«Señora, ¡no abandones a tu España!»

«Señora, ¡no abandones a tu España!»
Oración de Santiago Apóstol a la Santísima Virgen del Pilar
Mons. Alberto José González Chaves 
ESCENA I
Señora mía, María Santísima, Madre de Jesús y Madre nuestra: ¡Cuánto te he echado de menos en estas tierras lejanas, adonde me ha traído el mandato de tu Hijo! ¡Cuántas veces, mientras recorría los caminos de Hispania, he vuelto con el pensamiento a aquella casa donde te conocí, a tu voz serena, a tu mirada limpia, a aquella extraordinaria paz que envolvía siempre tu persona y hacía que los trabajos, las contrariedades y las fatigas de nuestro apostolado pareciesen más llevaderos! Desde que salí de Jerusalén no he dejado de acordarme de ti, pero nunca como esta noche, aquí, junto a las aguas del Ebro, he sentido tanta necesidad de tenerte cerca y de abrirte mi corazón.
Tú me conoces, Madre. Sabes que nunca he sido hombre de grandes delicadezas ni de sentimientos demasiado suaves. Soy hijo de Zebedeo, pescador de Galilea, acostumbrado desde muchacho al trabajo duro, a los golpes de viento, a las noches sin pesca y a luchar con las olas cuando el lago se embravecía. Jesús nos llamó a mi hermano Juan y a mí, «Boanerges», que significa hijos del trueno, porque conocía nuestro temperamento ardiente, nuestra impaciencia y aquella manera nuestra de querer resolver las cosas inmediatamente y por la fuerza. Hasta llegamos un día a pedirle que bajase fuego del cielo sobre quienes no querían recibirlo, y el Maestro tuvo que enseñarnos que su Reino se conquista muy distintamente.
¡Qué lejos me parece ahora aquella Galilea de nuestra juventud! Juan, mi hermano pequeño, tan parecido a mí en el fuego del corazón y tan distinto en la delicadeza de su espíritu, permanece junto a ti, mientras yo me encuentro en esta tierra que todavía apenas conoce el nombre de Jesús. Y esta noche, Señora, me siento cansado. He predicado con entusiasmo, he recorrido ciudades y aldeas, he hablado de la resurrección del Señor y del perdón de los pecados, he anunciado a estas gentes que el Hijo de Dios ha muerto por ellas y que no existe bajo el cielo otro Nombre por el que podamos salvarnos. Pero encuentro corazones endurecidos, demasiado orgullo, tanta indiferencia…, y los frutos son tan escasos que me pregunto si estoy haciendo bien las cosas y si llegaré alguna vez a ver establecida aquí la Iglesia de tu Hijo.
Hay unos pocos discípulos que me acompañan y me consuelan. Son todavía un puñado de hombres entre una multitud que no nos comprende, y temo que mi palabra resulte tan inútil como aquella red que mi hermano y yo echábamos al lago y recogíamos vacía después de haber trabajado toda la noche. Tú sabes, Madre, que amo ya a estas gentes, aunque no quieran escucharme; que he empezado a querer esta tierra de Hispania como una segunda patria, y me duele por eso verla tan lejos de la verdad que la haría libre. Quisiera conquistarla entera para Jesucristo, pero veo que no basta el ardor de un hijo del trueno para abrir un solo corazón cuando Dios no lo toca con su gracia.
Por eso esta noche he venido a buscarte con la oración, Madre. Mientras mis compañeros descansan y el Ebro sigue su curso bajo las estrellas, he recordado aquellos días del Cenáculo, cuando todos perseverábamos unidos contigo, aguardando al Espíritu Santo. Nosotros éramos entonces unos hombres asustados, encerrados por miedo, inseguros, pero tu presencia bastaba para devolvernos la confianza. Tú habías permanecido firme junto a la cruz cuando nosotros habíamos huido, y nos enseñabas, sin discursos, que la fidelidad se prueba cuando las esperanzas humanas se han venido abajo.
¡Oh María, Madre de mi Maestro! ¡Cómo quisiera verte una vez más, aunque solo fuese por un instante, para arrodillarme a tus pies y pedirte que no abandones a este pobre apóstol, que tanto desea servir a tu Hijo y tan poco consigue!
ESCENA II
Y entonces, Madre, cuando mi alma parecía más sola, sucedió lo que jamás podré olvidar.
