Los misterios gozosos no fueron cómodos

Los misterios gozosos no fueron cómodos

Octubre es el mes del Rosario, y el miércoles 7 la Iglesia celebra a la Virgen que le da nombre. Muchos católicos volverán a desgranar estas semanas los misterios gozosos. El riesgo es rezarlos como quien repasa títulos de cuadros. Pero ninguno de aquellos cinco episodios fue una escena de estampa: el gozo llegó a una muchacha de aldea y a un artesano pobre entre sobresaltos, viajes, establos y noches de angustia.

La repetición es la gran virtud del Rosario y también su peligro. La cadencia de las avemarías sosiega, ordena la cabeza y deja espacio para la contemplación, pero la costumbre tiende a pulir los misterios hasta volverlos lisos. Decimos «la Anunciación», «el Nacimiento» o «el Niño perdido y hallado en el Templo» como quien enuncia el título de un capítulo que ya se sabe de memoria. Y, sin embargo, la tradición no propone que recitemos cinco epígrafes, sino que nos asomemos a cinco escenas en las que Dios entró en la historia de una familia concreta, con nombres, oficio, parientes y vecinos.

Los evangelistas cuentan estos hechos con una sobriedad que desarma. Dedican a cada uno apenas unos versículos, sin adjetivos, sin descripciones, sin detenerse en lo que sintieron sus protagonistas. No es pobreza de relato, sino respeto: dejan el hueco para que quien lee, o quien reza, lo habite. Por eso la meditación de los misterios nunca ha sido un ejercicio de memoria, sino de imaginación. Hay que ponerse en el lugar, oír los ruidos del camino, notar el frío de la noche. Solo así las palabras que repetimos dejan de ser fórmulas y vuelven a ser lo que fueron: acontecimientos que le sucedieron a personas de carne y hueso.

La primera ocurre en Nazaret, en un día cualquiera. Una doncella desposada con un carpintero de la casa de David recibe un saludo que no esperaba: «Alégrate, llena de Gracia, porque el Señor está contigo». Se le anuncia que será madre del Hijo del Altísimo, y ella no pide garantías ni plazos. Responde con una sola frase: «Aquí tienes a la esclava del Señor». Es probable que, para el resto del pueblo, aquel mediodía fuera idéntico a los demás. Nadie vio nada. El acontecimiento que partió la historia en dos sucedió en silencio, sin testigos, en la casa de una muchacha que no tenía nada que ofrecer salvo su libertad.

El segundo misterio es un viaje. María no se queda contemplando su secreto: se pone en camino hacia la casa de su prima Isabel, una mujer anciana a la que, por su edad, nadie creía capaz de concebir, y que llevaba meses encinta. El encuentro es una explosión de alegría en la que la criatura salta en el vientre de la anciana. Pero conviene no olvidar lo que hay alrededor. Una joven embarazada recorre los caminos de Palestina, y a su vuelta tendrá que dar explicaciones en un pueblo pequeño donde todo se sabe. La alegría de la Visitación no suprime ninguna de esas dificultades; convive con ellas.

El tercero empieza con una orden del poder: «Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad». Un decreto dictado muy lejos obliga a un matrimonio humilde a desplazarse, con el parto encima, hasta Belén, donde no hay sitio para ellos. El Mesías esperado por Israel nace en una cueva, entre el olor de los animales, y lo acuestan en un pesebre. Sus primeros visitantes son unos pastores, gente de dudosa reputación en aquella sociedad rígidamente ordenada, a los que un ángel ha anunciado: «Hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor». Ni sacerdotes, ni doctores de la Ley, ni autoridades: pastores. Contemplar este misterio con la imaginación de un belén de salón es comprensible, pero se pierde lo esencial: Dios eligió la intemperie.

El cuarto misterio se suele rezar deprisa, y es quizá el más elocuente. Cuarenta días después del parto, María y José suben al Templo para cumplir la Ley: la purificación de la madre y el rescate del primogénito. Las familias pudientes ofrecían corderos; ellos llevan un par de tórtolas, la ofrenda de quienes no pueden permitirse más. Por el niño pagan los cinco siclos prescritos. En el patio del Templo, entre cambistas, jaulas y regateos, Dios hecho hombre es rescatado con el dinero de un carpintero, y nadie a su alrededor repara en aquel niño. Pocas escenas del Evangelio muestran con tanta crudeza hasta dónde llegó el abajamiento.

El quinto es, sin disimulo, un misterio de angustia. Jesús tiene doce años y se queda en Jerusalén sin avisar. Sus padres lo buscan durante tres días. Cuando por fin lo encuentran en el Templo, rodeado de doctores de la Ley, María no se contiene: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos». La respuesta del muchacho no aclara nada: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que esté en las cosas de mi Padre?». Ellos no la entienden: ni siquiera María comprende a qué cosas de su Padre se refiere el muchacho. Y la Iglesia llama gozoso a este misterio.

Ahí está la clave. Los misterios gozosos no se llaman así porque fueran cómodos, sino porque en cada uno de ellos Dios estaba presente, aunque la escena pareciera decir lo contrario. Hay gozo en la sorpresa de Nazaret, en la casa de Isabel, en la cueva de Belén, en el Templo de las tórtolas y en el reencuentro de los tres días. Pero es un gozo que no elimina el desconcierto, la pobreza, la incomprensión ni el miedo. Es exactamente el tipo de alegría que el cristiano de hoy necesita aprender, porque es la única que resiste cuando la vida no sale como uno había planeado.

En esas cinco escenas hay un personaje que casi siempre queda en segundo plano. José no pronuncia una sola palabra en los Evangelios. Obedece en sueños, busca refugio, paga el rescate, recorre Jerusalén durante tres días con el corazón en un puño. Cuando la amenaza de Herodes se cierne sobre el niño, recibe otra orden igual de escueta: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye». Y huye, de noche, sin discutir, hacia una tierra extranjera y con una familia a su cargo. El Evangelio resume su actitud con una sobriedad admirable: «Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado». Rezar los misterios gozosos mirándolos también con los ojos de José cambia la oración. Nos obliga a preguntarnos qué sintió un hombre sencillo al que Dios le confió a su Hijo y no le dio ninguna explicación.

Esa pregunta es la que se hace, a lo largo de casi seiscientas páginas, J.C. El sueño de Dios, la novela de Miguel Aranguren. Su José duda de estar a la altura de lo que Dios espera de él. En Belén no tiene con qué pagar el refugio, y consigue la cueva a cambio de unos escarpines que tejerá María. Años después lo recordará riendo: «Ese fue el precio del nacimiento de nuestro hijo: unos escarpines de lana». Quizá rezar el Rosario consista en eso: en recordar que la salvación entró en el mundo por un precio tan pequeño.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando