La COPE, emisora de los obispos españoles, ha dado este domingo un altavoz complaciente a las declaraciones del obispo de Magdeburgo, Gerhard Feige, en vísperas de unas elecciones regionales alemanas. El prelado pide el voto contra una formación concreta y, ante la posibilidad de que los ciudadanos no le obedezcan, desliza la frase que resume la altivez agresiva desde las que los prelados juzgan las cuestiones políticas: «no todo aquel que es elegido democráticamente es un demócrata».
«Gerhard Feige ha pedido el voto contra el extremismo en las elecciones que se celebran este domingo en el estado alemán, recordando que ser cristiano hoy significa «resistir al espíritu xenófobo»».
COPE, Iglesia universal — José Melero Campos, 6 de septiembre de 2026
Alternativa para Alemania crece de forma imparable: segunda fuerza nacional en las últimas elecciones federales, primera en las encuestas de buena parte del este del país y rozando ahora, según los sondeos, la mayoría absoluta en Sajonia-Anhalt, con un 43% de estimación de voto. Frente a ese ascenso, el episcopado alemán ha optado por la beligerancia abierta: declaraciones colectivas que proclaman el partido inelegible para un cristiano, vetos a sus afiliados en cargos eclesiales, homilías electorales. Una Iglesia con los templos cada vez más vacíos ha decidido echarse al monte de la política de partidos, y lo ha hecho contra la formación que millones de sus bautizados votan.
Pronunciada por un pastor con mitra a cuarenta y ocho horas de unas urnas, esa sentencia tiene poco de reflexión académica sobre Weimar y mucho de deslegitimación anticipada de un resultado que se prevé adverso. Si millones de sajones votan mal, el problema será de los propios votantes, «seducidos», menores de edad moral, necesitados de tutela episcopal.
El Catecismo reconoce con toda claridad el derecho de las naciones a regular sus fronteras y subordina el deber de acogida al bien común. Defender una inmigración limitada, ordenada y racional, con devolución de quienes entran o permanecen ilegalmente, es una posición tan legítima como católica. Presentarla como «espíritu xenófobo» al que el cristiano debe «resistir» supone sacralizar una opción política concreta, exactamente aquello que la jerarquía lleva años reprochando cuando se pone encima de la mesa la necesidad de apoyar a formaciones que defiendan los principios no negociables de familia y vida.
La realidad, terca y verificable, desmiente el modelo que se nos ofrece como único moralmente admisible la visión inmigracionista de las jerarquías. Las grandes capitales europeas que ensayaron la acogida ilimitada sin exigencia seria de integración —de los suburbios parisinos a los barrios de Bruselas o Malmö— exhiben hoy fracturas sociales profundas, guetos enquistados y una inseguridad creciente que pagan, sobre todo, los vecinos más humildes. Tampoco hace falta cruzar los Pirineos: Ceuta soporta una presión migratoria agotadora, que desborda sus servicios y que ningún documento episcopal alivia.
¿Hasta qué punto resulta desinteresado el fervor asistencialista de ciertas estructuras eclesiales que gestionan cuantiosos fondos públicos ligados a la acogida? Una caridad financiada con presupuesto estatal difumina peligrosamente la frontera entre la profecía y la defensa del propio modelo económico, y esa frontera merece, como mínimo, un examen sereno.
El episodio de Magdeburgo trasciende lo alemán. Funciona como ensayo general de un método que algunos prelados españoles ya practican entre nosotros: elevar una opción prudencial discutible a la categoría de dogma, señalar como moralmente sospechosa a media feligresía y, llegado el caso, insinuar que su voto es ilegítimo y que no son demócratas. La Iglesia posee autoridad plena para predicar la dignidad de cada persona, también la del inmigrante. Carece de ella para excomulgar políticamente a quienes, desde esa misma fe, concluyen que un país incapaz de controlar sus fronteras acaba sin poder acoger bien a nadie. Una radio que pertenece a todos los católicos españoles —también a los que piensan así— haría bien en recordarlo.