El Papa pide humildad ante el Misterio y celebraciones litúrgicas «con dignidad y decoro» desde Notre Dame

El Papa pide humildad ante el Misterio y celebraciones litúrgicas «con dignidad y decoro» desde Notre Dame

León XIV ha presidido este viernes las vísperas en la catedral de Notre-Dame de París, donde ha reivindicado la centralidad de la liturgia y de la Eucaristía en la vida de la Iglesia y ha pedido a obispos, sacerdotes, diáconos y consagrados que las celebraciones se vivan siempre «con dignidad y decoro». «La catedral no es una envoltura de piedra destinada a ser admirada: vive del misterio sagrado que en ella se celebra. Privada de la acción litúrgica, perdería su alma», ha afirmado.

El encuentro con los obispos, sacerdotes, diáconos, personas consagradas y seminaristas franceses ha constituido la principal cita eclesial de la primera jornada del viaje apostólico de León XIV a Francia. El Papa llegó a Notre-Dame después de visitar por la mañana el Palacio del Elíseo y, durante la tarde, la sede de la UNESCO.

La celebración tenía además un fuerte valor simbólico. Han transcurrido siete años desde el incendio que el 15 de abril de 2019 devastó parte de la catedral parisina, reabierta al culto en diciembre de 2024 tras una amplia restauración.

Notre-Dame «vive del misterio sagrado que en ella se celebra»

León XIV comenzó recordando el incendio que mantuvo al mundo pendiente de Notre-Dame y aseguró que la reacción provocada por la tragedia demostró que el templo representa mucho más que un monumento histórico. «En este lugar late el corazón de un pueblo», afirmó.

El Papa agradeció el trabajo realizado durante la reconstrucción y destacó también el proyecto pastoral desarrollado tras la reapertura. Sin embargo, quiso recordar cuál es la razón última por la que Notre-Dame y cualquier otro templo católico existen.

«Tampoco debemos olvidar que la finalidad para la que fue erigido este templo, como todas las demás iglesias, es la oración y la alabanza a Dios», señaló.

El centro de esa vida es la Eucaristía, en la que la comunidad cristiana renueva «el sacrificio redentor de Cristo». De ahí que, según León XIV, una catedral privada de la acción litúrgica perdería «su alma».

Celebraciones «con dignidad y decoro»

El Pontífice dedicó uno de los pasajes centrales de la homilía directamente a los sacerdotes y obispos franceses. Frente a una época que describió como «privada de plenitud, profundidad y promesas», sostuvo que la liturgia puede convertirse en «un destello de esperanza» y «un oasis de paz» dentro de una sociedad «híper-conectada y ruidosa».

«A ustedes, que celebran diariamente la Eucaristía, les pido que velen para que las celebraciones litúrgicas se vivan siempre con dignidad y decoro, también allí donde se reúnen comunidades más pequeñas», exhortó.

León XIV les pidió ser «herederos conscientes de los Padres y de los Santos de la Iglesia» que transmitieron durante siglos «el significado profundo y la belleza de la liturgia», mostrando siempre una actitud de humildad ante el Misterio celebrado.

El Papa vinculó esta herencia con el Concilio Vaticano II y, concretamente, con la constitución Sacrosanctum Concilium, antes de exhortar a obispos, sacerdotes, diáconos y consagrados a «cultivar un amor auténtico por la liturgia».

«La comunidad cristiana no constituye un refugio»

Otro de los ejes de la homilía fue la misión de la Iglesia en una sociedad secularizada. A partir de las palabras de san Pablo —«Dios envió a su Hijo»—, León XIV sostuvo que la Encarnación impide concebir la fe cristiana como una huida de las dificultades de la época.

«La comunidad cristiana no constituye un refugio en el que replegarse para protegerse de su época», afirmó. Por el contrario, debe ofrecerse como «un espacio de acogida, respeto, revelación y sentido para todos».

El Pontífice pidió al clero y a los consagrados franceses dejarse inspirar por la reconstrucción de Notre-Dame y dar prioridad a la «conversión misionera» propuesta por Francisco en Evangelii gaudium.

Esta misión, añadió, no debe limitarse a París ni a los grandes centros urbanos. León XIV mencionó expresamente las zonas periféricas y rurales y pidió una Iglesia «viva, multiforme y cercana» desde el norte del país hasta el Mediterráneo y los territorios franceses de ultramar.

