León XIV ha pedido este sábado en París que el fuerte crecimiento de los catecúmenos y nuevos bautizados en Francia vaya acompañado de una formación sólida que abarque la Sagrada Escritura, la teología, la doctrina, la moral cristiana y la vida litúrgica. Durante su encuentro en el Institut Catholique de Paris con miembros de la Asamblea sinodal provincial, catecúmenos y neófitos, el Papa ha advertido de la necesidad de evitar el «vacío postbautismal» e integrar plenamente a quienes reciben los sacramentos de iniciación cristiana en la vida de la Iglesia.
El encuentro, segundo acto público de la jornada después de la visita a Maison Bakhita, comenzó a las 10:10. León XIV fue recibido por el cardenal Jean-Marc Aveline, arzobispo de Marsella y presidente de la Conferencia Episcopal Francesa; el arzobispo de París, monseñor Laurent Ulrich; el rector del Institut Catholique, Emmanuel Petit; el presidente de su consejo de administración y el párroco de Saint-Joseph-des-Carmes.
El auge de las conversiones en una Francia secularizada
El Pontífice centró buena parte de su intervención en el fenómeno que atraviesa actualmente la Iglesia francesa: un número creciente de adultos, muchos de ellos jóvenes, se acerca al catolicismo y solicita recibir los sacramentos de iniciación cristiana.
Después de escuchar los testimonios de Josué, Marielle y Sophie, León XIV dijo sentirse sorprendido por la cantidad de personas que vuelven a presentarse «en el umbral de la fe» y por el número de adultos que piden los sacramentos. A su juicio, resulta particularmente significativo que este despertar se produzca dentro de una sociedad caracterizada por una cultura fuertemente secularizada.
El fenómeno está respaldado por las cifras del episcopado francés: en la Pascua de 2026 fueron bautizados 13.234 adultos en Francia, un 28% más que el año anterior y más del triple de los 4.124 registrados en 2016. El crecimiento ha llevado al propio cardenal Aveline a reconocer que muchos de los nuevos conversos están llegando a la Iglesia por caminos que las estructuras pastorales no habían previsto. Los datos oficiales de la Conferencia Episcopal Francesa confirman además que los jóvenes de entre 18 y 25 años constituyen actualmente el grupo más numeroso entre los adultos bautizados.
León XIV señaló que esas conversiones contradicen las actitudes derrotistas y el «pesimismo estéril», pero advirtió al mismo tiempo contra una lectura ingenuamente triunfalista. El crecimiento, afirmó, exige responsabilidad, preguntas serias y decisiones pastorales concretas.
Evitar el «vacío postbautismal»
Uno de los puntos centrales del discurso fue precisamente qué ocurre después del Bautismo. León XIV recogió la pregunta formulada durante uno de los testimonios sobre cómo evitar el «vacío postbautismal» y sostuvo que no basta con preparar a una persona para recibir los sacramentos.
Los nuevos bautizados deben ser acompañados posteriormente e integrados plenamente en las comunidades y en las asambleas de oración, con un espacio verdaderamente familiar y una formación integral que permita unir la fe recibida con la propia vida.
El Papa detalló los contenidos que considera necesarios. Los neófitos deben profundizar en los fundamentos de la fe cristiana, recibir una adecuada formación bíblica y teológica, descubrir progresivamente la riqueza de la doctrina católica y conocer las distintas dimensiones de la moral cristiana que se derivan de la profesión de fe. A todo ello añadió expresamente la iniciación en la vida litúrgica de la Iglesia.
La liturgia forma parte del camino de conversión
León XIV dedicó una atención particular a la liturgia y rechazó entenderla como una realidad que llega únicamente después de la catequesis, a modo de aplicación práctica de los conocimientos previamente adquiridos.
Por el contrario, explicó que la liturgia manifiesta y actualiza el misterio pascual de Cristo y, mediante sus ritmos, lenguajes y ritos, forma parte del propio itinerario de conversión y preparación para los sacramentos. Algunos de los testimonios escuchados durante el encuentro habían señalado precisamente la celebración litúrgica como puerta de entrada al misterio de la fe.
La cuestión tiene especial interés en el contexto francés, donde distintos testimonios de jóvenes conversos han puesto de relieve la importancia que la liturgia ha tenido en su acercamiento a la Iglesia. En París, la parroquia de Saint-Roch acogió durante la pasada Vigilia Pascual a 55 adultos que recibieron el Bautismo, el mayor número registrado entonces en una parroquia de la capital francesa.
