En una publicación dirigida a sus seguidores, el P. Tomás Beroch parte de una premisa matizada. La expulsión de los judíos de 1492 fue, a su juicio, una decisión política y no está exenta de error, pero un error político «no siempre es un pecado». A partir de ahí defiende que la decisión debe juzgarse desde la mentalidad del siglo XV y no debe impedir que la Iglesia reconozca la santidad personal de la reina.
Una causa abierta en 1958
Los hechos sobre la causa están documentados. La fase diocesana comenzó en 1958 en la archidiócesis de Valladolid y terminó en 1972. Ya en Roma, la positio histórica recibió la aprobación en 1990. El paso siguiente sigue pendiente: la Comisión Teológica vaticana debe emitir su dictamen para que Isabel pueda ser declarada Venerable, requisito previo a la beatificación.
Las peticiones del episcopado español no han faltado. La Conferencia Episcopal pidió a Juan Pablo II en 1993 que acelerase la causa, y volvió a hacerlo en 1997 y en 2001. El cardenal José Saraiva Martins, entonces prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, aseguró que la causa no estaba detenida, sino que avanzaba. El P. Beroch atribuye el estancamiento a la presión de la comunidad judía, para la que la reina es la responsable de la expulsión. Esa explicación circula desde hace años, pero Roma nunca la ha confirmado oficialmente.
Dos papas, dos silencios
El sacerdote compara la causa de Isabel con la de los mártires de la persecución religiosa en España. Sostiene que bajo Pablo VI esos procesos quedaron congelados por presión de la Unión Soviética, aunque no se muestra con respaldo documental conocido. Otros historiadores sitúan esa paralización en una línea de prudencia vaticana que venía de Pío XII. El cambio llegó con Juan Pablo II, que beatificó a cientos de ellos. Por ejemplo, en marzo de 2001 elevó a los altares a 233 mártires e insistió en que eran mártires de la fe y no de la política. Los papas siguientes continuaron ese camino. Hoy hay más de 2.200 mártires de aquella persecución beatificados, y once de ellos han sido canonizados.
Para el autor, ambos casos muestran lo mismo: la Iglesia habría renunciado a su memoria para no incomodar a quienes la atacaban. En el caso de Isabel, la presión habría sido moral. En el de los mártires, geopolítica.
Memoria, perdón y leyenda negra
La reflexión acaba en el terreno de la memoria histórica. El autor cita a Vittorio Messori (Leyendas negras de la Iglesia) y a Cristián Rodrigo Iturralde (La Inquisición: un tribunal de misericordia) para sostener que la autocrítica eclesial ha terminado convertida en autodesprecio. Recuerda que las peticiones de perdón de Juan Pablo II se referían a los pecados de los hijos de la Iglesia, no a una condena de las instituciones.
Esa distinción, que el P. Beroch llama «sutil, pero decisiva», está en el centro del debate sobre la causa. La declaración de virtudes heroicas no canoniza decisiones de gobierno: examina la vida cristiana de una persona. Sigue abierta la pregunta de si la Santa Sede puede separar ambos planos en el caso de Isabel I de Castilla sin que el gesto se lea en clave política.