Estos días se habla mucho de un cura de la ciudad española de Torrelavega. Ha sido noticia por atacar públicamente el dogma mariano de la Asunción ante los fieles que se congregaban precisamente en la parroquia Nuestra Señora de la Asunción y el día de la solemnidad de la Asunción de María Santísima. Sólo le diré, con Pío XII, tomando el último punto (47) de Munificentissimus Deus:
A ninguno, pues, sea lícito infringir esta nuestra declaración, proclamación y definición (del Dogma de la Asunción corporal de María Virgen al cielo) u oponerse o contravenir a ella. Si alguno se atreviere a intentarlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y de sus santos apóstoles Pedro y Pablo.
También, en la misma celebración, organizó una profanación cromática, un esperpento de mal gusto en el que tanto hombres como mujeres danzaron con faldas «formando un círculo de perfección alrededor de la mesa de la eucaristía, donde todos quepan», dijo el cura de Torrelavega. Todo ello aderezado, claro, con la tan manoseada referencia a los pobres, a los últimos, a los débiles, como objetivo de encuentro de una iglesia en salida.
Por eso es un buen momento para homenajear al cura de Torrelavega. A ese sacerdote que se ocupó de todo y de todos, con sacrificio, con esfuerzo, con dedicación absoluta. Sus obras siguen en pie, su memoria sigue viva y su ejemplo es un estímulo constante a la fidelidad sacerdotal en todos los ámbitos. Por supuesto, en el primero y más importante: en la fidelidad a la Verdad, a la doctrina y a la sacralidad de la Iglesia.
El cura de Torrelavega fue don Teodosio Herrera Fuente, al que tuve el privilegio de conocer, que me contó algunas de sus andanzas y del que siempre guardé un recuerdo entrañable y la sensación de haber estado cerca de un santo de los grandes. El otro cura, el que ha sido noticia, pasará a la historia por lo mencionado al inicio, salvo que, arrepentido de la herejía y los ridículos inventos profanadores, nos dé a todos una lección y abrace la Verdad que ha abandonado.
Don Teodosio Herrera Fuente ocupó durante décadas los púlpitos de Torrelavega y pertenecía a una especie de sacerdote que hoy algunos considerarían de otra época: el cura que creía sin complejos aquello que predicaba, aquello que predicó siempre la Iglesia. Sin rodeos, sin disimulo, sin recortes ni componendas. La verdad, al fin y al cabo, oportuna e inoportunamente predicada.
Nacido en Peñacastillo (Cantabria), en 1911, había sido presidente de la Acción Católica de su pueblo. Fue combatiente en la Guerra de Liberación Nacional de 1936, en la que luchó, como tantísimos jóvenes españoles, por entender que se enrolaba en una cruzada en defensa de la Fe frente al comunismo antiteo.
Lo dejó escrito de manera preciosa don Ángel Garralda, otro sacerdote ejemplar, que fue compañero suyo en la antigua Universidad Pontificia de Comillas, gran amigo de don Teodosio.
Garralda cuenta que, tras la liberación de Santander, en la que participó, Teodosio Herrera se alistó, pese a encontrarse enfermo, en el Tercio de Requetés de Mola. Combatió en primera línea como ametrallador. Y avanzó hacia Covadonga en cuanto llegó a sus oídos que podrían profanar el santuario de la Santina aquellos que habían arrasado ya con tantos templos a lo largo y ancho de toda España. Según don Ángel Garralda, aquel joven requeté progresaba en el frente hacia el santuario asturiano alternando el avance de su ametralladora con el rezo del Rosario. Fue herido repetidamente y su comportamiento en campaña fue de tal naturaleza que llegó a ser propuesto para la Laureada de San Fernando. Terminó la guerra con el empleo de teniente y fue poseedor de tres Cruces Rojas del Mérito Militar, la Cruz de Guerra, la Medalla de Campaña, dos Medallas Militares Colectivas y dos Cruces de Sufrimiento por la Patria.
Llegó la paz y aquel teniente dejó las armas, ingresó en el seminario y fue ordenado sacerdote en 1947, con 38 años, y aquel mismo año fue enviado a Torrelavega donde se quedó para siempre en una labor sacerdotal inmensa.
El hombre que había avanzado hacia Covadonga con una ametralladora y un Rosario terminaría dedicando su vida a levantar templos a la Virgen y difundir sin descanso la devoción a María. Porque don Teodosio construía. Y construía mucho.
Pero entre todas sus obras hubo una que tuvo para don Teodosio un significado especial: levantar de nuevo una iglesia allí donde veinte años antes, en 1936, había sido derribada otra. En aquel lugar se había alzado la antigua iglesia de la Consolación, vinculada a los orígenes mismos de Torrelavega. En 1936, al comienzo de la Guerra Civil, el Frente Popular ordenó su cierre y demolición, alegando razones de «estética e higiene». Durante aquel verano fueron derribando sus muros y hasta su campanario, para dolor de muchos torrelaveguenses que veían desaparecer no sólo un templo, sino el lugar donde generaciones enteras habían sido bautizadas, se habían casado y habían rezado.