Formadores capaces de enseñar y acompañar
El Papa insistió también en la responsabilidad de quienes acompañan a los catecúmenos y neófitos. Recomendó preparar adecuadamente a padrinos y madrinas y pidió un conocimiento profundo del Rito de Iniciación Cristiana de Adultos.
La preparación de los agentes pastorales, añadió, no debe limitarse a los aspectos bíblicos, teológicos, litúrgicos y espirituales. También deben contar con las cualidades humanas necesarias para discernir y acompañar a personas cuyas trayectorias vitales pueden ser especialmente complejas.
León XIV recordó que algunos llegan a la Iglesia movidos por una sed espiritual, una búsqueda de sentido o una atracción inicial por el Evangelio, mientras otros lo hacen después de experiencias dolorosas, situaciones de soledad o heridas profundas. La acogida y la escucha, sostuvo, deben ir acompañadas de la capacidad de animarlos a afrontar las exigencias propias de la fe cristiana.
«Una promesa de fecundidad para la Iglesia en Francia»
El Pontífice rechazó finalmente considerar a los nuevos bautizados como simples receptores de la acción pastoral. Su fe, afirmó, constituye también un don ofrecido a la Iglesia.
Para explicarlo puso como ejemplo a san Agustín, introducido en la fe por san Ambrosio y bautizado cuando esa fe todavía era semejante a una pequeña semilla que posteriormente crecería hasta convertirse en una de las grandes referencias de la tradición cristiana.
Dirigiéndose directamente a catecúmenos y neófitos, León XIV aseguró que ve en ellos no solamente el fruto de la acción del Espíritu Santo, sino también una «promesa de fecundidad para la Iglesia en Francia», y los exhortó a convertirse ellos mismos en misioneros del Evangelio dentro de la sociedad francesa.
El Papa propuso como referentes a santa Teresa del Niño Jesús, por su «pequeña vía» de confianza, y a san Martín de Tours, ejemplo de caridad y entrega fraterna. Concluyó invocando a la Virgen María, patrona principal de Francia, así como a santa Genoveva y san Dionisio, patronos de París.
Del camino de los mártires a la Asamblea provincial
Antes del encuentro, León XIV entró en la iglesia del Institut Catholique, donde se encontraban reunidos estudiantes, profesores y seminaristas, y permaneció brevemente en oración. Posteriormente se dirigió al Auditorio Georges Bernanos siguiendo el recorrido de los mártires del 2 de septiembre de 1792.
Monseñor Laurent Ulrich pronunció unas palabras de bienvenida y entregó al Pontífice el Instrumentum Laboris de la Asamblea eclesial provincial. León XIV recordó asimismo la figura del hermano Lorenzo de la Resurrección, cuya espiritualidad de la presencia de Dios en la vida cotidiana, afirmó, ha marcado profundamente su propio camino de fe.
Tras su intervención, el Papa regresó en automóvil a la Nunciatura Apostólica para almorzar en privado. La agenda de este sábado continuará por la tarde con la Misa en la plaza de la Concordia y, posteriormente, con el traslado a Lourdes, segunda etapa del viaje apostólico.
DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Excelencia,
queridos sacerdotes y personas consagradas,
queridos miembros de la Asamblea sinodal,
queridos catecúmenos y neófitos, hermanos y hermanas:
Me alegra encontrarme con ustedes y poder detenerme, en el marco de este Viaje Apostólico, en el camino que están recorriendo como Asamblea Eclesial Provincial.
Agradezco a Su Excelencia monseñor Laurent Ulrich, arzobispo de París, quien ha recordado la importancia histórica y espiritual del lugar en el que nos encontramos, evocando también al hermano Lorenzo de la Resurrección, que marcó profundamente mi camino de fe con su mística de la vida cotidiana. Pero, sobre todo, expreso mi gratitud por el Instrumentum Laboris que me han entregado, expresión de un camino eclesial en el que ha participado el Pueblo de Dios, con espíritu de escucha recíproca y de sinodalidad.
El Instituto Católico de París nos acoge hoy, una institución situada en la encrucijada entre la ciencia y la fe que, desde hace siglos, contribuye a formar las mentes y los corazones al servicio del Evangelio. Saludo a los profesores, a los estudiantes y al personal de esta universidad, así como a todos los miembros de la Asamblea sinodal de la Provincia eclesiástica de París, comprometidos en reflexionar sobre las perspectivas pastorales para acoger a los neófitos y a los catecúmenos, así como para la vida de la Iglesia.
