El 8 de octubre del año 451, cientos de obispos se reunieron en la basílica de Santa Eufemia, en Calcedonia, frente a Constantinopla. En medio de la asamblea fue colocado solemnemente el libro de los Evangelios. Comenzaba así el cuarto Concilio ecuménico de la Iglesia y una de las grandes batallas doctrinales de la Antigüedad cristiana: había que confesar con precisión quién es Jesucristo.
Han pasado exactamente 1.575 años desde aquella jornada, pero la cuestión que ocupó a los Padres conciliares no pertenece únicamente a las controversias teológicas del siglo V. De su respuesta depende la comprensión católica de la Encarnación, de la Pasión y, en último término, de la Redención. El Cristo que nació de la Virgen, sufrió bajo Poncio Pilato, murió en la Cruz y resucitó es verdadero Dios y verdadero hombre; una sola Persona, la del Hijo eterno de Dios, en dos naturalezas, divina y humana.
Calcedonia formuló esta fe con una precisión que atravesaría los siglos. Para llegar hasta aquella definición fue decisiva la intervención de un Papa que ni siquiera se encontraba físicamente en el concilio: san León Magno. Cuando su enseñanza sobre la Encarnación fue leída ante los obispos, la asamblea respondió con una aclamación que ha quedado inscrita en la historia de la Iglesia: «Pedro ha hablado por boca de León». Benedicto XVI recordó expresamente este episodio al presentar a san León como teólogo, pastor y defensor del primado romano.
El problema no era una cuestión de palabras
Para comprender por qué la Iglesia necesitó reunir un concilio hay que regresar a las disputas cristológicas que habían marcado las décadas anteriores. Nicea había confesado en el año 325 la verdadera divinidad del Hijo frente al arrianismo y Éfeso había defendido en 431 la unidad de la Persona de Cristo, reconociendo legítimamente a la Virgen María como Theotokos, Madre de Dios.
Pero la defensa de una verdad podía desembocar en un error contrario si se llevaba hasta el extremo. Eso sucedió con Eutiques, un influyente archimandrita de Constantinopla que, en su oposición al nestorianismo, terminó oscureciendo la verdadera humanidad de Cristo. Su manera de explicar la unión entre la divinidad y la humanidad conducía a sostener una sola naturaleza después de la Encarnación. La humanidad del Señor dejaba así de conservarse íntegramente en la unión con el Verbo.
La cuestión podía parecer reservada a los teólogos, pero tocaba el corazón mismo de la fe. Si Cristo no posee una verdadera humanidad como la nuestra, entonces tampoco son plenamente reales su nacimiento, su sufrimiento y su muerte. La doctrina sobre Cristo está inseparablemente unida a la doctrina sobre nuestra salvación.
Pío XII lo explicó con particular claridad en 1951, cuando conmemoró el XV centenario de Calcedonia mediante la encíclica Sempiternus Rex Christus. Al recordar el error de Eutiques, señaló que sus consecuencias terminaban por convertir el misterio de la Encarnación en algo vacío, pues quedaba comprometida precisamente la realidad de la naturaleza humana que el Hijo de Dios había asumido para salvarnos.
San León entra en la controversia
Eutiques fue condenado en Constantinopla por un sínodo presidido por san Flaviano, obispo de la ciudad. La controversia, sin embargo, estaba lejos de terminar. El emperador Teodosio II convocó en 449 una nueva reunión en Éfeso bajo la presidencia de Dióscoro de Alejandría, protector de Eutiques y adversario de Flaviano.
San León envió a sus legados y remitió una extensa carta doctrinal destinada a Flaviano. Es el texto que la historia conocería como el Tomo a Flaviano, una de las grandes exposiciones cristológicas de la Iglesia antigua.
La carta debía ayudar a resolver la controversia, pero en aquella reunión de Éfeso no se permitió su lectura. La asamblea estuvo marcada por presiones y violencia; Flaviano fue depuesto y murió poco después. El propio León rechazó lo sucedido y calificó aquella reunión con un nombre que acabaría acompañándola para siempre: el «Latrocinio de Éfeso».
La muerte de Teodosio II y la llegada al poder de Marciano y Pulqueria cambiaron la situación. Finalmente se convocó un nuevo concilio, que debía reunirse primero en Nicea y terminó trasladándose a Calcedonia. Allí, el 8 de octubre de 451, comenzó la asamblea.
Los Evangelios en medio del concilio
La escena con la que se abrió Calcedonia expresa bien lo que estaba en juego. Los Padres se reunieron en la basílica de Santa Eufemia, y en medio de ellos fue colocado el libro de los Evangelios. No se trataba de inventar una nueva doctrina sobre Jesucristo, sino de custodiar y expresar sin ambigüedades la fe recibida de los Apóstoles.
Los legados de san León ocupaban un lugar principal en la asamblea. El Papa permanecía en Roma, pero su enseñanza llegaría a Calcedonia por medio del documento que no había podido ser leído libremente dos años antes en Éfeso.
Cuando el Tomo a Flaviano fue leído y examinado, los Padres reconocieron en él la misma fe transmitida por los Apóstoles y profesada por los grandes Padres de la Iglesia. Entonces llegó la célebre aclamación:
«Esta es la fe de los Padres, esta es la fe de los Apóstoles. Todos creemos así, los ortodoxos creen así».
