El cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén, ha señalado que las relaciones de los católicos de Tierra Santa con judíos y musulmanes deben preservar el encuentro y la apertura hacia los demás, pero «sin renunciar a la claridad de la fe».
El Patriarca hizo esta reflexión este domingo, 4 de octubre, durante la homilía pronunciada en Jerusalén con motivo de la fiesta de san Francisco de Asís, celebrada este año en el marco del octavo centenario de la muerte del santo.
Pizzaballa partió de la «minoridad franciscana» para explicar el modo en que, a su juicio, los cristianos están llamados a hacerse presentes en una sociedad atravesada por diferencias religiosas, culturales y políticas.
«La minoría franciscana nos indica una manera de estar presentes: estar al lado de las personas con la libertad de quienes no necesitan imponerse», afirmó.
Para el Patriarca, esta actitud no significa diluir la identidad cristiana. Por el contrario, explicó que la misión de la Iglesia consiste en «hacer reconocible a Cristo a través de una presencia generosa, abierta a todos».
Es precisamente en este contexto donde Pizzaballa situó las relaciones con las otras dos grandes comunidades religiosas de Tierra Santa: «También las relaciones con nuestros vecinos judíos y musulmanes requieren esta libertad, capaz de preservar el encuentro sin renunciar a la claridad de la fe».
Mansedumbre sin renunciar a «pronunciar palabras verdaderas»
Inmediatamente después, el cardenal recurrió a las palabras de Cristo en el Evangelio de san Mateo —«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón»— para precisar el modo en que debe desarrollarse esa presencia cristiana.
Pizzaballa rechazó implícitamente una identificación de la mansedumbre con la pasividad. «La mansedumbre evangélica exige una gran fuerza interior», aseguró.
Esa actitud, añadió, compromete a los cristianos a «buscar la justicia y a pronunciar palabras verdaderas», procurando al mismo tiempo que «el dolor y la indignación no se apoderen de nuestros corazones».
Las palabras adquieren un significado particular en una Iglesia cuyos fieles viven repartidos entre distintos países y territorios, sometidos a fronteras y restricciones de movimiento. El propio Patriarca reconoció que existen comunidades católicas que celebran la Eucaristía a pocos kilómetros de distancia y que, sin embargo, encuentran dificultades incluso para relacionarse entre ellas.
«Las fronteras, las restricciones de movimiento y el peso de la historia dificultan el conocimiento mutuo», señaló. Por ello, advirtió de que la comunión no puede darse por supuesta, sino que «debe ser buscada y preservada con paciencia».
No permitir que las divisiones determinen qué sufrimiento escuchar
Pizzaballa trasladó el mismo planteamiento al modo en que la Iglesia debe afrontar el sufrimiento provocado por la violencia en Tierra Santa.
El Patriarca recordó en su oración a «todas las familias» afectadas, a quienes lloran la muerte de un ser querido y a quienes afrontan con miedo el futuro.
«Como Iglesia, tenemos el deber de estar cerca de quien sufre, de defender la dignidad humana y de dar voz a quien está privado de ella», afirmó.
El cardenal añadió que esta responsabilidad requiere mantener una «libertad exigente» respecto de las pertenencias y enfrentamientos «que querrían decidir de antemano qué sufrimientos merecen ser escuchados».
Para Pizzaballa, la palabra pública de la Iglesia debe surgir del Evangelio y de la cercanía concreta con las personas. Su credibilidad dependerá, afirmó, de la capacidad de sostener a quienes lo necesitan, educar a los jóvenes para el encuentro y «continuar construyendo relaciones incluso cuando todo empuja a interrumpirlas».
«Es así como la paz comienza a tener un rostro», sostuvo.
Hacer reconocible a Cristo en Tierra Santa
La cuestión de las relaciones con judíos y musulmanes quedó así encuadrada por Pizzaballa dentro de una reflexión más amplia sobre la misión de los católicos en Tierra Santa.
El Patriarca recordó el episodio narrado por san Francisco en su Testamento, cuando el Señor lo condujo entre los leprosos. El santo experimentó la transformación de su corazón precisamente al acercarse con misericordia a aquellos de quienes anteriormente se mantenía alejado.
«También para nuestra Iglesia, la renovación pasa por los vecinos que evitamos, los pobres y los sufrimientos que no vemos, las preguntas que ponen en cuestión nuestros hábitos», afirmó.
Pizzaballa mencionó particularmente a las familias que encuentran dificultades para permanecer en Tierra Santa, los ancianos que viven solos, los trabajadores sobrecargados por las dificultades cotidianas y los jóvenes que miran hacia el futuro preguntándose «si aquí hay todavía un lugar para ellos».
En este contexto, el Patriarca presentó una presencia cristiana que conjugue el encuentro con quienes profesan otras religiones con una identidad inequívocamente cristiana: estar junto a las personas sin imponerse, mantener abiertas las relaciones y, al mismo tiempo, hacer reconocible a Cristo y no renunciar a «la claridad de la fe».