerdote bendice las ofrendas con el Veni, Sanctificator, una invocación directa al Espíritu Santo sobre el altar. Esa oración no figura en el ofertorio del Misal de Pablo VI. Vera añade que el Gloria concluye cum Sancto Spiritu y que el Credo lo confiesa «Señor y dador de vida». Su último argumento es la octava: ocho días de liturgia dedicados al Espíritu Santo, con su secuencia Veni, Sancte Spiritus, suprimidos en la reforma de 1969.

«El padre Reese acusa al rito antiguo de ignorar al Espíritu Santo y resulta que es el rito que él defiende el que eliminó los ocho días que la Iglesia dedicaba al Espíritu Santo», concluye Vera. Allí donde se celebra conforme al Misal de 1962, la octava de Pentecostés se sigue observando.

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