León XIV ha dedicado la audiencia general de este miércoles 26 de agosto a las motivaciones de la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II, en la última catequesis de su recorrido por la constitución Sacrosanctum Concilium. Ante los peregrinos reunidos en la Basílica de San Pedro, el Papa afirmó que aquella reforma se sitúa «en el surco de la tradición viva de la Iglesia» y sostuvo que su correcta comprensión permite también «rechazar los abusos» surgidos en algunos sectores durante el periodo posconciliar y que, advirtió, «por desgracia todavía hoy se verifican».
El Pontífice recordó que corresponde especialmente a obispos y sacerdotes «custodiar y promover» una liturgia celebrada conforme a las normas y caracterizada por la «noble sencillez». En los saludos posteriores, León XIV se unió además a la renovación en Częstochowa, Polonia, de los Votos de Jasna Góra, redactados hace 70 años por el cardenal Stefan Wyszyński durante su encarcelamiento, y pidió que su programa de renovación moral —fundado en la protección de la vida humana, el cuidado del matrimonio y la familia y la educación de niños y jóvenes— siga inspirando a la sociedad.
Catequesis completa de León XIV
Los documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución Sacrosanctum Concilium. 8. Las motivaciones de la reforma litúrgica
Queridos hermanos y hermanas:
En esta última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, deseo detenerme hoy en las razones por las cuales los Padres conciliares quisieron promover una reforma de la liturgia. Es iluminadora, en este sentido, la tercera Carta desde el Concilio que el cardenal Giovanni Battista Montini, entonces arzobispo de Milán, envió el 28 de octubre de 1962 a los fieles de su Iglesia. La liturgia —escribía— «es expresión sincera tanto de lo divino como de lo humano. Es lenguaje. Es vehículo de enseñanza divina por una parte, es voz de diálogo con Dios. Está claro que no puede renunciar a su función didáctica y no puede dejar de ofrecer a la fe y a la piedad la posibilidad de expresarse con espontánea inteligibilidad».
Movido por estas convicciones, el futuro Papa san Pablo VI afirmaba que los fieles «no pueden ni deben permanecer ya mudos y pasivos. Su presencia material no puede concordar con su ausencia espiritual».
Es evidente la consonancia de estas declaraciones con las que aparecerán en el n. 48 de la Constitución conciliar: «La Iglesia procura con gran solicitud que los fieles no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien por medio de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada; sean instruidos por la palabra de Dios; se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor; den gracias a Dios; aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, y se perfeccionen día a día, por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sí».
En estas palabras se percibe una renovada conciencia del valor de la liturgia. A través de las acciones rituales de la Iglesia, mientras se realiza el memorial de la obra de la salvación, se ofrece la posibilidad de vivir la verdadera relación con Dios, entrando en contacto con el acontecimiento salvífico. Puesto que los gestos y las palabras de la sagrada liturgia son decisivos para realizar esta experiencia, la participación de los fieles no puede ser pasiva.
La reforma conciliar, al poner en el centro aquello que constituye el corazón de la experiencia eclesial, quiso hacer resplandecer la liturgia como «la fuente primaria de aquel intercambio divino en el que se nos comunica la vida de Dios». De esta convicción nació la exigencia de hacer más accesible a todos los fieles la riqueza de los textos bíblicos y de las oraciones, y de hacer más lineal el orden celebrativo respecto del previsto en los libros litúrgicos entonces vigentes.
La liturgia, en efecto, al ser una realidad viva, siempre ha estado sujeta a desarrollos y cambios a lo largo de los siglos. El Magisterio ha adaptado sus formas a las necesidades de las distintas épocas. No sorprende, por tanto, que también el Concilio Vaticano II, con el máximo respeto por el patrimonio de la tradición y precisamente con el fin de hacerlo más accesible, considerase necesaria una revisión de los libros litúrgicos.
El objetivo que los Padres tenían presente está explicitado en el n. 21 de la Constitución Sacrosanctum Concilium: «Para que el pueblo cristiano obtenga con mayor seguridad gracias abundantes de la sagrada liturgia, la santa madre Iglesia desea hacer una cuidadosa reforma general de la misma. Porque la liturgia consta de una parte que es inmutable por ser de institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aun deben variar, si es que en ellas se han introducido elementos que no responden tan bien a la naturaleza íntima de la misma liturgia o han llegado a ser menos apropiados. En esta reforma, los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria».
