El papa León XIV ha llamado este miércoles a la Iglesia a abandonar «toda pasividad e indiferencia» ante los acontecimientos y a implicarse especialmente ante el sufrimiento de quienes padecen «la injusticia, la discriminación y la violencia». Durante la audiencia general celebrada este 2 de septiembre en la plaza de San Pedro, el Pontífice ha iniciado sus catequesis sobre la constitución pastoral Gaudium et spes, dentro del ciclo dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II.
León XIV ha advertido de las contradicciones que persisten en el mundo contemporáneo: el progreso científico y tecnológico que ofrece nuevas posibilidades pero no alcanza a todos; el crecimiento de la riqueza y del poder económico mientras una parte de la humanidad continúa sufriendo hambre y miseria; y la preocupación por el futuro del planeta acompañada por la resistencia a abandonar «el consumo egoísta». El Papa ha señalado también «la ilusión de que la guerra sea un camino eficaz para construir la paz» y ha recordado que la Iglesia debe «escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio».
Tras la catequesis, el Pontífice dirigió un mensaje particular a los fieles polacos con motivo del inicio del curso escolar. León XIV destacó la colaboración entre «padres, escuela e Iglesia» en la educación de las nuevas generaciones y expresó su deseo de que la asistencia a las clases de Religión y a la catequesis amplíe los horizontes de los alumnos, profundice su conocimiento de Dios y del mundo y los prepare para recibir los sacramentos y participar en la vida de la comunidad. En su saludo en español, pidió que la Iglesia anuncie el Evangelio «con alegría y esperanza» y conduzca a todos hacia Cristo, «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana».
A continuación, la catequesis completa de León XIV:
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos:
Con el encuentro de hoy comenzamos a reflexionar sobre la Constitución pastoral Gaudium et spes, con la que el Concilio Vaticano II quiso profundizar en un tema fundamental, es decir, la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo. San Juan XXIII, ya en el discurso inaugural del 11 de octubre de 1962, quiso disentir de los «profetas de desgracias» que, «aunque inflamados de celo por la religión […] van diciendo que nuestros tiempos, si se comparan con los siglos pasados, son completamente peores; y llegan hasta el punto de comportarse como si nada tuvieran que aprender de la historia» (Discurso Gaudet Mater Ecclesia, 11 de octubre de 1962, 4.2). De ahí la tarea encomendada a los Padres conciliares: «En el presente orden de cosas, en el cual la humanidad parece entrar en un nuevo orden, hay que reconocer más bien los misteriosos designios de la Divina Providencia, que se realizan en tiempos sucesivos a través de la obra de los hombres, y a menudo más allá de sus expectativas, y que con sabiduría disponen todo, incluso las adversas vicisitudes humanas, para el bien de la Iglesia» (Gaudet Mater Ecclesia, 4.4).
Tres años después, la promulgación de Gaudium et spes reconocía en este discernimiento un elemento esencial de la naturaleza de la Iglesia, describiendo como constitutiva su índole pastoral: de ahí la definición de «Constitución pastoral». No se trata de un optimismo ingenuo, sino de una renovada fidelidad al Misterio de Cristo que, al encarnarse, elige compartir nuestra vida: Él se hizo «en todo semejante a sus hermanos» (Heb 2,17; cf. 4,15) y cargó con las consecuencias del pecado, muriendo «como rescate por todos» (1 Tim 2,6). Esta participación en la humanidad es el camino que Cristo pide a la Iglesia; por eso, la Constitución conciliar Gaudium et spes comienza declarando que la Iglesia siente como propias «las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres y de todos aquellos que sufren» (GS 1).
Es una participación que nos llama a salir de toda pasividad e indiferencia ante los acontecimientos que suceden, ante la historia y la vida de las personas, sobre todo ante el cambio rápido y profundo que hoy experimentamos. No es posible permanecer como espectadores desinteresados; es necesario, en cambio, escuchar con el corazón, dejarse interpelar, implicarse. Con Cristo y sostenidos por la fuerza de su Espíritu, los creyentes están llamados a hacerse cargo de las dificultades de sus hermanos, especialmente de aquellos que están aplastados por la injusticia, la discriminación y la violencia. En efecto, sólo mediante la participación y el compromiso es posible llegar a respuestas adecuadas, siempre sostenidos por la certeza de que «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que será revelada en nosotros» (Rom 8,18).
En este sentido, la cercanía a la humanidad abre a una lectura más profunda de los acontecimientos y de la misma Revelación y, desde esta misma perspectiva, Gaudium et spes recuerda el «deber permanente de la Iglesia de escrutar los signos de los tiempos y de interpretarlos a la luz del Evangelio» (GS 4). Esta Constitución conciliar ha llamado, por tanto, a la Iglesia a un compromiso permanente de conversión, para testimoniar que no está movida por «ninguna ambición terrena», sino que «busca una sola cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu consolador, la obra misma de Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para condenar, para servir y no para ser servido» (GS 3).
No se trata, en efecto, de una disposición simplemente moral. El papa Francisco nos recordó que para la Iglesia «la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. […] Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a comprenderlos y a acoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 198).
La participación cristiana compromete a hacerse cargo de la realidad y también a desenmascarar las contradicciones que caracterizan la vida personal y social del mundo contemporáneo: por ejemplo, un progreso científico y tecnológico que ofrece posibilidades siempre nuevas, pero sólo a algunos y que el ser humano no siempre consigue poner «a su servicio»; o un conocimiento más claro de las «leyes de la vida social», acompañado, sin embargo, de incertidumbres «sobre la dirección que se les debe imprimir»; o también una mayor disponibilidad de «riquezas, posibilidades y poder económico», que desgraciadamente, hoy como en tiempos del Concilio, deja «a una gran parte de los habitantes del planeta […] todavía atormentada por el hambre y la miseria» (GS 4); o una conciencia compartida de que está en juego el futuro del planeta y, al mismo tiempo, la incapacidad de renunciar al consumo egoísta y a la ilusión de que la guerra sea un camino eficaz para construir la paz.
En un tiempo marcado por profundos cambios, de los que se derivan preocupantes desequilibrios, la Iglesia está llamada a servir al ser humano, escuchando y acogiendo las preguntas más profundas de su corazón y los anhelos que lo habitan, indicando en Cristo «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (GS 10). Por eso, en la Iglesia, en todos los niveles y en todas las épocas, debe realizarse la kenosis misericordiosa de Cristo, que «no consideró un privilegio ser como Dios, sino que se despojó de sí mismo asumiendo la condición de siervo, […] haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6-8).
Queridos hermanos y hermanas, que la alegría y la esperanza —gaudium et spes— sean los rasgos distintivos de una Iglesia que anuncia y testimonia el Evangelio, haciéndose cercana a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo.