Tengo gente muy querida que no es católica, y quiero (que me perdone el Inquisidor) que se convierta. Quiero que se bautice, que se confiese, que comulgue, que muera en gracia de Dios. Lo quiero con todas mis fuerzas y sin pedir perdón a nadie. Si eso me convierte en proselitista, acepto el cargo.
La Nota Un camino de esperanza, publicada el 16 de septiembre por los Dicasterios para la Doctrina de la Fe, para la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo Interreligioso, aprobada por León XIV el 22 de junio, dedica su número 54 a decirnos que «la consideración de que el proselitismo es la única manera de relacionarse con el otro ya no tiene sentido en un mundo que se asemeja cada vez más a una aldea global interconectada y en constante evolución». La razón que se aduce para arrinconar el proselitismo no es teológica ni bíblica. Es sociológica. El mundo ha cambiado, hay más aviones y más pantallas, y por tanto el afán de convertir al vecino ha caducado como un yogur.
Los redactores se han cubierto las espaldas con dos palabras: «única manera». Nadie en la Iglesia sostiene que la única relación posible con un musulmán sea bautizarlo, así que la frase, en rigor, condena un fantasma. Pero cuando Roma dedica un párrafo a refutar una tesis que nadie defiende, es que en realidad quiere decir otra cosa y no se atreve a decirla entera. Lo que se ha entendido en todo el mundo, en titulares de agencia y en homilías dominicales, es lo que se quería que se entendiese: el proselitismo ya no tiene sentido. Los matices quedan para los canonistas; el mensaje ya ha llegado a las parroquias.
Y el mensaje es letal para el católico de a pie. El padre que reza por la conversión de su hijo. La esposa que lleva veinte años pidiendo el bautismo de su marido. El chaval que se atreve a hablar de Cristo en la oficina. A todos se les ha comunicado, con el sello de la Santa Sede, que su deseo huele a naftalina. Que lo moderno, lo interconectado, lo fermentado, es dejar a cada cual en su sitio.
Lo más grave es que la Nota emplea la palabra «proselitismo» sin definirla, y no por descuido. En 2007 la Congregación para la Doctrina de la Fe, publicó una Nota doctrinal sobre algunos aspectos de la evangelización que hacía justo lo contrario. Explicaba que «proselitismo» ha significado durante siglos, sin más, actividad misionera, y que solo en tiempos recientes la palabra se torció hasta designar la propaganda religiosa con medios indignos: coacción, engaño, compra de almas. Aquel texto denunciaba además como confusión creciente la idea de que todo intento de convencer a otro en materia religiosa atenta contra su libertad, y salía al paso de quienes ven intolerancia en la pretensión de haber recibido la plenitud de la Revelación.
Diecinueve años después, el mismo dicasterio incurre en la confusión que su predecesor había diagnosticado. Sabía definir la palabra y ha preferido no hacerlo. Porque definirla obligaba a decir que el proselitismo indigno está condenado desde siempre y que el otro, el noble, el de pedir y persuadir y rezar por la conversión del amigo, sigue siendo un deber. Y esa frase no cabía en el clima del documento.
Se nos dice que la Nota celebra los sesenta años de Nostra aetate. Nostra aetate tiene un número 2 que dice dos cosas en el mismo párrafo: que la Iglesia mira con respeto lo verdadero y santo que hay en otras religiones, y que anuncia y tiene el deber de anunciar constantemente a Cristo, en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa. El Concilio sostuvo ambas afirmaciones con una sola mano. La Nota de 2026 ha soltado la segunda y se ha quedado con la primera, y a eso lo llama fidelidad al Concilio. Es fidelidad a medio Concilio, que es la manera más elegante de traicionarlo.
El mismo Vaticano II aprobó Ad gentes, donde se lee que la Iglesia es misionera por su propia naturaleza. Aprobó Dignitatis humanae, donde se dice que nadie puede ser forzado a creer. Los padres conciliares no vieron contradicción alguna, porque no la hay. La fe no se impone, y precisamente por eso hay que proponerla con todas las fuerzas, a todos, siempre. Quien convierte la libertad religiosa en excusa para el silencio no ha entendido ni la libertad ni la religión.
Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos, dice Mateo 28. No hay bajo el cielo otro nombre por el que podamos salvarnos, dice Pedro en Hechos 4. Ay de mí si no anuncio el Evangelio, dice Pablo en la primera a los Corintios. Cómo creerán si nadie les predica, pregunta en Romanos 10. Habría que explicarle a san Pablo que la aldea global lo ha dejado sin oficio.
El buen musulmán quiere que yo me convierta, y lo dice sin rodeos. Quiere darme lo que él considera el bien más grande de su vida. Jamás se me ha ocurrido reprochárselo, porque entiendo que su deseo de convertirme es una forma de estima. Un musulmán que no quisiera mi conversión me estaría diciendo que le doy igual.
Yo quiero que se bautice. Que entienda que Dios se encarnó y que sigue aquí. Quiero que conozca la Eucaristía, el perdón sacramental, la filiación divina. Quiero para él lo mejor que tengo. Lo que degradaría mi relación con ese prójimo sería el pacto de no agresión espiritual que la Nota parece proponer como ideal: cada uno con su verdad, todos muy fraternos, nadie molesta a nadie. Eso no es diálogo interreligioso. Es relativismo y cortesía de vecinos de escalera elevada a categoría teológica.
Pregunto a los firmantes, sin más deferencia que la que exige la verdad: ¿quieren ustedes que las personas a las que amo, que no son católicas, sigan donde están? Hay dos respuestas posibles y ninguna es cómoda para el número 54.
Si la respuesta es no, si desean para ellas la gracia de los sacramentos y la plenitud de la fe, entonces desean su conversión exactamente igual que yo, y todo el párrafo es un ejercicio de complacencia ante el mundo que no pueden sostener en conciencia. Si la respuesta es sí, si de verdad creen que un musulmán, un budista o un ateo están bien como están y que pedir su conversión es una grosería propia de otros tiempos, entonces han dejado de creer que Cristo es necesario para la salvación, y lo que toca no es una Nota sino un examen de conciencia. No hay tercera vía, por mucho poliedro que se invoque.
Reivindico el proselitismo en su sentido limpio y original. Sin coacción, sin trampas, sin desprecio del otro. Hecho de amor, de amistad paciente, de argumentos, de ejemplo, de oración terca y de la palabra dicha cuando toca. Un proselitismo que sabe que ningún hombre convierte a otro y que la fe es don de Dios, pero que sabe también que Dios se sirve de los hombres y que el silencio cómodo tiene un nombre.
Pedir a alguien que abandone el error, que abrace a Cristo, que reciba la gracia de sus sacramentos, es el mayor acto de amor que un católico puede ofrecer, porque es entregar lo mejor que tiene, lo mejor que sabe y lo mejor que puede dar. Renunciar a ello para no parecer anticuado ante la aldea global sería tratar a quienes quiero como si no merecieran la verdad entera.
Culpable, pues, de proselitista, con agravante de reincidencia y sin propósito de enmienda. Y con una advertencia a quienes firman documentos desde Roma: la Iglesia que me enseñó a rezar y actuar por la conversión de los que amo no tiene autoridad para pedirme ahora que deje de hacerlo, porque esa petición no la respalda el Evangelio, ni el Concilio, ni ningún Papa anterior a este párrafo. La respalda únicamente el deseo de caer bien. Y por caer bien no se murió nadie en una cruz.