Un filósofo de Boston College vuelve a los salmos para señalar la grieta por la que nuestra época ha dejado caer la oración.
Hay un gesto que define nuestro tiempo mejor que cualquier encuesta. Es el de quien, buscando algo de paz un domingo de agosto, abre una aplicación en el móvil, elige «diez minutos de calma», cierra los ojos y espera a que una voz pregrabada le enseñe a respirar. No hay nada ridículo en ello. Hay, más bien, un síntoma. Hemos convertido incluso el silencio en una función que se descarga, y la vida interior en un servicio con notificaciones. La pregunta es si eso que buscamos —y que rara vez encontramos— tiene algo que ver con lo que durante tres mil años se llamó rezar.
Peter Kreeft, profesor de Filosofía en Boston College y uno de los apologistas católicos más leídos en lengua inglesa, sostiene que no. Y lo argumenta en un libro breve y punzante, La sabiduría de los salmos, que Homo Legens ha puesto a disposición del lector español con prólogo de Scott Hahn. Su diagnóstico es de una sencillez incómoda: hemos partido el mundo en dos mitades, la técnica y el sentimiento, y hemos dejado que todo lo importante se cuele por la grieta que las separa. La oración, la primera.
Conviene explicar la fractura, porque de ella depende todo lo demás. En un extremo está la obsesión por el método. Vivimos rodeados de técnicas: para dormir, para concentrarnos, para gestionar la ansiedad, para «meditar». La técnica, escribe Kreeft, es una forma de minimizar el esfuerzo; funciona precisamente cuando podemos apretar un botón y desentendernos. En el otro extremo está el culto al sentimiento, la sospecha de que solo es auténtico lo que se siente y de que una oración sin emoción es una oración falsa. Entre el ingeniero y el sentimental no queda sitio para el que ama. Y rezar, insiste el autor, «no es esencialmente una manera de pensar, sino una manera de amar».
Ahí está el corazón del asunto. La oración no es una tecnología espiritual, ni siquiera la más sofisticada. La técnica minimiza el esfuerzo; la oración lo maximiza. La primera trata la materia del modo más eficiente para satisfacer nuestros deseos de poder, placer y seguridad; la segunda no busca cambiar las cosas, sino cambiar el corazón que las desea. Confundirlas es pedirle a la oración que rinda como una aplicación y descartarla, decepcionados, cuando no «funciona» en el plazo de una sesión. Es el error del consumidor, no el del creyente.
No se trata de despreciar la calma ni de canonizar la angustia. Se trata de advertir un trueque. La industria del bienestar promete serenidad a cambio de casi nada: unos minutos, una suscripción, ninguna conversión. La oración cristiana promete lo contrario de un atajo. Pide tiempo, constancia y, sobre todo, un destinatario: no se reza al vacío ni al propio yo mejorado, sino a Alguien. La diferencia entre relajarse y rezar es la misma que entre mirarse al espejo y mirar a la cara de otro. Lo primero descansa; lo segundo transforma. Y ninguna aplicación ha producido jamás un santo, mientras que el Salterio los ha dado a millares.
El contraste se vuelve más agudo cuando Kreeft recuerda qué respondió Cristo a la única petición que sus discípulos le hicieron sobre este punto. No dijeron «danos fe» ni «haznos santos», sino «enséñanos a orar». Y la respuesta no fue una técnica, ni un método, ni un yoga espiritual. Fueron palabras: el padrenuestro y, antes que él, los salmos, el devocionario que Israel había rezado durante siglos y que Jesús rezó toda su vida, hasta la cruz, donde murió pronunciando el salmo 22: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Dios, ante la súplica «enséñanos a orar», no entregó un manual de instrucciones. Entregó un libro de poemas.
Y aquí aparece lo que convierte a los salmos en un antídoto exacto contra el sentimentalismo de consumo. No son emociones seleccionadas ni positividad de manual. Contienen toda la gama de lo humano, incluida la que hoy preferiríamos filtrar: la ira, el miedo, el desamparo, la sed de justicia que en el salmo 137 llega a maldecir junto a los ríos de Babilonia. Kreeft no lo disimula: muchos salmos parecen «primitivos, egoístas, furiosos o incluso infantiles». Pero esa crudeza es deliberada. Frente a una cultura que edita sus sentimientos como quien retoca una fotografía, el salmo enseña a presentarse ante Dios entero, sin maquillaje, con la rabia y el terror incluidos. Es lo contrario de la calma prefabricada: es la honestidad sin anestesia. Por eso, tres mil años después, siguen sonando como algo escrito esta misma mañana.
Hay en el libro un segundo golpe, este dirigido hacia dentro de la propia Iglesia, y es quizá el más valiente. Kreeft se pregunta qué parte de la formación del clero apunta de verdad a enseñar a rezar, y responde con una franqueza que escuece: seguimos siendo clericalistas hasta para esto, y damos por hecho que rezar es cosa de sacerdotes y religiosas mientras los laicos esperan que alguien, arriba, lo resuelva. «Hasta un papa puede decepcionar», escribe. Su conclusión no es amarga, sino movilizadora: «la reforma tiene que darse de abajo arriba. Y tú estás abajo». La recuperación de la oración no vendrá de un documento ni de una comisión: empezará el día en que un padre de familia, un estudiante o un jubilado cualquiera abra el Salterio y decida rezarlo. La reforma que importa no se convoca; se practica.
Los salmos, además, no se dejan reducir a información. Son poesía, y una poesía construida —recuerda Kreeft— sobre el paralelismo: cada idea se dice dos veces, con palabras distintas, como dos clavos que sujetan mejor una tabla que uno solo. Apelan a la vez a la cabeza y al corazón, a la comprensión y al amor, y por eso se resisten al resumen y al titular. No se consumen: se rumian. En una época que lo quiere todo de un golpe de vista, esa lentitud deliberada es ya una forma de resistencia.
Nada de esto exige ser un intelectual, y Kreeft —que lo es— se apresura a desmentirlo. La oración contemplativa, advierte, no es un ejercicio para filósofos, monjes o especialistas del espíritu. Su esencia no es el pensamiento, sino el amor. Cita la definición que dio un campesino al santo Cura de Ars sobre lo que hacía tantas horas ante el sagrario: «Yo lo miro, Él me mira. Nada más». No hay técnica que enseñe eso, ni sentimiento que lo sustituya. Solo la costumbre, paciente y humilde, de volver a las mismas palabras hasta que dejan de ser nuestras y se vuelven oración.
Queda la pregunta práctica, la que un lector honesto se hace al cerrar el libro: ¿por dónde se empieza? Kreeft no propone un programa. Propone un gesto tan viejo como la Iglesia y tan nuevo que resulta casi subversivo: coger el libro que Dios mismo escribió para que le habláramos, y usarlo. Su comentario —trece salmos leídos con el ojo del filósofo y el oído del poeta— no pretende sustituir a las grandes obras del género; él mismo señala que las homilías de san Agustín sobre los salmos, cuya fiesta la Iglesia celebra pocos días después, siguen siendo insuperables. Solo quiere devolvernos el hábito perdido.
Tal vez ese sea el mejor plan para un domingo de agosto, cuando el ruido baja y por un momento parece posible el silencio. No descargar una aplicación más. Abrir, en su lugar, el más antiguo de los libros de oración y descubrir que aquella voz «que viene de ti y de mí» llevaba tres mil años esperando. No es una técnica. No es un sentimiento. Es, sencillamente, la escuela donde Occidente aprendió a hablar con Dios y que ahora, entre algoritmos y estados de ánimo, corre el riesgo de olvidar.