También destacó el papel de los laicos, a quienes definió como «la avanzada viva de la Iglesia en las encrucijadas de la vida cotidiana».

Comunión con el Sucesor de Pedro por encima de las «sensibilidades personales»

León XIV relacionó además la celebración litúrgica con la unidad eclesial y dirigió una petición concreta a los presentes: «Antepongan la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia a sus sensibilidades personales, para cultivar la unidad del pueblo de Dios».

Para el Papa, la liturgia debe reflejar una realidad en la que «la autoridad se convierte en servicio» y la comunión eucarística genera fraternidad y solidaridad.

«Juntos seremos la profecía de que un mundo reconciliado es posible», aseguró.

El Papa pide al clero francés recuperar la oración silenciosa

En la parte final de la homilía, León XIV se dirigió especialmente a quienes han recibido una vocación sacerdotal o religiosa y les pidió que no descuiden la relación personal con Cristo.

Apoyándose en una reflexión de la mística francesa Madeleine Delbrêl, recordó que la oración personal constituye el «fundamento esencial de toda vocación» y llamó a sacerdotes, seminaristas y consagrados a cuidar su vida interior «bebiendo siempre de la fuente del amor infinito de Dios en la oración silenciosa».

La misión, insistió, no nace primordialmente de estructuras o programas, sino de «esa relación íntima con el Señor».

León XIV concluyó volviendo la mirada hacia la imagen medieval de la Virgen con el Niño que sobrevivió al incendio de Notre-Dame y encomendó a María el futuro de la Iglesia francesa: «Santa María, Notre-Dame de Paris y Madre de la Iglesia, ruega por el pueblo francés, sostén a sus pastores y camina siempre a nuestro lado».

 

Homilía completa de León XIV en Notre-Dame de París

Queridos hermanos y hermanas:

La oración de la tarde nos reúne en este lugar que, desde hace siglos, más que ningún otro, invita a París, a elevar la mirada al cielo. Han pasado siete años desde que el mundo entero, conteniendo el aliento, vio cómo la catedral era devorada por un terrible incendio. Ya en aquel entonces levantamos la mirada, desconcertados, conscientes de la impotencia humana ante lo imprevisible. Aquel dolor no fue únicamente el de los católicos, ni siquiera el de los creyentes. En aquella hora dramática comprendimos que Notre-Dame es mucho más que un monumento. La participación de todos en su reconstrucción y, hoy, el esplendor del resultado, muestran que en este lugar late el corazón de un pueblo; que nos encontramos en el centro vital de una civilización; que aquí el pasado y el futuro se abrazan y el cielo y la tierra se encuentran.

He querido encontrarme con ustedes en este lugar emblemático de la Iglesia en Francia. Es para mí una alegría haber cruzado su umbral hace apenas unos instantes, como lo hacen cada día miles de hermanos y hermanas que llegan aquí desde todos los rincones del mundo. El simple hecho de entrar nos coloca ante una belleza que habla a nuestro corazón inquieto y lo llama a la paz. Al devolverle este espacio a toda la humanidad, se ha comprendido bien hasta qué punto cada visitante puede dejarse renovar por lo que ve, escucha y experimenta. Las instituciones —públicas, eclesiales y privadas— implicadas en la restauración de Notre-Dame han contribuido así, cada una con su aportación específica, a reactivar los caminos culturales, existenciales y espirituales que la catedral ofrece. En este contexto, la Iglesia ha entendido su misión no únicamente en términos de conservación, sino también de creatividad, haciendo vivir la tradición con la audacia de quienes tienen fe y miran hacia la Esperanza. Quiero agradecer por ello al señor arzobispo, Mons. Laurent Ulrich, a sus colaboradores y a la comunidad diocesana de París, que han concebido igualmente un itinerario pastoral de primer anuncio y de iniciación cristiana accesible a todos. El baptisterio, situado a la entrada como una bendición y una invitación, es signo de ello.

La reconstrucción de la catedral ha sido ocasión de un encuentro que ha ensanchado los espacios de acogida y participación más allá de las fronteras de la pertenencia eclesial. Queridos obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y seminaristas de Francia: ¡déjense inspirar por lo que ha sucedido aquí! Den prioridad a la Evangelii gaudium, es decir, a esa conversión misionera de la que el Papa Francisco nos dio testimonio desde su primera Exhortación apostólica.

En la Carta a los Gálatas hemos escuchado la razón por la que no debemos tener miedo: «Dios envió a su Hijo» (Ga 4,4). ¡Lo envió entre nosotros, a nuestro mundo! En el texto paulino, el verbo describe un acontecimiento real, histórico, y no unas circunstancias ideales. Los cristianos no huyen de la complejidad, porque Dios mismo los ha llamado a seguir a su Hijo en un mundo ya habitado, ya en movimiento, ya marcado por las miserias y la bondad de los seres humanos. El camino de la cruz revela, ciertamente, las tinieblas que atraviesan el mundo, pero, de manera aún más radical, el amor de Dios que triunfa sobre la muerte.

La planta en forma de cruz de la catedral, donde se funden piedra y luz, evoca el encuentro entre la tierra y el cielo. Reúne y ordena los acontecimientos de la historia, tejida de alegrías y sufrimientos humanos. Los mantiene unidos en una dinámica simbólica que construye un lenguaje vivo a partir de expresiones diversas, integrándolas en una unidad.

Queridos amigos, de la Encarnación —«Dios envió a su Hijo»— brota la identidad de la Iglesia, llamada a estar siempre “en salida”. Como discípulos de Cristo, saben bien que la comunidad cristiana no constituye un refugio en el que replegarse para protegerse de su época. Al contrario, se ofrece, como las antiguas catedrales, como un espacio de acogida, respeto, revelación y sentido para todos. Ahí reside la fuerza de una Iglesia viva: acoger la periferia que ya se encuentra en su corazón, acoger a quien está lejos, pero en realidad ya está cerca, acoger al extranjero en quien Cristo llama ya a la puerta.

Si Notre-Dame es signo de este encuentro en el corazón de París, con mayor razón las demás ciudades y regiones de Francia, incluso las más periféricas y rurales, podrán ser transfiguradas por una presencia misionera, sencilla y benévola, que contribuya asimismo a armonizar las diferencias culturales y a sanar las heridas presentes en nuestras sociedades. Desde las costas del Norte hasta el Mediterráneo, desde las regiones del interior hasta los Departamentos de Ultramar, sean una Iglesia viva, multiforme y cercana. La pobreza de medios no impide la misión, porque es la gracia de Dios la que hace posibles la libertad interior y la sobriedad de vida, de modo que pueda reflejarse un estilo evangélico. En todo ello, valoren con confianza la presencia misionera de los fieles laicos, que son la avanzada viva de la Iglesia en las encrucijadas de la vida cotidiana.

Hermanos y hermanas: tampoco debemos olvidar que la finalidad para la que fue erigido este templo, como todas las demás iglesias, es la oración y la alabanza a Dios. Es el lugar donde la comunidad cristiana celebra la forma más alta de oración y de alabanza, renovando en la Eucaristía el sacrificio redentor de Cristo. La catedral no es una envoltura de piedra destinada a ser admirada: vive del misterio sagrado que en ella se celebra. Privada de la acción litúrgica, perdería su alma. Aquí, en Notre-Dame, esta verdad queda de manifiesto en la disposición del altar en el centro del espacio. De este modo, la comunidad que alaba al Señor se encuentra en el corazón del edificio y los visitantes, incluso durante las celebraciones, caminan a su alrededor y la contemplan. La Iglesia aparece de este modo tal como es: un organismo vivo, una comunidad creyente, que reúne en la alabanza cuanto la cultura y la Tradición le transmiten. Es un cuerpo que, al celebrar, manifiesta a todos la razón de su existencia.

Hoy más que nunca vivimos en una época que parece privada de plenitud, profundidad y promesas. La noble sencillez del canto, de la palabra y del gesto litúrgico puede representar para muchos un destello de esperanza, un oasis de paz en una sociedad híper-conectada y ruidosa, donde es posible experimentar la presencia del Autor del amor más grande: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo» (Ga 4,4). La celebración del año litúrgico, del domingo y de las fiestas nos hace también contemporáneos de Cristo, atentos a los distintos momentos de su vida, entregada enteramente al Padre por el mundo. De este modo nos hacemos más sensibles y abiertos a los signos de los tiempos. En efecto, la escucha comunitaria de las Escrituras y la oración nos permiten contemplar los acontecimientos históricos a la luz de Dios, volviéndonos más conscientes de nuestras responsabilidades, capaces de desenmascarar relaciones injustas de poder y de preservar las semillas de justicia y de paz. Es, pues, la esperanza la que nos anima, no la resignación. De ahí nacen vínculos de mayor fraternidad y redes de solidaridad, fruto de la comunión en el único Sacrificio de Cristo.

A ustedes, que celebran diariamente la Eucaristía, les pido que velen para que las celebraciones litúrgicas se vivan siempre con dignidad y decoro, también allí donde se reúnen comunidades más pequeñas. Sean herederos conscientes de los Padres y de los Santos de la Iglesia que, a lo largo de los siglos, nos han transmitido el significado profundo y la belleza de la liturgia, dando siempre testimonio de una gran humildad ante el Misterio celebrado. El Concilio Vaticano II, cuya riqueza debe mucho a Francia, recogió y profundizó de manera eminente esta herencia, reconociendo su lugar central en la vida eclesial (cf. Sacrosanctum Concilium, 10). Les exhorto, por tanto, a todos ustedes, obispos, sacerdotes, diáconos y consagrados, a cultivar un amor auténtico por la liturgia y a ser testigos y servidores de la vocación profética, sacerdotal y real de todo el pueblo de Dios.

En esto, la liturgia sigue siendo reflejo de la vida. La alegría eucarística se afirma y se difunde allí donde se recupera la armonía, donde renace la dignidad, donde la autoridad se convierte en servicio, donde la libertad vuelve a abrirse camino. Este es el don más grande que podemos compartir. Antepongan, por tanto, la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia a sus sensibilidades personales, para cultivar la unidad del pueblo de Dios. Juntos seremos la profecía de que un mundo reconciliado es posible.

Queridos obispos, sacerdotes, seminaristas y consagrados: a ustedes que han sido llamados a seguir a Cristo, les agradezco su respuesta y su fidelidad al Señor. No descuiden jamás esa amistad, querida por el Señor, que ha de cultivarse en la oración personal, fundamento esencial de toda vocación. Como decía Madeleine Delbrêl: «Sin oración, no amaremos a Dios con amor. Quizá seamos sus servidores o sus combatientes, o incluso sus discípulos; pero no seremos ni hijos amantes de nuestro Padre ni amigos […] de Jesucristo» (La alegría de creer, Santander 1997, p. 213). Cuiden, pues, su vida interior con el Señor a la luz de la escuela de los numerosos santos que les han precedido, bebiendo siempre de la fuente del amor infinito de Dios en la oración silenciosa. Su misión brota ante todo de esa relación íntima con el Señor, que allí les espera.

En el corazón de la ciudad, la catedral abierta es signo de una comunidad que alaba al Señor y vive la hospitalidad como forma misma de su existencia, para que todos puedan sentirse en casa, sin quedar dominados ni marginados en un mundo que muta. «Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, […] para que recibiéramos la adopción filial» (Ga 4,4-5). Y «si eres hijo, eres también heredero» (Ga 4,7). Herederos por gracia, hermanos y hermanas aquí reunidos, le corresponde ahora a cada uno de ustedes, a esta asamblea orante y viva, hacerse carne y voz de esta promesa. Pastores y consagrados de Francia, están llamados a ser los primeros custodios de esta casa abierta, piedras vivas de una Iglesia que espera y no teme el futuro. Esta catedral ha renacido para que ustedes puedan renacer con ella en un nuevo impulso de santidad y de misión cotidiana. En medio de su pueblo, sean expresión transparente de la maternidad divina de la Iglesia que, dando testimonio del amor de Dios, reconstruye y sana la familia humana.

Levantemos la mirada hacia la imagen del siglo XIV de la Virgen con el Niño, que el incendio no alcanzó y que resplandece de nuevo ante nosotros. Que María, que llevó al Verbo en su seno, custodie su fidelidad y sea la estrella que guíe la misión de la Iglesia en Francia. Santa María, Notre-Dame de Paris y Madre de la Iglesia, ruega por el pueblo francés, sostén a sus pastores y camina siempre a nuestro lado.

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