El «primer Parlamento europeo» estaba en un monasterio, recuerda Aveline

El «primer Parlamento europeo» estaba en un monasterio, recuerda Aveline

Europa no comenzó con las instituciones comunitarias ni con los tratados del siglo XX. Siglos antes de la actual Unión Europea, los monasterios habían tejido una extensa red espiritual, cultural e intelectual que atravesaba fronteras y comunicaba pueblos desde el Atlántico hasta el este del continente. El cardenal Jean-Marc Aveline reivindicó este lunes en Metz esa herencia monástica como una de las realidades históricas que hicieron posible Europa.

El presidente de la Conferencia Episcopal Francesa abordó la cuestión durante su discurso ante León XIV en el Centro de Congresos Robert Schuman, en la última jornada del viaje apostólico del Papa a Francia. Aveline sostuvo que «Europa, cuyas raíces están fuertemente impregnadas de cristianismo, preexiste a las construcciones políticas que actualmente intentan darle un rostro».

Cîteaux y una especie de «primer Parlamento europeo»

Para explicar esa afirmación, Aveline recurrió a una experiencia reciente en la abadía de Cîteaux, cuna de la Orden del Císter.

El cardenal recordó haber visitado allí el edificio del Definitorio, donde se reunían periódicamente los responsables de las comunidades monásticas.

Aveline lo describió como «una especie de primer Parlamento europeo», una imagen con la que quiso mostrar la amplitud de las relaciones que las órdenes religiosas habían establecido por el continente mucho antes de que existieran las actuales instituciones supranacionales.

Los responsables de las comunidades se reunían cada año, explicó, «tejiendo pacientemente la tela de Europa, desde las orillas del Atlántico hasta los confines de las grandes llanuras del Este».

La comparación no pretendía identificar aquellas estructuras monásticas con un parlamento en el sentido político moderno, sino subrayar que durante siglos existieron redes estables capaces de superar las divisiones territoriales, lingüísticas y políticas de Europa.

Una Europa anterior a sus instituciones políticas

El argumento de Aveline situó la formación del continente en una historia mucho más extensa que la integración europea iniciada después de la Segunda Guerra Mundial.

«Desde hace siglos, en efecto, Europa ha ido tomando forma, gracias al genio de los pueblos que la componen, en la diversidad de sus lenguas y culturas, y mediante un debate constante entre la fe y la razón», afirmó.

Los monasterios desempeñaron un papel decisivo en esa historia. Las comunidades religiosas compartían reglas, espiritualidad, conocimientos y formas de organización mientras mantenían relaciones entre territorios separados por grandes distancias.

La vida monástica contribuyó así a crear vínculos que no dependían de la existencia de una autoridad política común. Monjes, manuscritos, conocimientos y tradiciones circulaban entre comunidades pertenecientes a reinos y pueblos diferentes, mientras las grandes órdenes extendían sus casas por buena parte del continente.

Aveline incorporó también a su reflexión la aportación del pueblo judío. «¿Y quién podría ignorar, en la diversidad de los componentes espirituales de Europa, la inmensa parte del pueblo judío, cuya contribución intelectual fue tan grande y cuyo martirio fue tan espantoso?», preguntó.

León XIV: «Sin este acervo monástico, la civilización europea no existiría»

La intervención posterior de León XIV reforzó la lectura histórica planteada por el cardenal.

El Papa recordó la figura de san Benito de Nursia, proclamado patrono de Europa por Pablo VI, y destacó que los monasterios no fueron únicamente centros dedicados a la oración, sino lugares desde los que se desarrolló una obra decisiva para la configuración cultural y social del continente.

León XIV señaló la aportación monástica a la educación, las universidades, los hospitales, la medicina, las ciencias, el derecho y la organización de las ciudades.

«Sin este acervo monástico, la civilización europea, tal como la conocemos, no existiría», afirmó.

La conclusión del Pontífice fue todavía más explícita: «No se puede hablar de Europa sin mencionar el cristianismo».

Las palabras pronunciadas en Metz situaron así el cristianismo no como un elemento incorporado posteriormente a una identidad europea ya formada, sino como uno de los factores históricos que participaron en su configuración.

De los monasterios a Schuman

Aveline enlazó esa Europa cristiana anterior a los Estados modernos con el proyecto de reconciliación surgido después de las dos guerras mundiales.

La elección de Metz para cerrar el viaje de León XIV respondía precisamente a ese propósito. El cardenal reveló que, cuando propuso al Papa visitar Lorena para hablar «de la guerra y de la paz, de Europa y de la reconciliación», León XIV respondió: «Metz, por Europa».

En una región marcada durante generaciones por los enfrentamientos entre Francia y Alemania, Aveline recordó a Robert Schuman, Alcide De Gasperi y Konrad Adenauer, tres dirigentes cristianos que desempeñaron un papel fundamental en el proceso de integración europea posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Para el cardenal, las instituciones creadas en el siglo XX no surgieron sobre un terreno vacío. Se asentaron sobre una realidad europea mucho más antigua, formada durante siglos mediante lenguas y culturas diversas, el diálogo entre fe y razón y unas redes cristianas capaces de atravesar las fronteras.

La imagen escogida en Metz resumió esa continuidad histórica: mucho antes de Bruselas, Estrasburgo o Luxemburgo, los responsables de monasterios repartidos por Europa ya se reunían y, en palabras de Aveline, iban «tejiendo pacientemente la tela de Europa».

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