Dice el titular que TRECE «mejora sus cuentas». Uno, que lleva media vida leyendo esa clase de frases, ya sabe lo que viene detrás del verbo: la cadena de los obispos ha perdido 2,9 millones de euros. Mejorando. El año anterior perdió tres y pico, o sea que la mejora es de un 7,5 por ciento, que viene a ser como celebrar que el enfermo evoluciona favorablemente porque hoy ha tosido menos sangre que ayer.
Lo interesante está tres párrafos más abajo, donde ya no mira nadie. Desde que empezó a emitir, en 2010, TRECE lleva perdidos ciento dieciocho millones de euros.
Ciento dieciocho.
Sé lo que está usted haciendo ahora mismo, porque yo he hecho lo mismo: traducir la cifra a algo. A pisos, a becas, a sueldos de párroco rural. No lo haga. Esas comparaciones son un vicio periodístico y además consuelan, que es lo peor que puede hacer un número. Le propongo una traducción menos amable: ciento dieciocho millones son nueve años y medio de facturación de la propia cadena. Nueve años y medio. La empresa ha perdido casi una década entera de sí misma.
Y sin embargo pienso defenderlos. Alguien tiene que hacerlo y hoy no veo voluntarios.
Miren, en 2010 todo el mundo montaba un canal. La TDT era la fiebre del oro y los obispos, que llevaban toda la vida oyendo que la Iglesia había perdido el tren de la comunicación —una frase, por cierto, que no ha dejado de pronunciarse ni un solo año desde Gutenberg—, decidieron que aquélla era su ocasión. Hasta ahí, humano. Uno se equivoca. Yo me he equivocado con cosas más baratas y con menos excusa.
El problema no es 2010. El problema son los quince años siguientes. Porque las propias cuentas explican, con una serenidad que da vértigo, que la inversión publicitaria seguirá huyendo de la televisión hacia lo digital, que el duopolio se lleva el noventa por ciento del pastel de la TDT y que el sector cayó otro 4,4 por ciento el año pasado. Diagnóstico impecable. ¿Y el tratamiento? Contener el gasto y mantener la línea de programación. Seguir igual. Eso es el plan. Han descrito el iceberg con precisión notarial y han decidido no tocar el timón.
Luego está el asunto del crédito, que es mi parte favorita. TRECE dispone de una línea de cuarenta millones que le concede su accionista, o sea Ábside, o sea la Conferencia Episcopal, o sea —permítanme completar la cadena hasta el final, que es donde se pone divertida— usted. Ha dispuesto ya 34,7. El año pasado tiró de cinco. Quedan 5,3 y por delante veintiocho meses hasta el vencimiento. Haga la división. La ha hecho usted en tres segundos y ellos llevan dieciséis años sin hacerla.
Un préstamo que jamás se devuelve no es un préstamo, dicho sea de paso. Es una paga. Todos hemos tenido un cuñado con una línea de crédito así.
Y aquí es donde a uno se le acaba la caridad y le empieza la antropología. Porque el clericalismo, señores, no es lo de la sotana ni lo de tratar al laico como a un monaguillo con canas. El clericalismo es una superstición mucho más fina: la de creer que el sacramento del orden viene con un máster dentro. La imposición de manos confiere gracia, carácter y potestad sagrada. Eso hace, y es muchísimo. No confiere olfato comercial. Lo digo con toda la solemnidad de que soy capaz: no viene en el ritual. Lo he mirado.
Y como no viene en el ritual pero se cree que sí, ocurre lo que ocurre: que el señor que no sabe leer una cuenta de resultados preside el consejo de quien la escribe, y el que sí sabe leerla se calla, porque a su jefe lo nombró Roma y a él lo nombró su jefe.
