Cinco años, dos meses y siete días. Es lo que medió entre el 12 de febrero de 1049, cuando Bruno de Toul fue entronizado en Roma con el nombre de León IX, y el 19 de abril de 1054, cuando murió en San Pedro junto al ataúd que había mandado preparar. La entrega anterior de esta serie dejó el papado donde lo encontró él: en manos de familias romanas y de emperadores. Tres Leones seguidos lo habían recibido de una senadora, de un príncipe y de un emperador, y en el siglo transcurrido desde entonces la cosa había ido a peor. Benedicto IX, un Túsculo, había llegado a vender el pontificado; en 1046 Enrique III tuvo que despejar en Sutri una sede con tres titulares, y de los dos Papas alemanes que nombró a continuación uno duró menos de un año y el otro veintitrés días. León IX no convocó un concilio general ni escribió un tratado. Cambió a los hombres, salió de Roma y preguntó a los obispos, uno por uno y delante de las reliquias de un santo, cuánto habían pagado por su sede. También perdió una batalla, pasó nueve meses prisionero y envió a Constantinopla la legación que acabó en ruptura. La Iglesia lo venera como santo, y su balance incluye todo eso.
Había nacido el 21 de junio de 1002 en Egisheim, en Alsacia, de una familia condal emparentada con la casa imperial: su padre, Hugo, era primo hermano de Conrado II. A los cinco años lo confiaron a la escuela que el obispo Bertoldo tenía en Toul para los hijos de la nobleza. Su biógrafo y amigo Wiberto cuenta que de niño fue incapaz de estudiar en un libro espléndido que le había regalado su madre, hasta que se supo que el volumen había sido robado de la abadía de San Huberto, en las Ardenas; devuelto el libro, los estudios siguieron sin tropiezo. La anécdota es hagiográfica y quizá por eso mismo retrata bien al personaje, que dedicaría su pontificado a lo que en la Iglesia se había adquirido por malos medios. Fue canónigo de Toul en 1017 y capellán en la corte de Conrado, donde lo llamaban el buen Bruno para distinguirlo de sus homónimos. En 1026, todavía diácono, mandó en Lombardía el contingente de su diócesis porque el obispo era demasiado viejo para la campaña. Horace Mann, que lo biografió en la Enciclopedia Católica, anota que los soldados siempre le atrajeron. Conviene retener el dato.
Ese mismo año murió el obispo y el clero de Toul lo eligió para sucederle. Conrado lo quería para algo mayor que una sede pequeña y fronteriza; Bruno insistió en quedársela. Consagrado en 1027, la gobernó más de veinte años entre hambrunas y guerras: negoció una paz duradera entre Francia y el Imperio, defendió la ciudad con las armas contra el conde Eudes de Blois y reformó los monasterios que dependían de él, Saint-Èvre, Moyenmoutier, Remiremont y Saint-Dié, según los principios que venían de Cluny y de la reforma lorenesa. Perdió en esos años a sus padres y a dos hermanos. Se consolaba con la música, en la que era competente.
Dámaso II murió en el verano de 1048 y los romanos pidieron a Enrique III que les diera por Papa a Halinardo, arzobispo de Lyon, o a Bruno. El emperador escogió a su pariente en la dieta de Worms, en diciembre. Bruno se resistió y, cuando cedió, puso una condición que ninguno de los Papas alemanes anteriores había puesto: iría a Roma y aceptaría sólo si el clero y el pueblo romanos lo elegían libremente. Hizo el camino por Besanzón, donde se encontró con el abad Hugo de Cluny, y en algún punto se le unió un monje joven llamado Hildebrando. Entró en Roma descalzo y con hábito de peregrino. Lo aclamaron, tomó el nombre de León y fue entronizado el 12 de febrero de 1049. El gesto contenía el programa entero. León VIII había recibido la sede de Otón I y nunca dejó de deberla. León IX, designado por otro emperador y pariente suyo, hizo depender su título de la elección canónica, y con eso dejó dicho que la cátedra de Pedro no era del emperador para darla.
