El sacerdote Jesús Francisco Molina, vicario parroquial del Santuario de Santa María de África de Ceuta, ha recordado que la Iglesia «no es una ONG» y ha defendido que, ante unos recursos limitados, la caridad exige también una jerarquía en su distribución. «Uno atiende antes a su prójimo, que es el próximo, el que tiene al lado, el ceutí, antes que al que no lo es», afirmó al ser preguntado por la asistencia a los inmigrantes que permanecen en Ceuta.
Las declaraciones llegan después de varios días de tensión en la ciudad autónoma por la permanencia de miles de inmigrantes que entraron desde Marruecos a finales de julio. Este jueves, centenares de vecinos bloquearon durante más de dos horas un camión de Cruz Roja para impedir que llevara alimentos a los inmigrantes instalados en la playa del Trampolín, al considerar que mantener la asistencia favorece que permanezcan en la ciudad. La Policía intervino finalmente para permitir el reparto y, horas después, se produjeron nuevos incidentes cuando grupos de manifestantes acudieron a varios asentamientos.
«Hay que decir primero que la Iglesia no es una ONG», respondió el sacerdote, antes de precisar que la atención al necesitado es una de sus principales tareas, pero no constituye su misión primordial.
«La función principal [de la Iglesia] no es la de atender al necesitado; es una de las principales, desde luego, pero la Iglesia está para atender a su pueblo en las necesidades sobrenaturales que tiene que administrar: los sacramentos, la predicación, la sustentación del pueblo de Dios», explicó.
«No tiene recursos suficientes para ayudar a los que han entrado»
Molina dejó claro que esta prioridad no supone desentenderse de quienes necesitan asistencia. «Desde luego que si está en nuestra mano ayudar al necesitado lo vamos a hacer», afirmó, antes de señalar los límites de los recursos disponibles ante la actual situación.
«En la situación en la que estamos, naturalmente que no son suficientes los recursos que tenemos, no ya la Iglesia, sino Ceuta; y la Iglesia, como parte de Ceuta, no tiene recursos suficientes para ayudar a los que han entrado».
El sacerdote recordó además que las necesidades asistenciales de la ciudad son anteriores a la crisis migratoria: «Nosotros también teníamos pobres aquí antes a los que atender y ya nuestros recursos [eran] limitados para eso».
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«Es la caridad la que exige esa jerarquía»
Al abordar cómo distribuir la ayuda disponible, Molina apeló expresamente al orden de la caridad y rechazó que la atención a los recién llegados deba hacerse a costa de retirar recursos a las personas necesitadas de Ceuta.
«Si además tenemos que arrancar de nuestros propios pobres, de nuestra propia gente necesitada, los recursos que ya poseemos, nos encontramos en una situación mucho más complicada», explicó.
El sacerdote concluyó su razonamiento con la afirmación que resume su posición: «Es la caridad la que exige esa jerarquía. Uno atiende antes a su prójimo, que es el próximo, el que tiene al lado, el ceutí, antes que al que no lo es».
Las instituciones de la Iglesia local participan desde el inicio de la crisis en la asistencia a los inmigrantes. Parroquias, Cáritas y otras entidades eclesiales han colaborado en la atención de las necesidades surgidas tras las entradas desde Marruecos.
De la Física y el Piano al sacerdocio
Jesús Francisco Molina nació en San Fernando (Andalucía) en 1998 y fue ordenado sacerdote de la diócesis de Cádiz y Ceuta el 30 de septiembre de 2023, cuando tenía 25 años, convirtiéndose entonces en el presbítero más joven de la diócesis.
Antes de ingresar en el Seminario tenía previsto estudiar Física en la Universidad de Sevilla. Alumno de altas capacidades, comenzó a estudiar Piano a los cuatro años. Su interés por el órgano de la Catedral de Cádiz terminó poniéndolo en contacto con los seminaristas y con el sacerdote Andrés Muñoz, que se convirtió en su confesor.
En una entrevista concedida a Diario de Cádiz con motivo de su ordenación, Molina situó el momento decisivo de su vocación el 25 de febrero de 2016, cuando todavía era adolescente y se encontraba ya en proceso de discernimiento. Durante una Misa, relató, «percibí clarísimamente que decir sí al sacerdocio era en realidad el acto absoluto de libertad que podía hacer en mi vida».
Finalmente ingresó en el Seminario Diocesano y durante sus ocho años de formación continuó tocando el órgano de la Catedral. «Parece raro adquirir un compromiso tan grande con tan corta edad», reconocía antes de su ordenación, pero añadía: «Ahora es cuando uno tiene tanto que ofrecer, tiene toda una vida por delante para entregarse. Hay que ser generoso, en este caso con el amor de Dios».