El cardenal Willem Jacobus Eijk, arzobispo de Utrecht, ha advertido de las consecuencias de construir una sociedad que prescinde de Dios como fundamento de la dignidad humana. El purpurado neerlandés sostiene que, cuando se rechaza al Creador y la ley natural, el Estado termina arrogándose la facultad de determinar la protección que merece cada persona, sometiendo cuestiones fundamentales a las decisiones del poder político o de las mayorías parlamentarias.
En una entrevista concedida a La Nuova Bussola Quotidiana, publicada este jueves 8 de octubre, Eijk ha reivindicado la necesidad de recuperar los fundamentos de la doctrina social de la Iglesia y ha insistido en que la dignidad humana no es una concesión del Estado, sino una realidad inherente al hombre por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios.
«Los cristianos debemos presentar continuamente la verdad a todos, sin miedo y con claridad, para que los miembros de la sociedad lleguen a comprender que el Creador es la fuente de la dignidad humana y no el Estado», afirmó el cardenal.
Una dignidad que no depende de las mayorías políticas
Para Eijk, el problema de fondo aparece cuando la organización de la sociedad deja de reconocer un orden moral objetivo y convierte la voluntad humana en el criterio último para determinar qué debe considerarse justo.
El arzobispo recordó que la ley moral natural tiene su origen en la creación y que la dignidad de la persona precede a cualquier legislación. No corresponde, por tanto, al Estado establecer arbitrariamente el valor del ser humano, sino reconocer y proteger una dignidad que existe con independencia de sus decisiones.
«Es Dios quien ha creado al hombre a su imagen y semejanza y quien, por ello, le ha conferido una dignidad inviolable que constituye la fuente de sus derechos y deberes», explicó.
El purpurado advirtió de que, cuando se niega este fundamento, la protección de la persona queda a merced de quienes ejercen el poder, ya sea mediante un sistema autoritario o mediante decisiones adoptadas democráticamente.
Eijk puso como ejemplo la legislación sobre el aborto, donde el Estado puede llegar a establecer circunstancias en las que se prive de protección jurídica a los niños que todavía no han nacido.
La cuestión, según su planteamiento, no se reduce a una discusión sobre determinadas leyes. Afecta al propio concepto de dignidad humana: si esta depende de una decisión política, deja de reconocerse como una realidad inviolable y anterior al poder.
Se trata de una advertencia que también ha estado presente en el magisterio de los últimos pontífices. San Juan Pablo II recordó en Evangelium vitae que ninguna ley humana puede legitimar la eliminación deliberada de una vida inocente, mientras que Benedicto XVI insistió en la necesidad de que la política reconozca criterios de justicia que no dependan exclusivamente de la voluntad de las mayorías.
El orden social no consiste únicamente en evitar los conflictos
El cardenal también cuestionó una concepción del orden social limitada a la estabilidad institucional, la tranquilidad pública o la ausencia de enfrentamientos.
Una sociedad puede funcionar aparentemente con normalidad y, sin embargo, encontrarse profundamente desordenada si sus principios se apartan de la verdad sobre el hombre y de las exigencias de la ley natural.
«Una sociedad en la que prevalece el orden es aquella cuya organización y estructura se basan, en última instancia, en el orden de la creación, es decir, en las intenciones que Dios tenía cuando creó el mundo», explicó Eijk.
Por el contrario, una sociedad desordenada es aquella que deja de respetar ese orden y actúa contra los fines inscritos por Dios en su creación.
El arzobispo de Utrecht recordó que la dignidad de la persona constituye el fundamento de los demás principios de la doctrina social de la Iglesia, entre ellos el bien común, la subsidiariedad, la solidaridad y la opción preferencial por los pobres.
Desde esta perspectiva, la organización política y social no puede desligarse de una concepción verdadera de la persona humana. La estabilidad de las instituciones, el funcionamiento de la economía o la eficacia de las leyes no bastan para garantizar una sociedad justa si se pierde de vista la dignidad de aquellos a quienes deben servir.
«Los cristianos debemos presentar la verdad sin miedo»
Frente al avance de una concepción secularizada del orden social, Eijk considera imprescindible que los católicos recuperen la claridad en el anuncio de la fe y en la defensa de sus consecuencias morales.
El cardenal no plantea esta responsabilidad como una cuestión reservada a los gobernantes o a los especialistas en doctrina social, sino como una tarea que corresponde a todos los cristianos.
Su llamamiento apunta a superar el temor a defender públicamente principios que, aunque forman parte de la enseñanza constante de la Iglesia, encuentran una creciente resistencia en determinadas corrientes culturales y políticas.
No es la primera vez que Eijk advierte sobre las consecuencias de abandonar una antropología fundada en la naturaleza humana. En diciembre de 2022, el purpurado reclamó una encíclica que condenase la ideología de género y defendió la unidad del cuerpo y el alma frente a las concepciones que pretenden separar la identidad personal de la realidad biológica.
El purpurado también encuentra motivos de esperanza en el interés por el catolicismo que observa entre los jóvenes de varios países europeos.
En particular, mencionó el aumento de nuevos jóvenes católicos en Francia, Países Bajos e Inglaterra como una señal de que el anuncio de Jesucristo continúa dando frutos incluso en sociedades profundamente secularizadas.
Según explicó, muchos de estos jóvenes no se limitan a una adhesión cultural o sentimental al cristianismo, sino que muestran disposición a acoger las enseñanzas de la Iglesia, también en lo relativo a la moral y a la organización de la sociedad.
Las declaraciones de Eijk preceden a su intervención de este viernes 9 de octubre en un curso de doctrina social de la Iglesia organizado por La Nuova Bussola Quotidiana y el Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân. El arzobispo pronunciará la conferencia inaugural, dedicada precisamente al orden social según la enseñanza católica.
Su reflexión vuelve a situar en el centro una cuestión fundamental para la vida pública: la dignidad del ser humano no nace de un reconocimiento administrativo, de una ley ni del acuerdo de una mayoría, sino de su propia naturaleza y, en último término, de haber sido creado por Dios. Una verdad que, según Eijk, los cristianos están llamados a proclamar sin temor, también cuando entra en conflicto con los criterios dominantes de la sociedad contemporánea.