El nuevo prefecto del Dicasterio para los Textos Legislativos, Mons. Anthony Randazzo, ha advertido contra las interpretaciones de la sinodalidad que contemplan el actual momento eclesial como una oportunidad para desprenderse de elementos de la vida y la tradición de la Iglesia considerados superados. La renovación, sostiene, no consiste en abandonar las raíces, sino en permitir que produzcan nuevos frutos.
Randazzo formuló la advertencia en su primera entrevista de fondo desde que León XIV lo nombró responsable del organismo de la Curia encargado de la legislación canónica. La conversación fue publicada este mes por la revista especializada Vox Canonica, donde el arzobispo australiano abordó la relación entre Derecho Canónico, sinodalidad, reforma y misión evangelizadora.
El peligro de cortar la «madera muerta»
Para explicar su concepción de la renovación eclesial, Randazzo recurrió a la imagen de un árbol antiguo. La Iglesia, afirmó, puede vivir el actual periodo como «una nueva primavera», en la que la madera antigua produce nuevos brotes verdes sin que el árbol deje de ser lo que es.
El prefecto introdujo entonces su advertencia: «Algunas interpretaciones demasiado entusiastas de la sinodalidad pueden ver este momento como una oportunidad simplemente para cortar lo que se percibe como madera muerta».
El peligro aparece cuando esa poda se realiza sin el discernimiento necesario. Lo que pretende presentarse como renovación puede terminar causando «un daño innecesario» y debilitando el árbol en lugar de permitirle florecer.
«La Iglesia no se renueva abandonando sus raíces, sino permitiendo que esas raíces alimenten un nuevo crecimiento», explicó.
Randazzo no rechaza con ello la sinodalidad. Por el contrario, considera que la vida sinodal pertenece desde hace tiempo a la realidad de la Iglesia. Su objeción se dirige a presentar el proceso actual como una ruptura que permita prescindir de elementos recibidos de la tradición eclesial.
«La sinodalidad y el acompañamiento no son realidades nuevas»
El responsable vaticano sostiene que términos como «sinodalidad» y «acompañamiento», aunque hayan adquirido una presencia particular en el lenguaje eclesial contemporáneo, expresan realidades que ya se encuentran incorporadas a la tradición canónica.
«La sinodalidad y el acompañamiento no son realidades nuevas», afirmó. Son expresiones contemporáneas destinadas a ayudar a la Iglesia a «escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio».
Randazzo encuentra esa continuidad tanto en el Código de Derecho Canónico de la Iglesia latina como en el Código de Cánones de las Iglesias Orientales. En ambos identifica tres elementos que considera fundamentales para una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión mediante el acompañamiento.
Para la comunión cita el canon 208 del Código latino, que establece la verdadera igualdad existente entre todos los fieles en cuanto a su dignidad y acción para la edificación del Cuerpo de Cristo. Para la participación remite al canon 212 §3, sobre el derecho y, en determinadas circunstancias, el deber de los fieles de manifestar a los pastores su opinión acerca de cuestiones relacionadas con el bien de la Iglesia.
En cuanto al acompañamiento, menciona, entre otros, el canon 1063, relativo a la asistencia pastoral que debe prestarse a los fieles para que el estado matrimonial se mantenga en espíritu cristiano y progrese hacia la perfección.
«Estos cánones demuestran que el acompañamiento no es simplemente un método pastoral, sino una expresión jurídica de la comunión, la participación y la misión de la Iglesia», señaló.
Randazzo prefiere hablar de «regeneración»
Frente a un concepto de reforma entendido principalmente como modificación de estructuras o abandono de elementos heredados, el prefecto manifestó su preferencia por hablar de «regeneración».
Regenerar significa, según explicó, «volver a la génesis de nuestra identidad y mandato como discípulos de Jesucristo».
Desde esa perspectiva sitúa también el Derecho Canónico dentro de la continuidad entre la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición. Citando Dei Verbum, recordó que ambas proceden «de la misma fuente divina» y tienden hacia el mismo fin.
«La ley, por tanto, no está separada de la Revelación, sino que la sirve. Su propósito es salvaguardar y fomentar la comunión de la fe recibida de los Apóstoles», afirmó.
El planteamiento lleva a Randazzo a rechazar también una comprensión del Derecho Canónico como simple instrumento administrativo o mecanismo para imponer determinadas concepciones de la Iglesia.
Advirtió, de hecho, de la tentación existente entre algunos canonistas, tanto laicos como clérigos, de aproximarse al Código como un instrumento destinado a demostrar cómo debería santificarse, enseñarse y gobernarse la Iglesia según «su propia visión particular». A su juicio, esa actitud corre el riesgo de transformar el Derecho Canónico en «un medio de control» en lugar de reconocerlo como servicio a la comunión.
Cristo como referencia permanente
Randazzo cuestionó igualmente la tendencia a considerar la época actual como excepcionalmente compleja para la Iglesia. Cada generación, explicó, ha debido afrontar sus propias dificultades.
La respuesta fundamental tampoco cambia con cada nueva etapa histórica. «Jesucristo es “el camino, la verdad y la vida”», recordó. «Él debe ser nuestro principio y nuestro fin; sólo Él es nuestro punto de referencia permanente».
El arzobispo vincula directamente esta afirmación con el modo de interpretar y aplicar las normas eclesiásticas. «No creo que pueda ocuparme del Derecho Canónico si antes no me he alimentado del Evangelio, porque la ley está siempre al servicio del Evangelio», explicó.
La tarea de los canonistas consiste, por tanto, en procurar que la vida jurídica de la Iglesia permanezca al servicio de su misión evangelizadora: «El Evangelio debe seguir siendo la lente a través de la cual comprendemos, interpretamos y aplicamos la ley que se nos ha confiado».
El nuevo responsable de la legislación canónica de la Iglesia
León XIV nombró a Anthony Randazzo prefecto del Dicasterio para los Textos Legislativos el pasado 25 de marzo y le concedió simultáneamente el título personal de arzobispo. Hasta entonces era obispo de Broken Bay, en Australia, donde había ejercido el ministerio episcopal durante seis años y medio.
El Dicasterio tiene entre sus principales responsabilidades asistir al Romano Pontífice en materia legislativa y promover el conocimiento, la correcta interpretación y la aplicación del Derecho Canónico en la Iglesia latina y en las Iglesias católicas orientales.
Randazzo ha señalado que su intención al frente del organismo es escuchar las necesidades de la Iglesia y alentar a los católicos a permanecer «firmes en Cristo, fieles a la profesión de nuestra fe y unidos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica».
Como criterio último para su trabajo cita el canon con el que concluye el Código latino, el 1752: «La salvación de las almas, que debe ser siempre la ley suprema de la Iglesia, ha de tenerse siempre ante los ojos».
«Ese es nuestro modus operandi. Esa es nuestra misión», afirmó.
La reflexión de Randazzo llega además a las puertas de un encuentro internacional sobre Derecho Canónico y sinodalidad que se celebrará en el Angelicum entre el 30 de septiembre y el 3 de octubre. El propio prefecto participará junto al cardenal Mario Grech y al cardenal Kurt Koch en unas jornadas dedicadas precisamente a las implicaciones canónicas de la sinodalidad.