TRIBUNA: El día de la Asunción dormí mal

TRIBUNA: El día de la Asunción dormí mal

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Había sido un día precioso: María estaba en el cielo. Toda Ella, en cuerpo y alma. No era una metáfora construida por la nostalgia de los discípulos. Era la misma que llevó nueve meses al Verbo de Dios en sus entrañas, que lo sostuvo entre sus brazos en Belén, que caminó deprisa hacia la montaña de Judá y que estuvo de pie junto a la Cruz. Y allí estaba… ¡esperándome!

Me acosté feliz pero tuve una pesadilla. Soñé que entraba en una iglesia dedicada precisamente a la Asunción. Todo parecía dispuesto para celebrar solemnemente a Nuestra Señora: flores, música, pueblo, autoridades… Había hasta cámaras de televisión. Entonces apareció el preste y comenzó a explicar, con ese acampanamiento de quien aclara a la Iglesia lo que la Iglesia lleva siglos creyendo, que en aquello de que María hubiese subido al cielo en cuerpo y alma, «evidentemente», no había que «ir al pie de la letra». «Evidentemente», dijo, sí, como satisfecho del adverbio, por una razón contundente: «Ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma».

Aquí mi pesadilla se alivió por un motivo filológico: en efecto, María no subió al cielo: fue asunta. Precisamente por eso la fiesta no se llama Ascensión. La teología, tan puntillosa, distingue cuidadosamente las palabras. Si Cristo asciende al cielo por su propio poder, María no se asciende a Sí misma: es asumida por Dios. El latín, siempre ¿impertinente?, dice Assumptio Beatae Mariae Virginis.

Pero, «evidentemente no había q ir al pie de la letra». ¿Y si Pío XII, tan rígido él, se había columpiado en 1950 al definir solemnemente que la Inmaculada Madre de Dios, «terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial», o sea, exactamente aquello que, según acabábamos de saber, ningún ser humano podía experimentar?

Pero el asunto tenía una dificultad todavía mayor, porque si ningún ser humano puede ser glorificado corporalmente, el problema ya no lo tiene sólo la Virgen: lo tenemos todos. En mi sueño recordé el Credo: «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro». No dice: espero la supervivencia espiritual de una parte particularmente interesante de mi personalidad. Dice resurrectio mortuorum. Entonces comprendí que la Santísima Virgen no estaba sola en aquel apuro: también san Pablo resultaba sospechoso, y san Juan, y los Padres de la Iglesia, y el Catecismo, y todo católico que cada domingo tenga la temeridad de profesar la resurrección de la carne reconociendo que el ser humano no es un alma que accidentalmente arrastra un cuerpo durante unas décadas y después se libra de él para siempre. El hombre es cuerpo y alma, y su destino definitivo alcanza a la persona entera. María posee ya anticipadamente aquello que nosotros esperamos al final de los tiempos. Todos resucitaremos.

Aunque, pensándolo mejor, quizá la afirmación necesite una precisión incómoda: todos resucitaremos, sí, pero no todos para el cielo. Nuestro Señor tuvo el poco moderno detalle de hablar de una resurrección de vida y una resurrección de condenación. De modo que cuerpos resucitados habrá para ambos destinos. Lo que no parece prudente es utilizar la inexistencia física del cielo para abolir la resurrección de la carne.

Además, aquello de que «el cielo no es ningún lugar físico» y es sencillamente «un estado del alma» me dejó todavía más perplejo. Miré hacia arriba, por si acaso. Naturalmente, no vi a Dios sentado encima de una nube. Hasta ahí llegaba incluso mi teología, incomparablemente mas antigua que la de aquel fray Gerundio de Campazas que me atronaba, levantándome jaqueca. Pero pensé que, si Cristo ha resucitado verdaderamente con su cuerpo y María está realmente glorificada en cuerpo y alma, reducir el cielo a un simple «estado del alma» planteaba un pequeño problema logístico: sobraban en el empíreo dos cuerpos gloriosos. Y, para el final de los tiempos, sobrarían bastantes millones más.

Pero, como decia Mighty Mouse: «No se vayan todavia: ¡aun hay más!». La pesadilla continuó. Al parecer, Dios había elegido a María porque era «una mujer humilde, una mujer de pueblo». Aunque tópico y demagógico, era hermoso. Pero la Iglesia había estropeado la sencillez original, pues «la mitología nos la ha ensalzado» poniéndole «muchos collares, muchas coronas, muchos privilegios, muchos títulos».