Comencé a escuchar un canto que no procedía de la tierra, una música cuya hermosura ninguna voz humana podría reproducir, y entre las voces de innumerables ángeles distinguí las palabras que Gabriel te había dirigido en Nazaret: Ave, Maria, gratia plena. ¡Dios te salve, María, llena eres de gracia! Era el saludo de la Encarnación, el mismo con que había comenzado la redención del mundo, que resonaba ahora sobre esta tierra de Hispania como anuncio de una nueva primavera de la gracia.
Levanté los ojos y ¡¡¡te vi!!!
¡Eras tú, Madre, verdaderamente tú! No una imagen que mi nostalgia hubiera formado, ni un recuerdo de los años felices en que caminábamos junto a Jesús, sino tú misma, con aquella belleza que ninguna hermosura de este mundo puede explicar, rodeada de los ángeles del cielo y sostenida sobre una columna que parecía desafiar la fragilidad de todas las cosas humanas. Tú, que todavía vivías en carne mortal y permanecías bajo el cuidado de mi hermano Juan, habías venido milagrosamente hasta estas riberas hispanas para encontrarte conmigo. Habías dejado por unos momentos la quietud de tu casita de Éfeso para acercarte a este rincón remoto del Imperio, donde un pescador de Galilea comenzaba a desfallecer bajo el peso de su misión.
¡Señora, cuánto bien me hizo verte! Antes incluso de que pronunciaras una palabra, se disipó aquella tristeza que me había ido ganando el corazón. Comprendí que no estaba solo, que Jesús no había olvidado a su apóstol y que aquella España tan difícil de evangelizar tenía una Madre que se interesaba por ella. Me arrodillé ante ti como lo había hecho tantas veces en Jerusalén, y te contemplé con una emoción que no sabría explicar. Yo, que había visto a Jesús transfigurado en la montaña y lo había contemplado abatido en Getsemaní, sentía ahora que el Señor me regalaba, por medio de su Madre, un nuevo consuelo para sostener mi fidelidad.
ESCENA III
Y tú me hablaste.
No olvidaré nunca la ternura de tus palabras ni la firmeza con que me alentaste a perseverar. Me mostraste aquella columna y me pediste que levantara junto a ella una iglesia dedicada a tu memoria, prometiéndome que allí se manifestaría la misericordia de Dios en favor de quienes acudiesen a implorar tu intercesión. Y aquellas palabras que guardé profundamente en mi alma, «nunca faltarán en esta ciudad adoradores de Cristo», fueron mucho más que un consuelo mío: constituían una esperanza para los siglos futuros, cuando nosotros hubiéramos desaparecido de la tierra y otros hombres continuasen la obra que ahora comenzábamos entre tantas dificultades.
¡Qué bien conoces, Señora, las necesidades de los apóstoles de tu Hijo! No viniste a prometerme una evangelización sin sacrificios, ni una multitud de conversiones inmediatas, ni una vida libre de persecuciones. Viniste a fortalecer mi fe, a enseñarme que el fruto de nuestro trabajo pertenece a Dios, mientras que a nosotros nos corresponde sembrar con paciencia, regar con lágrimas y permanecer fieles cuando los resultados parecen desmentir nuestras esperanzas.
Comprendí entonces por qué habías querido dejar una columna. El mundo levanta sus grandezas sobre el orgullo, el poder y la riqueza, y esas bravatas terminan derrumbándose; Jesucristo, en cambio, edifica su Iglesia sobre la firmeza de la fe, sobre la obediencia a su palabra y sobre el sacrificio de quienes están dispuestos a perderlo todo antes que perderlo a Él. Tú no venías a sustituir la única piedra angular, que es tu Hijo, sino enseñarme a permanecer unido a Él con la constancia que tú habías mostrado desde Nazaret hasta el Calvario. Y así, bajo tu mirada, aprendí que el trueno del apóstol no es amenazar con el fuego del cielo, sino anunciar sin miedo la verdad de Jesucristo, ungido con la mansa fortaleza de su Madre.
¡Bendita seas, María, por haber venido a España! ¡Bendita aquella noche en que tus plantas santísimos hollaron esta tierra! ¡Benditos los ángeles que te acompañaron y bendito el Pilar que nos dejaste como recuerdo de tu visita y testimonio de tu protección!
