León XIV ha dedicado la audiencia general de este miércoles 19 de agosto a la música sacra, dentro de su ciclo de catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II. Al abordar el capítulo sexto de Sacrosanctum Concilium, el Papa ha subrayado que la música «es parte de la acción litúrgica y no mera decoración de la celebración» y ha recordado que debe estar estrechamente unida a la liturgia, responder a su carácter sagrado y favorecer la oración y la comunión de los fieles.
El Pontífice ha reivindicado además el lugar particular que el Concilio atribuye al canto gregoriano y al órgano, al tiempo que ha reclamado música «noble y sencilla», textos inspirados principalmente en la Sagrada Escritura, los libros litúrgicos y la Tradición, y una sólida formación de compositores y cantores. León XIV ha advertido también contra «músicas y textos descuidados y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra» y ha situado la participación activa de los fieles en un equilibrio entre el canto, los distintos ministerios y el «silencio sagrado».
Catequesis completa de León XIV
Los documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución Sacrosanctum Concilium. 7. La música sacra
Queridos hermanos y hermanas:
El sexto capítulo de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) del Concilio Vaticano II está dedicado a la música sacra. En él se afirma: «La tradición musical de la Iglesia constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones del arte, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria e integral de la liturgia solemne» (SC, 112); y se precisa: «La música sacra será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración y fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo con mayor solemnidad los ritos sagrados» (ibid.).
Aquí encontramos el núcleo de la enseñanza conciliar, que confirma y profundiza en la función ministerial de la música en la liturgia, ya puesta de relieve por san Pío X en el motu proprio Inter sollicitudines (22 de noviembre de 1903). La música, en efecto, es parte de la acción litúrgica y no mera decoración de la celebración. En la liturgia, cantar y tocar significa rezar, poniendo el propio corazón en sintonía con el de los hermanos y hermanas y con Dios, mediante la participación activa en el misterio celebrado. En particular, la música expresa la dimensión afectiva de la oración, como afirma san Agustín: «Cantare amantis est», es decir, «cantar es propio de quien ama» (Sermo 336, 1). Esto es muy importante, porque ayuda a abrir el corazón a la acción de Dios en la gracia y a dejarse moldear por ella.
El canto, además, favorece la comunión. Mediante la sinfonía de las voces contribuye a la unión de los corazones, superando las diferencias entre las personas y reuniendo a todos en la alabanza a Dios. Se convierte así en epifanía de la Iglesia, manifestación sensible de la comunión que pertenece a su misma naturaleza.
De la profunda dimensión teológica del canto sagrado, como parte integrante de la acción litúrgica, se derivan algunas exigencias. La primera es que, más allá de las modas o de las sensibilidades particulares de los autores, debe responder en todos sus niveles a aquello que resulte más apropiado para el momento celebrativo. La forma, además, especialmente en su aspecto melódico, debe ser al mismo tiempo noble y sencilla, de alta calidad musical y fácilmente ejecutable, sobre todo cuando está destinada a ser cantada por toda la asamblea (cf. SC, 121).
Por el mismo motivo, el Concilio recomienda que también los textos sean adecuados, profundos y, al mismo tiempo, fácilmente comprensibles, inspirados principalmente en la Sagrada Escritura, los libros litúrgicos y la Tradición espiritual de la Iglesia. Sobre esto es necesario vigilar, para que se mantenga viva y crezca la dinámica expresada en el antiguo principio lex orandi, lex credendi, es decir, la ley de la oración es también ley de la fe.
Sacrosanctum Concilium dedica un amplio espacio al tema de la participación activa de los fieles (cf. n. 114). Esta «debe comprenderse […] a partir de una mayor conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana» (Benedicto XVI, exhortación apostólica Sacramentum caritatis, 52), en un «espíritu de conversión constante que debe caracterizar la vida de todos los fieles» (ibid., 55).
En cuanto al modo concreto en que esta participación puede realizarse mediante la función específica de la música sacra, la Constitución ofrece una respuesta clara: «Foméntense las aclamaciones de los fieles, las respuestas, el canto de los salmos, las antífonas, los cantos» y «un silencio sagrado» (SC, 30); y exhorta a cada uno, ministro o fiel, a realizar «todo y solo aquello que, según la naturaleza del rito y las normas litúrgicas, le corresponde» (SC, 28), en el armonioso equilibrio entre los diferentes ministerios, las distintas intervenciones y los momentos de silencio.
El Concilio atribuye además un gran valor al canto gregoriano, sin excluir de la celebración otros géneros de música sacra. También se presta una atención particular al órgano (cf. SC, 120), mientras que el uso de otros instrumentos se admite «siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (SC, 120).
Un tema querido por la reforma conciliar es el de la inculturación, también en el ámbito de la música sacra. Se subraya, en particular, en relación con las tradiciones musicales de las diferentes culturas, la importancia de tenerlas seriamente en consideración como parte de la vida religiosa y social de las personas.
Por ello se recomienda, por una parte, proporcionar a todos una adecuada «educación del sentido religioso» (SC, 119) y, por otra, «en la medida de lo posible […], promover la música tradicional de esos pueblos, tanto en las escuelas como en las acciones sagradas» (ibid.).
