León XIV recibió este viernes 21 de agosto en el Palacio Apostólico Vaticano a los participantes en el XVII Encuentro Anual de la International Catholic Legislators Network, dedicado este año al tema «Dignidad humana e inteligencia artificial: desafíos, oportunidades y control». El Papa centró su discurso en la responsabilidad de los legisladores ante el desarrollo de la inteligencia artificial: afirmó que la tarea de la política «no es obstaculizar la innovación, sino orientarla sabiamente» y reclamó marcos jurídicos sólidos que protejan los derechos fundamentales, la privacidad y la transparencia y eviten que una sola ideología o interés determine los valores incorporados a los sistemas de IA.
El Pontífice advirtió también del riesgo de nuevas formas de dependencia entre países ricos y pobres y pidió evitar que la innovación se convierta en vehículo de «colonialismo ideológico o económico». León XIV dedicó una atención particular a la familia, a la que definió como «la primera escuela de humanidad», y sostuvo que la inteligencia artificial nunca debe erosionarla mediante la reducción de las relaciones humanas a datos y simulaciones, contenidos que «distorsionan el deseo» de los jóvenes o modelos económicos que hagan precaria la vida familiar. Por ello, animó expresamente a los legisladores a promover políticas que fortalezcan el matrimonio y las familias y apoyen a los padres en su misión educativa.
A continuación, ofrecemos el discurso completo de León XIV:
Eminencias,
distinguidas señoras y señores,
queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Es para mí una alegría saludaros, miembros de la International Catholic Legislators Network, y, en particular, al cardenal Schönborn y al cardenal Bo, patronos de esta Red.
El tema de vuestro encuentro anual, «Dignidad humana e inteligencia artificial: desafíos, oportunidades y control», os brinda la oportunidad de reflexionar sobre una de las cuestiones determinantes de nuestro tiempo. El extraordinario progreso de la inteligencia artificial está abriendo horizontes que las generaciones anteriores apenas habrían podido imaginar. Sin embargo, cada logro tecnológico enfrenta también a la humanidad con una cuestión moral: no simplemente ¿qué podemos hacer?, sino ¿qué debemos hacer?
En efecto, nuestra familia humana se encuentra hoy ante una elección decisiva. Como escribí en la Carta encíclica Magnifica Humanitas, podemos sentirnos tentados a construir una nueva Torre de Babel, donde el poder, la eficiencia y el control oscurezcan el rostro de la persona humana; o podemos construir una civilización en la que la tecnología sirva al desarrollo integral de cada persona (cf. nn. 7-10).
La pregunta decisiva sigue siendo la misma: ¿ayuda la tecnología a las personas a ser más fraternas y responsables consigo mismas y con los demás? A este respecto, los principios de la Doctrina Social de la Iglesia —la dignidad inviolable de toda persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la solidaridad— proporcionan criterios seguros para el discernimiento.
Queridos legisladores, vuestra vocación os sitúa en el corazón de este desafío. Responsables de establecer políticas para la gestión de la tecnología al servicio del bien común, vuestra tarea no consiste en obstaculizar la innovación, sino en orientarla sabiamente (cf. Francisco, Discurso a los participantes en el encuentro promovido por la International Catholic Legislators Network, 27 de agosto de 2021).
Una legislación adecuada debe fomentar la creatividad científica y tecnológica, al tiempo que salvaguarda los derechos y libertades fundamentales. Debe proteger a los usuarios de la explotación, preservar la privacidad personal, garantizar la transparencia en el uso de las tecnologías emergentes y asegurar que estas fortalezcan las instituciones democráticas.
Para ello, «se requieren marcos jurídicos sólidos, supervisión independiente, usuarios informados y un sistema político que no abdique de su responsabilidad» (Magnifica Humanitas, n. 106). Esta supervisión puede ejercerse en múltiples niveles —local, nacional e internacional—, facilitando un debate abierto sobre «los marcos éticos implicados y sometiéndolos a criterios compartidos de justicia social» (n. 107), y garantizando que ninguna ideología o interés particular dicte los valores incorporados a los sistemas de inteligencia artificial.
Al mismo tiempo, el rápido desarrollo de la inteligencia artificial corre el riesgo de crear nuevas formas de dependencia tecnológica, haciendo que las naciones más pobres dependan cada vez más de las más ricas. Debemos permanecer vigilantes a este respecto, para evitar que la innovación se convierta en otro vehículo de colonialismo ideológico o económico (cf. nn. 178-179).
Lamentablemente, se nos presenta una forma sutil de dominación cuando los algoritmos deciden quién es visto y quién permanece invisible, cuando las plataformas digitales configuran el discurso público sin rendir cuentas y cuando la dignidad de los trabajadores queda subordinada a la optimización de los sistemas (cf. nn. 95, 150, 171). Estos desarrollos revelan un nuevo rostro de la antigua tentación de dominar y ejercer poder sin servir.
Frente a esta cultura del poder, la Iglesia propone «la civilización del amor» (Pablo VI, Regina Caeli, 17 de mayo de 1970; cf. Magnifica Humanitas, n. 186), una civilización que gobierne sabiamente la inteligencia artificial cultivando corazones capaces de caridad, compasión y responsabilidad.
En una sociedad así, la primera escuela de humanidad sería la familia. Porque es en la familia donde aprendemos primero la confianza antes que el cálculo, la generosidad antes que la competencia, el diálogo antes que la división y el amor antes que el poder.
Nunca se debe permitir que la inteligencia artificial erosione esta célula primaria de la sociedad, ya sea reduciendo a las personas y las relaciones a datos y simulaciones, inundando las mentes de los jóvenes con contenidos que distorsionan el deseo o mediante modelos económicos que hagan económicamente precaria la vida familiar.
Por esta razón, os animo a promover políticas que fortalezcan el matrimonio y las familias, apoyen a los padres en su misión educativa y permitan a los jóvenes mirar al futuro con confianza.
Queridos amigos, el mundo no necesita una inteligencia artificial que disminuya a la humanidad; necesita, más bien, una inteligencia humana iluminada por la sabiduría, una autoridad política guiada por la conciencia y una innovación tecnológica orientada por la caridad. Sólo entonces la inteligencia artificial se convertirá no en rival de la humanidad, sino en servidora del bien común.
Con estos pensamientos, rezo para que vuestras deliberaciones den abundantes frutos para vuestras naciones y para toda la familia humana. Que la Santísima Virgen María, Madre del Buen Consejo, os acompañe siempre. Sobre vosotros, vuestras familias y todos aquellos confiados a vuestro servicio, invoco de buen grado las abundantes bendiciones de Dios.
Gracias.