Tenemos que hablar del cretino de Antonini

Tenemos que hablar del cretino de Antonini

Antonini de Jiménez es un personaje que ha descubierto la fórmula más eficaz para «triunfar» en las redes sociales: construir una contradicción ambulante. Hablar obsesivamente de «éxito» mientras comparece ante la cámara con una estética de naufragio. Predicar la riqueza con apariencia de haber dormido vestido. Exaltar al empresario mientras sobre la cabeza despliega una especie de bisoñé hippiesco, sucio y despeinado.

La dentadura desalineada, el aspecto deliberada (o involuntariamente) descuidado, el balanceo al hablar a gritos junto a unos patológicos tics faciales, completan un personaje que produce un inevitable choque estético. Nada de esto tendría importancia —la ortodoncia no figura entre las virtudes cardinales— si Antonini no hubiese hecho precisamente del éxito, el dinero, la prosperidad y la superioridad del triunfador una parte sustancial de su mercancía intelectualoide.

La red exige frases cortas, certezas enormes, enemigos sencillos y provocaciones que puedan recortarse en treinta segundos. Antonini entrega el paquete completo: La pobreza es pecado. Los empresarios serán los santos del siglo XXI. Israel como faro civilizatorio. El funcionario como rémora. El mercado como escenario de redención. Todo mezclado con una suerte de antropología pseudo-taurina en su registro más bajo. Una especie de Paulo Coelho para cuñados libertarios un poco meapilas.

El problema no es que Antonini defienda la empresa, la propiedad privada o el mercado. Un católico puede sostener posiciones económicas cuestionables y discutirlas dentro de la tradición de la Iglesia. El problema comienza cuando la provocación sustituye al pensamiento y la economía pretende transformarse en teología.

Antonini ha defendido una especie de mistificación del comercio. En un texto publicado por el Instituto Acton llegó a presentar el comercio como «el camino que ha tomado el hombre para amar al prójimo» y estableció un paralelismo explícito entre la acción salvadora de Dios y el desarrollo económico. La extravagancia alcanzó su expresión más perfecta en abril de 2026, durante el I Foro sobre Liberalismo y Cristianismo organizado por el Centro Diego de Covarrubias en la Hospedería de los monjes benedictinos del Valle de los Caídos: «Cristo fue el primer empresario de la Historia», sostuvo, porque dio al mundo una mercancía que este no podía proporcionarse por sí mismo: «la Salvación». Así quedó recogido por la propia organización.

Cristo convertido en empresario y la Salvación convertida en mercancía. El Evangelio según MBA.

La ocurrencia sería simplemente eso, una ocurrencia, si Antonini permaneciera confinado al ecosistema habitual de provocadores de internet. Pero no es así. Durante años fue docente de la Universidad Católica de Pereira, institución desde la que publicó numerosos textos. En octubre de 2024, la Universidad Santo Tomás de Colombia, otra universidad católica, lo llevó a su Aula Magna para impartir una conferencia organizada por su Dirección de Humanidades. Y en 2026 apareció en el citado Foro sobre Liberalismo y Cristianismo, concebido expresamente para reflexionar sobre la relación entre fe cristiana y libertad económica.

También estuvo en El Despertar, el multitudinario encuentro celebrado en Vistalegre en enero de 2026 por la Fundación Tatiana, compartiendo escenario con figuras inequívocamente vinculadas al mundo católico como el padre Jacques Philippe, Fabrice Hadjadj o el tan purista y exquisito Juan Manuel de Prada. Allí volvió a aparecer la frase del «Cristo empresario».

No es solo Antonini, sino quienes le entregan el micrófono.

Una universidad o un foro católico no tiene por qué convertirse en un conventículo donde todos piensen igual. Precisamente una universidad debe discutir. Pero discutir exige pensamiento, no simplemente capacidad viral. Y colocar detrás de alguien el escudo de una universidad católica o sentarlo en un foro dedicado al cristianismo significa concederle una respetabilidad intelectual que merece, como mínimo, alguna exigencia.

Porque el catolicismo posee una reflexión de dos mil años sobre la pobreza, la riqueza, el trabajo, la propiedad, la avaricia, la justicia, la limosna, el destino universal de los bienes y la dignidad del pobre. Reducir todo eso a la idea de que la pobreza es pecado o de que Cristo fue un empresario que comercializaba la Salvación no es pensamiento provocador. Es pensamiento malvadamente errado presentado entre gritos y tics nerviosos.

Antonini es, en ese sentido, un producto perfecto de nuestra época. Tiene formación académica suficiente para saber que las cosas son bastante más complicadas de lo que cuenta, pero ha comprendido que la complejidad obtiene menos visitas que el disparate rotundo.

Él ha encontrado su negocio. La pregunta deben hacérsela ahora quienes, desde instituciones católicas, deciden convertirlo en referente.

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