El Papa León XIV recibió este lunes 21 de septiembre en el Palacio Apostólico Vaticano a la Asamblea de la Federación de las Monjas Clarisas Capuchinas de Italia, a las que dirigió un discurso centrado en la fidelidad a la vocación contemplativa, la disminución de las vocaciones, la formación y el valor de la clausura en una sociedad marcada por «la prisa y el ruido».
Ante la reducción numérica de las comunidades religiosas, el Pontífice pidió no responder desde el miedo ni confiar en soluciones meramente organizativas. «Las vocaciones no nacen de la aplicación de estrategias organizativas, ni de campañas estudiadas sobre el papel», afirmó, sino «de la oración, de la familiaridad con el Evangelio, del silencio» y de comunidades capaces de vivir auténticamente la comunión.
León XIV insistió además en la radicalidad propia de la vida contemplativa: sobriedad, desprendimiento, obediencia y una existencia «simple, pero también radical y exigente». En este contexto, presentó a las religiosas de clausura como testigos silenciosos del Evangelio y «memoria viva y profética de la Buena Nueva».
A continuación, dejamos íntegramente el discurso del Santo Padre:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con vosotros! Y también se puede decir: ¡paz y bien!
Queridas hermanas, hermanos, buenos días y bienvenidos todos:
Estoy muy contento de encontrarme con vosotros y de compartir este momento de reflexión. Tomaremos como punto de partida la liturgia de hoy, fiesta de san Mateo, apóstol y evangelista.
En la Carta a los Efesios, san Pablo exhorta así: «Comportaos de una manera digna de la vocación que habéis recibido, con toda humildad, mansedumbre y magnanimidad […] una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados, la de vuestra vocación» (Ef 4,1-2.4).
Es una invitación a la fidelidad, a la que vuestra Federación responde según el carisma de santa Clara y san Francisco, mediante la oración contemplativa, la pobreza y una adhesión total al Evangelio. Con este fin, es encomiable el trabajo de reelaboración y actualización de las Constituciones que habéis realizado, en el que se han sintetizado las aportaciones de muchos.
En ellas se reafirma que «el primer y principal deber de todos los religiosos es la contemplación de las realidades divinas y la unión constante con Dios en la oración» (Constituciones, 60; cf. CIC, can. 663). Como escribía santa Clara a santa Inés de Bohemia: «Pon tu mente en el espejo de la eternidad, pon tu alma en el esplendor de la gloria, pon tu corazón en la figura de la divina sustancia y transfórmate toda, por medio de la contemplación, en imagen de su divinidad» (Tercera carta a la Beata Inés de Bohemia, 12-13; FF 2888).
Y es precisamente con la «mente en el espejo de la eternidad» como os invito a mirar tanto el tiempo presente, con sus dramas e incertidumbres, como los desafíos de vuestro «pequeño mundo», rico en su pasado y llamado a mirar con esperanza hacia el futuro.
El reducido número de vocaciones, en particular, podría llevar a algunos a optar por el repliegue o el encerramiento. Pero quiero repetiros lo que ya dije acerca del futuro de las diócesis y de los seminarios en Italia. Intentemos cambiar de perspectiva al considerar esta realidad. Sus dificultades, de hecho, pueden ayudarnos a descubrir o redescubrir potencialidades inesperadas, «no tanto en lo que respecta a las fuerzas numéricas, sino a la calidad de la propuesta» (Discurso a los peregrinos de las diócesis toscanas, 11 de octubre de 2025).
Nos lo recuerda el Evangelio de hoy, que dice: «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos» (Mt 9,12).
La reducción numérica de las comunidades —y el temor que de ella deriva a perder la propia autonomía— no debe inquietar ni hacer perder la esperanza, sino impulsar más bien a una renovación de la propia vida y a un compromiso todavía mayor en el acompañamiento espiritual de quienes llaman a las puertas de los monasterios, para hacer crecer comunidades alegres y vivas, en las que se experimente intimidad con Dios, afabilidad, comunión y autenticidad en las relaciones.
Las vocaciones no nacen de la aplicación de estrategias organizativas, ni de campañas estudiadas sobre el papel, sino de la oración, de la familiaridad con el Evangelio, del silencio, de saber acogerse mutuamente con las propias imperfecciones (cf. Gal 6,2), de sentirse parte de un todo que crea unidad. Y para hacerlo, el Señor no nos pide ser impecables, sino dejarnos modelar por su gracia, humildemente, día tras día.
Esto nos ofrece la ocasión de hablar de otro tema importante: el de la formación, tanto inicial como permanente. Formaos y formad para una clausura vivida con espíritu de profunda comunión entre vosotras y con la Iglesia; para un silencio que, en una sociedad dominada por la prisa y el ruido, haga sentir la necesidad de tiempos y espacios en los que detenerse, discernir, sin temor a perder el «instante fugaz».
Por lo demás, esta es también la dimensión misionera específica de la vocación claustral. El Salmo 18, tomado igualmente de la liturgia de hoy, dice: «Sin lenguaje, sin palabras, sin que se oiga su voz, por toda la tierra se difunde su anuncio y hasta los confines del mundo su mensaje» (vv. 4-5).
Formadas en la escuela del Evangelio, el Señor os llama a ser sus testigos en el silencio y en la contemplación, situándoos en la historia como memoria viva y profética de la Buena Nueva.
Como hermanas de santa Clara, además, tenéis un mensaje especial que anunciar, que pasa ante todo por la observancia de la Regla y de vuestras Constituciones. Forma parte de vuestro ser y de vuestra misión vivir el Evangelio dejando todo lo que pertenece al mundo, total y constantemente orientadas al primer y único Amor de vuestra vida.
Esto implica sobriedad, desprendimiento de las cosas, entrega de sí mismas en la obediencia, transparencia, en una vida sencilla, pero también radical y exigente, signo precioso de fidelidad, especialmente en un mundo globalizado e inquieto, en el que parece haberse perdido el gusto y la capacidad de «echar raíces» (cf. Francisco, Const. ap. Vultum Dei quærere, 35).
Por eso, queridísimas, quisiera concluir retomando una pregunta de vuestro asistente federal: «¿Pueden los monasterios femeninos de clausura ofrecer respuestas a las preguntas sobre el sentido de la humanidad de hoy?».
Para responder, os indicaba cuatro medios que considero importantes: la escucha recíproca; la koinonia, como comunión de intenciones, para evitar el aislamiento; la diakonia, para servir y trabajar juntas; la martyria, para dar testimonio del Evangelio. Os los dejo como caminos seguros para vuestro recorrido.
Queridas hermanas, os agradezco lo que hacéis y lo que sois: «antorchas, centinelas para la Iglesia y para el mundo» (Francisco, Mensaje a las contemplativas, 21 de noviembre de 2018), signos de la presencia del Reino de Dios en la tierra.
Me alegra haberos encontrado y, invocando la intercesión de María, de los santos Francisco y Clara de Asís y de la beata María Lorenza Longo, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.