Al observar de cerca el trabajo que realizan, pero sobre todo al escuchar los conmovedores testimonios de Josué, Marielle y Sophie, siento ante todo una gran gratitud por la obra imprevisible de Dios. Como ustedes y con ustedes, me maravilla el número de personas que hoy se presentan en el umbral de la fe y la cantidad de adultos que solicitan los sacramentos de la iniciación cristiana.
Puede parecer paradójico que este fenómeno de tantas personas que redescubren el Evangelio y abrazan la fe tenga lugar en el contexto de una sociedad como la francesa, marcada por una cultura fuertemente secularizada. Su experiencia y su testimonio, queridos catecúmenos y neófitos, son el signo tangible de la obra de la gracia de Dios, que supera los análisis numéricos y sociológicos. Este fenómeno, que contradice toda actitud derrotista —lo que el Papa Francisco llamaba el «pesimismo estéril» (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, nn. 84-86)—, debe ser acogido con espíritu de responsabilidad.
En efecto, estamos llamados a volvernos hacia nuestros hermanos y hermanas, redescubriendo el estilo propio de Dios, hecho de cercanía, compasión y ternura. Con ternura pastoral y caridad fraterna, debemos reconocer, acoger y preservar la pequeña llama que el Espíritu Santo ha encendido en la oscuridad de la noche, la pequeña semilla que aspira a crecer incluso en medio de espinas y zarzas.
El asombro ante lo que está sucediendo a tantos de nuestros hermanos y hermanas no debe encerrarnos en una complacencia ingenua. Por el contrario, debemos comprometernos a buscar, a plantearnos preguntas y a emprender acciones pastorales concretas. Este es el espíritu que anima su Asamblea sinodal y, de manera más general, el camino de la Iglesia en Francia: maravillados por la obra imprevisible de Dios, ¿qué debemos hacer y hacia dónde nos impulsa el Espíritu Santo para acompañar a los catecúmenos, a los neófitos y a quienes «recomienzan»?
En primer lugar, quisiera recordar una expresión utilizada por el episcopado francés hace ya muchos años, que exhortaba a imaginar y encarnar una Iglesia «en estado de iniciación», que cuide de los catecúmenos, de los neófitos y de quienes recomienzan su camino, ofreciéndoles a lo largo del tiempo un apoyo sólido. La iniciación cristiana —en su conjunto— estuvo en el centro de la solicitud de los pastores desde los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Las peticiones ya eran numerosas, y la efervescencia teológica y litúrgica de aquellos años contribuyó ampliamente a la renovación de los itinerarios catecumenales que se produjo después durante el Concilio Vaticano II. Aunque el contexto actual sea diferente, pueden remitirse a esta tradición pastoral, bien arraigada, relativa a la iniciación de los catecúmenos. Tampoco olvidemos que esta práctica, ya vigente, recibió un nuevo impulso a partir de 1996, año en que vieron la luz la Carta a los católicos de Francia y, paralelamente, la última edición francesa del Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos.
Queridos hermanos y hermanas, estar «en estado de iniciación» significa acoger a los nuevos buscadores de Dios descubriendo en ello una oportunidad y una misión. La oportunidad consiste en que, gracias a ellos, la comunidad de los creyentes renueve también su propio camino de fe y descubra de un modo nuevo la alegría del Evangelio. La misión, por su parte, consiste en cuidarlos y servirles de guía, incluso después de que hayan recibido los sacramentos. Conviene acoger con alegría a quienes se presentan, partir de su experiencia espiritual, respetar su historia y favorecer un anuncio esencial del kerygma, especialmente mediante las fórmulas conocidas en el itinerario personal o comunitario. Sin embargo, no olvidemos que en muchas de estas personas surge después la pregunta que hemos escuchado en el testimonio de Marielle: ¿cómo evitar el «vacío» postbautismal?
Por tanto, es esencial acompañar e integrar plenamente a estas personas en nuestras comunidades y en nuestras asambleas de oración después de su bautismo, ofreciéndoles un espacio familiar y una formación lo más integral posible, capaz de abarcar los distintos aspectos de la vida cristiana y de favorecer la unificación de su fe con su vida. En efecto, los neófitos tienen a menudo sed y necesidad de profundizar en los fundamentos de la fe y de la oración cristiana, de recibir una formación adecuada desde el punto de vista bíblico y teológico, de descubrir cada vez más la riqueza de la doctrina, así como las distintas dimensiones del obrar moral cristiano vinculado a la profesión de fe.
