El Vaticano ha recordado que la inculturación de la liturgia no permite introducir arbitrariamente elementos culturales en las celebraciones ni justifica el sincretismo, el folclore o la innovación permanente. Así lo ha señalado monseñor Aurelio García Macías, subsecretario del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, durante una intervención ante 49 obispos recientemente nombrados reunidos en Roma.
«La liturgia no pertenece al sacerdote que celebra, al grupo que la prepara o a la comunidad particular que participa en ella. La liturgia pertenece a Cristo y a la Iglesia», afirmó el prelado español.
García Macías abordó la cuestión de la inculturación durante el curso de formación organizado en Roma para los nuevos obispos dependientes del Dicasterio para la Evangelización, procedentes de territorios de misión. Su intervención se centró en los criterios que deben regir la adaptación litúrgica y en los límites que impone la propia naturaleza de la liturgia.
«No basta con añadir un canto tradicional o introducir una danza»
El subsecretario del Dicasterio para el Culto Divino advirtió contra una concepción superficial de la inculturación basada simplemente en incorporar a la celebración determinados elementos propios de las culturas locales.
«No basta con añadir un canto tradicional, introducir una danza, utilizar un instrumento musical local o traducir un texto», señaló García Macías.
Según explicó, la verdadera inculturación exige un encuentro más profundo entre el Evangelio y cada cultura. Esta puede aportar elementos verdaderos, buenos y bellos, pero también debe dejarse juzgar y transformar por la fe cristiana.
«Ninguna cultura es el Evangelio», recordó.
El prelado resumió este proceso señalando que «el Evangelio acoge y purifica, asume y transforma, confirma y corrige, eleva y, cuando es necesario, pide una ruptura».
De este modo, la inculturación no supone situar las costumbres culturales y la Revelación en un mismo plano. Tampoco implica considerar la cultura europea como medida universal: todas las culturas, señaló, contienen elementos valiosos, pero todas están también afectadas por el pecado y necesitan ser iluminadas por el Evangelio.
Ni sincretismo ni folclore
García Macías insistió particularmente en que la celebración de los sacramentos no puede convertirse en una exhibición de elementos culturales.
«La liturgia no es una representación cultural», afirmó.
El criterio para incorporar un elemento propio de una determinada cultura debe ser, por tanto, que ayude a expresar el misterio celebrado, favorezca la participación interior de los fieles y resulte compatible con la fe de la Iglesia.
En este contexto, el responsable vaticano señaló tres riesgos que deben evitarse: la innovación innecesaria, el sincretismo y el folclore.
El sincretismo introduce en el culto cristiano creencias o ritos incompatibles con la fe; el folclore puede reducir la celebración a una manifestación de identidad cultural, mientras que la innovación constante termina haciendo depender la liturgia de las preferencias del celebrante o de un determinado grupo.
Por ello, García Macías subrayó que la inculturación «no puede improvisarse». Su desarrollo requiere oración, discernimiento, competencia, un proceso de maduración y la aprobación de la correspondiente autoridad de la Iglesia.
Este principio está recogido también en la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, que establece que la regulación de la liturgia corresponde a la autoridad de la Iglesia y que las adaptaciones más profundas deben ser estudiadas por la autoridad eclesiástica territorial competente y propuestas a la Santa Sede para introducirlas con su consentimiento.
«Ni un museo de formas inmutables ni un laboratorio permanente»
El subsecretario del Dicasterio para el Culto Divino rechazó igualmente los dos extremos que pueden plantearse en torno al desarrollo de la liturgia.
Esta, afirmó, no debe convertirse ni en «un museo de formas inmutables» ni en «un laboratorio permanente». La liturgia mantiene una continuidad orgánica precisamente porque transmite una fe recibida y celebra un misterio que no pertenece a cada comunidad particular.
Incluso cuando la Eucaristía se celebra en lugares alejados o en culturas muy diferentes, recordó García Macías, continúa siendo una acción de toda la Iglesia y se celebra en comunión con el obispo, con el Romano Pontífice y con la Iglesia universal.
La diversidad cultural puede enriquecer esa comunión, pero no fragmentarla.
Las palabras del responsable vaticano están en continuidad con un principio reafirmado por Francisco en Desiderio desideravi, donde recordó que «la acción celebrativa no pertenece al individuo, sino a Cristo-Iglesia», y con la enseñanza de Sacrosanctum Concilium, que define toda celebración litúrgica como obra de Cristo y de su Cuerpo, que es la Iglesia.
García Macías concluyó su intervención sintetizando el principio que, a su juicio, debe orientar cualquier proceso de inculturación: «La liturgia no es obra nuestra. Es Cristo quien continúa actuando en su Iglesia».