Sé que llegará el día en que, sobre esta pequeña iglesia que voy a levantar con mis compañeros se alzará un templo inmenso; que las generaciones acudirán a venerarte desde los más lejanos lugares y que multitud de hijos tuyos, entre alegrías y dolores, te llamarán Madre del Pilar. Los veo con los ojos de la esperanza, aunque no conozca sus nombres ni los siglos en que habrán de vivir. Vendrán madres con sus hijos, jóvenes necesitados de luz, sacerdotes cansados, ancianos próximos a la muerte, pecadores avergonzados de sus faltas, familias que pedirán tu protección y pueblos enteros que reconocerán en ti el amparo de su historia. Y todos encontrarán aquí, en la columna que nos has entregado, un signo de que las promesas de Dios no envejecen y de que su Madre jamás se desentiende de las necesidades de sus hijos.
ESCENA IV
¡Cuántas cosas quisiera decirte antes de que te marches, Madre! Quisiera hablarte de las fatigas de mis viajes, de las personas que he conocido y de las esperanzas que empiezan a germinar en esta tierra; quisiera pedirte perdón por mis impaciencias, por las ocasiones en que he confiado demasiado en mi propio carácter y demasiado poco en la gracia del Señor, y por tantas veces como he confundido la lentitud de los hombres para convertirse con la aparente esterilidad de mi ministerio. Quisiera contarte también que, cuando hablo de Jesús, me gusta recordar aquellos días en que lo tenías junto a ti, y que muchas veces, mientras explico el misterio de la Encarnación, vuelvo a pensar en tu humilde casa de Nazaret, donde comenzó todo lo que ahora predicamos hasta los confines del mundo.
Pero los ángeles vuelven a disponerse para acompañarte y comprendo que ha llegado el momento de despedirnos. Has de regresar a tu retiro, al cuidado de Juan, mi hermano, a quien el Señor te confió desde la cruz. La tradición de esta noche te devuelve a Jerusalén, mientras otra memoria venerable de los cristianos recordará también tu casa de Éfeso, donde Juan será reconocido como tu custodio amoroso. ¡Qué bendita responsabilidad recibió mi hermano cuando Jesús le dijo que tú eras su Madre! Y qué admirablemente supo cumplirla, porque aquel muchacho que había compartido conmigo las redes, las barcas y las tormentas de Galilea llegó a ser, por voluntad del Señor, tu hijo, tu compañero cotidiano y el capellán de tu oratorio.
Dale muchos recuerdos de mi parte, Madre. Di a Juan que no he olvidado nuestra infancia junto al lago, ni el día en que dejamos a nuestro padre Zebedeo para seguir a Jesús, ni aquellas veces en que el Maestro nos corrigió sobre la verdadera grandeza. Dile que aquí, en España, su hermano Santiago sigue luchando por el Evangelio, que ha conocido el desaliento, pero que tú misma has venido a devolverle la alegría. Dile que te cuide con toda la delicadeza de su corazón, que te escuche, que rece contigo y que nunca se acostumbre a la inmensa gracia de tener bajo su techo a la Madre de Dios. Y cuando celebre los santos misterios, cuando Juan pronuncie sobre el pan y el vino las palabras que aprendimos de Jesús en la última Cena, se acuerde de este pobre apóstol, que ahora continúa su trabajo tan lejos, en esta tierra hispana que he comenzado a amar tan hondamente.
¡Qué hermosa familia nos ha dejado Jesús, oh, Madre! Juan y yo éramos hermanos por la sangre, hijos de los mismos padres, pero el Señor quiso que aquella fraternidad se ensanchara hasta comprender a todos los redimidos. Al entregarte a Juan, te estaba dando también a nosotros, porque aquel discípulo amado representaba toda la familia de los hijos de Dios. Y ahora tú has venido a España para mostrarnos que tu maternidad no conoce fronteras y que el amor nacido al pie de la cruz puede llegar hasta el último rincón de la tierra.