Por último, también necesitan ser iniciados e introducidos en la vida litúrgica de la Iglesia. En los testimonios hemos escuchado también cómo la celebración de los ritos litúrgicos ha sido para algunos una puerta de entrada al misterio de la fe. Después de atravesar esta puerta, es necesario ir más allá y descubrir la riqueza de la liturgia que sostiene toda la vida de fe. Se trata de un ámbito fundamental de la vida de la Iglesia que requiere una atención pastoral arraigada en las enseñanzas del Concilio Vaticano II. En efecto, la liturgia no puede considerarse una realidad «posterior» a la catequesis, en la que se pondría en práctica lo aprendido a lo largo del itinerario. Por el contrario, manifiesta y actualiza el misterio de la Pascua de Cristo y, por tanto, es el acontecimiento capaz de revelar el sentido de la Buena Nueva y de comunicar la vida misma de Dios. Con sus ritmos, sus lenguajes y sus ritos, la liturgia forma parte integrante del camino de conversión y de preparación para los sacramentos.
Para llevar a cabo esta misión, el papel de los formadores es esencial. Como nos enseña la antigua tradición de la Iglesia, se trata de preparar padrinos y madrinas de la comunidad, especialmente formados para iniciar a los neófitos. En el marco de esta formación, recomiendo un conocimiento profundo del Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos. Paralelamente, es necesario que los agentes pastorales estén formados —no solo en los ámbitos bíblico, teológico, litúrgico y de la vida espiritual, sino también en el de las cualidades humanas—, para que sepan discernir y orientar a quienes tienen trayectorias vitales más complejas y menos lineales.
Lo hemos escuchado hace un momento: algunos llegan con una simple sed espiritual, una búsqueda de sentido y una atracción por el Evangelio; mientras que otros están marcados por experiencias dolorosas, situaciones de soledad y heridas profundas. Es ahí donde el estilo de la cercanía, de la compasión y de la ternura adquiere todo su sentido: conviene encontrar un sabio equilibrio para acogerlos, escucharlos y, al mismo tiempo, animarlos a afrontar los exigentes desafíos de la fe. En este camino, hay que respetar el ritmo del otro, avanzando progresivamente, con atención y en un acompañamiento fraterno. Se trata de adoptar el estilo del «caminar juntos». En los senderos de la fe cristiana nos enriquecemos mutuamente y crecemos juntos: sacerdotes y laicos, padrinos y catecúmenos, agentes pastorales y neófitos.
Y, sin embargo, esto todavía no es suficiente. Los nuevos bautizados no están llamados solamente a recibir: su fe es un tesoro que se ofrece a la Iglesia de Francia y a la Iglesia universal. Pienso en lo que sucedió con uno de los catecúmenos más célebres de la historia, san Agustín. Fue iniciado en la fe por san Ambrosio, y su fe era apenas una pequeña semilla cuando fue bautizado. Pero esa semilla creció y se multiplicó, convirtiéndose en un árbol tan grande que, bajo su follaje, todavía hoy podemos encontrar consuelo.
Al mirarlos, queridos catecúmenos y neófitos, no veo solamente el fruto del Espíritu que los ha puesto en camino, sino también una promesa de fecundidad para la Iglesia en Francia. ¡Sean ustedes, a su vez, misioneros del Evangelio en esta sociedad!
Que los grandes testigos de esta tierra amada los sostengan en su camino. Pienso en santa Teresa del Niño Jesús, que nos enseña, mediante su «pequeña vía», cómo la confianza abre las puertas de la gracia; pienso en san Martín de Tours, figura emblemática del compartir y de la caridad fraterna. Junto con tantos otros santos y santas surgidos de esta tierra de Francia, nos recuerdan que la misión se construye hoy preservando, ante todo, la presencia del Señor en la vida cotidiana.
Acogiéndose unos a otros, puedan formar todos juntos el pueblo vivo de la Iglesia en Francia, capaz de transmitir la fe. Invocando la protección maternal de la Virgen María, Patrona principal de Francia, y la intercesión de santa Genoveva y san Dionisio, protectores de esta ciudad, les imparto de corazón mi bendición.
¡Gracias y buen camino!