El arzobispo de Cagliari y secretario general de la Conferencia Episcopal Italiana, Giuseppe Baturi, presidió el 3 de octubre en la basílica de Santa María de los Ángeles, en Asís, las primeras vísperas de la solemne conmemoración del Tránsito de san Francisco, celebrada este año con motivo del VIII centenario de la muerte del santo.
En su homilía, Baturi reflexionó sobre la forma en que san Francisco afrontó sus últimos momentos y sostuvo que el testimonio de los santos puede ayudar a comprender el sentido cristiano de la muerte y, con ello, de la propia vida.
«Bienvenida, hermana muerte»
El secretario general de la CEI recordó que san Francisco, al comprender que se acercaba su última hora, no rehuyó la muerte, sino que salió a su encuentro con alegría, llegando a llamarla «hermana».
«Bienvenida, hermana muerte», recordó Baturi citando el relato de Tomás de Celano.
El arzobispo vinculó esta actitud con la identificación de Francisco con Cristo crucificado. Desde el comienzo de su vocación, explicó, el santo mantuvo presente la Pasión del Señor y entendió su camino como una progresiva conformación con Cristo.
En sus últimos momentos, Francisco quiso ser colocado desnudo sobre la tierra, gesto que Baturi relacionó con la pobreza que había marcado toda su vida y con su deseo de asemejarse a Cristo crucificado.
A partir de este episodio, el arzobispo se refirió también a la forma en que la sociedad contemporánea afronta la muerte.
«Vivimos en una cultura que elimina la muerte, la esconde o la anticipa y la “gestiona” como un problema que resolver», afirmó.
Frente a ello, señaló que san Francisco ofrece otra forma de enfrentarse a la muerte: mirarla sin negarla ni huir de ella y hacerlo desde la relación con Cristo crucificado.
Baturi añadió que, ante el sufrimiento, la Iglesia está llamada a ofrecer presencia y acompañamiento, permaneciendo junto a quien sufre «sin apartar la mirada y sin tener prisa por cerrar la cuestión».
«La vida es un don»
El arzobispo destacó también que los últimos momentos de san Francisco estuvieron marcados por la alabanza.
Según recordó, el santo pasó sus últimos días cantando y exhortando a sus hermanos y a toda la creación a alabar a Dios.
Baturi interpretó esta actitud como una expresión de gratitud por la vida recibida y subrayó que esa misma mirada lleva a custodiar especialmente la vida más frágil.
«Quien canta sabe que la vida es un don y que un don se custodia desde su comienzo hasta su último aliento», afirmó.
El secretario general de la CEI añadió que, en una sociedad que tiende a medir las cosas por su utilidad, la experiencia de san Francisco recuerda que «ninguna vida carece de valor, ni siquiera la que se apaga».
Francisco murió anunciando el paraíso
Otro de los aspectos destacados por Baturi fue la esperanza en la vida eterna.
El arzobispo recordó la expresión atribuida a san Francisco: «Quiero mandaros a todos al paraíso», y explicó que el santo afrontó sus últimos momentos con la esperanza puesta en Dios.
«Anunciar el paraíso hoy no significa escapar de la historia, sino habitarla con una esperanza que la hace más humana», señaló.
Según Baturi, esta esperanza se traduce también en la atención a los pobres, los enfermos y quienes se encuentran en situaciones de mayor fragilidad.
«Nadie debería morir solo»
Baturi se detuvo igualmente en el hecho de que san Francisco murió acompañado por sus hermanos.
El santo, según los relatos citados durante la homilía, reunió a los frailes que se encontraban con él, los bendijo y les exhortó a perseverar en el amor de Dios y en la fidelidad a la vocación recibida.
El arzobispo resumió esta escena en tres conceptos: proximidad, custodia y cuidado.
«Nadie debería morir solo y nadie debería ser dejado solo llevando el peso de quien muere», afirmó.
Baturi señaló que este acompañamiento afecta tanto a las comunidades parroquiales y a las familias como a quienes trabajan en hospicios o atienden en casa a familiares ancianos o enfermos.
El arzobispo concluyó su homilía recordando una de las últimas frases atribuidas a san Francisco: «Yo he hecho mi parte; la vuestra, que os la enseñe Cristo».
A juicio de Baturi, estas palabras resumen una herencia que permanece vigente ocho siglos después: dejar que la fe en Cristo transforme «el vivir y el morir, el amar, el trabajar y el sufrir».