Leí la Nota de los tres dicasterios sobre los sesenta años de Nostra aetate el mismo día en que salió, que es lo que hace un feligrés que quiere obedecer: leer lo que se le manda antes de que se lo expliquen. El Papa la aprobó en audiencia el 22 de junio y ordenó publicarla, así que no es un papel de oficina. Y en su número 49 dice algo que me pareció escrito para nosotros: que hay que valorar las iniciativas concretas de las Iglesias locales, «que están en primera línea», porque son ellas las que desarrollan «las formas más creativas y valientes de encuentro: comisiones de diálogo, proyectos comunes, acciones educativas o humanitarias, celebraciones compartidas». Y añade que, al recopilar esas experiencias y ponerlas en red, la Iglesia universal podrá «identificar y orientar nuevos caminos pastorales». Mi parroquia es una Iglesia local. Está en primera línea, si por primera línea se entiende la misa de doce con cuarenta personas, dos guitarras y una calefacción que se enciende en Adviento. Nos faltaba una celebración compartida que aportar a la red, y he redactado una propuesta para el consejo pastoral que expongo aquí por si a alguien le sirve.
La primera pregunta era con quién. La Nota enumera en su número 37 a los seguidores del hinduismo, el budismo, el jainismo, el sijismo, el sintoísmo, el taoísmo, el confucianismo y el zoroastrismo, además de las religiones tradicionales, en particular las africanas, y en el 42 abre la puerta a los nuevos movimientos religiosos. Hice la lista con la catequista y no salía. En el pueblo no hay zoroastrianos censados. El único sij tiene una tienda con un horario que no casa con el domingo. De religiones tradicionales africanas hay una familia que resultó ser católica y de Guinea Ecuatorial, y se ofendió un poco. Casi tenemos un conflicto racial, jeje. Pero a veinte minutos en coche hay una capilla de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, y ahí lo vi claro. Pablo VI describió el diálogo en Ecclesiam suam como círculos concéntricos, y la Nota celebra que aquella geometría haya resultado programática. Pues bien: la Fraternidad no está en el círculo de fuera ni en el de en medio. Está dentro del más pequeño, pegada al centro. Creen el Credo entero, los siete sacramentos, la transubstanciación, la Inmaculada, el purgatorio, el infierno y el primado del Papa, que según ellos no rechazan y así lo escribieron en julio. Creen, de hecho, más artículos que algunos miembros de nuestro consejo pastoral, que es donde tengo que defender esto. Nuestra diferencia con ellos consiste en si el Canon se dice en voz alta y en qué idioma. Si el diálogo ha llegado a dar cabida a un pago a la tierra en Cusco, con un oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe depositando hojas de coca en un encuentro que Vatican News presentó como preparación del viaje del Papa al Perú, no veo por qué no va a caber un Canon Romano en latín, que al menos está en el Misal.
Ya sé lo que me van a decir, porque me lo dijo el sacristán antes de que terminara de explicarlo: que la Fraternidad está en cisma desde el 2 de julio. Lo sé. Leo puntualmente Vida Nueva. El decreto lo firmó el cardenal Fernández, lo refrendaron sus dos secretarios, declaró excomulgados a los seis obispos de Écône y, en la nota explicativa, dejó dicho que los ministros de la Fraternidad «están en cisma y deben ser considerados cismáticos». ¡Si por eso mismo les tiendo la mano! Porque soy ecuménico. Don Davide Pagliarani, el superior general, no está entre los seis excomulgados por su nombre, pero entra en la categoría, es todo un no católico. Una periferia. Sé también que el Papa les había escrito en vísperas rogándoles que no lo hicieran, y que lo hicieron. Precisamente por eso los he elegido. La Nota pide, con el Concilio, «que, olvidando lo pasado, ejerzan sinceramente la comprensión mutua». El 2 de julio es pasado. El 1 de julio, más todavía. Y la Nota dice en su número 55 que aquel que antes se percibía como «un enemigo al que temer, respetar desde la distancia o incluso destruir, puede convertirse en un interlocutor, un aliado, un amigo, incluso un “peregrino de la verdad” con quien compartir un tramo del camino». El tramo que yo propongo va del ofertorio a la comunión, que no es largo. Hay además un detalle que me da confianza. La Nota la aprobó el Papa nueve días antes de Écône y se publicó once semanas después del decreto: todo es del mismo verano, del mismo dicasterio y de la misma firma. Si el cardenal ha podido pasar del cisma a los puentes en once semanas, mi párroco puede pasar del ambón al banco en once minutos. Y observar. Y enriquecerse.
