Mons. Erik Varden, obispo de Trondheim y presidente de la Conferencia Episcopal Nórdica, abrió la asamblea plenaria de otoño del organismo, celebrada en Paderborn del 21 al 25 de septiembre, con una reflexión sobre inmigración, identidad nacional y hospitalidad cristiana. El prelado defendió el deber de socorrer al extranjero, pero recordó también que la acogida no exige renunciar a la cultura y las tradiciones propias y que quienes se establecen en otro país tienen obligaciones hacia la sociedad que los recibe.
Partiendo del relato de la torre de Babel, Varden abordó además el auge del populismo en Occidente, que rechazó despachar simplemente como un fenómeno nocivo: detrás de él, señaló, existe el sentimiento de muchas personas de haber sido «ignoradas, privadas de sus derechos y dejadas en la oscuridad». Frente tanto al rechazo del extranjero como a la disolución de la identidad nacional, propuso el equilibrio recogido por el Catecismo: las naciones prósperas deben acoger, dentro de sus posibilidades, a quienes buscan seguridad y sustento, mientras que los inmigrantes deben «respetar con gratitud el patrimonio material y espiritual del país que los acoge, obedecer sus leyes y contribuir a las cargas cívicas».
A continuación, ofrecemos el discurso íntegro de Mons. Erik Varden, traducido al español:
Acoger al extranjero
Discurso pronunciado en la apertura de la Asamblea Plenaria de otoño de la Conferencia Episcopal Nórdica, celebrada en Paderborn del 21 al 25 de septiembre de 2026.
En la Sagrada Escritura, el tiempo mensurable —lo que concebimos como «historia»— comienza con el intento de construir en Babel una torre «cuya cúspide llegue al cielo», destinada a «hacernos famosos» y a evitar que los hombres se dispersaran «por la superficie de toda la tierra» (Gn 11, 1-4).
Este proyecto no agradó a Dios.
¿Por qué? ¿No era bueno que la humanidad se uniera en una empresa común, persiguiendo un único objetivo? Lo que Dios condenó no fue la unanimidad, sino la presunción. Vio que, si el hombre conseguía construir, mediante su propia habilidad, una estructura que le proporcionara la ilusión de ser no solo administrador de la tierra, sino señor del cosmos, su engreimiento no conocería límites. Se consideraría a sí mismo la medida de todas las cosas.
La tentación de llegar a ser «como Dios» había provocado el pecado original, la ruptura que destruyó la armonía que, en un principio, definía las relaciones de los seres humanos entre sí, así como con Dios y con el resto de la creación. En Babel, este drama amenazaba con repetirse. Si la construcción de la torre hubiera culminado, el resultado no habría sido una societas perfecta, sino el terror: quienes dispusieran de recursos y temeridad suficientes para ocupar los pisos superiores de la torre habrían oprimido la tierra. Dios intervino para salvar al hombre de sí mismo. Desbarató el proyecto, «confundió la lengua de toda la tierra» y después dispersó a la humanidad sobre ella (Gn 11, 9).
La historia de Babel es antigua, pero habla a nuestro tiempo. El Papa León XIV parte significativamente de ella en su reciente encíclica sobre la inteligencia artificial, Magnifica Humanitas. La primera frase de la encíclica dice: «La humanidad, creada por Dios en toda su grandeza, se enfrenta hoy a una elección decisiva: construir una nueva torre de Babel o edificar la ciudad en la que Dios y la humanidad habiten juntos» (MH 1). El Santo Padre contrapone la construcción de la torre, un proyecto de ambición feroz en el que solo hay espacio para unos pocos, con la reconstrucción comunitaria de Jerusalén después del exilio de Israel precisamente en Babilonia, donde en otro tiempo se había alzado Babel. Jerusalén ha de ser una ciudad en la que todos puedan vivir juntos en paz y alegría. Allí reinará la realidad, no la ilusión. Allí Dios será adorado en verdad.
¿A qué aspiraremos: a la exclusión o a la comunión, a los privilegios para una pequeña clase de elegidos o a una verdadera sociedad en la que, en nombre de Dios, todos puedan construir juntos una vida?
Estas preguntas han adquirido urgencia política en todo Occidente, también en nuestros países nórdicos. La última década ha visto un crecimiento constante de tendencias llamadas «populistas» y excluyentes. Me parece importante examinarlas.
La palabra «populista» fue acuñada a finales del siglo XIX para describir diversos partidos y causas. Los unía un sentimiento común: que la voz de la «gente corriente», de la mayoría numérica de la nación, de quienes hacen girar las ruedas y correr el agua por los grifos, era ignorada por una élite distante empeñada en dirigir los procesos financieros y gubernamentales, completamente desconectada de la vida real.
El «populismo» es, en el fondo, el grito de unas masas que tienen la sensación de ser ignoradas, privadas de sus derechos y dejadas en la oscuridad. Antes de descartar el «populismo» como algo meramente nocivo, debemos examinar si este grito está de algún modo justificado en nuestro tiempo.
La sensación de estar a merced de fuerzas que escapan a nuestro control es compartida actualmente por muchísimas personas. La incertidumbre afecta a todos los aspectos de la existencia. Acabamos de salir de un verano de fenómenos meteorológicos extremos. Lo que solíamos considerar un clima «normal» ya no constituye una referencia fiable. En el Ártico, el hielo se derrite rápidamente. Se avecina una previsible crisis energética. Las guerras continúan, con el peligro de extenderse. Los refugiados llegan a nuestras puertas. Las superpotencias se apoderan arrogantemente de territorios, amenazando con hacerse con nuevas extensiones de tierra y mar, incluso en nuestra región. Los profetas de la inteligencia artificial anuncian la inminente superación de la humanidad por las máquinas. Los jóvenes temen quedar relegados en una época dominada por la tecnología. El tejido social se desgarra. Los partidos políticos tradicionales implosionan. La riqueza se ha convertido en sinónimo de poder. Mientras tanto, el aumento del coste de la vida y el desempleo convierten muchas vidas corrientes en una lucha por la supervivencia.
Que en semejante contexto surjan gritos de protesta es natural, incluso saludable. Tampoco es malo que muchos busquen estabilidad en su nación, en su pueblo. A las naciones se les asignó un papel en el mundo surgido después de Babel. La principal entre ellas fue la nación de Abraham, de la que habría de proceder el Salvador del mundo. Pero también otras naciones han tenido, y seguirán teniendo, tareas providenciales.
¿Qué une a una nación? Un sentido de origen común y de propósito compartido. Uno presupone al otro. Una nación que busca su cohesión únicamente en sus raíces reales o imaginadas, idolatrando, por ejemplo, la quimera de la pureza étnica, se vuelve estrecha de miras y arrogante. Tiende hacia una forma de culto a los antepasados que es idolatría. Una nación guiada únicamente por un ideal a partir del cual pretende reescribir o cancelar la historia vivida tiende hacia la ideología. Naufragará cuando lo que antes parecía un objetivo fijo resulte irrealizable o simplemente pase de moda. Debemos mirar simultáneamente hacia atrás y hacia delante. Debemos construir nuestras naciones con hospitalidad, cuidando nuestro patrimonio y permaneciendo al mismo tiempo dispuestos a asimilar las riquezas artísticas, científicas y culturales aportadas por nuevos miembros. Incluso Israel, la nación más exclusiva de la historia bíblica, tuvo que aprender esta lección. Fue constituido con el propósito de convertirse en un imán universal, para que Jerusalén, la ciudad de Dios, pudiera acoger libremente a «todas las naciones» (Is 2, 2).
Lo que debería inquietarnos del populismo actual no es un deseo extendido de desarrollar y expresar criterios de pertenencia nacional, de fomentar el amor por el propio pueblo. Esta es una tarea necesaria. Lo que debería alarmarnos es la tendencia a definir en términos absolutos a quienes están «dentro» y a quienes están «fuera»; el endurecimiento de un discurso que hace parecer sospechoso a todo extranjero; el fortalecimiento de tendencias chovinistas que buscan, y encuentran, una expresión violenta. En su esencial libro Si esto es un hombre, publicado en 1958 como «documentación para un estudio sereno de algunos aspectos del alma humana», Primo Levi, superviviente de Auschwitz, escribió:
Muchos individuos o pueblos pueden pensar, más o menos conscientemente, que «todo extranjero es un enemigo». En la mayoría de los casos esta convicción yace en el fondo de las almas como una infección latente; se manifiesta solo en actos discontinuos e incoordinados, y no está en el origen de un sistema de pensamiento. Pero cuando esto sucede, cuando el dogma inexpresado se convierte en la premisa mayor de un silogismo, entonces, al final de la cadena, está el Lager. […] El siniestro producto de lo que la presunción del hombre hizo del hombre.
No creo que sea sensacionalista señalar que semejantes «malas noticias» vuelven a escucharse hoy, incluso en países que saben demasiado bien adónde pueden conducir y que han pasado buena parte de los últimos setenta años repitiéndose: «¡Nunca más!».
Como cristianos debemos protestar enérgicamente. Es nuestro deber tender una mano a quienes pasan necesidad, abrir nuestras puertas a quienes no tienen hogar y compartir nuestra riqueza material con los pobres. Si queremos, como dicen querer muchos partidos populistas, proteger la herencia cristiana de nuestras naciones, debemos ante todo mantener vivo un elevado nivel de caridad cristiana. Debemos contrarrestar los intentos de utilizar el lenguaje y los símbolos cristianos con fines polémicos. Y debemos resistir la retórica necia y barata de la llamada «política identitaria». Con el pretexto de salvaguardar la «pureza» nacional, semejante retórica denigra a cualquiera que quede fuera de un conjunto de estrechas condiciones establecidas para determinar la pertenencia, condiciones definidas en términos de autoafirmación y autopromoción. Esta clase de política prospera gracias al resentimiento. Con frecuencia tiene poco que ofrecer en cuanto a una visión constructiva y una estrategia realista.
Al mismo tiempo que defendemos la rectitud cristiana, debemos asegurarnos de que la «identidad» no se convierta en una mala palabra. Es lícito cuidar la propia cultura y tradición. Acoger al extranjero no significa renunciar al propio hogar, sino invitar al extranjero a entrar.
De ello se deriva una obligación recíproca. Sobre este punto, la Iglesia habla con claridad. El Catecismo subraya el deber de las naciones prósperas de acoger, en la medida de sus posibilidades, «al extranjero que busca la seguridad y los medios de vida que no puede encontrar en su país de origen». Recomienda el respeto del «derecho natural» que «coloca al huésped bajo la protección de quienes lo reciben». Al mismo tiempo, declara que los inmigrantes tienen deberes solemnes hacia el país que los adopta. Los inmigrantes están «obligados a respetar con gratitud el patrimonio material y espiritual del país que los acoge, a obedecer sus leyes y a contribuir a sus cargas cívicas» (n. 2241).
El desafío cristiano que tenemos ante nosotros, a la vez cultural y político, consiste en equilibrar dos tareas: fomentar la unidad y el carácter nacionales, amenazados en una época impregnada de medios de comunicación globales y bombardeada por la publicidad del comercio mundial; y, al mismo tiempo, atender cordialmente al necesitado y al extranjero. «No olvidéis la hospitalidad», leemos en la Carta a los Hebreos (13, 2), pues «por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles». Necesitamos, por tanto, casas que sean nuestras y un ambiente de hogar.
¿Cómo puede encontrarse este delicado equilibrio entre pertenencia y apertura?
Podemos tomar como referencia la Regla de san Benito, escrita en el siglo VI como ordenamiento social para un periodo marcado por la inestabilidad y las migraciones masivas. Respecto al imperativo de acoger huéspedes, san Benito establece un criterio radical. Decreta que todos los huéspedes —que serán principalmente pobres y personas sin hogar— deben ser recibidos como si fueran el mismo Cristo. En cuanto llaman a la puerta, el portero debe exclamar «¡Deo gratias!» y pedir su bendición. El abad debe lavarles las manos y los pies. Se les debe mostrar toda clase de bondad. La comunidad debe esforzarse por satisfacer sus necesidades. Esta es la ley de la hospitalidad cristiana (RB 53, 66).
Un huésped, sin embargo, permanecerá durante un tiempo y después se marchará, una vez que haya sido reconfortado y fortalecido. Cuando se trata de quienes desean entrar y quedarse, de quienes quieren convertirse en ciudadanos del microcosmos monástico, el planteamiento de san Benito es diferente.
Exige que se pongan a prueba las motivaciones de los postulantes. Deben permanecer esperando durante un tiempo y después se les han de explicar todas las «cosas duras y ásperas» que implica la vida comunitaria. La Regla debe serles leída repetidamente, para que puedan decidir libremente: «¿Quiero y puedo guardar esta alianza de convivencia?». El propósito de san Benito no es disuadir a los candidatos. Quiere que la comunidad crezca. En principio, cualquiera es un candidato bienvenido: no se establece discriminación alguna por razón de sangre. Pero quiere dejar claro que pertenecer a una comunidad es una tarea ardua y exigente. Requiere generosidad y determinación. Exige la voluntad de cultivar una comunión de propósitos. De este modo, san Benito hizo posible que sus abadías fueran lugares caracterizados por una firme identidad comunitaria y, al mismo tiempo, acogedores con todos los que llegaban y dispuestos a ayudar a cualquiera que lo necesitara.
Naturalmente, la Regla de san Benito no puede aplicarse sin más a un Estado-nación moderno. Sin embargo, su doble perspectiva me parece potencialmente capaz de orientar la política (RB 58, 2).
Toda verdadera pertenencia confiere, no principalmente privilegios, sino responsabilidad. Este es un punto que muchos manifiestos «populistas» no llegan a formular. Antes de aplicar las exigencias de san Benito a los demás, deberíamos, por honestidad, aplicárnoslas críticamente a nosotros mismos.
Conviene señalar otro aspecto. Cuando consideramos hoy la acogida de extranjeros, debemos recordar que nuestros países llevan años sin reproducirse a sí mismos. Ninguno tiene una tasa de natalidad superior al nivel de reemplazo necesario de 2,1. Sin inmigrantes, nuestros servicios, industrias y sistemas de bienestar colapsarían. Este hecho debería hacernos humildes y agradecidos hacia quienes llegan para contribuir al mantenimiento de nuestro hogar común. Debería llevarnos también a decidirnos a hacer más para fortalecer nuestras familias, contra las que hoy actúan muchas fuerzas. La Iglesia tiene un papel vital que desempeñar como heredera de una cultura de la vida. Debemos hacer todo lo posible por difundirla con convicción y alegría.
Ser al mismo tiempo miembro leal de una comunidad local y estar creativamente comprometido con un orden universal genera una tensión interior. Los católicos deberíamos estar especialmente preparados para soportar bien esta tensión. Ser católico significa, después de todo, pertenecer a una comunidad concreta y formar parte de una comunión que alcanza más allá de todas las fronteras, incluso de la aparentemente impenetrable entre la vida y la muerte, entre la eternidad y el tiempo.
Que podamos, pues, estar arraigados y ser libres, agradecidos por lo que hemos recibido y deseosos de compartirlo con los demás, firmes en nuestra identidad y conscientes de que nuestro ser más profundo solo será plenamente revelado en la eternidad, cuando encontremos nuestro verdadero nombre escrito en una piedrecita blanca que, por ahora, es secreto de Dios (Ap 2, 17).
Buscar la propia identidad significa estar siempre comprometidos con un proceso de atento devenir.
Si vivimos de este modo y enseñamos a otros a hacerlo, este tiempo actualmente marcado por la ansiedad podrá revelarse como un periodo de conversión y de gracia, una gran oportunidad para el bien.
+ fr. Erik Varden, OCSO
Presidente