Y a continuación: «Pedro ha hablado por boca de León». Las actas conciliares conservan la aclamación dentro de una serie más extensa en la que los obispos afirman también la concordancia de León con san Cirilo de Alejandría y con la fe recibida.
Benedicto XVI, al recordar el episodio en 2008, vio en aquellas palabras el reconocimiento de la responsabilidad que san León ejercía como sucesor de Pedro. El Papa había intervenido desde Roma en una controversia surgida principalmente en Oriente y su enseñanza era recibida en Calcedonia como expresión de la fe apostólica.
Verdadero Dios y verdadero hombre
El Tomo a Flaviano expresaba con extraordinaria claridad la realidad de la Encarnación. Frente a quienes podían dividir a Cristo y frente a quienes terminaban confundiendo su humanidad y su divinidad, León mantenía ambas verdades: Jesucristo es uno solo y en Él permanecen íntegramente la naturaleza divina y la naturaleza humana.
Una fórmula del Papa resumía admirablemente el misterio: «Uno y el mismo es verdaderamente el Hijo de Dios y verdaderamente el Hijo del hombre».
El Verbo eterno no dejó de ser Dios cuando asumió nuestra naturaleza, ni la humanidad que recibió de la Virgen quedó absorbida o anulada por su divinidad. El mismo que es eternamente Hijo del Padre nació verdaderamente de María según la carne; el mismo Hijo de Dios padeció y murió, no en su divinidad, que es impasible e inmortal, sino en la naturaleza humana que había hecho verdaderamente suya.
Por eso León podía enseñar que, en la unidad de una sola Persona, cada naturaleza conserva lo que le es propio. Pío XII resumiría posteriormente esta doctrina recordando la fórmula leonina según la cual «la humildad» fue asumida por «la majestad», «la debilidad» por «la fuerza» y «la mortalidad» por «la eternidad».
No se trataba de resolver una sutileza filosófica. Se estaba protegiendo la realidad misma de la Navidad y del Calvario. El Niño de Belén es verdaderamente Dios; el hombre que tiene hambre, llora ante la tumba de Lázaro y sangra en la Cruz es verdaderamente hombre. Y es siempre el mismo Jesucristo.
Las cuatro palabras de Calcedonia
El concilio terminó expresando esta fe mediante una definición que se convertiría en uno de los pilares de la cristología católica. Siguiendo a los santos Padres, confesó a «un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo», perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre, consustancial al Padre según la divinidad y consustancial a nosotros según la humanidad.
Para proteger el misterio de cualquier deformación, Calcedonia añadió cuatro expresiones que han atravesado los siglos. Las dos naturalezas de Cristo deben reconocerse «sin confusión, sin mutación, sin división, sin separación».
Cada palabra cerraba el camino a una manera equivocada de comprender al Señor. Su humanidad y su divinidad no se mezclan hasta producir una tercera realidad; ninguna se transforma en la otra; Cristo tampoco queda dividido en dos personas ni puede separarse aquello que Dios ha unido en la única Persona del Verbo.
La diferencia entre las naturalezas permanece, enseñaron los Padres, pero ambas concurren en «una sola persona y subsistencia». La formulación de Calcedonia se convirtió así en un punto firme de la fe de la Iglesia sobre la unión hipostática: la naturaleza divina y la humana están unidas en el único sujeto personal que es el Verbo de Dios.
Una definición de hace 1.575 años que seguimos profesando
La distancia histórica puede hacer que las controversias de Calcedonia parezcan discusiones propias de otro mundo. Sin embargo, la fe defendida entonces está presente cada vez que un católico confiesa el Credo, contempla un crucifijo o se arrodilla ante el Santísimo Sacramento.
Si Jesucristo no fuese verdaderamente Dios, no podría salvarnos como el Hijo eterno enviado por el Padre. Si no fuese verdaderamente hombre, no habría asumido realmente nuestra condición ni ofrecido en nuestra naturaleza el sacrificio de la Cruz. La fe católica se niega a sacrificar cualquiera de esas dos verdades.
Por eso Benedicto XVI pudo presentar Calcedonia como la culminación segura del desarrollo cristológico de Nicea, Constantinopla y Éfeso. Recordó además que ya san Gregorio Magno comparaba aquellos cuatro primeros concilios ecuménicos con los cuatro Evangelios, porque sobre ellos, decía, se levanta como sobre una piedra cuadrada el edificio de la fe.
Hace 1.575 años, los obispos reunidos en Calcedonia tuvieron que encontrar palabras suficientemente precisas para custodiar un misterio que ninguna fórmula humana puede agotar. En el centro de aquella tarea estuvo la confesión que la Iglesia había recibido desde el principio y que san León Magno supo expresar con una claridad extraordinaria: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, uno solo y el mismo.
Cuando los Padres escucharon la enseñanza del Papa, reconocieron en ella la fe que debían custodiar y transmitir. De ahí aquella aclamación que todavía hoy resume uno de los momentos más memorables de Calcedonia:
«Pedro ha hablado por boca de León».