Todos los católicos tenemos un deber cristiano para con el Romano Pontífice: rezar por él.
No solo cuando nos gusta el Papa. No solo cuando compartimos sus decisiones, entendemos sus gestos o nos sentimos representados por sus palabras. La oración por el sucesor de Pedro no depende de la simpatía que despierte el hombre que ocupa la Cátedra de Roma, sino del oficio que Cristo confió a Pedro y que permanece en sus sucesores.
Y hay algo particularmente significativo en esta obligación: la Iglesia no reza por el Papa porque suponga que todo cuanto hace está asistido por una gracia permanente. Reza por él precisamente porque necesita la gracia de Dios constantemente, como todos la necesitamos.
Necesita sabiduría para gobernar, fortaleza para confirmar a sus hermanos, prudencia para tomar decisiones, santidad para no anteponerse a la voluntad de Dios y fidelidad para custodiar aquello que ha recibido.
Por eso rezamos por el Papa.
Cristo rezó por Pedro
En vísperas de la Pasión, Nuestro Señor le dijo a Pedro:
«Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32).
La frase contiene las dos realidades que acompañarán al ministerio petrino: una misión extraordinaria y un hombre necesitado de ayuda.
Pedro debe «confirmar» a sus hermanos, pero antes Cristo ha rogado por él.
Después de la Resurrección, el Señor volverá a confiarle una misión singular: «Apacienta mis corderos», «pastorea mis ovejas» (Jn 21,15-17). Y cuando Herodes encarcela al Apóstol, los primeros cristianos hacen exactamente lo que continuará haciendo la Iglesia durante los siglos siguientes: «la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12,5).
San Juan Pablo II vio en aquel episodio el comienzo de una «cadena ininterrumpida de súplicas» de la Iglesia por los sucesores de Pedro.
Antes del Oremus pro Pontifice, por tanto, estuvo la comunidad cristiana rezando por Pedro. Y antes todavía estuvo Cristo diciendo: «Yo he rogado por ti».
La Misa también se ofrece por el Papa
Esta oración quedó profundamente incorporada a la vida litúrgica de la Iglesia.
En el Canon Romano, el sacerdote dice:
«una cum famulo tuo Papa nostro N.»
«Junto con tu siervo, nuestro Papa N.».
El Pontífice es nombrado en el corazón mismo del Sacrificio como un hombre que sirve a Dios y por quien la Iglesia intercede. Su presencia en la Plegaria Eucarística expresa además la comunión de la Iglesia que celebra el Sacrificio con su cabeza visible.
El Papa no es un oráculo al que la gracia haya sustraído de la condición humana. Tampoco es simplemente el presidente de una organización religiosa. Es el sucesor de Pedro, investido de una autoridad singular y, al mismo tiempo, un hombre vivo por quien se ofrece el Sacrificio y se pide a Dios.
«Oremus pro Pontifice nostro»
Durante generaciones, esta obligación tomó también una forma que muchos católicos todavía conocen:
V. Oremus pro Pontifice nostro N.
R. Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.
«Oremos por nuestro Pontífice N. El Señor lo conserve, le dé vida, lo haga feliz en la tierra y no lo entregue al poder de sus enemigos».
La edición de 1910 de la Raccolta, la antigua colección de oraciones y obras piadosas indulgenciadas, recoge esta oración bajo el número 449 y señala que Pío IX concedió el 26 de noviembre de 1876 una indulgencia de 300 días por rezarla una vez al día y una indulgencia plenaria mensual bajo las condiciones establecidas.
Aquellos «300 días» no significaban 300 días menos de Purgatorio, como a veces se interpreta. Era la antigua manera de expresar las indulgencias parciales en referencia a las penitencias canónicas.
La disciplina cambió con Pablo VI. Desde 1967 las indulgencias parciales dejaron de cuantificarse en días o años.
Pero la oración no desapareció.
El actual Enchiridion Indulgentiarum continúa concediendo indulgencia parcial al fiel que, con espíritu de filial devoción, rece una oración legítimamente aprobada por el Sumo Pontífice, y pone precisamente como ejemplo el Oremus pro Pontifice.
Cambió la disciplina. Permaneció la súplica.
¿Para qué hay que rezar por el Papa?
La antigua piedad católica no se limitaba a pedir que el Papa tuviera salud o una vida larga.
La Raccolta contiene, por ejemplo, una oración por san Pío X en la que se pide a Dios para el Pontífice mayor luz de sabiduría sobrenatural y crecimiento en la caridad. Otra práctica recogida en el mismo libro proponía ofrecer las Misas celebradas durante el día por toda la Iglesia y «principalmente por su Cabeza visible, el Sumo Pontífice».
Si pedimos sabiduría para el Papa es porque necesita sabiduría. Si pedimos fortaleza, es porque puede ser probado. Si pedimos prudencia, es porque tiene decisiones difíciles que tomar. Si pedimos fidelidad, es porque también él debe permanecer fiel. Si pedimos santidad, es porque ningún hombre recibe la santidad automáticamente al ser elegido Romano Pontífice.
Y aquí aparece una distinción que conviene recordar.
Infalible no significa impecable
La Iglesia enseña la infalibilidad del Romano Pontífice. Pero enseña algo mucho más preciso de lo que a veces se entiende por esa palabra.
El Concilio Vaticano I definió que el Papa goza de infalibilidad cuando habla ex cathedra: cuando, desempeñando su oficio de pastor y doctor de todos los cristianos y en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres que debe ser sostenida por toda la Iglesia.
La Raccolta ofrece aquí un documento particularmente curioso. Apenas unos meses después de Vaticano I, un Acto de Fe aprobado por Pío IX el 10 de enero de 1871 incorporaba prácticamente la definición conciliar de la infalibilidad pontificia a una oración destinada a los fieles.
La Iglesia quería que los católicos creyeran en la infalibilidad.
Pero infalibilidad nunca significó impecabilidad.
Tampoco significa que cualquier entrevista, comentario improvisado, nombramiento, decisión diplomática, opción administrativa o juicio prudencial de un Papa sea infalible.
Hay que evitar también el error contrario. Que algo no sea una definición ex cathedra no significa automáticamente que carezca de autoridad. La Iglesia distingue distintos grados de enseñanza. Lumen gentium recuerda, por ejemplo, el «religioso obsequio de la voluntad y del entendimiento» debido al magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable ex cathedra.
No todo tiene el mismo peso. Ni todo es infalible, ni todo es opinable.
El Papa tampoco puede inventar una nueva fe
Hay una frase de Vaticano I que debería acompañar siempre a su definición de la infalibilidad.
Pastor aeternus explica que el Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que, mediante una revelación, diesen a conocer una doctrina nueva, sino para que, con su asistencia, custodiasen santamente y expusiesen fielmente la Revelación transmitida por los Apóstoles, el depósito de la fe.
La autoridad del Papa es enorme. Pero no es la autoridad del propietario sobre una cosa que le pertenece.
La Iglesia pertenece a Cristo.
Benedicto XVI lo expresó con una claridad difícil de mejorar al tomar posesión de San Juan de Letrán en 2005:
«El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensar y querer son ley».
Su ministerio, explicó, debe garantizar la obediencia a Cristo y a su Palabra. El Pontífice no está llamado a proclamar sus propias ideas, sino a someterse él mismo y conducir a la Iglesia en obediencia a la Palabra recibida.
El Papa posee una potestad verdadera, suprema y universal sobre la Iglesia, pero no recibe poder para fabricar una nueva Revelación. Es sucesor de Pedro para custodiar, enseñar, gobernar y confirmar a sus hermanos en la fe recibida de Cristo.
También por eso necesita nuestras oraciones.
Rezar por el Papa no obliga a adularlo
Rezar por el Papa no significa aprobar todo lo que hace.
San Pablo cuenta en la Carta a los Gálatas que, encontrándose Pedro en Antioquía, «me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión» (Gál 2,11).
El mismo Pedro al que Cristo había confiado sus ovejas pudo ser corregido por Pablo en una actuación concreta.
Santo Tomás de Aquino se ocupó expresamente del episodio al estudiar la corrección de los superiores. El Aquinate explica que, existiendo peligro para la fe, un prelado puede ser corregido públicamente por un súbdito, como Pablo hizo con Pedro. Al mismo tiempo, exige que esa corrección conserve la forma debida y el respeto correspondiente a la autoridad.
Ni la autoridad hace imposible toda corrección ni la corrección destruye por sí misma la autoridad.
Santa Catalina rezó por el Papa y también le habló claro
Quizá ningún santo encarne mejor esta actitud que santa Catalina de Siena.
Su devoción al Papado difícilmente podría calificarse de tibia. Hablaba del Romano Pontífice como el «dulce Cristo en la tierra», rezaba por él y entendía su ministerio desde una profunda conciencia sobrenatural de la Iglesia.
Y precisamente ella escribió a Gregorio XI con una franqueza filial.
Le rogó, lo exhortó, le pidió fortaleza, le habló de sus obligaciones y trabajó incansablemente para que regresara de Aviñón a Roma.
No veía contradicción alguna.
San Bernardo de Claraval había hecho algo semejante siglos antes con Eugenio III, antiguo discípulo suyo. Al escribirle, unía una profunda reverencia por el sucesor de Pedro con la libertad de quien busca su bien espiritual. Llegó a explicarle que lo amonestaba no como maestro, sino «como quien ama».
La tradición católica nunca obligó a escoger entre adulación y rebelión.
La corrección legítima no nace del desprecio por el Papa, del deseo de humillarlo ni de convertir la Iglesia en una batalla partidista. Nace —cuando verdaderamente es necesaria— del mismo principio que debería mover la oración: el amor a Cristo y el bien de la Iglesia.
Santa Catalina podía rezar por Gregorio XI y exhortarlo porque quería que fuera un Papa santo.
San Pablo podía corregir a Pedro sin negar que Pedro era Pedro.
Rezar más, no menos
Cuanto mayor sea la preocupación de un fiel por las decisiones del Pontífice, más razones tiene para rezar por él. Cuanto mayor considere el peligro, mayor debería ser su súplica. Y cuanto más convencido esté de que el Papa necesita prudencia, fortaleza o claridad, más sentido tiene pedir precisamente esas gracias a Dios.
La oración no obliga a fingir que no existen problemas.
Pero impide que la crítica termine convirtiéndose en odio.
Y recuerda algo todavía más importante: la Iglesia no depende en último término de nuestras opiniones sobre un Papa, sino de Jesucristo.
Oremus pro Pontifice nostro
Oremus pro Pontifice nostro Leone.
Que el Señor lo conserve y le dé vida.
Que le conceda sabiduría para gobernar, fortaleza para resistir aquello que pueda apartarlo de su misión, prudencia en sus decisiones, santidad de vida y fidelidad al depósito recibido.
Que confirme a sus hermanos.
Que apaciente las ovejas que Cristo le ha confiado.
Y que cuando la carga resulte particularmente pesada se cumpla también en él aquella escena de los primeros cristianos: mientras Pedro afrontaba la prueba, «la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él».
Ese sigue siendo nuestro deber.
Oremos por el Papa.