Lo primero fue sofocar el último intento de Benedicto IX de recuperar el trono, y lo segundo el dinero: las finanzas pontificias estaban en ruinas y las puso en manos de Hildebrando. Después llamó a Roma a hombres de fuera. Humberto, monje de Moyenmoutier, fue cardenal obispo de Silva Candida; Federico de Lorena, canciller; Hugo el Blanco vino de Remiremont; Udón, de Toul; Halinardo de Lyon le acompañó como consejero, y desde el eremitorio de Fonte Avellana le escribía Pedro Damián. El colegio de cardenales, que hasta entonces era el clero de las iglesias de Roma, empezó a parecerse a un senado de la Iglesia universal. De ese grupo saldrían dos Papas: Federico sería Esteban IX e Hildebrando, Gregorio VII.
En abril de 1049, a los dos meses de llegar, reunió su primer sínodo contra los dos males que todos nombraban: la simonía, que era la compraventa de los oficios sagrados, y la incontinencia del clero. Exigió el celibato hasta el grado de subdiácono. Sobre la simonía empezó por donde quería acabar y declaró nulas todas las ordenaciones simoníacas. El tumulto fue inmediato: los presentes objetaron que, con esa regla, casi todas las iglesias mayores se quedarían sin culto. Tras una discusión larga, León se replegó a la norma que Clemente II había fijado dos años antes: cuarenta días de penitencia para quien hubiera sido ordenado por un simoníaco, y continuidad en el orden recibido. Un historiador reciente, Andrew Smith, ve en ese repliegue una reforma comprometida a los tres meses de empezar. La lectura contraria es que León comprobó en su primer sínodo la dimensión del problema y el límite de los decretos, y que de esa comprobación salió su método.
La cuestión de fondo quedó abierta y era teológica. Si un obispo había comprado su sede, ¿valían los sacramentos que confería? León hizo reordenar a algunos clérigos, y sus dos mejores cabezas se dividieron. Humberto sostuvo que el simoníaco nada tiene y nada puede dar. Pedro Damián le respondió en 1052 con el Liber gratissimus: quien ordena es Cristo, el don es suyo y gratuito, y la indignidad del ministro no lo anula, de modo que el simoníaco merece el castigo más severo y sus ordenaciones valen. La Iglesia acabó dándole la razón a Damián, aunque tardó más de un siglo.
El método fue ponerse en camino. En mayo de 1049 salió de Roma, celebró un concilio en Pavía, cruzó los Alpes, se reunió en Colonia con Enrique III y excomulgó al rebelde Godofredo el Barbudo para pacificar Lorena. El rey Enrique I de Francia hizo lo posible por impedirle entrar en su reino. León entró. Tenía prometido al abad Herimar consagrar la nueva basílica de Saint-Remi, en Reims, y anunció que de paso celebraría allí un concilio. El rey convocó a sus obispos a una campaña militar para vaciárselo.
Acudieron veinte obispos y medio centenar de abades, y una multitud de españoles, bretones, francos, irlandeses e ingleses que quería ver al Papa. El concilio se reunió del 3 al 5 de octubre. Según el relato de Anselmo, monje de Saint-Remi, León hizo colocar sobre el altar las reliquias de san Remigio y pidió a cada obispo que se levantara y declarase ante ellas que no había comprado su oficio. El arzobispo de Reims pidió una audiencia privada. Cuatro obispos confesaron. Hugo de Langres, acusado además de una larga lista de crímenes, encargó su defensa al arzobispo de Besanzón, que se puso en pie y no consiguió articular palabra; Hugo huyó, fue excomulgado, peregrinó a Roma al año siguiente para confesarse y murió en el viaje de vuelta. El obispo de Nantes reconoció que su padre había sido obispo de la misma ciudad y que él había heredado la sede pagando: fue depuesto allí mismo. Fue el único. Los demás casos, también los de los grandes señores laicos, quedaron emplazados ante el tribunal del Papa en Roma. A los obispos que habían preferido seguir al rey los excomulgó.
El concilio declaró que sólo el obispo de Roma es primado de la Iglesia universal y apostólico, y aplicó el principio al obispo de Compostela, excomulgado por haberse arrogado ese título. Prohibió además el matrimonio que proyectaban el duque Guillermo de Normandía, el futuro Conquistador, y Matilde de Flandes. La escena de Reims explica el pontificado mejor que sus decretos, que repetían cánones antiguos. Un Papa que hasta entonces era para media Europa un nombre, y a veces un nombre de mala fama, se había presentado en persona, había mirado a los obispos a la cara y los había citado en su casa. La primacía romana, que era doctrina, empezó a ser también experiencia.
De vuelta pasó por Maguncia, donde celebró otro sínodo con el emperador y con obispos alemanes, franceses e italianos. De ese viaje data la primera mención conocida de la Rosa de Oro: la abadesa de Woffenheim debía enviar una cada año a Roma, antes del domingo Laetare, a cambio de ciertos privilegios. Con Adalberto de Bremen discutió un patriarcado del Norte que abarcara Escandinavia, Islandia y Groenlandia y que nunca llegó a existir, y autorizó la consagración del primer obispo nativo de Islandia. En enero de 1050 estaba en Roma y casi enseguida partió hacia el sur. Cruzó los Alpes otras dos veces: a finales de 1050, para trasladar en Toul las reliquias de su predecesor Gerardo, al que acababa de canonizar, y obtener del emperador que el arzobispo de Rávena se sometiera a la sede romana; y en 1052, para mediar sin éxito entre Enrique III y los húngaros. Celebró más de una docena de sínodos entre Italia, Francia y Alemania. Lo llamaron Peregrinus apostolicus.
Por Roma pasó en esos años, según se cree, el rey Macbeth de Escocia. A Eduardo el Confesor lo dispensó de su voto de peregrinar a cambio de limosnas y de dotar un monasterio en honor de san Pedro, que fue Westminster; en Inglaterra vetó además a un abad indigno para la sede de Londres y condenó a Estigando, que había usurpado la de Canterbury.
En el sínodo pascual de 1050 se ocupó de Berengario, maestro de la escuela de Tours, que enseñaba que el pan y el vino no cambian en la consagración y que la presencia de Cristo en el altar es figura y no realidad. El sínodo lo condenó en ausencia y León repitió la condena meses después, en Vercelli. La disputa duraría treinta años y obligaría a la teología latina a afinar el lenguaje que desembocaría en la palabra transustanciación. Importa el orden de las preocupaciones: el Papa que recorría Europa preguntando por el dinero de los obispos se detuvo a defender que en el altar está el Cuerpo de Cristo. Las dos cosas iban juntas. Quien compra un altar ha dejado de creer en lo que ocurre sobre él.
Hacia 1051 le llegó de Fonte Avellana el escrito más incómodo de su pontificado. Pedro Damián lo tituló Liber Gomorrhianus y lo dirigió al Papa porque el mal que describía no tenía, a su juicio, otro remedio que la sede apostólica. Denunciaba la extensión de los pecados contra natura entre el clero, que clasificaba en cuatro géneros de gravedad creciente. Denunciaba a los superiores que pecaban con sus hijos espirituales, a los culpables que se absolvían unos a otros en confesión para no ser descubiertos y a los confesores que aplicaban penitencias irrisorias sacadas de cánones apócrifos. Pedía una sola cosa: que todo clérigo culpable de cualquiera de los cuatro géneros fuera apartado del orden sagrado.
La respuesta de León se conserva unida al libro. Empieza con el elogio de la obra y de la vida de su autor, que respalda lo que escribe. Reconoce luego que, según la censura de los cánones, los manchados por cualquiera de los cuatro géneros merecen ser expulsados de todos los grados de la Iglesia. A continuación viene la frase por la que la carta se cita: Sed nos humanius agentes, pero Nos, obrando con más humanidad. Quienes hubieran caído en los tres géneros menores, no por hábito prolongado ni con muchos, podían conservar su grado si habían refrenado la pasión y cumplido una penitencia digna. A los demás no les dejaba esperanza alguna de recuperar el orden: los que hubieran pecado durante largo tiempo, o con muchos aunque fuera por poco tiempo, y los que hubieran llegado al cuarto género, que el Papa no menciona sin añadir que es horrendo decirlo. Cierra con una advertencia: quien se atreva a criticar o a discutir este decreto sepa que pone en peligro su propio orden.
El celoso pedía una regla sin excepciones y el gobernante graduó. León no dio carpetazo al libro: lo aprobó, lo hizo suyo y legisló sobre él. Tampoco lo asumió entero. Damián se quejaría más tarde de haber perdido el favor del Papa por obra de detractores, y la cláusula final del decreto sugiere que León esperaba críticas por los dos lados. Hay, con todo, un dato que la discusión entre rigor y clemencia suele tapar. La norma que a Damián le pareció blanda prescribía la deposición sin retorno para el reincidente, para el que hubiera pecado con varios y para el caso más grave. Novecientos setenta y cinco años después, esa norma blanda habría bastado para resolver más de un expediente que acabó archivado.
El sur de Italia fue su fracaso. Los normandos habían llegado a principios de siglo como peregrinos y mercenarios y hacia 1050 eran los dueños de buena parte de Apulia, que saqueaban sin distinguir entre tierras griegas, lombardas o de la Iglesia. Las poblaciones suplicaban al Papa; Benevento se le entregó en 1051 para librarse de ellos. León probó primero la mediación personal, dos veces, y obtuvo promesas. Cuando los lombardos mataron a traición a un grupo de normandos, la represalia cerró esa vía. En la Navidad de 1052 consiguió de Enrique III, en Worms, los derechos imperiales sobre Benevento y la promesa de un ejército. El emperador retiró después la promesa, aconsejado por el obispo Gebardo de Eichstätt, y León volvió a Italia con unos centenares de infantes suabos reclutados por sus parientes, a los que sumó levas de los príncipes italianos. El plan era unirse en Apulia a las tropas del gobernador bizantino.
Los normandos se interpusieron. El 18 de junio de 1053, junto a Civitate, a orillas del Fortore, tres mil jinetes mandados por Hunfredo de Hauteville, Ricardo de Aversa y un Roberto al que aún no llamaban Guiscardo ofrecieron negociar antes de combatir. El ofrecimiento fue rechazado. Los italianos huyeron a la primera carga; los suabos, con sus espadas de dos manos, resistieron en una loma hasta que Ricardo volvió de la persecución y los tomó por el flanco y la espalda. Murieron todos. León esperaba dentro de la ciudad, que lo entregó a los vencedores. Los normandos se arrodillaron ante él, le pidieron perdón, se declararon sus soldados y se lo llevaron a Benevento, donde lo retuvieron nueve meses con toda clase de honores.
Pedro Damián no le perdonó la batalla: escribió que un Papa no empuña la espada y que aquello no debía contarse entre los méritos de León, como la negación no se cuenta entre los de Pedro. El propio León salió de Civitate roto. En Benevento dormía en el suelo, ofrecía misa por los muertos y se puso a estudiar griego para entender por sí mismo lo que le llegaba de Constantinopla. Mann apunta que ganó con la derrota más de lo que habría ganado con la victoria, y los hechos le dan la razón a medio plazo: en 1059 los normandos se hicieron vasallos de la Santa Sede y fueron durante una generación la única fuerza con que los Papas pudieron contar frente al emperador. Eso no quita que el Papa hubiera llevado a la muerte a un ejército, y que lo supiera.
Lo que le llegaba de Constantinopla era una ofensiva. El patriarca Miguel Cerulario, que según las fuentes latinas había borrado años atrás el nombre del Papa de los dípticos, cerró en 1053 las iglesias de rito latino de la capital, y el arzobispo León de Ocrida difundió una carta contra los usos de los occidentales, empezando por el pan ácimo de la misa. Humberto la tradujo y León respondió en septiembre, desde su cautiverio, con una carta larga y dura. En ella cita por extenso, como documento auténtico, la Donación de Constantino, que era una falsificación del siglo VIII. La usó de buena fe, como todo su siglo, y la crítica no la desmontaría hasta Lorenzo Valla, cuatrocientos años más tarde. El dato debe constar: el primado que León defendía era verdadero y uno de los títulos que alegó era falso.
El emperador Constantino IX necesitaba al Papa contra los normandos y forzó al patriarca a un gesto conciliador. León contestó en enero de 1054 y confió las cartas a tres legados: Humberto, Federico de Lorena y el arzobispo Pedro de Amalfi. Llegaron en abril. El día 19 murió León en Roma, y con él, en buen derecho, caducó el mandato de sus legados. Cerulario se negó a tratarlos como tales. Ellos siguieron en la ciudad tres meses, disputando en público con los teólogos griegos. El sábado 16 de julio, a la hora de la liturgia, entraron en Santa Sofía, dejaron sobre el altar mayor una carta de excomunión contra Miguel, contra León de Ocrida y contra sus seguidores, se sacudieron el polvo de los pies en el umbral y salieron diciendo que Dios viera y juzgase.
El texto era de Humberto y tenía su carácter. Elogiaba la ortodoxia del emperador y de la ciudad y descargaba sobre el patriarca una lista de cargos entre los que figuraba haber suprimido el Filioque del Credo, cuando había sido Occidente quien lo añadió. El día 20 un sínodo de veintiún obispos presidido por Cerulario anatematizó a los tres legados, y el 24 se proclamó la sentencia en Santa Sofía. Ninguna de las dos partes excomulgó a una Iglesia: fueron unos hombres contra otros, y los latinos actuaban en nombre de un Papa que llevaba tres meses enterrado. Nadie creyó aquel verano que la cristiandad se hubiera partido. La fecha se volvió símbolo después, cuando 1204 hizo irreparable lo que en 1054 era todavía una querella. Pablo VI y Atenágoras levantaron aquellas sentencias el 7 de diciembre de 1965, y la comunión sigue sin restablecerse.
León IX no supo nada de esto. La cuenta justa es que la legación era suya, el tono de las cartas era suyo y el hombre lo había elegido él; el acto no lo fue. Escogió para su reforma a los mejores de su tiempo, y uno de ellos, el más brillante y el menos prudente, firmó sin mandato uno de los documentos más costosos de la historia de la Iglesia.
Enfermo desde el invierno, se hizo llevar a Roma en marzo de 1054, en cuanto los normandos lo dejaron marchar; Hunfredo lo escoltó hasta Capua. Pidió que lo trasladaran a San Pedro y que pusieran a su lado el ataúd. Murió el 19 de abril, a los cincuenta y un años. Lo enterraron en la basílica, se le atribuyeron milagros en vida y después de muerto, y el Martirologio Romano lo recuerda ese mismo día.
Lo que dejó se mide en lo que hicieron sus hombres. En 1059, cinco años después de su muerte, Nicolás II reservó la elección del Papa a los cardenales, y esa fue la respuesta institucional a Marozia, a Alberico y a Otón: la jaula de los tres Leones anteriores la desmontaron los hombres que León IX había llevado a Roma. En 1073 uno de ellos, Hildebrando, fue elegido Papa y dio su nombre a la reforma. La reforma gregoriana había empezado veinticuatro años antes, con un Papa descalzo.
Sus límites están a la vista, y esta serie no los oculta de ningún León: retrocedió en su primer sínodo, graduó donde Damián pedía cortar, llevó un ejército a la derrota, alegó un documento falso y se equivocó al menos con un hombre. En cinco años cambió el rumbo de la Iglesia de Occidente, y no lo hizo con un texto. Entró a pie, se rodeó de hombres que en lo suyo valían más que él, salió a buscar a los obispos donde estaban y les hizo responder en persona de cómo habían llegado a serlo. Quien toma el nombre de León hereda también a éste, y con él su medida: cinco años bastan.
El siguiente León tardó cuatrocientos cincuenta y nueve años en llegar. Era un Médici, tenía treinta y siete años y le tocó un fraile agustino de Wittenberg.
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