Piedaíta

Piedaíta

Tras noventa años, su sangre virgen clama

Mons. Alberto José González Chaves

Este 6 de septiembre se cumplen noventa años de una madrugada que La Mancha no debería olvidar jamás. En algún lugar del campo conquense, junto a Casas de Luján, entre Villamayor de Santiago y Saelices, cuando la noche comenzaba a rendirse ante las primeras luces del día, una joven de veintisiete años llamada María de la Piedad Suárez de Figueroa y Moya, «Piedaíta» para cuantos la conocían, caía víctima de un odio cuya brutalidad aún hoy horroriza. No murió en una batalla, ni cayó por azar en uno de esos episodios indistintos que algunos prefieren diluir bajo la vaga expresión de «violencia de guerra». Fue detenida, perseguida, vejada, violentada y asesinada después de haber sido señalada durante meses por aquello que era y representaba.

Su historia, además, posee un rasgo documental que la hace especialmente incómoda para la «memoria selectiva e histérica», que no histórica. No fue necesario esperar al final de la guerra para investigar el crimen, ni hubo que construir después un relato propagandístico sobre él: los propios tribunales republicanos juzgaron a los responsables en 1937, cuando la contienda seguía abierta y Cuenca permanecía bajo control de la República. Los hechos fundamentales quedaron así incorporados a un sumario y a una sentencia que hoy constituyen uno de los testimonios más contundentes de aquella noche: sabemos quién fue asesinada, cómo y por quién.

Una chica demasiado católica

Piedaíta había nacido en Villanueva de Alcardete el 16 de febrero de 1909, en el seno de una familia acomodada. Sería demasiado fácil, sin embargo, explicar su persecución únicamente por la condición social de su casa, como si bastara con colocarla en una determinada clase para comprender el odio que fue acumulándose en torno a ella. En Piedaíta había algo mucho más visible y bastante más irritante para una revolución marxista que pretendía erradicar el catolicismo (no tanto el cristianismo, porque no se persiguió a los luteranos, aunque fuesen pocos): era una católica militante en el sentido más noble de la palabra y reconocible como tal en su pueblo.

Su fe no consistía en un bautismo lejano ni en una religiosidad de buena familia. Vivía de la Santa Misa, de la comunión frecuente, del rosario, de la oración mental, de la devoción a la Virgen y a san José; enseñaba el catecismo, atendía necesidades concretas, colaboraba con la parroquia y se preocupaba de la formación cristiana de muchachas de familias humildes, muchas de ellas vinculadas a trabajadores de la casa o a gentes del campo. Perteneció activamente a las Hijas de María y llegó a presidir la asociación local, organizando cultos, alentando la vida sacramental y ejerciendo una influencia apostólica que iba mucho más allá de lo estrictamente devocional.

Ese perfil explica mejor que cualquier simplificación por qué llegó a convertirse en objetivo. Una chica culta, socialmente visible, profundamente religiosa y capaz de atraer a otras jóvenes hacia la vida cristiana podía resultar mucho más incómoda que un adversario político: no daba mítines pero rezaba, enseñaba, comulgaba y no escondía su fe. Desde 1931 aquello bastaba. Y el que fuera presidente de las Hijas de María convertía un apostolado inocente en una marca de identificación.

Durante una de sus primeras detenciones, cuando se la amenazó a causa de aquella actividad religiosa, quedó asociada a ella una frase que la resume: antes morir que ser infiel. Las grandes palabras, cuando se pronuncian antes de que llegue el peligro verdadero, no son retórica; en Piedaíta adquirieron una literalidad aterradora.

Ya tenían su nombre

A partir del verano de 1936, la violencia dejó de ser una amenaza general para convertirse en una presencia concreta alrededor de su familia. Hubo registros, detenciones, insultos, amenazas y agresiones. Su hermano Amalio fue asesinado y descuartizado; su madre, doña Aureliana Moya, conoció también la cárcel.

