«La Iglesia no existe para sí misma, sino para conducir a cada persona al encuentro con el Señor». Con esta afirmación, León XIV ha situado el encuentro con Cristo en el centro del camino pastoral que propone a la diócesis de Roma para el nuevo curso. Durante la Asamblea Diocesana celebrada en la basílica de San Juan de Letrán, el Papa pidió revisar las iniciativas, estructuras y actividades de las comunidades a partir de una pregunta fundamental: si conducen realmente a Cristo y hacen que el Evangelio se encuentre con la vida concreta de las personas.
El Pontífice no presentó un nuevo programa pastoral, sino un método de «verificación pastoral» basado en la escucha, el discernimiento y la conversión. «No basta preguntarse si una actividad está bien organizada, si cuenta con participación, si dura desde hace muchos años», advirtió. La revisión deberá permitir reconocer «lo que debe mantenerse, valorarse, corregirse, abandonarse o iniciarse», sin convertirse en una nueva carga: León XIV aseguró que este ejercicio da incluso «permiso para hacer menos y mejor».
A continuación, ofrecemos el texto íntegro del discurso del Santo Padre, traducido al español.
Queridos hermanos y hermanas:
Quisiera volver a comenzar con vosotros desde la mañana de Pascua, desde un jardín, desde un sepulcro vacío. María Magdalena está allí, al amanecer, cuando todavía está oscuro, y la oscuridad en la que se encuentra no es solamente la de la noche que aún no ha terminado. Es la oscuridad de quien ha perdido a alguien, de quien busca y no encuentra, de quien se inclina y llora. El Evangelio, sin embargo, no la deja en ese llanto. Se le acerca un hombre, a quien ella confunde con el jardinero, y le dirige dos preguntas: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?» (Jn 20,15).
Estas dos preguntas, queridos hermanos, quisiera que inspiraran el próximo camino de la diócesis de Roma. Creo, en efecto, que podemos sentirlas dirigidas hoy a nuestra Iglesia y a toda la ciudad: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?». Se refieren a la búsqueda ansiosa de esperanza que percibís en las parroquias, en los encuentros y en los ambientes de vida, cuando os habéis puesto a escucharos unos a otros y a la gente. María Magdalena está despierta antes del amanecer y ya ha corrido al sepulcro, porque en ella hay vida, ¡hay espera! Así, en Roma son muchas las personas que vuelven a comenzar cada mañana, pero también las comunidades parroquiales, asociaciones, movimientos, grupos y realidades eclesiales que trabajan con generosidad en la evangelización, en la caridad y en el servicio a la oración litúrgica. Ciertamente, junto a esta riqueza habéis reconocido con honestidad algunas dificultades. Es el desconcierto de quien ya no logra encontrar dónde se encuentra al Señor. Una experiencia que compartimos con tantos hermanos y hermanas, pero que también nosotros podemos llegar a vivir. A veces se multiplican las propuestas, las actividades, los encuentros, y se pierde el centro, el sentido evangélico de lo que se hace.
Y he aquí que, en el Evangelio, una sola palabra hace volverse a Magdalena: su nombre, «¡María!» (Jn 20,16). Así se encuentra a Jesucristo: sintiéndose llamado por su nombre por Él, de las muchas maneras en que esto puede suceder. Desde aquí debe recomenzar toda acción pastoral: no preguntándose tanto «qué» hacer, sino más bien «a quién» y «cómo» encontrar. En nuestras comunidades se puede permanecer anónimo, invisible e incomprendido, o ser visto, conocido y llamado por el nombre. Y quien encuentra verdaderamente a Cristo, como María Magdalena, siente que su corazón se llena y entonces no puede quedarse quieto, corre y va a anunciar. «¡He visto al Señor!» (v. 18), dice la mujer a los discípulos. No un recuerdo, no un hecho privado, sino una alegría profunda que genera comunidad.
Por esto, hermanos y hermanas, no os entrego hoy un nuevo programa pastoral. No partimos de cero y nada de lo que hemos vivido debe ser archivado. El trabajo sobre las «enfermedades espirituales» nos ha enseñado a reconocer lo que, en nuestra vida eclesial, pide ser sanado, corregido o convertido. El Camino Sinodal nos ha enseñado cómo escuchar y discernir juntos, corresponsables de la única misión. Deseo, en cambio, proponeros desarrollar una tercera dimensión: la de la verificación pastoral.
Verificar, bajo la luz del Espíritu Santo, significa detenerse, releer lo sucedido, reconocer lo que ha dado fruto, comprender lo que no ha funcionado y buscar juntos las razones. Significa, en una palabra, hacer verdad. Os invito a realizar esta verificación implicando a toda la comunidad y, en la medida de lo posible, escuchando también a personas que no la frecuentan y ven las cosas, por así decirlo, «desde fuera».
Para ejercitaros en la verificación pastoral os indico algunas atenciones, que distingo pero que forman un único dinamismo.
La primera atención: encontrar a Cristo y hacer que otros lo encuentren. La Iglesia no existe para sí misma, sino para conducir a cada persona al encuentro con el Señor; por tanto, no basta preguntarse si una actividad está bien organizada, si cuenta con participación o si lleva muchos años realizándose; es necesario preguntarse si conduce realmente a Cristo, si hace que el Evangelio se encuentre con la vida concreta de las personas.
La segunda atención: generar comunidad. De la Pascua de Cristo nacen comunidades nuevas, libres, reconciliadas. Tengamos el valor de cuidar lo esencial, para dejar espacio a relaciones verdaderas, dentro de las cuales las personas se sientan parte de un pueblo: se sientan acogidas, acompañadas, valoradas, corresponsables. Comprometámonos a ofrecer a los jóvenes tiempo y escucha, dentro y fuera de las iniciativas.
La tercera atención: habitar y servir la ciudad. Roma no es el escenario indiferente de nuestras comunidades: es el lugar de nuestra misión. La comunidad generada por el Resucitado no puede permanecer encerrada en sí misma, sino que comparte las esperanzas, las fragilidades y las preguntas de las personas; y aprende a reconocer, en lo que sucede en los distintos ambientes de la ciudad, las preguntas a las que el Evangelio puede responder, si es acogido nuevamente.
A estas tres atenciones de verificación se añade una cuarta, que las atraviesa a todas: la formación del Pueblo de Dios. ¿Nuestras actividades hacen crecer en la fe? ¿Forman discípulos misioneros? ¿Ayudan a madurar responsabilidades eclesiales? ¿Generan una fe adulta, capaz de traducirse en decisiones concretas de vida y de servicio?
El corazón del método que os propongo es, sin embargo, una pregunta sencillísima: «¿por qué?». Se trata de detenerse juntos y preguntarse, ante cada cosa que hacemos: ¿por qué la hacemos? ¿Qué intención evangélica nos mueve, a qué necesidad real pretendemos responder, de qué manera esta elección corresponde a la misión de la Iglesia? Y después, el segundo paso: ¿por qué obtenemos estos resultados y no otros? ¿Por qué algunas iniciativas generan caminos y otras permanecen aisladas? ¿Por qué algunas personas participan y otras permanecen al margen? Del encuentro entre las razones de nuestras decisiones y las razones de sus efectos nace un discernimiento auténtico, que permite reconocer lo que debe mantenerse, valorarse, corregirse, abandonarse o iniciarse.
Para que todo esto no quede en un buen propósito, el camino tendrá su propio «ritmo», y agradezco al cardenal vicario y a los demás colaboradores que hayan preparado unas etapas que os serán presentadas.
Os pido, por tanto, que os deis tiempo para caminar juntos —no un año, sino un camino—, para que sea un verdadero discernimiento y no una iniciativa que se añada a las demás. El obispo no os pide programar nuevas actividades: os propone un método común de escucha, discernimiento, verificación y conversión. Los contenidos y las prioridades quedan confiados a la responsabilidad de vuestras comunidades, en los cinco ámbitos que son la catequesis y la iniciación cristiana, los jóvenes, la familia, la caridad y las vocaciones, porque el objetivo es compartir un estilo pastoral, no uniformar las experiencias. Y en esto las prefecturas están llamadas a convertirse cada vez más en lugares de encuentro, diálogo y elaboración pastoral compartida.
Queridos hermanos y hermanas, es verdad: un método, por sí solo, nunca ha convertido a nadie. Por eso, para que lo que os he propuesto no quede en algo abstracto, os recuerdo también un rostro. He aprobado con alegría la decisión de dar los pasos necesarios para que se inicie la investigación diocesana sobre la vida, las virtudes y la fama de santidad de don Luigi Di Liegro, sacerdote de esta Iglesia, fallecido el 12 de octubre de 1997. El don que él hace a nuestro camino no está ante todo en las obras que realizó: don Luigi, antes de construir cualquier cosa, quiso «ver». En 1969 encargó una investigación sobre la religiosidad de los romanos, porque había aprendido que no existe encarnación del mensaje sin escuchar la realidad. En su última intervención, pocas semanas antes de morir, don Luigi dijo a sus colaboradores: «El discernimiento es esta pregunta: Señor, ¿dónde estás?».
Queridos hermanos, esto hace pensar en la pregunta de María Magdalena junto al sepulcro de Jesús. Es la pregunta con la que hoy recomenzamos. ¿Qué signos del Reino y qué llamadas del Espíritu Santo emergen hoy de la vida de Roma, y qué forma de Iglesia es necesario asumir para reconocerlos y servirlos? Custodiar en nosotros esta pregunta nos ayudará a ser una Iglesia solidaria con el destino de esta ciudad, en contacto con sus heridas, sus esperanzas y sus transformaciones.
