El cardenal Müller recuerda que «los obispos son pastores de las almas», no guardianes de la democracia

El cardenal Müller recuerda que «los obispos son pastores de las almas», no guardianes de la democracia

El cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha cuestionado las intervenciones de algunos obispos alemanes en torno al voto a Alternativa para Alemania (AfD) y ha defendido que la autoridad espiritual de los pastores no puede utilizarse para favorecer o perjudicar a un partido político.

En un artículo publicado este lunes por Kath.net bajo el título Exhortación a la neutralidad político-partidista, Müller sostiene que «algunas declaraciones desconcertantes de obispos alemanes con motivo de las elecciones federales, regionales y municipales requieren una aclaración desde el punto de vista teológico».

La intervención llega después de los pronunciamientos de distintos miembros del episcopado alemán contra AfD. Entre ellos, el arzobispo de Berlín, Heiner Koch, afirmó recientemente que la Iglesia debía asumir el riesgo de perder como miembros a votantes de esta formación.

La cuestión ha adquirido una nueva dimensión tras el resultado de AfD en Sajonia-Anhalt, donde la formación obtuvo el 44% de los votos. InfoVaticana analizó este domingo tanto las intervenciones episcopales como las posibles consecuencias que el avance electoral del partido podría tener para el Kirchensteuer, el sistema alemán de financiación eclesial mediante un impuesto recaudado por el Estado.

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Müller parte de la misión propia del episcopado para establecer los límites de su intervención política. Los apóstoles y sus sucesores, recuerda, fueron instituidos para anunciar el Evangelio, llamar a los pecadores a la conversión y comunicar la vida de la gracia mediante los sacramentos.

Por ello, sostiene que obispos y sacerdotes «no deben en ningún caso poner su autoridad espiritual en la balanza» en la legítima competición por la mayoría electoral de un Estado democrático «a favor o en contra de un determinado partido político».

«Eso sería un abuso de la autoridad espiritual con fines políticos», afirma Müller.

El antiguo responsable de Doctrina de la Fe distingue esta intervención partidista de la obligación de aplicar los principios morales a la vida pública. La Iglesia, señala, debe defender los derechos humanos frente a ideologías contrarias a la dignidad de la persona y pronunciarse sobre cuestiones que trascienden los intereses particulares de los Estados, como la paz, la justicia social o la dignidad humana.

Müller rechaza atribuir a los votantes de AfD una ideología racista

El cardenal recuerda que la concepción cristiana del hombre lleva a rechazar cualquier clasificación de las personas según «estamentos, clases, castas y razas». Sin embargo, considera que de ello no puede deducirse automáticamente que los votantes de una determinada formación compartan una ideología racista.

Atribuir de antemano a un partido y a sus electores un pensamiento «étnico-racial» constituye, según Müller, «una afirmación de hecho no demostrada».

El purpurado añade que resulta «difícil o imposible comprender» que millones de ciudadanos alemanes hayan asumido una ideología que vulneraría abiertamente la ley moral natural y la antropología cristiana. Si realmente hubiera sucedido, sostiene, habría que preguntarse también por la responsabilidad de la propia Iglesia —en las familias, las parroquias y la enseñanza religiosa— en la formación de las conciencias.

«Un obispo no puede aceptar la pérdida de votantes de AfD»

Müller aborda expresamente las consecuencias que las declaraciones episcopales pueden tener sobre los católicos que votan a AfD.

«Un obispo católico, del que se espera que no sólo conozca la doctrina de la Iglesia, sino que también sepa presentarla correctamente, no puede en ningún caso aceptar la “pérdida de votantes de AfD”», sostiene.

La afirmación responde directamente al debate suscitado por las palabras de Koch. Preguntado sobre si la Iglesia debía asumir el riesgo de perder como miembros a votantes de AfD debido a su posicionamiento político, el arzobispo de Berlín respondió: «Sí, debemos asumir ese riesgo».

Müller advierte de que estos fieles pueden terminar sintiéndose «incomprendidos, traicionados y rechazados» por la Iglesia a causa de lo que califica como «suposiciones puramente hipotéticas».

Para el cardenal, la pertenencia a la Iglesia no está determinada por la preferencia partidista. El cristiano se incorpora a ella mediante la fe en Jesucristo y el Bautismo, por el que pasa a formar parte del Cuerpo de Cristo.

El purpurado reconoce, al mismo tiempo, que el Magisterio tiene «el derecho y el deber» de advertir a un católico cuando pone en peligro su salvación al negar verdades esenciales de la fe o vulnerar gravemente los mandamientos. Incluye expresamente entre esos supuestos el trato «ilegal e inhumano» a los extranjeros, incluso a quienes se encuentren irregularmente en Alemania.

Sin embargo, sostiene que esa autoridad espiritual no se extiende a imponer una determinada opción electoral a los católicos que discrepan de las preferencias políticas personales de un obispo.

«Cada católico tiene derecho» a decidir su voto

Müller formula entonces uno de los principios centrales de su artículo: «En unas elecciones democráticas, cada católico tiene derecho a dar su voto al partido que considere capaz de resolver los problemas del país mejor que los demás partidos».

Introduce, no obstante, un límite: esa libertad presupone que el Gobierno elegido «no recurra a medios inmorales ni coquetee con ellos».

El cardenal distingue asimismo entre la autoridad pastoral del obispo y su condición de ciudadano. En el ámbito político y electoral, sostiene, un prelado es un ciudadano con los mismos derechos que los demás.

«Qué partido obtiene la mayoría debe dejarlo tranquilamente en manos de los votantes y la protección de la democracia en manos de los órganos estatales competentes», señala.

Müller resume esta distinción contraponiendo las funciones de las instituciones civiles y las de la jerarquía: «El guardián de la democracia en nombre del pueblo es el Tribunal Constitucional Federal; los obispos, en cambio, son en nombre de Cristo pastores de las almas y modelos para el rebaño de Dios».

Esto no excluye, precisa, que los obispos exhorten a quienes compiten políticamente a no tratar a sus adversarios como enemigos y a respetarlos como personas, con el objetivo de preservar el consenso básico de una sociedad democrática.

«Los obispos son pastores de las almas»

En la parte final de su reflexión, Müller considera «un grave escándalo» que obispos, sacerdotes, asociaciones o instituciones católicas aparezcan junto a «agitadores político-ideológicos» cuando con ello la Iglesia termina presentándose como un actor político.

A su juicio, esa identificación puede desdibujar la misión propia de la Iglesia como «sacramento de la voluntad salvífica universal de Dios».

El cardenal recurre finalmente al Concilio Vaticano II y cita Lumen gentium, recordando que la Iglesia «no fue instituida para buscar la gloria terrena», sino para continuar la misión de Cristo y servir especialmente a quienes sufren.

«Para conservar en el poder a un Gobierno elegido temporalmente o satisfacer las aspiraciones de poder de partidos y coaliciones, un obispo nunca debe poner en peligro la salvación eterna de aquellos católicos que no votan como a él le gustaría», concluye Müller.

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