Casi veinte años después, don Teodosio se empeñó en que allí volviera a levantarse una iglesia. El 14 de agosto de 1955, ante las ruinas de la antigua iglesia y en vísperas de la fiesta de la Asunción de la Virgen, anunció ante miles de fieles su propósito de construir un gran templo para la Virgen Grande. Y lo quería, según sus propias palabras, «a lo grande»: porque era la Casa de Dios y porque iba a ser la casa de la Patrona de Torrelavega.
Pero don Teodosio quiso además que las piedras hablaran, por si llegase alguna época en que los perros, o los pastores, sufriesen afonía o se quedasen mudos: «si callaran éstos, gritarían las piedras» (Lc 19, 40).
Rescató piedras procedentes de aquella antigua y derruida iglesia para que sostuvieran el altar mayor del nuevo templo. Sobre ellas mandó grabar en latín una inscripción cuya traducción recuerda: «Con estas antiguas piedras fue construida aquí la torre de los Garcilasos (de la Vega) y su capilla, por cuyo nombre son llamadas, desde entonces, la ciudad y la parroquia».
Donde se había querido hacer desaparecer un templo, don Teodosio construyó uno mayor. Y donde habían quedado unas ruinas, colocó sobre sus mismas piedras el altar en el que volvería a celebrarse el Santo Sacrificio. No borró la historia, ni quiso ocultarla. Aquellas piedras no fueron escondidas pues el cura de Torrelavega don Teodosio las incrustó en la base y sobre ellas levantó la iglesia de San José Obrero y el gran Santuario de la Virgen Grande.
Promovió la iglesia de Nuestra Señora de Covadonga: aquel joven requeté que había avanzado hacia Covadonga en la Cruzada de 1936 para defender a la Santina le construyó también un templo siendo el cura de Torrelavega. Impulsó la iglesia de San Miguel de Campuzano y estuvo detrás también del templo del Sagrado Corazón de Mies de Vega.
Pero el catolicismo de don Teodosio no terminaba en las puertas de los templos. La iglesia en salida no es un invento de ahora, ni una ocurrencia de los que buscan reformular la iglesia. Como si la Iglesia no se hubiera ocupado siempre de los pobres, los humildes, los desfavorecidos, los descartados… Porque aquel cura de Torrelavega que se arremangaba la sotana para subirse a los andamios y supervisar las obras de los templos, ese sacerdote tradicional, mariano, eucarístico y escrupulosamente fiel a la doctrina dedicó una parte gigantesca de su existencia a quienes más necesitaban ayuda. Y no, no de palabra de homilía en homilía para acariciar los oídos de sus feligreses.
Don Teodosio terminó las obras del nuevo Asilo Hospital de Torrelavega y promovió su ampliación. Fue presidente vitalicio de la Fundación Asilo. Creó la residencia Santa Marta para sacerdotes ancianos. Impulsó el Centro de Educación Especial Fernando Arce, pionero en Cantabria, y la guardería Victoria Gómez de Arce.
Promovió también el barrio Emilio Revuelta, proporcionando viviendas a familias trabajadoras llegadas a una Torrelavega que crecía al calor de la industrialización. A él se debe también la construcción, en 1965, del monumental Seminario Menor de San Luis, en Argomilla de Cayón, hoy cerrado y abandonado por falta de vocaciones.
Templos. Viviendas. Asilo. Residencias. Educación especial. Guardería. Seminario… Y mientras hacía todo esto seguía siendo cura. El cura de Torrelavega, pero no sólo de Torrelavega, pues su inquietud misionera era desbordante y le llevó repetidamente hasta la Guinea española, aunque su gran deseo de seminarista y de sacerdote recién ordenado siempre fue misionar por las tierras españolas de América.
Mientras desarrollaba aquella actividad frenética encontró tiempo para obtener el título de piloto de aviación civil, pensando en las dificultades que tendría para desplazarse por aquellos territorios hispánicos de ultramar si algún día Dios le llamaba para acudir allí.
En 1963 llegó a participar en una Vuelta a España en avioneta. La fotografía es maravillosa: un sacerdote con sotana, el cura de Torrelavega don Teodosio, sentado a los mandos de una avioneta. No era el capellán de los pilotos. Era uno de los pilotos.
De su pasión aeronáutica quedan numerosas anécdotas y algunas de ellas las contó el escritor Pedro Arce. En una ocasión, volando entre San Sebastián y Santander, se quedó sin combustible y tuvo que tomar tierra en un prado próximo a Castro Urdiales. Aquellos desplazamientos en avioneta encajan perfectamente con una gran y necesaria obsesión de su vida: conseguir recursos para sus obras. Don Teodosio necesitaba dinero. Muchísimo dinero. Construir iglesias, viviendas, asilos, residencias y centros asistenciales no se paga con discursos y palabras bonitas que generan titulares. Aquel cura de Torrelavega era un extraordinario buscador de benefactores e iba a buscarlos, si era necesario, también en avioneta. Cuántas horas de vuelo, cuántos aterrizajes y cuántos millones conseguidos. Nada le detenía porque estaba entregado a una causa superior.