El derecho canónico, que de estas cosas entendía cuando lo escribieron, exige a todo administrador de bienes eclesiásticos la diligencia de un buen padre de familia. Me gusta la fórmula porque es cruel sin proponérselo. ¿Qué padre de familia? Preséntenmelo. Enséñenme al padre de familia que lleva dieciséis años metiendo dinero en un negocio que no ha ganado un euro nunca, que lo financia con un crédito de su suegro que no tiene intención de devolver, y cuyo plan para el ejercicio próximo consiste literalmente en seguir haciendo lo mismo. Ese hombre no es un buen padre de familia. Ese hombre es un caso, y la familia debería habérselo llevado a algún sitio hace tiempo.
Que conste que no hay delito. No hay caja B, no hay enriquecimiento, no hay nada que un juez pudiera mirar con interés. Hay algo que se explica peor y molesta más, que es una impunidad perfectamente legal: dieciséis años, ciento dieciocho millones, cero dimisiones. Al mayordomo infiel del Evangelio lo alabó su señor, y no por honrado, que no lo era, sino por listo. Aquí no ha habido ni eso. Los hijos de la luz han conseguido el pleno.
Y ahora vamos a lo otro, que es a lo que yo iba desde el principio y usted lo ha visto venir hace rato.
Estos mismos señores comparecen ante los micrófonos a explicarnos la inmigración.
Entendámonos, que aquí hay que hilar fino y no pienso hacer trampa. Que la Iglesia tiene algo que decir sobre el forastero es indiscutible y no lo discuto: Mateo 25 no lo escribí yo, ni lo escribió Vox, y el obispo que me recuerde que el inmigrante es mi prójimo está en su casa y en su oficio, y además puede exigírmelo. Eso es doctrina. Ahí manda él.
Lo que no es doctrina es cuántos caben. Ni a qué ritmo. Ni con qué presupuesto. Ni qué le pasa exactamente a un barrio concreto de una ciudad concreta cuando se le pide en cinco años lo que a otro no se le pidió en cincuenta. Eso es materia prudencial, es decir, técnica, es decir, discutible, y el Concilio lo dejó dicho con una franqueza que no cita jamás nadie: no esperen los fieles de sus pastores solución concreta a todas las cuestiones. Lo firmó el Vaticano II. Y Juan Pablo II escribió que la Iglesia no tiene modelos que ofrecer. Un Papa, no un tertuliano.
De modo que cuando un obispo baja del principio a la política —y bajan cada quince días, con el aplomo de quien ha recibido el dato en la oración— ya no habla como pastor. Habla como ciudadano con opinión. Lo cual es legítimo y hasta simpático. Pero un ciudadano con opinión no tiene derecho a un púlpito los domingos, y sobre todo no tiene derecho a que su opinión venga envuelta en el papel de regalo de la autoridad moral.
La simetría es la parte seria del asunto y la digo sin gracia ninguna: en los dos casos administran lo que no es suyo y la factura la paga otro. Los ciento dieciocho millones no salieron de su bolsillo. Y las consecuencias de lo que opinan sobre inmigración tampoco se cobran en el barrio donde ellos viven, que suele ser tranquilo y tener portero. Pronunciarse sin competencia es un vicio menor. Pronunciarse sin competencia y sin consecuencia es un sistema.
Yo no pido que se callen. Pido lo contrario de lo que suele pedirse: que hablen mucho más, pero de lo suyo, que es enorme, es urgente y lo tienen abandonadísimo. Del pecado. Del infierno, que existe. De los seminarios. De la catequesis, que ya no se da. Y que en lo demás practiquen esa virtud vieja que la escolástica sabía nombrar y que consiste, sencillamente, en distinguir entre lo que uno sabe y lo que uno cree.
Ciento dieciocho millones por una clase de humildad epistemológica. Carísima, pero al menos que la aprovechen.
Mientras tanto, la parrilla sigue: misas, tertulia y cine del oeste. Yo de las del oeste las he visto casi todas. Y me quedo con aquéllas en las que alguien, hacia el minuto ochenta, mira alrededor, cuenta las balas que quedan y dice en voz baja que va siendo hora de abandonar el fuerte.
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