Aquí, además de vergüenza ajena, sentí lástima por la mitología: ¡no tenía culpa de nada! Hasta donde yo recordaba, ella se ocupaba de Zeus, Hera, Apolo, Afrodita, Atenea y otras distinguidas creaciones literarias de la Antigüedad griega. No sabía yo que hubiese intervenido también en Éfeso, en Calcedonia, en la definición de la Inmaculada Concepción, en la Munificentissimus Deus, en la fe católica y en el alma mariana de Sevilla, de España, del mundo. ¡Quizá me había perdido algún capítulo de Homero! Intenté imaginar a un pobre mitólogo griego colocando a María el título de Theotokos, Madre de Dios, y confieso que ni siquiera dentro de mí sueño pesado conseguí visualizarlo. Porque llamar «mitología» a los títulos con que la Iglesia ha honrado a María no es una «audacia» teológica; es confundir cosas de naturaleza distinta. Una cosa es el lenguaje simbólico —del que están llenas la Biblia, la liturgia y toda gran poesía— y otra muy distinta la mitología. Y una cosa son las imágenes poéticas con que el pueblo cristiano ha cantado a la Virgen, y otra los dogmas y títulos que nacen de siglos de reflexión sobre la Escritura, la Tradición y, sobre todo, el misterio de Cristo.

Porque todos esos incómodos privilegios de María afirman alguna verdad de Jesucristo. Es Madre de Dios porque su Hijo es Persona divina, con toda su perfecta naturaleza humana. Es siempre Virgen por el misterio de Quien nació de Ella como el rayo de sol atraviesa el cristal: sin romperlo ni mancharlo. Es Inmaculada en su Concepción por la anticipada aplicación de la redención de Cristo. Y es Asunta por la victoria del Resucitado sobre la muerte. Las coronas pueden quitarse, los collares también; incluso las flores, si molestan a los mitólogos. Lo difícil es quitar los privilegios sin que, al tirar de ellos, empiece a deshilacharse algo bastante más importante.

Yo miraba a la Virgen. Ella, como suele hacer, no decía nada. Siempre ha tenido Nuestra Señora una elegancia extraordinaria.

Pero entonces llegó la parte más sorprendente del sueño. Después de habernos explicado que no convenía tomar literalmente que María estuviese en el cielo en cuerpo y alma, aquel predicador que no creo reconociese por suyo ni aun José Francisco de Isla, anunció que había llegado el momento de contemplar al «grupo de danza contemplativa». Reconozco que respiré aliviado: aquella original teología estaba resultando fatigosa y un grupo de seises prometía descanso. Se nos explicó que veríamos «muchos colores» que simbolizaban un rosetón, que los colores representaban «la diversidad, la alegría» y que se bailaría en círculo porque «el círculo es la perfección». Comenzaron a girar. Yo miraba el altar. Volvían a girar. Yo seguía mirando el altar. Había colores, telas, movimientos y símbolos. Todo debía de encerrar una profundidad inaccesible para mi pobre formación teológica. Pensé, sin embargo, que resultaba entrañable aquella necesidad humana de símbolos. Hacía sólo unos minutos habíamos sido prevenidos contra los excesos con que los siglos habían rodeado a la Virgen de coronas, títulos y privilegios; ahora, faldas de colores, un rosetón y cien vueltas en redor del altar eran alegría y perfeccion, según la hermenéutica del progreso. Parecía una plaza mayor cubierta en una noche de verbena: colorido, movimiento, folklore, aplausos… Y sin duda, excelentes intenciones. Pero yo tuve la impresión de que, entre tantas cosas destinadas a hacer comprensible el misterio, el misterio mismo se había escapado discretamente.

Entonces miré otra vez a la Virgen. Seguía allí, seria, serenamente majestuosa, sin necesidad de despojarse de su corona para demostrar que era humilde, ni de renunciar a sus privilegios para resultar cercana, ni de convertirse en metáfora para que el hombre moderno pudiera aceptarla. Era María de Nazaret, la esclava del Señor, la Inmaculada Madre de Dios siempre Virgen, la Asunta al cielo en cuerpo y alma. La Reina.

Pensé entonces que la humildad cristiana se caricaturiza al empequeñecer las maravillas de Dios: si María jamás se atribuyó nada a Sí misma, tampoco rebajó lo que Dios había obrado en Ella; al contrario: «Ha hecho en Mí cosas grandes el Poderoso». Por eso la Iglesia lleva siglos coronándola: no porque María necesite nuestras coronas, sino porque nosotros necesitamos recordar Quién es Ella.

La pesadilla terminó de pronto. Abrí los ojos. Todo estaba en silencio. Experimenté un alivio inmenso. La Asunción seguía siendo la Asunción. El cielo seguía siendo el destino del hombre entero y no sólo un agradable estado de ánimo del alma. La resurrección de la carne permanecía en el Credo. La mitología había regresado discretamente al Olimpo. Pío XII podía respirar tranquilo. Los cuerpos de los Padres de la Iglesia podían seguir reposando en sus tumbas, a la espera, naturalmente, de salir un día de ellas.

María me sonreía, con su rostro, con su cuerpo, con su belleza virginalmente maternal, desde el cielo. No porque hubiese «subido» por sus propias fuerzas, sino porque Dios la había asumido en su gloria. Me dijo que estaba allí, ¡esperándome! Entonces, arrullado por Ella, me volví a dormir, musitando un Avemaría, por si acaso volvía a soñarme con mitólogos o con círculos perfectos. O, lo que sería incomportablemente horrible, con algún redivivo fray Gerundio de Campazas, alias Zotes.

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