Ni en Pascua, ni en Pentecostés, ni en la Asunción: el Canon Romano desaparece de las grandes solemnidades de León XIV

Ni en Pascua, ni en Pentecostés, ni en la Asunción: el Canon Romano desaparece de las grandes solemnidades de León XIV

Este sábado, solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, León XIV ha presidido la Santa Misa en la Parroquia Pontificia de Santo Tomás de Villanueva. Y una vez más, en el momento central de la celebración, no ha sonado el Canon Romano —la anáfora que venera a la «gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor» al frente de su comunión de los santos—, sino la Plegaria Eucarística III, la fórmula redactada en los años sesenta del siglo pasado. Es la última pieza de una serie que, repasada con los libretos oficiales en la mano, dibuja un cuadro inequívoco. En el año litúrgico de 2026, ninguna de las grandes solemnidades del calendario romano celebradas por el Papa ha conocido el Canon.

La letanía de las ausencias

Los libretos publicados por la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice no dejan lugar a interpretaciones. Plegaria Eucarística III en Santa María Madre de Dios, el 1 de enero. Plegaria III en la Presentación del Señor, el 2 de febrero. Plegaria III el Domingo de Ramos. Plegaria III en la Vigilia Pascual —la «madre de todas las vigilias», con diez bautismos de adultos incluidos—. Plegaria III en el mismísimo Domingo de Pascua, celebrado en latín en la plaza de San Pedro. Plegaria III en Pentecostés. Plegaria III en San Pedro y San Pablo, también en latín, con la bendición de los palios. Plegaria III en las tres grandes citas del viaje a España: el Corpus Christi ante más de un millón de fieles en la Plaza de Cibeles, la inauguración de la torre de Jesucristo en la Sagrada Familia y el Sagrado Corazón en el Estadio de Gran Canaria. Y Plegaria III, ahora, en la Asunción de la Virgen.

Pascua, Pentecostés, Corpus Christi, Pedro y Pablo, la Asunción: son, con Navidad, las cumbres del año litúrgico romano. En ninguna de ellas ha querido la liturgia papal recurrir este año a la plegaria que durante más de mil cuatrocientos años fue la única del rito romano, la que rezaron Gregorio Magno, Tomás de Aquino y todos los santos de Occidente, la que el Concilio de Trento defendió como «pura de todo error» y el Vaticano II mandó conservar.

Las ausencias resultan tanto más llamativas cuanto que el Canon estaba, por así decir, esperando en cada una de esas fechas. Para la octava pascual conserva un Communicantes y un Hanc igitur propios —»celebrando la noche santa de la Resurrección…»—, textos únicos que ninguna otra anáfora posee y que este año no se han proclamado ni en la Vigilia ni el Domingo de Pascua. Para Pentecostés conserva otro Communicantes propio, tampoco escuchado. En San Pedro y San Pablo, el Canon menciona a ambos apóstoles dos veces, en la conmemoración de los santos y en el Libera nos; se prefirió la fórmula que los engloba en un genérico «apóstoles y mártires». Y en las solemnidades marianas, ninguna plegaria da a la Madre de Dios el relieve que le da el Canon, que la venera «ante todo» (in primis) al abrir el desfile de apóstoles y mártires romanos.

Las excepciones que confirman la regla

Para ser exactos: el Canon Romano no ha desaparecido del todo del altar papal. Ha sonado en tres días de 2026. El Jueves Santo, por partida doble —en la Misa Crismal y en la Misa in Coena Domini de San Juan de Letrán—, es decir, en el único día del año para el que el Misal le reserva Communicantes, Hanc igitur y Qui pridie propios, hasta el punto de hacer su omisión casi violenta. Y, sorprendentemente, en la misa del Sagrado Corazón celebrada en castellano en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife el 12 de junio.

La víspera, en el Estadio de Gran Canaria, el Papa había celebrado la misma solemnidad del Sagrado Corazón con la Plegaria III. Misma fiesta, mismo prefacio, mismo viaje, veinticuatro horas de diferencia: dos anáforas distintas. Su aparición esporádica sugiere más bien que la elección de la plegaria eucarística en las misas papales no responde a lógica litúrgica alguna, sino a decisiones ad hoc en las que la anáfora romana ha dejado de tener un puesto propio: ni siquiera el que la propia ley litúrgica le señala.

¿Desatender la orientación del Misal?

La Institución General del Misal Romano, en su número 365, no se limita a poner cuatro plegarias en un escaparate: orienta su uso. Del Canon dice que «puede usarse siempre», pero señala que su empleo resulta particularmente apropiado en los días con Communicantes o Hanc igitur propios, en las fiestas de los apóstoles y santos mencionados en él, y en los domingos. La Plegaria III se recomienda para domingos y fiestas; la II, por su brevedad, para las ferias y circunstancias particulares. Convertir la III en fórmula única de las máximas solemnidades no vulnera rúbrica alguna —conviene decirlo con claridad: no hay aquí abuso litúrgico en sentido técnico—, pero sí invierte de hecho la jerarquía que el propio Misal establece, tratando la orientación del legislador como letra muerta.

Lex orandi, lex credendi

Alguien objetará que se trata de una disputa de especialistas. No lo es. El Canon Romano no es una plegaria más entre cuatro: es la expresión histórica de la lex orandi del rito romano, atestiguado ya sustancialmente en tiempos de San Ambrosio y fijado por San Gregorio Magno. Su lenguaje es insistentemente sacrificial —»estos dones, estas ofrendas, este sacrificio santo y puro»; «el sacrificio puro, inmaculado y santo»—; su estructura entrelaza el altar de la tierra con el altar del cielo; su doble letanía de apóstoles y mártires romanos ancla cada Misa en la Iglesia concreta de Pedro. Nada de eso es decorativo: es doctrina rezada.

En el Canon Romano opera el axioma atribuido a Próspero de Aquitania: legem credendi lex statuat supplicandi — que la ley de la súplica establezca la ley de la fe. Lo que la Iglesia reza configura lo que la Iglesia cree; y lo que deja de rezar, antes o después, deja de creerlo con la misma hondura. Si la anáfora que con mayor densidad expresa el carácter sacrificial de la Misa se retira de hecho de las celebraciones más visibles de la cristiandad —esas que millones de fieles siguen por televisión en Pascua, en Pentecostés, en la Asunción—, no hace falta ningún decreto para que la dimensión sacrificial se vaya difuminando en la conciencia del pueblo cristiano. Basta el desuso.

La praxis pontificia no crea norma jurídica, pero ejerce una función paradigmática que nadie puede subestimar: lo que el Papa celebra habitualmente acaba definiendo, de facto, lo que la Iglesia entera percibe como ordinario y preferible. Durante siglos, lo ordinario del rito romano fue el Canon; hoy, en las grandes solemnidades celebradas por el Sucesor de Pedro, lo ordinario es su ausencia. Ni en Pascua, ni en Pentecostés, ni en la Asunción. ¿Habrá que esperar al próximo Jueves Santo —cuando los textos propios lo hagan poco menos que inevitable— para volver a escuchar, en una misa papal, la plegaria más antigua y venerable de la Iglesia latina?

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