Quisiera ahora deciros una palabra sobre el ministerio ordenado en Roma. Pero antes deseo decir «gracias», y no por formalidad. Gracias al cardenal vicario, a los obispos auxiliares, a los prefectos y a cuantos prestan servicio en las oficinas del Vicariato. Gracias a los párrocos y vicarios parroquiales; a los sacerdotes ancianos y enfermos, a los capellanes de hospitales, cárceles, escuelas y universidades; a los sacerdotes llegados de otras Iglesias y de otros países, que sirven en esta ciudad como si fuera la suya. Gracias a los diáconos permanentes y a sus familias. Gracias a los religiosos y religiosas; a quienes en el silencio sostienen Roma con su intercesión; y a quienes la encuentran cada día en las escuelas, hospitales, casas de acogida y periferias. Gracias a los catequistas, educadores y trabajadores de la caridad. Lo sabemos: el bien no hace ruido, lo conoce el Señor, y hoy deseo reconocerlo también yo. ¡Gracias!
Sé también que el servicio pastoral es hoy más fatigoso que ayer. Os exhorto a no cargar solos con las dificultades. Y os digo con claridad que el arte de la verificación pastoral no os pide hacer más: os da, más bien, permiso para hacer menos y mejor. Si la verificación pastoral se convirtiera en otra carga sobre vuestros hombros, habríamos traicionado su sentido. Quisiera entonces ofreceros algunas consideraciones sobre el rostro de los presbíteros que Roma necesita. El sacerdote debería ser un hombre que escucha antes de responder, que discierne antes de decidir. Una persona que permanece ante el Señor, porque no puede conducir a otros a un encuentro que él mismo no está viviendo. La pregunta del «¿por qué?» es ante todo una pregunta personal suya: ¿por qué soy sacerdote? ¿Sigue correspondiendo mi jornada al motivo por el que el Señor me llamó por mi nombre? El sacerdote no concentra en sí toda responsabilidad. Reconoce los carismas, forma las conciencias, hace posible la corresponsabilidad de los laicos: no por falta de fuerzas, sino por fidelidad a la naturaleza de la Iglesia. Una comunidad en la que todo depende del párroco es una comunidad frágil, y presidir no significa hacerlo todo. Significa generar comunión, valorar las energías de los demás, conectar personas y realidades, custodiar la unidad. El sacerdote, finalmente, se inserta y desea pertenecer a una comunidad capaz de leer su propio barrio, de compartir sus heridas y esperanzas, responsable de la vida de todos, también de quienes no cruzan el umbral de la iglesia. Esta es la forma que asume la caridad en la presidencia pastoral, y es lo que impide que una parroquia se repliegue en la autoconservación.
Nadie está llamado a vivir todo esto solo. El presbiterio no es la suma de sacerdotes que se encuentran por necesidades organizativas: es una fraternidad, y es el primer lugar en el que verificar si lo que hacemos genera verdaderamente comunión. Deseo que las prefecturas sean, antes que instrumentos de coordinación, lugares efectivos de fraternidad sacerdotal, donde se pueda expresar también el propio cansancio sin avergonzarse. Junto a vosotros, los diáconos recuerdan a toda la Iglesia que existe para servir; y los religiosos y religiosas, con la gratuidad de sus vidas, recuerdan a Roma que ninguna eficiencia salva al hombre y que la primacía corresponde a Dios.
Un pensamiento particular va dirigido a nuestros seminaristas. Queridos jóvenes, os estáis preparando para ser sacerdotes de esta diócesis. Os invito a participar, ya desde ahora, en este camino de verificación, aprendiendo a asumirlo como estilo durante los años de formación. Y dejaos formar tanto por los libros, que son necesarios para encontrar buenos maestros, como por los rostros: por los pobres, por los enfermos, por la gente de nuestras parroquias. A vosotros y a vuestros formadores expreso mi gratitud y mi confianza. Los jóvenes no se entregan a un papel, sino que siguen a hombres y mujeres que parecen felices de ser lo que son.
Sé que este camino de verificación exigirá paciencia y quizá también el valor de dejar atrás algo a lo que estamos apegados. Pero es el mismo valor de María Magdalena, que tuvo que abandonar el deseo de retener al Señor para correr, en cambio, a anunciarlo. De este discernimiento pastoral nacerá, espero, una fase de intercambio de las experiencias renovadas y después la construcción de un camino común que nos prepare, juntos, para el Jubileo de la Redención de 2033.
Queridos hermanos y hermanas de Roma, ¡no temáis dejar que os llamen nuevamente por vuestro nombre! El Señor vivo se deja encontrar por quien, como María en el amanecer de Pascua, conserva el valor de buscarlo, incluso entre lágrimas, incluso en la oscuridad. Que os acompañe la Madre de Dios, Salus Populi Romani, que fue la primera en creer y engendró a Cristo para el mundo. Y que a todos vosotros, a vuestras comunidades y a esta ciudad llegue mi bendición.