El plan es el siguiente. Hasta el ofertorio, todo lo hace mi párroco como siempre. Canto de entrada con las guitarras, porque la Nota pide «imaginación y creatividad» y ese es el instrumento con el que contamos. Es lo que hay. Las lecturas las hacen las lectoras de los martes, en castellano y con micrófono, que se oye bien desde el fondo. Salmo cantado por el coro. Evangelio y homilía, corta, que la gente de la Fraternidad viene de lejos y la Nota reconoce que el diálogo exige «paciencia inagotable», pero no dice cuánta. El Credo lo decimos todos: nosotros en castellano y ellos en latín, a la vez, porque es el mismo Credo palabra por palabra y ahí no hay discrepancia posible. Luego el ofertorio, con el «sabed que vendrá>> de Dylan sobre el pan y el vino, la colecta y el canto del coro. Y en ese momento mi párroco se retira a un lado, se sienta, y sale don Davide.
Don Davide hace el Canon a su manera. Canon Romano, en latín, en voz baja, de espaldas a nosotros y de cara al altar mayor, que conservamos porque nunca se derribó y en el que ponemos las flores y la estrella de Navidad. Campanillas en la elevación. No oiremos nada, y eso es exactamente lo que la Nota llama frutos «invisibles pero fecundos», vividos «en el silencio y la discreción».
Después vuelve la parte compartida. El Padrenuestro tiene un problema: en su rito lo dice el sacerdote solo y en el nuestro lo decimos todos. Lo he resuelto: él lo dice en latín y nosotros en castellano, y si el coro no acelera llegamos a la vez al «líbranos del mal».
La paz también tiene lo suyo, porque ellos no se la dan entre los bancos. Nosotros nos daremos la mano y ellos nos mirarán, que es lo que la Nota llama «una mirada contemplativa dirigida al “otro diferente”», número 50.
Para la comunión habrá dos filas, como en el aeropuerto: una de rodillas y en la boca, con reclinatorio prestado por las carmelitas, y otra de pie y en la mano, sin que nadie tenga que decir cuál es la fila rápida. Y aquí está lo hermoso del asunto, lo que me tiene convencido de que esto no es sincretismo, que la Nota excluye: es una sola consagración. Lo que consagra don Davide con su fórmula es lo que reparte mi párroco con la suya, y el Señor es el mismo en las dos filas. Que es, si lo pienso, lo que llevamos sesenta años intentando explicarles a los budistas sin éxito, y aquí saldría a la primera. Al final, «Ite, missa est» por parte de don Davide y «Podéis ir en paz» por parte del párroco, y mientras uno lee el Último Evangelio, que ellos dicen y nosotros no, el otro da los avisos: el rastrillo, la excursión de la catequesis, que se ha perdido un paraguas y que podeis traer croquetas a la reunion de vida ascendente del jueves.
La fecha es lo más delicado, y lo cuento porque explica mejor que nada por qué hace falta el diálogo. Quería Cristo Rey, que es una fiesta de identidad para los dos. Pero resulta que ellos la celebran el último domingo de octubre, que este año es el 25, y nosotros el último domingo del año litúrgico, que es el 22 de noviembre. No coincidimos ni en cuándo reina Cristo, joe. Lo propongo así: la hacemos dos veces, una en cada Cristo Rey, y la Nota queda satisfecha por partida doble, que ella misma dice que el diálogo es un poliedro. Si el consejo no quiere dos, queda el 28 de octubre, aniversario de Nostra aetate, que cae en miércoles y es el día de catequesis. Ellos también tienen catecismo los miércoles, con el de San Pío X, que es más corto y viene con preguntas.
Paso a las objeciones, que las he anotado todas. Primera: Traditionis custodes no permite la misa antigua en las iglesias parroquiales. Cierto, pero es que esto no es la misa antigua. Es una celebración compartida, que es otra categoría, del mismo modo que un pago a la tierra no es una misa y por eso pudo hacerse. Segunda: el canon 908 prohíbe a los sacerdotes católicos concelebrar la Eucaristía con ministros de comunidades que no estén en plena comunión, y el 1381 manda castigar con una pena justa la participación prohibida en ritos sagrados. Aquí me apoyo en la Nota, que es posterior al Código y lleva la aprobación del Papa, que es lo que un lego entiende por derogar. Dice en el número 54 que «la defensa intransigente de la propia posición y el proselitismo, como única forma de encuentro con “el otro”, ya no tienen sentido en un mundo que se asemeja cada vez más a una aldea global». No conozco forma más intransigente de defender una posición que un canon penal. Y por si acaso tengo alternativa: el canon 933 permite a un sacerdote, con licencia del Ordinario y evitando el escándalo, celebrar en el templo de una comunidad que no esté en plena comunión. Si mi parroquia no puede, nos vamos a su capilla, que además tiene el altar bien orientado. Tercera, y esta la puso un catequista que ha leído mucho: que concelebrar con ministros ajenos es de los delitos más graves reservados al Dicasterio. Lo miré. Lo es cuando se trata de ministros «que no tienen la sucesión apostólica». A don Davide lo ordenó monseñor Fellay, a monseñor Fellay lo consagró monseñor Lefebvre y a monseñor Lefebvre lo consagró en 1947 el cardenal Liénart. Sucesión apostólica de manual, con un cardenal francés al principio de la cadena.
Cuarta objeción, la de mi mujer: que la Fraternidad no querrá. Que rechazan la misa nueva, que no van a poner su Canon detrás de un ofertorio con guitarras ni aunque se lo pida el Papa, y menos ahora. Puede ser. Pero eso es un prejuicio, y la Nota pide expresamente «superar los miedos y los prejuicios» y practicar «la valentía de la alteridad». Además, don Davide escribió al Papa el 3 de julio que las sanciones son «objetivamente injustas e inválidas» y que «nada ha cambiado y nada cambiará jamás». Lo leí primero como un problema y luego lo vi como una garantía: con alguien que promete que nada cambiará jamás se puede fijar una fecha sin miedo a que se mueva. Y si dicen que no, también estamos cubiertos, porque la Nota dice que quienes se comprometen con el diálogo no deben ser «ingenuos ni idealistas ciegos», sino «los héroes del futuro», y nadie es héroe de nada si le dicen que sí a la primera.
Me queda el argumento que considero definitivo, y lo he dejado para el final porque lo encontré el último. La Nota prevé, en su número 42, encuentros fraternos «que no pueden entenderse ni como diálogo ecuménico ni como diálogo interreligioso», basados «en la claridad de la propia identidad y en el respeto mutuo». Lo dice de los nuevos movimientos religiosos, pero la casilla nos viene exacta. Con la Fraternidad no cabe diálogo ecuménico, porque no son otra Iglesia, ni interreligioso, porque no son otra religión. Son la tercera cosa. La Nota inventó una categoría y no sabía para quién. Yo sí.
Solo me falta un dato, y es el único que la Nota no da: qué es una celebración compartida. La nombra en el número 49 y no la explica en ninguno. Así que he escrito al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, a la misma dirección que contestó a Écône en veinticuatro horas, para preguntar si cuenta una misa, y si cuenta con un católico. Si la respuesta tarda lo mismo, la tendremos antes de Cristo Rey, del primero. Y si la respuesta es que no, habré aprendido lo que la Nota llama alfabetización religiosa, con su nombre en inglés al lado: que una celebración compartida puede ser cualquier cosa menos una misa, y con cualquiera menos con un católico. Lo apuntaré en la libreta de la catequesis, debajo de «puentes, no muros», que apunté la semana pasada.