La historia suele cobrar caro el discernimiento. Para saber si uno estaba con Atanasio o con Arrio había que jugarse el alma a una vocal: homoousios, homoiousios, una iota de diferencia, y en esa iota cabía la divinidad de Cristo. Para tomar partido en el cisma de Oriente había que tener opinión formada sobre la procesión del Espíritu Santo, que no es materia de sobremesa. La querella De auxiliis exigía dominar la gracia eficaz; Jansenio, haberse leído a Agustín entero. Ser católico en las horas de crisis fue casi siempre un examen difícil. A nosotros, en cambio, nos lo han puesto fácil. Insultantemente fácil.
Porque conviene decir de una vez sobre qué es esta guerra, ya que no es sobre lo que fueron las otras. No se disputa una proposición, ni una fórmula, ni la exégesis de un concilio. Se disputa el rito con el que la Iglesia ha rezado desde que hay memoria escrita de su oración: el canon que ya recitaba Gregorio Magno, el misal con el que fueron enterrados los santos que están en los altares y los pecadores que esperamos encontrar a su sombra. Eso, que estuvo en el centro de la vida católica hasta anteayer como quien dice, es hoy lo único que exige permiso, dispensa, vigilancia y sospecha. Y lo inaudito no es la restricción, sino su lógica: no se le pide a nadie afirmar nada; se le pide renegar. A ser posible en público, y con acta.
Los funcionarios Tokugawa idearon en el Japón del XVII un método de eficacia perfecta para detectar cristianos: el fumi-e, una placa de bronce con la imagen de Cristo que el sospechoso debía pisar. No se le pedía un discurso, ni una retractación razonada, ni una disputa teológica: se le pedía el gesto. Quien pisaba quedaba libre. La guerra litúrgica ha alcanzado ese grado de depuración técnica. Ya no se le exige a nadie negar el Filioque ni suscribir tesis sobre la gracia: se le exige pisar el misal de su madre en el dia del entierro de su hija. Es bastante satánico, eh.
Y el mecanismo funciona con una precisión que delata su naturaleza. En la Iglesia contemporánea cabe casi todo: caben las misas con pantalla y animador, las homilías que son mítines, los templos cedidos para lo que se tercie; nada de eso ha activado jamás una alarma en un dicasterio. Solo una cosa dispara el dispositivo con puntualidad de reloj: el misal de 1962. Y el dispositivo no se detiene ante nada, porque ha llegado a las bodas y ha llegado a los entierros, que son los dos momentos en que la Iglesia, durante veinte siglos, lo concedió casi todo a casi cualquiera. Hay católicos que han despedido a sus muertos sin las oraciones con las que sus muertos rezaban: sin el Requiem aeternam repetido como un latido, sin el Dies irae, que es el único texto funerario de Occidente que no adula al muerto ni miente a los vivos, sin el In paradisum con que la Iglesia entregó a los ángeles a reyes y a peones sin preguntarle a nadie por su sensibilidad litúrgica. Veinticinco siglos lleva Occidente sabiendo que ahí está la frontera de lo sagrado: la primera tragedia de nuestra literatura política no trata de impuestos ni de fronteras, trata de un entierro. Antígona no discute teología; entierra a su hermano contra el decreto, invocando esas leyes no escritas que no son de hoy ni de ayer, sino de siempre. Creonte, al menos, alegaba la seguridad de la ciudad. Aquí se alega un motu proprio.
Traditionis custodes, se llama la ley, que es un nombre con vocación de coartada: los custodios de la tradición, consagrados a custodiarla de los fieles. El prefecto del ramo acaba de asegurar que nada va a cambiar, que no habrá vuelta atrás. Se le agradece la franqueza: también los oráculos de Tebas hablaban claro.
Y aquí uno debe medir las palabras, porque hay una que quema. La escribió, sin embargo, Pablo VI, precisamente el papa del misal nuevo, cuando reconoció en 1972 que por alguna fisura el humo de Satanás había entrado en el templo de Dios. Uno se limita a la filología: diábolos significa en griego «el que divide», y también «el que acusa». Un dispositivo eclesial cuyo fruto verificable consiste en dividir a los fieles de las oraciones de sus muertos y en tratar como sospechoso al que reza como rezaron los santos tiene el nombre puesto desde antes del cristianismo. Por sus frutos los conoceréis, dijo Alguien con más autoridad que todos los dicasterios juntos.
Decía al principio que nos lo han puesto fácil, y es la única gratitud que cabe. Arrio exigía metafísica; Oriente, trinitología; Jansenio, erudición. Esto solo exige ojos. Cuando para discernir el espíritu de una ley basta mirar lo que hace con un féretro, la historia ha renunciado a la sutileza. Nunca fue tan barato saber en qué lado estar.
Entretanto, la liturgia que no admite reforma sigue celebrándose donde no alcanzan los dicasterios. In paradisum deducant te angeli. Es el único rito que ya no pueden prohibirles a nuestros muertos.