Me conmueve pensar que, de los dos hijos del trueno, uno haya quedado junto a ti en la intimidad del hogar y el otro haya sido enviado hasta los extremos occidentales del mundo conocido. ¡Qué diferentes nuestros caminos y qué unida nuestra misión! Juan aprenderá a penetrar cada vez más profundamente en el misterio del amor de Dios, mientras yo continuaré anunciándolo por estos caminos difíciles; pero ambos sabemos que el corazón de todo apostolado consiste en permanecer unidos a Jesús, y que nadie nos ayuda a comprenderlo mejor que tú, Madre suya y nuestra.
A partir de esta noche, cuando vuelva a encontrar corazones cerrados, cuando mis palabras tropiecen con la indiferencia y cuando el cansancio intente apagar mi entusiasmo, regresaré espiritualmente a este Pilar. Recordaré tu visita, el canto de los ángeles, tu mirada de Madre y la promesa de que no faltarán aquí adoradores de Cristo. Y continuaré predicando, aunque sean pocos los que escuchen; continuaré sembrando, aunque otros tengan que recoger la cosecha, y continuaré amando a España, aunque sus hijos tarden en descubrir el tesoro que Jesucristo les ofrece.
Porque yo quisiera, Madre, que esta tierra fuese enteramente de tu Hijo. Que su nombre fuese pronunciado con respeto en sus hogares, que su Evangelio iluminase sus leyes y sus costumbres, que su cruz presidiese las esperanzas y los sufrimientos de sus habitantes, que sus sacerdotes fuesen hombres santos y que sus familias aprendiesen de la tuya la fidelidad, la pureza y el sacrificio. Quisiera que España no se contentase jamás con llevar exteriormente el nombre cristiano, sino que viviese de veras de la gracia de Cristo, porque nada me dolería tanto como verla conservar los signos de la fe después de haber perdido su espíritu.
Tú sabes, María, que llegará para mí también la hora de regresar a Jerusalén. No conozco todavía los caminos por los que Dios me conducirá, pero sé que el Maestro nos anunció persecuciones y que un día me preguntó si estaba dispuesto a beber su cáliz. Entonces respondimos que sí, mi hermano y yo, sin comprender del todo el alcance de aquella pregunta. Ahora comienzo a entenderla, porque he aprendido que el amor verdadero no puede detenerse ante el sacrificio.
Y cuando llegue para mí esa hora, Madre querida, no me abandones. Si la espada del perseguidor ha de poner término a mis trabajos apostólicos, que encuentre mi alma preparada; si debo entregar mi sangre por aquel que derramó la suya por nosotros, que no retroceda ante la muerte. Yo, que quise un día ocupar un lugar de honor junto al trono del Maestro, solo deseo ahora ser digno de compartir su cruz. No me importa que mi vida termine pronto, si Dios quiere servirse de ella para abrir un camino de salvación a muchos hombres. Lo que sí te pido es que esta España que dejo bajo tu protección permanezca fiel al Señor y que jamás se borre de su memoria la primera semilla del Evangelio.
ESCENA V
Quizá no llegue yo a contemplar en la tierra el día bendito en que tu Hijo te llame definitivamente a su gloria. No sé cuándo querrá Dios que termine tu peregrinación mortal, ni cuáles serán las circunstancias de tu tránsito. Pero sé que aquella carne purísima de la que tomó la suya el Verbo eterno no podrá quedar sometida a la corrupción del sepulcro, y que tu Hijo, vencedor de la muerte, te concederá participar de su victoria de una manera enteramente singular.
¡Qué alegría, Madre, cuando la Iglesia contemple tu Asunción gloriosa! Tú, que lo llevaste en tus brazos cuando era un Niño indefenso, serás llevada por Él a la gloria del cielo; tú, que permaneciste de pie junto a su cruz, participarás para siempre de su triunfo, y aquella que vino en carne mortal a las orillas del Ebro quedará constituida, en cuerpo y alma, Reina de los ángeles y de los santos. Y si para entonces mi sangre se ha derramado ya por Jesucristo y mi alma ha sido recibida entre sus amigos, ¡qué felicidad poder encontrarte de nuevo, Madre, libre ya de toda separación, para darte gracias eternamente por aquella noche en que acudiste a consolarme!
Desde el cielo, tu amor podrá abrazar todavía más estrechamente a esta España que has venido a visitar. Ya no necesitarás que los ángeles te trasladen milagrosamente de una tierra a otra, porque tu solicitud maternal alcanzará a todos tus hijos y acompañará a la Iglesia peregrina hasta la consumación de los siglos. El Pilar continuará en pie y las generaciones irán sucediéndose, pero lo esencial permanecerá: Jesucristo seguirá siendo el único Salvador, y tú continuarás conduciendo hacia Él a quienes acudan confiados a tu intercesión.
Por eso me atrevo a pedirte una gracia que comprende todas las demás: que España sea siempre tierra de María para que pueda ser verdaderamente tierra de Jesucristo. Que nunca confunda tu protección con una seguridad que la dispensase de convertirse, ni tu predilección con un privilegio que la hiciera mejor que otros pueblos. Al contrario, que cuanto más favorecida se sepa por tu amor, mayor sea su responsabilidad de guardar la fe, vivir en gracia, defender la verdad, practicar la caridad y llevar el Evangelio a quienes todavía no lo conocen.
Y si alguna vez España se extravía, si sus hijos llegan a avergonzarse de Cristo, si se enfría la caridad, se debilita la fe o se oscurece la esperanza, vuelve a acercarte a ella, Madre Inmaculada, como has venido esta noche a consolar a tu apóstol. No dejes que las generaciones futuras se conformen con admirar las piedras de sus iglesias después de haber olvidado al Dios para quien fueron levantadas. Suscita santos en sus familias, apóstoles entre sus jóvenes, sacerdotes enamorados de Jesucristo, contemplativos que sostengan ocultamente a la Iglesia y hombres y mujeres capaces de vivir con entereza las exigencias del Evangelio.
¡Madre del Pilar, guarda a España para el Corazón de tu Hijo! Haz que ese Corazón, abierto por la lanza en el Calvario y convertido en fuente inagotable de misericordia, reine en sus gentes, en sus casas y en toda esta patria. Que su historia, con sus grandezas y sus miserias, sea purificada por su Sangre preciosísima, y que sus hijos aprendan a amar a Jesús con la misma sencillez y fortaleza con que tú lo amaste. Oh Virgen Inmaculada, elegida desde toda la eternidad para ser Madre del Redentor, alcanza para esta tierra la gracia de reconocerlo siempre como su Señor.
Y cuando llegue el día en que los hijos de España atraviesen los mares para llevar el Evangelio a otros pueblos, acompáñalos también, Madre. Que jamás olviden que la verdadera grandeza de una nación cristiana consiste en compartir el tesoro recibido y que ninguna conquista humana puede compararse con la de un alma ganada para Jesucristo. Extiende tu manto sobre aquellos pueblos que un día formarán una gran familia de fe al otro lado del océano, y que tu Nombre, María, pronunciado por primera vez aquí junto al Ebro entre cánticos angélicos, resuene en millares de iglesias, hogares y corazones unidos por una misma fe.
ESCENA VI
Ya te marchas, Madre. Los ángeles vuelven a rodearte y yo permanezco de rodillas, incapaz de apartar mis ojos de ti. Quisiera prolongar esta visita, retener un poco más tu presencia y seguir escuchando tu voz, pero comprendo que me espera todavía mucho trabajo y que debo levantarme para continuar la misión que Jesús me ha confiado. Me has dejado tu Pilar, y con él una certeza que ya nadie podrá arrebatarme: la Madre del Señor ha venido a España, ha escuchado el desaliento de su apóstol y ha querido dejar aquí una señal permanente de su amor.
Vuelve junto a Juan, Madre querida. Dile que lo abrazo con toda mi alma y que espero reencontrarlo, cuando Dios quiera, en aquella patria donde ya no habrá caminos que nos separen. Yo me quedo aquí, bajo tu Pilar, para seguir anunciando a Jesucristo y para enseñar a este pueblo a pronunciar tu nombre con el mismo amor con que lo pronuncian los ángeles.
Y si alguna vez, desde el cielo, contemplas que España vuelve a alejarse de tu Hijo, acuérdate de aquel pobre pescador de Galilea que una noche lloró de cansancio junto al Ebro, y por amor a él y a cuantos han entregado su vida para conservar aquí la fe y, sobre todo, por amor a Jesucristo, no permitas que se apague entre nosotros la luz de su Evangelio.
¡Madre mía, Madre del Pilar, Reina de España y de toda la Hispanidad, haz que esta tierra sea siempre de Cristo, y que el Corazón de Jesús reine siempre en el corazón de tu España!
Amén.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando