El papa León XIV recibió este miércoles 30 de septiembre en audiencia, en el Palacio Apostólico Vaticano, a la Comisión Internacional de las Monjas Dominicas Contemplativas. Durante el encuentro, el Pontífice reivindicó el lugar de la vida contemplativa en la misión de la Iglesia y aseguró que no se encuentra «en los márgenes de la misión», sino que constituye «su corazón palpitante».
El Papa se detuvo especialmente en el valor del silencio y abordó también las dificultades que atraviesan numerosas comunidades contemplativas ante el envejecimiento, la escasez de nuevas vocaciones, los problemas económicos y el mantenimiento de grandes inmuebles. Frente a la tentación de limitarse a conservar estructuras, León XIV pidió escuchar «lo que el Espíritu pide hoy a la vida contemplativa dominicana» y recordó que, antes que las obras que administrar, existe «una llamada a la que responder, un fuego que arde y que no se puede dejar morir».
DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LA COMISIÓN INTERNACIONAL DE LAS MONJAS DOMINICAS CONTEMPLATIVAS
En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.
La paz esté con vosotros.
Hermanas y hermanos, buenos días!
Estoy muy contento de encontrarme con ustedes, al poco tiempo del reconocimiento de las virtudes heroicas de la sierva de Dios Sor María Petra Giordano, monja profesa de la Orden de Predicadores, que ha hecho de la fe y de la vocación los puntos fijos de su vida consagrada.
Fe y llamada pueden orientar también este encuentro nuestro, para reafirmar que la vocación contemplativa, en el espíritu dominico y en la Iglesia entera, no se ubica en los márgenes de la misión, sino que es su corazón latente (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, n. 40; Constitutionum Fratrum Ordinis Prædicatorum, 2025, nn. 142.144).
Por lo demás, en los escritos de Jordán de Sajonia, inmediato sucesor de santo Domingo, aparece cómo inmediatamente, ya desde los comienzos, las monjas de las primeras comunidades femeninas, dedicándose principalmente a la oración contemplativa y al estudio, acompañaron con la penitencia la predicación de los hermanos, participando del mismo carisma.
El principio de santo Tomás de Aquino, conforme al cual se transmite a los otros el fruto de la propia contemplación (cf. Summa Theologiæ, II-II, q. 188, a. 6), retoma la intuición de santo Domingo, según la cual cada palabra de anuncio, para que sea verdadera, debe tener su origen en el silencio, la escucha, la oración y una profunda relación con Dios. La contemplación es «“respiración” de nuestra relación con Dios» (Francisco, Audiencia general, 5 mayo 2021), parada silenciosa en la que acoger la Palabra y dejarse transformar por ella, que nos permite conocer siempre más, en Él, las cosas y las personas, para poder dar después a los otros aquello que hemos visto y comprendido.
Aquí, en particular, hay un recordatorio para ustedes, Presidentas Federales. Su presencia en las visitas a los monasterios y en la animación de la Federación, más allá de los necesarios trámites administrativos, les hace ante todo guardianas de estos valores (cf. C.I.V.C.S.V.A., Instr. Cor orans, n. 117).
Santo Domingo, del cual se dice que prefería hablar con Dios o hablar de Dios, les ha enseñado a crecer en este estilo. Es correcto, por lo tanto, que también las visitas sean siempre, en primer lugar, momentos de encuentro común con el Señor: en la oración, en la escucha recíproca, en la corrección fraterna y en la reconciliación.
Conforme a esto, sus Constituciones (cf. n. 46) exigen el diligente respeto de un valor fundamental en la vida claustral: el silencio. Éste, cultivado fielmente, les será valioso, no sólo para custodiar completamente la observancia y favorecer la quietud en el monasterio, sino también para mirar dentro de ustedes mismas, para estar atentas a las hermanas de la comunidad y a las de fuera.
Hacer silencio es un acto de la voluntad, que implica toda la persona y que ayuda a vivir relaciones sólidas, porque están animadas por la Palabra de Dios. Es crear espacios de libertad y de verdad, en los cuales custodiar la atención, volviéndose sensibles a la voz de quien “no cuenta”, y madurando sabiduría y generosidad.
Esto es particularmente importante en un mundo marcado por la velocidad, en el cual todo tiene que ser inmediatamente visible y cada vacío es llenado con rapidez. En el silencio, de hecho, encuentran escucha las preguntas que se hace cada persona, pero a las que no siempre es fácil responder solos. Por esto es necesario que sus comunidades ofrezcan oasis de verdadera y profunda paz, donde se acalle el caótico afán ligado a las cosas exteriores y uno se pueda poner a la escucha de la voz de Dios.
Su experiencia de Presidentas Federales, además, les lleva a encontrar también situaciones de dificultad: comunidades que languidecen; fallecimientos que superan las nuevas vocaciones; disminución de la capacidad de trabajo, con los consecuentes problemas económicos; gestión de inmuebles grandes y onerosos; retos como la formación compartida, la interculturalidad y la organización de estructuras de comunión.
Se insinúa la tentación del “espíritu de supervivencia”, que lleva a aislarse y a reducir los compromisos, con la ilusión de que basten las propias fuerzas que quedan, para no depender de otros o no tener que suprimir monasterios.
Frente a todo esto, les invito a no hacerse la pregunta de cómo mantener estructuras que se vacían. Escuchen, más bien, qué pide el Espíritu, hoy, a la vida contemplativa dominica, siendo conscientes de que, antes que gestiones que realizar, hay una llamada a la que responder, un fuego que arde y que no se puede dejar morir, como decía santa Catalina de Siena (cf. Diálogo de la Divina Providencia, cc. XCI-XCII).
Queridas Hermanas, aún entre los problemas del momento, no pierdan nunca el ánimo. Su servicio a la Iglesia es precioso: continúenlo con confianza, en la comunión y con discernimiento, unidas pero sin uniformarse, fieles a la tradición y abiertas a la novedad, contemplativas porque son capaces de llevar al mundo delante de Dios.
Que la Virgen María, invocada con el Santo Rosario, les enseñe a ver cada día la obra invisible del Señor y, con la ayuda de su gracia, a verter también sobre las heridas de la humanidad de nuestro tiempo, el aceite del consuelo y el vino de la esperanza (cf. Misal Romano, Prefacio común VIII).
Les agradezco por el don que son ustedes mismas y, de corazón, les imparto la Bendición Apostólica.