Cuando varios milicianos irrumpieron en la casa e intentaron abusar de ella, Piedaíta opuso una resistencia desesperada y logró impedir entonces la agresión, aunque terminó físicamente extenuada. A tal punto había dejado de estar protegida por un marco ordinario de convivencia: no era una ciudadana sometida a una investigación o a una acusación política, sino una presa de caza.

La familia comprendió que debía salir. Doña Aureliana consiguió un salvoconducto para marcharse con su hija a Madrid, y pareció abrirse una vía de escape. Pero la protección documental valía poco allí donde los comités locales habían sustituido de hecho a la autoridad y se atribuían facultades de detención, juicio y castigo. Madre e hija tuvieron que detenerse en Villamayor de Santiago, y allí se cerró definitivamente el cerco. Fueron conducidas al Ayuntamiento, interrogadas, retenidas y entregadas a quienes habían decidido que no continuaran el viaje. Ya no habría Madrid: sólo quedaba el camino de Luján.

La noche en que todo se permitió

En torno a la medianoche del 5 al 6 de septiembre de 1936, Piedaíta y su madre fueron sacadas de Villamayor y conducidas en automóvil hacia Casas de Luján. El lugar quedaría después asociado para siempre a sus nombres, como tantos descampados, tapias de cementerio, cunetas y carreteras secundarias quedaron unidos durante aquellos meses al destino final de miles de españoles de bien.

Si el pudor debe acompañar la narración del martirio —no todo sufrimiento ha de ser descrito con detalle, porque la crueldad puede convertirse en espectáculo y conceder al verdugo un protagonismo que no merece—, tampoco es lícito edulcorar los hechos. A Piedaíta no la mataron de un disparo: antes fue sometida a una violación colectiva; después tiroteada y mutilada, debiendo su madre presenciarlo antes de ser también asesinada.

Los veintisiete años tronchados en flor de Piedaíta evocan las jóvenes mártires de los primeros siglos, cuando la violencia contra el cuerpo pretendía ser una última victoria sobre una conciencia que no había podido ser doblegada de otro modo. Cambian los siglos y los vocabularios, pero se repite la vieja barbarie: cuando no se consigue conquistar la voluntad, se intenta humillar el cuerpo; si no se logra arrancar un renuncio, se convierte la carne de la víctima en terreno de dominio.

Y, sin embargo, incluso en esa forma extrema de violencia subsiste una frontera que el verdugo no puede atravesar. Puede imponer el dolor, la desnudez y la muerte, pero no puede el consentimiento. Destruirá un cuerpo, pero no la libertad interior de quien se niega a entregársela. En esa impotencia última del perseguidor se encuentra ya, paradójicamente, su derrota.

Un sumario incontestable

La historia de Piedaíta posee una fuerza particular porque no descansa exclusivamente sobre recuerdos familiares, testimonios de devoción o reconstrucciones de la posguerra. En 1937, mientras la República combatía todavía en una guerra cuyo desenlace nadie podía dar por seguro, el Tribunal Popular de Cuenca instruyó y juzgó el crimen. La investigación identificó responsables, examinó declaraciones, reconstruyó lo sucedido y terminó pronunciando sentencia el 31 de mayo de aquel año.

Cinco de los procesados fueron condenados a muerte y otros recibieron severas penas de prisión. El procedimiento dejó tras de sí una documentación que hoy resulta incómodamente elocuente: no fueron los vencedores de 1939 quienes inventaron la atrocidad de Luján, sino un tribunal republicano el que la consideró suficientemente probada para imponer las máximas condenas previstas por la ley.

Este dato debería bastar para desmontar una de las coartadas más frecuentes con que se intenta neutralizar la violencia anticatólica de 1936: reducirla a «propaganda franquista» o a un relato construido años después. En el caso de Piedaíta, las pruebas esenciales preceden al final de la guerra: la propia «legalidad» republicana en este caso reconoció que comités y milicianos habían cruzado límites que ni siquiera aquella situación revolucionaria debería tolerar.