En el contexto litúrgico se reconoce una tarea particular a la schola cantorum, instrumento pastoral cuya promoción se recomienda, con la misión «de cuidar la correcta ejecución de las partes que le son propias, según los distintos géneros de canto, y favorecer la participación activa de los fieles en el canto» (Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, 19).
Para ello, el compositor de música sacra está llamado a conocer y custodiar el patrimonio musical de la Iglesia, dejándose inspirar por él para dar vida a nuevas composiciones al servicio de la liturgia, respetando la sensibilidad contemporánea y las distintas tradiciones culturales, de manera que se pueda «purificar el culto de incorrecciones de estilo, de formas descuidadas de expresión, de músicas y textos desaliñados y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra, para asegurar dignidad y bondad de formas a la música litúrgica» (san Juan Pablo II, Quirógrafo sobre la música sacra, 22 de noviembre de 2003, 3).
Por todas estas razones, los Padres conciliares recomiendan promover la formación y la práctica de la música sacra «en los seminarios, en los noviciados de religiosos y religiosas y en las casas de estudios, así como en los demás institutos y escuelas católicas» (SC, 115), y garantizar a los músicos y cantores una sólida formación litúrgica (cf. ibid.).
Queridos hermanos y hermanas, los Padres de la Iglesia tuvieron en gran consideración el canto litúrgico, símbolo de la comunión eclesial. Por ello podemos concluir con estas hermosas palabras de san Ignacio de Antioquía: «Vosotros, uno a uno, convertíos en un coro, para que, armoniosos en la concordia y tomando en la unidad la tonalidad de Dios, cantéis al unísono por medio de Jesucristo al Padre, para que Él os escuche y, por las buenas obras que realizáis, reconozca que sois miembros de su Hijo» (Carta a los Efesios, 4, 2).
Saludos
Saludo cordialmente a los fieles de lengua francesa, en particular a los peregrinos procedentes de Burkina Faso y Costa de Marfil. Hermanos y hermanas, que la participación activa de los fieles a través del canto litúrgico fortalezca los vínculos de amor y de unidad en el pueblo de Dios y sea signo de comunión eclesial. ¡Que Dios os bendiga!
Doy una calurosa bienvenida a todos los peregrinos y visitantes de lengua inglesa que participan en la audiencia de hoy, especialmente a los procedentes de Malta. Sobre vosotros y vuestras familias invoco la alegría y la paz de nuestro Señor Jesucristo. ¡Que Dios os bendiga a todos!
Queridos fieles de lengua alemana, es hermoso recordar que, al participar en la liturgia, nos encontramos siempre también en comunión invisible con todos los ángeles y los santos y que, junto con ellos, podemos cantar a una sola voz el himno de alabanza al Señor. A Él sean el honor y la gloria por los siglos de los siglos.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a reflexionar sobre el canto litúrgico como símbolo de la comunión eclesial, pidiéndole al Señor que nos ayude a vivir en armonía y concordia, como un único coro, cuyas melodías y buenas obras glorifican y alaban al Padre por medio de Jesucristo. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
Dirijo mi cordial saludo a las personas de lengua china. Queridos hermanos y hermanas, que la caridad de Cristo inspire vuestras relaciones en la familia, en la comunidad y en la sociedad. Os bendigo de corazón.
Saludo cordialmente a los fieles de lengua portuguesa. San Agustín escribió: «Quien canta una alabanza no solo canta, sino que ama a Aquel a quien dirige su canto» (Enarrationes in Psalmos 72, 1). Hagamos del canto litúrgico una expresión de nuestro amor a Dios. ¡Os bendigo de corazón!
Saludo a los fieles de lengua árabe, en particular a los procedentes del Líbano. La música litúrgica es un instrumento preciosísimo mediante el cual prestamos el servicio de alabanza a Dios y expresamos la alegría de la vida nueva en Cristo. ¡Que el Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!
Saludo cordialmente a los polacos. El 23 de agosto se celebra el Día Europeo de Conmemoración de las Víctimas del Estalinismo y del Nazismo. Ese día, en la liturgia, se recuerda a Władysław Findysz, sacerdote y primer polaco beatificado como mártir de las persecuciones comunistas. Durante el Concilio Vaticano II sostuvo espiritualmente sus trabajos, involucrando a los fieles en la «Obra conciliar de bondad» mediante actos de caridad y renovación moral. Que su testimonio nos recuerde que la civilización del amor se construye perdonando y venciendo el mal con el bien. ¡A todos mi bendición!
Dirijo mi cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a las Hermanas Hijas de la Divina Providencia, reunidas para su Capítulo General, y las animo a reavivar la llama de la caridad que caracterizó la vida de la fundadora, la venerable Madre Elena Bettini.
Saludo asimismo a los religiosos pasionistas y capuchinos; a los fieles de las parroquias de Macchia Valfortore y Castello di Godego y a los de la Unidad Pastoral de Ponteranica, así como al coro Serpeddì de Sinnai. A todos os invito a testimoniar con alegría el amor de Cristo por cada criatura.
Mi pensamiento se dirige, finalmente, a los jóvenes, los enfermos y los recién casados. Deseo dirigir a cada uno la invitación a desarrollar siempre en vosotros una auténtica conciencia de paz. Tened la sincera convicción de que la paz es un bien precioso y grande y de que se necesita un compromiso fuerte y constante para hacerla realidad, siguiendo con honestidad y verdad los caminos que la construyen y la afianzan en la sociedad.
¡A todos mi bendición!