Se remonta a la encíclica Mediator Dei del Papa Pío XII la distinción, dentro de la liturgia, entre elementos divinos, inmutables, y elementos humanos, que en cambio «pueden sufrir diversas modificaciones, aprobadas por la sagrada Jerarquía asistida por el Espíritu Santo, según las exigencias de los tiempos, de las cosas y de las almas» (Acta Apostolicae Sedis 39, 1947, 541-542).
Por lo demás, el deseo de una «reforma general» no surgía de improviso, sino que se había manifestado en la acción de los Papas que se sucedieron desde comienzos del siglo XX, en sintonía con las instancias del Movimiento litúrgico. La afirmación de la necesidad de que los fieles no asistieran a las celebraciones «como extraños o mudos espectadores» ya había sido retomada por la Constitución apostólica Divini Cultus del Papa Pío XI.
Además, pueden recordarse las intervenciones de Pío XII sobre la ordenación de los ritos de la Semana Santa, que fueron devueltos por él a las horas correspondientes a los acontecimientos pascuales, después de que durante siglos hubieran sido anticipados a las horas de la mañana.
Tampoco debe olvidarse que san Juan XXIII consideró necesaria una simplificación de las rúbricas del Breviario y del Misal, aprobándola con el motu proprio Rubricarum instructum, del 25 de julio de 1960, en el cual remitía al anunciado Concilio Ecuménico la propuesta de los principios fundamentales para una reforma de la liturgia.
La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II se sitúa, por tanto, en el surco de la tradición viva de la Iglesia. Su correcta comprensión permite también rechazar los abusos que se produjeron en algunos sectores de la Iglesia durante la etapa posconciliar y que, por desgracia, a veces todavía hoy se verifican, absolutizando o comprendiendo mal algunos de los principios que estaban en la base de la propia reforma.
A este respecto, vale la pena recordar cómo la Constitución conciliar afirma que «las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es “sacramento de unidad”, es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos. Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan» (Sacrosanctum Concilium, n. 26).
Es, por tanto, responsabilidad primordial de los pastores, de los obispos, pero también de cada sacerdote, custodiar y promover una liturgia que, respetando las normas litúrgicas, resplandezca por su noble sencillez (cf. n. 34) y manifieste así a la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
Una liturgia así será también un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia mediante el cual, como enseña el Concilio, podremos aprender a ofrecernos a nosotros mismos y, por la mediación de Cristo, seremos perfeccionados en la unidad con Dios y entre nosotros (cf. n. 48).
Saludo a los peregrinos de lengua española
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hoy celebramos la memoria de santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, religiosa española, patrona de la ancianidad. Por su intercesión, pidamos al Señor que bendiga a todos los ancianos, así como a las personas que los cuidan y acompañan. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
León XIV recuerda los Votos de Jasna Góra
Saludo cordialmente a los polacos. Me uno espiritualmente a cuantos se encuentran en Częstochowa, donde hoy, después de 70 años, se renuevan los «Votos de Jasna Góra de la Nación Polaca», redactados por el cardenal Stefan Wyszyński durante su encarcelamiento.
Que el programa de renovación moral de la sociedad contenido en ellos, a través de la protección de la vida humana, el cuidado del matrimonio y de la familia y la educación de los niños y de los jóvenes, siga inspirando el compromiso por la justicia y la fraternidad. ¡A todos mi bendición!
Saludo final
Dirijo mi cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a los directores diocesanos de las Obras Misionales Pontificias, a los participantes en el encuentro de verano para seminaristas, a los huéspedes de la residencia «Regina coelorum» de Santa Marinella y a los distintos grupos parroquiales.
Saludo asimismo a los confirmados de la diócesis de Chiavari, acompañados por su obispo. Queridos jóvenes, con la Confirmación habéis recibido el don más hermoso, el Espíritu Santo: no es un tesoro que deba mantenerse escondido, sino una luz que debéis hacer resplandecer cada día.
Mi pensamiento se dirige, finalmente, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Mañana y pasado mañana la liturgia hace memoria de dos grandes santos, santa Mónica y san Agustín, unidos en la tierra por vínculos familiares y en el cielo por el mismo destino de gloria. Que su ejemplo suscite en cada uno una búsqueda sincera y apasionada de la Verdad evangélica, para testimoniarla con alegría en la vida cotidiana.
¡A todos mi bendición!