Ahora bien, la precisión histórica exige no confundir planos. El Tribunal Popular juzgó asesinatos, violaciones y responsabilidades penales; no juzgó martirio. La Iglesia, por su parte, debe determinar si Piedaíta fue muerta formalmente por odio a la fe y si recibió la muerte con las disposiciones interiores requeridas para el reconocimiento canónico. Pero esa necesaria distinción no convierte el contexto religioso en una invención posterior. Piedaíta era conocida por su vida apostólica, había sido detenida en relación con su condición de presidente de las Hijas de María y se hallaba inserta en una persecución en la que templos, imágenes, archivos, obispos, sacerdotes, religiosos, monjas y seglares católicos eran atacados de manera sistemática. Si la Historia no canoniza, menos puede fingir que no ve.

Lo que la violencia no pudo tocar

Piedaíta ha sido presentada con frecuencia como mártir de la pureza, expresión venerable pero necesitada hoy de una explicación especialmente cuidadosa. La pureza cristiana no puede medirse por el resultado físico de una agresión sufrida contra la voluntad. Una mujer violada no pierde su pureza; quien se degrada es el violador. La violencia impuesta desde fuera puede herir el cuerpo, destruirlo incluso, pero no posee capacidad para contaminar moralmente a la víctima. Por eso la pureza de Piedaíta debe ser entendida a un nivel mucho más hondo: consistió en la unidad interior de quien había entregado previamente su vida a Cristo y no aceptó que el miedo, la presión o el sufrimiento redefinieran esa pertenencia. Aquello que durante años había alimentado en la Eucaristía, en la oración, en el rosario, en su apostolado y en su entrega cotidiana quedó sometido en Luján a la prueba última.

He aquí una verdad que el mundo moderno entiende con dificultad: la dignidad personal no depende de conservar intacta una invulnerabilidad física que nadie posee, sino de una libertad más profunda que puede mantenerse incluso cuando todo lo exterior ha sido arrebatado. Piedaíta sufrió una de las formas más humillantes de violencia, pero sus verdugos no consiguieron convertir aquella humillación en consentimiento. No pudieron obligarla a querer lo que padecía, ni a renegar de lo que amaba, ni a entregarles esa zona secreta del alma donde una persona sigue siendo libre incluso cuando está indefensa. Ese fracaso del verdugo es la victoria de la víctima.

Des-memoria partidista

Noventa años después, Piedaíta sigue resultando incómoda porque obliga a formular una pregunta elemental: ¿puede una sociedad hablar seriamente de memoria si decide de antemano qué víctimas merecen ser recordadas y cuáles deben permanecer en los márgenes?

España lleva décadas invocando la memoria histórica, la memoria democrática y la reparación moral de quienes padecieron violencia política. Todo esfuerzo serio por conocer la verdad, identificar a las víctimas y restituir dignidades es legítimo. Pero esa memoria deja de ser moral en cuanto empieza a clasificar a los muertos según su utilidad ideológica. Si una víctima merece nombre, tumba y homenaje solamente cuando encaja en el relato de una determinada tradición política, entonces ya no estamos ante memoria, sino ante una administración partidista del sufrimiento. Piedaíta obliga a mirar de frente esa contradicción. Fue una chica de veintisiete años, católica, presidente de una asociación mariana, violentada y asesinada por milicianos. Reconocer ese hecho no exige negar los crímenes cometidos por el otro bando, ni justificar absolutamente la represión posterior, ni convertir el dolor en un arma de combate político, pero sí, cuando menos, aplicar a todos la misma medida humana.

Una víctima lo es antes de saber quién la mató, y si para decidir si merece compasión necesitamos primero preguntar de qué lado estaba, hemos perdido algo mucho más grave que una batalla historiográfica: el sentido de la justicia.

En el caso de Piedaíta, además, el silencio resulta todavía más difícil de justificar porque no puede alegarse incertidumbre documental. La República investigó su asesinato. La República juzgó a sus autores. La República los condenó. Ochenta y nueve años después de aquella sentencia y noventa después del crimen, lo mínimo que cabe pedir es que nadie pretenda borrar de la memoria lo que ni siquiera sus contemporáneos pudieron negar.

El martirio no empezó en la cuneta

Hablar de los mártires no es concentrarlo todo en los últimos minutos, como si la santidad naciera de improviso en el instante del disparo. Pero el martirio cristiano no es una muerte espectacular que convierte automáticamente a una víctima en santa; es la culminación de una existencia que, mucho antes, había aprendido a vivir en clave de fidelidad.

Por eso el verdadero relato de Piedaíta no comienza en Casas de Luján sino muchos años antes, en una muchacha que aprendió a rezar, a comulgar, a atender a los pobres, a enseñar el catecismo y a emplear su posición social para acercar a otras jóvenes a la fe. Principia en una vida ordinaria vivida con una coherencia que no parecía heroica cuando no había que pagar por ella ningún precio extraordinario. La persecución no creó esa fidelidad: la puso de manifiesto.

Aquí se encuentra la diferencia esencial entre una víctima y un mártir. Toda muerte injusta merece memoria y justicia, pero el martirio añade algo distinto: una existencia que se convierte en testimonio precisamente porque el perseguidor intenta obligarla a abandonar aquello por lo que vive. La sangre no crea la fe; revela hasta dónde llegaba.

Por eso la prudencia de la Iglesia en estas causas no disminuye la grandeza de sus protagonistas, sino que la preserva de cualquier sentimentalismo. No se beatifica una muerte atroz por ser atroz, ni se canoniza una víctima por haber sufrido mucho. Se reconoce una fidelidad probada hasta el extremo.

La medalla de María sobre sus restos

Los restos de Piedaíta descansan actualmente en la iglesia parroquial de Santiago Apóstol de Villanueva de Alcardete. En 2022 fueron reconocidos y trasladados a una nueva sepultura, en la que se colocó sobre la urna la medalla de las Hijas de María. No podría encontrarse un símbolo más exacto: después del ruido de fusiles, consignas, comités, automóviles nocturnos, interrogatorios, cárceles y sentencias, lo que permanece sobre sus restos es una pequeña medalla de la Virgen. Aquella insignia pertenecía al mundo que sus perseguidores querían hacer desaparecer: parroquias, asociaciones piadosas, rosarios, procesiones, catequesis, muchachas que se reunían para aprender a vivir como la Virgen Santísima. Todo aquello podía parecer frágil frente a las armas pero, ¿quién venció realmente?

De los asesinos sabemos los nombres porque figuran en un proceso penal. A Piedaíta la llamamos por su nombre porque hoy rezamos ante su tumba.

¿Y nosotros hoy?

Este 6 de septiembre de 2026 se cumplen noventa años de aquella madrugada. Piedaíta tendría hoy ciento diecisiete años y su nombre quizá se habría desvanecido en la discreta genealogía de una familia manchega. Pero quienes pretendieron borrarla violentamente consiguieron, sin quererlo, introducirla en otra memoria mucho más larga.

Hacer de ella una bandera política sería empequeñecerla. Mas tampoco queremos ocultar la brutalidad de su muerte en nombre de una reconciliación mal entendida, porque la reconciliación cristiana no se construye sobre la amnesia, sino sobre la verdad perdonada. Recordar a Piedaíta no es reabrir trincheras sino negarse a aceptar que unas víctimas tengan derecho a la historia y otras deban pedir permiso para entrar en ella.

La pregunta no es qué hicieron esos hombres aquella noche, porque los documentos permiten saberlo con suficiente precisión. La pregunta es qué convicciones poseemos hoy, cuando una sociedad que disfruta de libertades, comodidades y seguridades impensables para aquella generación parece cada vez menos capaz de comprender a quienes estuvieron dispuestos a perderlo todo antes que traicionar la Verdad.

Piedaíta sabía a Quién pertenecía. Sus verdugos pudieron detenerla, insultarla, golpearla, violentarla y matarla. Pudieron disponer durante unas horas de su cuerpo y dejarlo abandonado en la noche manchega. Lo que no consiguieron fue convertirla en aquello que querían. Creyeron que en Luján habían escrito el final, pero noventa años después, los católicos españoles como Piedaíta no miramos aquella madrugada como una derrota sino como una victoria. Hæc est victoria vestra, quæ vincit mundum: fides nostra! (1 Io 5, 4)

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