A Dios rogando, pero sin pasarse: un párroco de Granada se escandaliza de la rogativa de su arzobispo

A Dios rogando, pero sin pasarse: un párroco de Granada se escandaliza de la rogativa de su arzobispo

Mientras la tierra sigue temblando y la Catedral permanece cerrada, el consiliario diocesano de la JOC publica en prensa secular una enmienda a la totalidad de la procesión convocada por Gil Tamayo. En El Independiente de Granada. Recogida por Religión Digital. Sin que, previsiblemente, pase nada.

Uno creía que agosto ya le había dado a Granada todo lo que un mes puede dar de sí: la tierra encabritada en enjambre sísmico desde el día 14, un seísmo de magnitud 5,2 con epicentro en Alhendín en la madrugada del 15, la Catedral cerrada junto a otros cuatro templos y su actividad trasladada a la parroquia del Sagrario, la patrona de la ciudad mudada de sitio porque su basílica ha quedado tocada. Faltaba, sin embargo, la réplica más inesperada del enjambre, una que no ha registrado el Instituto Geográfico Nacional porque su epicentro está en la sección de opinión de El Independiente de Granada: un párroco de la ciudad, escandalizado. No por el terremoto. Por la rogativa.

Recapitulemos para el lector que llega ahora. El arzobispo de Granada, monseñor José María Gil Tamayo, ha convocado para septiembre una procesión de rogativas con el Santísimo Cristo de San Agustín, que partirá de la Catedral —donde la imagen se encuentra por la exposición Kerygma— hasta la Basílica de Nuestra Señora de las Angustias, con fecha aún por concretar. La elección no es caprichosa ni, Dios nos libre, una novedad pastoral: el Ayuntamiento declaró a esta imagen Sagrado Protector de la Ciudad tras el cese de la epidemia de 1779, con voto anual que se renueva cada 14 de septiembre, y ya en 1755 el Cristo salió en rogativa después de un fuerte terremoto que afectó a Granada. Es decir: el arzobispo ha hecho exactamente lo que Granada lleva haciendo desde que hay memoria escrita de temblores. Rezar.

Pues bien: esto, que a cualquier granadino con dos siglos de memoria familiar le parece lo obvio, a don Mario Sixto Picazo Robles, párroco de Santa María Micaela y consiliario de la Juventud Obrera Cristiana, le ha producido un ataque de perplejidad que ha considerado urgente compartir con el público general. Este domingo publicaba en El Independiente de Granada —y Religión Digital, siempre atenta a estas cosas, lo reproducía con diligencia— un artículo encabezado por el refrán «A Dios rogando y con el mazo dando» en el que, a cuenta de la convocatoria de su propio arzobispo, se pregunta: «¿En qué Iglesia estoy? ¿En qué mundo vivimos?». Y sigue preguntando: si tiene sentido «este tipo de manifestaciones», qué imagen de Dios «alimenta este tipo de propuestas», si es esta la respuesta que el mundo espera de los creyentes. Uno, que también tiene sus curiosidades, se permitiría responderle a la primera con el rigor administrativo que la pregunta merece: está usted, don Mario, en la Iglesia que le confió una parroquia y una consiliaría diocesana. La de Granada. La del arzobispo al que enmienda en prensa.

La teología del artículo merece detenimiento, porque no es un exabrupto: es todo un sistema. Dios, escribe el párroco, «no actúa en el mundo si nosotros no lo dejamos actuar». Fíjese el lector en la finura: un Deus otiosus con las manos atadas, un jubilado cósmico que delegó la providencia en el código técnico de la edificación y en la Junta de Andalucía, a quienes don Mario dedica, esta vez sí, gratitud sin reservas —hay que dar gracias a Dios, viene a decir, por las leyes antisísmicas y por los bomberos—. San Gregorio Magno sacó las letanías por las calles de Roma durante la peste del 590; el párroco de Santa María Micaela habría preferido, uno sospecha, una nota de reconocimiento al alcantarillado imperial. Y a partir de ahí, el deslizamiento consabido, tan previsible que casi conmueve: la alternativa a la rogativa no es más oración sino la pancarta. Salir a la calle, sí, pero por la vivienda digna, por las personas sin hogar, contra «esos que se atreven a llamarse cristianos» y carecen de entrañas con los migrantes. Causas respetabilísimas, algunas urgentes, ninguna incompatible con una procesión: la Iglesia levantó hospitales y sacó rogativas durante siglos, con frecuencia el mismo día y con el mismo dinero. La disyuntiva entre lo vertical y lo horizontal solo existe en la cabeza de quien ya decidió amputar lo primero.

Lo más delicioso del texto, con todo, es su artillería bíblica. Para justificar su cristianismo de manifestación, don Mario cita Mateo 18,19: si dos se ponen de acuerdo para pedir algo al Padre, se les concederá. Uno lo relee y no da crédito: ese versículo es, sensu stricto, la definición canónica de una rogativa. Dos o más —pongamos una archidiócesis entera, detrás de un crucificado del siglo XVII— poniéndose de acuerdo para pedir algo al Padre. El párroco esgrime contra la procesión el texto exacto que la funda. Y otro tanto con el Padrenuestro, que él mismo invoca como oración total: la última petición del Padrenuestro es «líbranos del mal». ¿Qué cree don Mario que irá pidiendo el Cristo de San Agustín camino de las Angustias, sino eso mismo, en andas y con cera? Lex orandi, lex credendi: dime qué te sobra de la oración de la Iglesia y te diré qué te sobra de su fe.

Queda lo estructural, que es lo que a uno de verdad le interesa. No escribe un francotirador anónimo: escribe un párroco en ejercicio, con cargo diocesano de confianza, que corrige públicamente a su ordinario en un periódico secular, con sorna incluida, en mitad de una emergencia que mantiene templos cerrados y vecinos durmiendo con la ropa puesta. ¿Ocurrirá algo? Uno, que conoce el paño, se atreve a un pronóstico: nada. Ni una llamada, ni una nota, ni un gesto. Haga ahora el lector el ejercicio inverso, ese que nunca falla: imagine a un párroco publicando en prensa que la próxima asamblea sinodal diocesana le hace preguntarse en qué Iglesia está y qué imagen de Dios alimenta este tipo de propuestas. El expediente llegaría antes que el reparto del periódico. Esa asimetría —severidad exquisita hacia un lado, manga pastoral anchísima hacia el otro— no es una anécdota granadina: es el régimen disciplinar realmente existente en buena parte de la Iglesia española, y conviene documentarlo cada vez que asoma, aunque sea con alero desprendido.

Granada, entretanto, sobrevivió a la epidemia de 1779, al terremoto de 1755 que ya sacó a su Cristo en rogativa, al de Andalucía de 1884 y al de Albolote de 1956. Sobrevivirá también, uno confía, a la teología de sus consiliarios. Aunque para eso, mucho se teme, harán falta rogativas.

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