Recibía pequeñas herencias, donativos y aportaciones importantes de personas que confiaban en él y que sabían que el dinero entregado a don Teodosio era dinero entregado a una gran obra, la de Dios. No era la obra del cura de Torrelavega, ni la obra para los pobres, los ancianos o los seminaristas. Era la obra de Dios. «Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura». Quizá aquí esté condensada toda la diferencia entre dos maneras de entender el sacerdocio.
Durante décadas han explicado que para acercar a quienes estaban fuera había que rebajar las certezas de quienes estaban dentro. Que había que reinterpretar los dogmas, suavizar las verdades incómodas, desacralizar, adaptar, cuestionar, modernizar. Se hace pensando que así entrarán los de fuera, o eso creo. Pero siempre el resultado ha sido exactamente el contrario: no entraron los de fuera y terminaron marchándose los de dentro.
Don Teodosio representa el camino opuesto. Afirmaba los dogmas. Predicaba la fe. Adoraba al Santísimo. Creía en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Una vez, su obispo le indicó que debía trasladar el Santísimo y cambiarlo de lugar, pasando de la nave central a la cripta. Don Teodosio preguntó si era una orden. El obispo le contestó que sí. La respuesta de don Teodosio fue señalar lentamente con el dedo todo el templo y decirle al obispo: este templo lo he construido yo y si debo esconder al Señor prefiero yo mismo destruirlo antes. Claro, el Santísimo se quedó en el lugar principal que había designado el cura de Torrelavega don Teodosio.
Porque don Teodosio necesitaba construir iglesias, porque las llenaba, no las vaciaba. Y rezaba el Rosario y honraba a María para llenarlas, que es lo que siempre ha hecho la Iglesia.
Porque el catolicismo nunca conquistó a nadie avergonzándose de sí mismo. Los hombres no entregan su vida por una duda, ni se van al frente para defender cuentos mitológicos. Es un poco obvio escribir esto pero los mártires no mueren por defender su opinión en un mundo de consensos.
La Iglesia llenó templos cuando ofrecía al hombre algo que el mundo no podía ofrecerle: la certeza de una Verdad y la riqueza de una Tradición atesorada durante siglos. Y por eso el sacerdote no es dueño de esa Verdad, es su servidor, ni tampoco el dueño de esa Tradición, siendo un legatario que está obligado a conservar, acrecentar y transmitir ese tesoro.
Aquí es donde la figura de don Teodosio adquiere una actualidad inesperada.
Estos días Torrelavega ha vuelto a aparecer vinculada a un sacerdote. Resulta difícil imaginar un contraste mayor. De un lado, la tentación contemporánea de creer que poner en duda desde el púlpito una verdad definida por la Iglesia puede hacer el cristianismo más accesible al hombre moderno. Del otro, un sacerdote que aceptaba aquellas verdades de rodillas y después se levantaba para trabajar sin descanso, sin perder el tiempo, sin inventar nada nuevo.
Y no deja de ser significativo que fueran aquellos sacerdotes que predicaban sin complejos las verdades católicas quienes necesitaran ampliar parroquias y construir nuevos templos para sus fieles, como vemos hoy en aquellos movimientos tradicionales.
El cura de Torrelavega, don Teodosio Herrera Fuente, no fue un teólogo famoso. No pretendió fundar una escuela de pensamiento. No necesitó sorprender a sus feligreses desde el ambón, ni ser original o colorido.
Recibió una fe que no había inventado él y dedicó su vida a transmitirla, de manera extraordinaria, sin descanso, sin rebajas, sin componendas. Porque toda su vida fue una entrega absoluta a Dios, una búsqueda incansable de su reino, sabiendo que lo demás le sería dado por añadidura.
Nuestro cura, el cura de Torrelavega don Teodosio, fue nombrado Hijo Adoptivo de Torrelavega (1967), recibió la Medalla de Oro de la ciudad (1968), fue proclamado Hijo Predilecto de Cantabria (1993) y recibió la Medalla de Plata al Mérito en el Trabajo (2002).
Existe incluso en Torrelavega una Residencia Teodosio Herrera para personas con discapacidad física y psíquica, levantada por la Fundación Asilo que él presidió de manera vitalicia y que reconoció en él a uno de sus grandes artífices.
El cura de Torrelavega era monseñor, pues don Teodosio fue nombrado por Pablo VI Prelado Doméstico de Su Santidad.
Murió en 2006, a los 95 años.
Sus exequias fueron multitudinarias y sus restos descansan donde probablemente debían descansar: en la iglesia de la Virgen Grande, junto al altar de la Virgen y Patrona de la Ciudad.
Aquel joven requeté que llegó a Covadonga con la ametralladora y el Rosario acabó sus días descansando bajo los muros de un santuario mariano que él mismo había levantado. Por sus frutos los conoceréis.
A don Teodosio Herrera Fuente. Al cura de Torrelavega, mi recuerdo, homenaje y gratitud.
Que Dios le tenga en su gloria.
Miguel Menéndez Piñar